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Selección de sonetos de "Oro y Tormenta" (1956), de Juana de Ibarbourou I. Secreta dulzura En mi gran soledad florece el canto, girasol de una luz recién creada, porque teniendo rota la mirada, fluía solo la fuente de mi llanto. Pero venciendo al ogro del espanto llegaste tú, tan tierno en la jornada, que un girasol de luz recién creada me convirtió la sombra en amaranto. ¡Ah!, secreta dulzura de este verso en que yo puedo darte el universo como se da una flor, un pez de oro, una fugaz centella, un sicomoro, una lágrima azul, un esplendente ruiseñor de cristal resplandeciente. Serenidad Flauta de sal, ayer; hoy dulce caña en que ya trina una esperanza nueva que ni neblina ni tristura empaña y ecos de plata por el campo lleva. Estéril es el valle de la saña y nadie más en el sembrar se atreva. El que dañarme quiera, a sí se daña, que hasta mi ángel en mi fuente abreva. Ya tengo dulce pecho en que apoyarme, ya quien la amante sangre darme quiera y quien, con la ancha sombra de la encina, mi pecho y mi heredad proteja fuerte. Y ya, desafiadora de la muerte, he de subir cantando la colina. Con altiva transparencia Quererte con el iris, con el trueno, en la pomposa barca de la espuma, a flavo sol, a bien bruñida luna y espigada madeja de centeno. Con envidia de nube transitoria y paciencia de piedra en el camino, a ocre mantillo y a curioso pino,

a olvido, a permanencia y a memoria. Con la cambiante ágata del sino y la obsidiana en blanco de la suerte, en el mármol sin voces de la muerte y por el canto unido a mi destino. Quererte con escándalo o licencia, mas siempre con altiva transparencia. Francesca Amor no es beatitud sino centella y mordedura honda del destino. Amarga adelfa y florecido espino, ceñida luna y turbulenta estrella. Cuando yo lo veía cual vallado de azucenas, al borde de mi senda, me equivocaba, niña azul, tremenda, y reía sarcástico mi hado. Pero así lo prefiero. Así, Francesca, que sabes de aquel viento, gigantesca rizadura en que giras con Paolo. Quiero el amor que duele y que atormenta, no el dulce amor de esclarecida menta, que se marchita inconsistente y solo. II. Verano Pinar melódico, río de Diciembre, pequeñas flores, corazón del día, saeta que parte, justo al mediodía, desde los mediodías de Noviembre. ¡Ah, Verano sonoro y centelleante, durazno rojo, poma de topacio!, ¡toda la pedrería en el espacio, desde el dulce zafiro hasta el diamante! Y tú, el arquero, erguido, exacto, puro, con tus ojos lejanos, en el duro disco distante del cenit de acero. Me doblo como flor de miel desnuda y espero siempre que tu voz me acuda como una clara lluvia de Febrero. Minerva

Allá, por Cerro Largo, es Primavera con oro y rojo de los macachines. Salvajes y tostados serafines duermen siesta en el trigo de mi era. Allá, por Cerro Largo, es Primavera, pero yo he traspasado los confines del Otoño, y conmigo, mis mastines miden a pasos lentos la pradera. Melancolía de ceniza pálida en medio de la luz mielada y cálida entre la azul riqueza de este día. Venus y Diana me han abandonado y tan solo Minerva, a mi costado me habla, doctamente, de poesía. El río El río se alza vertical, de oro, todo de flautas, todo de peonías. Una espiral en vértigo sonoro de rosas verdes y azucenas frías. Duerme la luna entre su cauce. El viento en su madeja esconde sus laúdes. Yo tomo de ella el tono del lamento. Tú, para el canto, a su timbal acudes. Mojo el pie en su corriente y me estremezco. ¡Está hechizado el río! Crezco, crezco, me vuelvo un árbol todo flor y brillo, descubro el mar, vislumbro la montaña, pero mi pie está prisionero, y daña una mano de hierro mi tobillo. Viento del amanecer Citarilla de Dios, viento sonoro; para los seres puros, letanía de palabras mieladas, en el día que tