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Orgullo y prejuicio, Jane Austen

Prólogo El don de la inteligencia No es quien esto escribe una ferviente seguidora de la idea que sostiene que nadie mejor que una mujer puede escribir sobre la vida de las mujeres. Más que discutir o darle vueltas a este asunto bastaría con poner sobre la mesa las pruebas que más nos pueden convencer en literatura, las obras de ficción que han venido a demostrar que ha habido hombres capaces de recrear el universo femenino, aun cuando este universo estuviera hasta hace bien poco tan alejado del suyo. Detrás de Madame Bovary, de Fortunata, de Ana Ozores, están las miradas de aquellos escritores que salvaron esas distancias y supieron ponerse en el lugar, con respeto y perspicacia, de aquellas que encarnaban otro lado de la vida bien diferente, un mundo dependiente absolutamente del masculino, esclavo de él en muchos casos, pero, a pesar de esa condición social inferior, rico y secreto siempre. Si bien, como decía, hay tantos clásicos que pueden venir a mostrarnos que pese a que la mujer no fue protagonista a la hora de crear literatura sí que lo fue como personaje de ficción, hay obras, como la que aquí presentamos, que me hacen dudar de si todo puede ser contado por cualquiera --la misma esencia del escritor debe ser el saber ponerse en el lugar del otro-- o si en ciertos momentos históricos sólo sería capaz de trasladarnos cierta experiencia quien la está sufriendo en sus carnes, aquel que la entiende en toda su complejidad. Esta novela que tiene el lector en sus manos, Orgullo y prejuicio, está escrita desde dentro de la experiencia que se cuenta, y es posible que la naturalidad sorprendente con la que está narrada venga no sólo de que esté escrita por una gran narradora, sino de que la cuenta alguien que está viviendo la misma vida de los personajes que aquí aparecen. Jane Austen escribió una y otra vez sobre el destino de las mujeres, ese destino que a veces choca brutalmente contra sus deseos; escribió una y otra vez sobre la inteligencia de las mujeres, de algunas, claro, pero está bien claro que en esta novela el personaje femenino fundamental es el más inteligente; escribió una y otra vez sobre el anhelo de las mujeres sensibles de encontrar al hombre con quien casarse, que no ha de ser un hombre cualquiera sino aquel que responda a los principios de la pasión y que con el tiempo pueda ser un gran compañero en la vida. No es el mejor destino para una mujer el quedarse soltera pero tampoco lo es, según la heroína de Orgullo y prejuicio, Elizabeth Bennet, el pasar la vida junto a un tipo gañán, desconsiderado, poco interesante a la hora de conversar, que es algo que les gusta mucho a los personajes de esta historia. No parece que la vida de Jane Austen se distanciara mucho de las vidas de sus personajes; es posible que en la pequeña localidad en la que nació, Basingstone, hija del rector de una parroquia con pocas posibilidades de dote para una supuesta boda, sin herencia después de la muerte del padre, y dependiente del favor que le otorgaran sus hermanos varones o un buen matrimonio, viviera desde niña inmersa en esas conversaciones femeninas siempre centradas en la búsqueda de un buen partido, y siendo como fue una gran observadora supo hacer de su experiencia doméstica la fuente de la que manaban sus argumentos; contó no sólo la inquietud que esas expectativas creaban en los corazones infantiles, sino el cómo se disparaba la codicia de las madres para atrapar al muchacho acomodado sin contemplar los sentimientos de la hija, y el cómo desde la tierna adolescencia se disponía a las jóvenes para una competición de la que iba a depender absolutamente su vida futura. Hay una rebelión de Jane Austen hacia este destino de las mujeres, destino que dependía sobre todo de la dote con la que un padre podía presentarla en sociedad, y luego de la belleza, por ese orden. Una buena dote podía embellecer a una mujer fea a los ojos de un joven ambicioso, y la belleza podía mejorar una mala dote a los ojos de un muchacho romántico. La rebelión de Austen no se basa en que sus heroínas den la espalda al matrimonio --ni para Jane Austen, que acabó soltera, el matrimonio sería cuestionable--, no se trata de que sugiriera un cambio de costumbres o un futuro distinto para las mujeres, es algo más íntimo que procede de una rebeldía interior: Austen concede a las protagonistas femeninas, a Elizabeth y a Jane, su hermana, el don de la inteligencia, don que según lo entiende la

escritora va muy unido a la bondad, y si bien estas dos jóvenes están, como todas las mujeres, esperando a que el varón deseado tome la iniciativa, les concede un pequeño margen de maniobra, el que les proporciona su sentido común, y también la libertad de su pensamiento, que no se ha visto colonizado por la avaricia y estupidez de la madre. No sólo el lector queda prendado del atractivo que irradia el personaje de Lizzy, Elizabeth, la hija preferida --por inteligente-- del señor Bennet, y de su hermana Jane, bella y discreta. También los hombres, los pretendientes, tienen una complejidad muy interesante. En esta novela se desprende de una forma muy sagaz la idea de que las apariencias engañan. A pesar de que no es una novela escrita en primera persona son los ojos de Elizabeth los que nos crean una opinión sobre los personajes. Hay dos de ellos, Darcy y Wickham, de los que se puede decir que ya han entrado a formar parte de los clásicos masculinos de la literatura inglesa. Ninguno de ellos son lo que parece, cada uno lleva consigo su misterio. Y lo que nos genera más intriga es que los desvelamos al tiempo que nuestra heroína. Darcy, el huraño, el arrogante, el que parece preso de un orgullo que le hace mirar a los demás por encima del hombro; Wickham, sociable, encantador y víctima de una injusticia que lo dejó sin herencia. Eso es lo que la señorita Bennet y nosotros sabemos de ellos y así los juzgamos en un principio, pero en las novelas de Austen no sólo es importante la peripecia en sí, es más, esa peripecia se puede contar en dos líneas, lo verdaderamente importante es entender por qué las personas actúan de una forma y no de otra. Austen nos hace sentir la extrañeza y el milagro de la literatura, la extrañeza de que un mundo tan distinto al nuestro, sobre todo en lo que se refiere a la vida de las mujeres, pueda parecernos, de pronto, tan asombrosamente cercano. Eso se debe, desde luego, a que sus novelas no tratan sólo de cómo unas señoritas consiguen casarse con aquel del que se enamoran por difícil que sea la cosa. Se diría que bajo esta aparente peripecia hay una melodía subterránea, mucho más profunda, que sirve para contar cómo se confrontan los anhelos con las posibilidades verdaderas de satisfacerlos, la realidad y el deseo. De igual forma que asombra la naturalidad con la que esta escritora cuenta la historia, una naturalidad que la acerca al lector tanto que a veces parece que es alguien contemporáneo nuestro que mira hacia el pasado más que alguien que nos habla desde el pasado, también es chocante la falta de amargura con la que está escrita; no hay una recreación excesiva en los momentos tristes, ni en las frustraciones, casi se puede decir que los personajes aceptan los sinsabores con una capacidad de sufrimiento mucho mayor que la que tendrían los personajes de una novela contemporánea. Tal vez eso sea un reflejo de la vida misma, parece probado que somos ahora menos capaces de aguantar las vaivenes emocionales a los que la existencia nos somete. Al fin y al cabo, Jane Austen hablaba de personas que eran como ella, sus semejantes, otras mujeres, y las mujeres debían estar preparadas, entre otras cosas, para sufrir con dignidad. Decía al principio que siempre he pensado que no se debe parcelar la literatura hasta el punto de pensar que nadie mejor que una mujer puede contar una experiencia femenina. También decía que esta novela de Austen me provocaba una duda que quiero compartir con el lector, dejando a un lado, por supuesto, el talento literario de esta escritora, que se sitúa con justicia entre los clásicos: ¿Es posible imaginar que esta misma historia, tal y como está contada, desde dentro, desde el corazón de la que sabe lo que es esperar a que alguien la elija entre otras mujeres, lo que es ser dependiente de los hombres y obediente, que sabe lo que es escuchar siempre los deseos de los varones antes que los propios, es posible, digo, imaginar, que esta misma historia estuviera narrada con igual autenticidad si la hubiera escrito un hombre? La escritura de Jane Austen me hace pensar que no, pero ahí le dejo al lector esta novela entre sus manos para que tras la maravilla que le ha de proporcionar su lectura, que ha de perseguirle hasta que la termine (y aun después), piense por sí mismo en la respuesta. Elvira Lindo Libro primero

1

Es una verdad universalmente reconocida que al hombre soltero, poseedor de fortuna cuantiosa, le hace falta casarse.

Cuando un hombre de esta categoría fija su residencia en una localidad, las familias vecinas, que llevan grabada esa verdad en su inteligencia, le consideran como legítima propiedad de alguna de sus hijas. --Mi querido señor Bennet --le dijo cierto día su señora--. ¿Te has enterado de que, al fin, alquilaron Netherfield? El señor Bennet contestó que no sabía nada. --Pues sí, señor --siguió diciendo ella--. Acaba de estar aquí la señora Long y me ha informado de todo. El señor Bennet no hizo comentarios. --¿No quieres saber quién es el nuevo inquilino? --continuó impaciente su esposa. --Estás deseando decírmelo, y por mí no hay inconveniente. No hizo falta más invitación. --Pues sí, querido; según la señora Long, Netherfield ha sido tomado en alquiler por un joven riquísimo del norte de Inglaterra; dice que llegó el lunes en una silla de posta tirada por cuatro caballos para ver la finca, y tanto le gustó, que se puso de acuerdo inmediatamente con el señor Morris; se hará cargo de ella antes de San Miguel, y una parte de la servidumbre llegará a la casa hacia fines de la semana próxima. --¿Cómo se llama? --Bingley. --¿Casado o soltero? --Soltero, como es natural. Soltero y riquísimo; cuatro o cinco mil libras de renta anual. ¡Podría ser una suerte para nuestras niñas! --¿Suerte? ¿Qué les va ni les viene a ellas? --Mi querido señor Bennet --replicó su mujer--. ¿Cómo puedes ser tan fastidioso? Has de saber que pienso casarle con una de ellas. --¿Viene con ese propósito? --¡Con ese propósito! ¿Cómo puedes decir semejante disparate? Pero no tendría nada de particular que se enamorase de una de ellas, y por eso tienes que hacerle una visita en cuanto llegue. --No se me ocurre con qué excusa. Visítale tú con las niñas o mejor envíalas a ellas solas; porque eres tan hermosa como cualquiera de tus hijas, y pudieras resultar la preferida del señor Bingley. --Me halagas, querido. Fui bella en mis tiempos, ¿por qué negarlo?, pero en la actualidad no creo valer gran cosa. Cuando una mujer es madre de cinco hijas ya mayores tiene que dejar de pensar en su propia belleza. --En tales casos, suele quedarle a la mujer poca belleza en que pensar. --Querido, no tienes más remedio que ir a ver al señor Bingley en cuanto se instale en el vecindario. --No me puedo comprometer a tanto. --Hazlo por tus hijas. Piensa, al menos, qué partido sería para una de ellas. Sir William y lady Lucas irán sólo por eso; y ya sabes que no suelen visitar a los recién llegados. No tienes más remedio que ir porque si no, tampoco nosotras podremos visitarle. --Eres una exagerada. Estoy seguro de que el señor Bingley estará encantado de veros; le entregarás unas líneas mías en las que le daré cordial consentimiento para que tome por esposa a la que más le guste de las chicas, aunque deslizaré una palabrita en favor de mi pequeña Lizzy. --Desearía que no hicieras eso. Lizzy no vale más que sus hermanas; Jane la aventaja en belleza, y Lydia es mucho más alegre que ella. Pero Lizzy fue siempre tu niña mimada. --En ninguna de ellas hay mucho que elogiar --replicó el señor Bennet--. Son tan ignorantes y necias como todas las de su edad; pero Lizzy es más vivaz que sus hermanas. --Señor Bennet, ¿cómo puedes desacreditar de ese modo a tus hijas? Gozas mortificándome. No tienes compasión de mis pobres nervios. --Me confundes, querida. Tus nervios me inspiran profundísimo respeto, como viejos amigos míos que son. Veinte años, por lo menos, llevo oyéndote hablar de ellos con lástima. --No sabes cuánto me hacen sufrir. --Estoy seguro de que podrás más que ellos y vivirás para ver establecerse en este pueblo a muchos solteros con cuatro mil libras de renta anual. --Poco fruto sacaríamos nosotros, aunque viniesen veinte, si a ti no te da la gana de visitarlos. --Te doy mi palabra, querida, de que cuando haya veinte, los visitaré a todos.

El señor Bennet era una mezcla tan extraña de ingenio, gracia burlona, reserva y capricho, que ni veintitrés años de experiencia habían bastado a su mujer para entender su carácter. El de ella no era tan complicado. Era mujer de cortos alcances, escasa preparación y humor variable. Cuando algo la disgustaba decía que estaba nerviosa. Casar a sus hijas era la preocupación de su vida; las visitas y el cotilleo, su distracción. 2 El señor Bennet fue uno de los primeros en presentarse en la casa del señor Bingley. Siempre tuvo el propósito de visitarlo, aunque hasta el último momento estuvo diciendo a su mujer que no iría; y ella no se enteró hasta la misma noche del día que lo hizo. Se descubrió cuando la segunda de sus hijas estaba guarneciendo un sombrero, y de pronto le dijo su padre: --Espero, Lizzy, que el señor Bingley lo encontrará de su gusto. --¿Y cómo sabremos que le gusta el sombrero al señor Bingley, si no vamos de visita a su casa? --dijo su madre con cierto enfado. --Olvidas, mamá, que nos encontraremos con él en las reuniones, y que la señora Long ha prometido presentárnoslo --comentó Lizzy. --Dudo de que la señora Long haga eso, porque ella pensará en sus dos sobrinas. Es una mujer egoísta, hipócrita y de la que no tengo buen concepto. --Tampoco yo lo tengo --dijo el señor Bennet--, y me alegro de que no confíes en que te haga ese favor. La señora Bennet no se dignó responder, y para desahogar su mal humor empezó a reprender a una de sus hijas. --Por Dios, Kitty, no sigas tosiendo así. Ten un poco de lástima de mis nervios. Me los estás destrozando. --Kitty no sabe toser --dijo el padre--. No lo hace a compás. --No toso por entretenimiento --refunfuñó la aludida. --¿Cuándo será el próximo baile, Lizzy? --Dentro de quince días. --¡Vaya una fecha! --exclamó la madre--. Como la señora Long no estará de vuelta hasta la víspera, no nos lo podrá presentar, porque no se lo habrán presentado a ella todavía. --En tal caso, querida, podrás sacarle ventaja y ser tú la que se lo presente a la señora Long. --¿No ves, señor Bennet, que eso es completamente imposible, puesto que no nos conocemos todavía? ¿Cómo puedes ser tan latoso? --Rindo homenaje a la mesura de tus palabras. En efecto, una relación de quince días es poca cosa. En quince días no se puede formar juicio de un hombre. Sin embargo, o corremos nosotros ese riesgo o lo correrán otros; después de todo, hay que dejar que la señora Long y sus sobrinas tengan también su oportunidad. Ella lo interpretará como una delicadeza; de modo, pues, que si tú rehúsas presentárselo, lo haré yo mismo. Las niñas se quedaron mirando atónitas a su padre. La señora Bennet se limitó a decir: --¡Cuánto desatino! --¿Qué alcance debo dar a esa exclamación tan expresiva? --preguntó el aludido--. ¿Calificar de desatinos las fórmulas de presentación entre las personas, y la importancia que se les concede? Ahí es donde yo no puedo estar de acuerdo contigo. ¿Qué dices a esto, Mary? Sé que eres una jovencita muy reflexiva, que lees libros profundos y sacas extractos de tus lecturas. Mary hubiera querido decir algo que pareciese bien pensado, pero no se le ocurrió nada, en vista de lo cual continuó su padre: --Mientras Mary ordena sus ideas, volvamos al señor Bingley. --Estoy hasta la coronilla del señor Bingley --gritó la madre. --Me apena oírte hablar así. ¿Por qué no me lo dijiste antes? De haberlo sabido esta mañana, no habría ido a su casa. Es una desgracia, pero como ya le he visitado, no podemos cerrarle nuestras puertas cuando nos devuelva la visita. El asombro de aquellas damas fue tal y como el señor Bennet había calculado. Tal vez el de la madre resultó más intenso. Sin embargo, cuando se calmó el tumultuoso regocijo que produjo la noticia, la señora Bennet comentó que ella nunca había dudado de que su esposo hiciese la visita. --Has sido muy bueno, mi querido señor Bennet. Ya sabía yo que acabaría por convencerte. Quieres demasiado a tus niñas para menospreciar una amistad como ésta. De veras que estoy

encantada. ¡Y qué gracia ha tenido que hayas ido esta mañana y no nos digas nada hasta ahora! --Bueno, Kitty, ya puedes toser como gustes --dijo el señor Bennet marchándose de la habitación para no seguir soportando los arrebatos de su mujer. Cuando cerró la puerta, dijo la señora Bennet: --¡Qué buen padre tenéis, hijas mías! No sé cómo podréis pagarle sus ternuras; ni a mí las mías, dicho sea de paso. A nuestros años no tiene nada de agradable, os lo aseguro, el hacer cada día una nueva amistad; pero somos capaces de cualquier sacrificio por vosotras. Lydia, amor mío, aunque eres la más pequeña, me figuro que, en el próximo baile, bailarás de pareja del señor Bingley. --¡Bah! --dijo intrépidamente Lydia--. No me asusta; soy la más joven, pero soy la más alta. El resto de la velada se lo pasaron haciendo cábalas. ¿Cuánto tardaría en devolverles la visita? ¿Cuándo estaría bien que lo invitasen ellas a comer? 3 Por más preguntas que hizo la señora Bennet, con la ayuda activa de sus cinco hijas, no consiguió que su marido le describiese de una manera satisfactoria cómo era el señor Bingley. Emplearon las tácticas más diversas: preguntas descaradas, suposiciones ingeniosas, vagas conjeturas. Todo lo sorteó con habilidad el señor Bennet. No tuvieron más remedio que conformarse con una información de segunda mano que les proporcionó su convecina lady Lucas. Sus referencias fueron por demás satisfactorias. Sir William había salido encantado. Era muy joven, deslumbradoramente hermoso, de una afabilidad extremada y, como coronamiento de tan buenas noticias, había indicado que se proponía asistir a la próxima reunión en compañía de numerosos amigos. ¿Qué más se podía pedir? De la afición a bailar al enamoramiento seguro, no hay más que un paso. ¡Qué risueñas esperanzas se forjaron a costa del corazón del señor Bingley! --Si veo a una de mis hijas bien establecida en Netherfield, y a las restantes bien casadas, se habrán cumplido todas mis aspiraciones --decía la señora Bennet a su esposo. El señor Bingley devolvió a los pocos días la visita, permaneciendo unos diez minutos con el señor Bennet en la biblioteca. Había oído elogiar la belleza de sus hijas, e iba con la secreta esperanza de conocerlas; pero sólo logró ver al padre. Mejor suerte tuvo la curiosidad de las damas, que pudieron comprobar, desde una ventana del piso superior, que el visitante vestía americana azul y montaba un hermoso caballo azabache. Se le envió poco después una invitación para comer con los señores Bennet, y ya la señora había preparado en su cabeza la lista de platos que iban a realzar sus cualidades de ama de casa, cuando se recibió una respuesta del invitado que obligó a dejar todo en suspenso. El señor Bingley no podía aceptar aquel honor porque tenía que estar en Londres al día siguiente, etcétera. Esto desconcertó a la señora Bennet. ¿Qué negocio podía forzarle a ir a la capital, cuando acababa apenas de llegar a Hertfordshire? ¿Se pasaría el tiempo saltando de un lugar a otro, sin asentarse debidamente en Netherfield, como era lo correcto? Lady Lucas aquietó un poco sus sobresaltos, apuntando la idea de que tal vez iba a Londres para traerse al nutrido grupo de amigos que habían de asistir al baile; al poco rato, la suposición se convirtió en noticia, según la cual vendrían con el señor Bingley a la fiesta una docena de señoras y siete caballeros. A las niñas les pareció una exageración tal número de damas; la víspera del baile se tranquilizaron, al enterarse de que las personas que habían llegado de Londres con el señor Bingley eran sólo seis: cinco hermanas suyas y un primo. Cuando el esperado grupo entró en el salón de baile había quedado reducido a cinco personas: el señor Bingley, dos hermanas suyas, el marido de la mayor de éstas y un joven. Era el señor Bingley bien parecido, y su continente, el de un caballero; la expresión de su rostro, agradable; y sus maneras, fáciles y sin afectación. Las hermanas eran bellas y tenían un aire indiscutible de buen tono. El cuñado, Hurst de nombre, era un caballero sin más relieve; pero su amigo, el señor Darcy, fue pronto el centro de todas las miradas porque era alto, elegante, de rasgos hermosos y noble actitud. A los cinco minutos de entrar en el salón, ya corría de boca en boca el rumor de que disfrutaba de unas diez mil libras de renta anual. Los caballeros coincidieron en que, como hombre, era un gran tipo; las damas sentenciaron que era mucho más guapo que el señor Bingley. Durante la primera mitad de la fiesta, se vio envuelto en la admiración general, pero la marca de su popularidad fue bajando por el disgusto que produjo su conducta; se advertía que era orgulloso, que se colocaba por encima de la concurrencia, que todo le dejaba insatisfecho. No le valió desde aquel momento el ser

propietario de una extensa finca en Derbyshire, para que lo declarasen antipático, desagradable e indigno de ser comparado con su amigo. El señor Bingley trabó pronto conocimiento con la gente más notable del salón, se mostró alegre y espontáneo, no perdió pieza, se irritó al ver que la fiesta terminaba tan temprano, y habló de que organizaría otra en el mismo Netherfield. Tan simpáticas cualidades se recomendaban por sí mismas. ¡Qué contraste entre él y su amigo! El señor Darcy bailó una pieza con la señora Hurst y otra con la señorita Bingley, rehusó ser presentado a otras damas, pasó el resto de la velada paseando por el salón, y sólo cambió de cuando en cuando algunas palabras con sus propios amigos. El veredicto que se dio sobre su carácter fue terminante. Era el hombre más orgulloso y antipático del mundo; todos estaban deseando perderlo de vista y que no apareciese más por allí. La que con mayor indignación se expresaba era la señora Bennet; el disgusto que le inspiraba su comportamiento general se agudizaba y adquiría carácter personal, porque había desairado a una de sus hijas. Debido al escaso número de caballeros, nadie había sacado a bailar a Elizabeth Bennet durante dos piezas consecutivas; y en ese tiempo había estado el señor Darcy en pie y tan cerca de ella, que ésta pudo captar el diálogo que sostuvo con el señor Bingley, cuando dejó de bailar unos momentos y se acercó a su amigo para instarle a que bailase también. --Vamos, Darcy --le dijo Bingley--. Necesito que bailes. Me fastidia verte aislado y como un poste; es una estupidez. Sería mucho mejor que bailases. --Por nada del mundo lo haré. Ya sabes que no me gusta bailar, especialmente si no conozco mucho a mi pareja. Bailar sería un tormento con esta concurrencia. Tus hermanas tienen pareja, y bailar con cualquier otra mujer sería un castigo. --Ni aunque fuese rey, sería yo tan exigente --exclamó Bingley--. Te doy mi palabra que nunca traté con tantas jóvenes bonitas como esta noche. Algunas son, como tú mismo puedes verlo, extraordinariamente guapas. --Tu pareja de ahora es, desde luego, la chica más guapa que hay en la sala --dijo el señor Darcy, mirando a la mayor de las señoritas Bennet. --Jamás he visto mujer más espléndida. Precisamente una de sus hermanas está sentada detrás de ti, sin bailar; además de muy bonita es, te lo aseguro, muy simpática. Voy a pedir a mi pareja que te la presente. --¿A cuál te refieres? Se volvió, examinó por un momento a Elizabeth, hasta que se cruzaron sus miradas, apartó él la suya y dijo fríamente: --No está mal, pero no es lo bastante hermosa para tentarme. Además, no estoy de humor para rehabilitar a señoritas que otros desairan. Vuélvete a tu pareja, recréate con sus sonrisas y no pierdas el tiempo conmigo. Bingley le obedeció; Darcy se apartó de aquel sitio, y allí quedó Elizabeth presa de sentimientos no muy cordiales. A pesar de todo, supo hacer correr ella misma la anécdota entre sus amigos, sin mostrarse ofendida, porque era una chica de temperamento alegre y divertido, que disfrutaba con todo lo ridículo. En conjunto, la familia entera pasó una velada agradable. La señora Bennet vio que la mayor de sus hijas era objeto de la admiración de todos los que componían el grupo de Netherfield. El señor Bingley la había sacado a bailar dos veces, y las hermanas de aquél la habían hecho objeto de una especial consideración. Jane estaba tan encantada como su madre, pero se mostraba más serena. Elizabeth compartía la satisfacción de Jane. Mary oyó que hablaban de ella al señor Bingley diciéndole que era la joven más cabal de aquel pueblo; y a Catherine y a Lydia las sacaron a bailar en todas las piezas, única preocupación que tenían aún al ir a un baile. Regresaron, pues, alegres a Longbourn, el lugar de su residencia y donde estaban considerados como los vecinos más importantes. El señor Bennet no se había acostado todavía. Cuando tenía un libro en la mano se olvidaba del tiempo; además, le picaba la curiosidad de saber lo ocurrido en una velada que había despertado tan magnificas esperanzas. Casi estaba deseando que su mujer saliese chasqueada en todos los proyectos que se había forjado sobre el forastero, pero pudo ver muy pronto que traía algo muy distinto que contar. --Mi querido señor Bennet --dijo al entrar en el cuarto--. La velada ha sido muy deliciosa, y el baile ha resultado muy bien. Ojalá hubieses ido. Jane despertó la admiración de todos; no se ha visto cosa igual. Todos se hacían lenguas de lo bonita que estaba; al señor Bingley le pareció hermosísima y bailó dos veces con ella. Fíjate bien en lo que digo, querido: la sacó dos veces a bailar; fue la única entre todas las de la sala a la que se dirigió por segunda vez. Invitó primero a la señorita Lucas. Me molestó, lo confieso, el verlos de pareja; pero ella le dejó frío;

es lo que le ocurre con todos, ya lo sabes; mientras bailaba con ella se le iban los ojos hacia Jane. Preguntó quién era, se hizo presentar y le pidió el siguiente baile. El tercero lo bailó con la señorita King, el cuarto con Maria Lucas, el quinto otra vez con Jane, el sexto con Lizzy y el Boulanger, con... --No hubiera bailado ni la mitad, si él hubiese sabido lo que me iban a costar a mí sus bailes -- le interrumpió con impaciencia su marido--. Por los clavos de Cristo, deja en paz a sus parejas. ¿Por qué no se dislocaría un tobillo en la primera pieza...? La señora Bennet no se cortó por eso. --Me ha dejado encantada ese caballero, querido. Es exageradamente guapo. Sus hermanas son encantadoras. En mi vida he visto cosa más elegante que sus vestidos. Te aseguro que los encajes que adornaban el de la señora de Hurst... Otra vez fue interrumpida. El señor Bennet no aguantó descripciones de perifollos. Su esposa intentó tocar otra nota del mismo tema, y se explayó con mucha acritud y alguna exageración sobre la chocante falta de educación del señor Darcy: --En mi opinión, Lizzy no pierde mucho con no serle de su gusto; es un hombre de lo más antipático y repelente; nada se pierde con no gustarle. ¡Qué insoportablemente orgulloso y fatuo es! Iba de acá para allá y de allá para acá creyéndose un gran personaje. Ninguna era lo bastante guapa para bailar con él. Me hubiese gustado que hubieras estado allí, mi querido señor Bennet, para que le hubieses apabullado con una de tus salidas. Te digo que aborrezco a ese individuo.

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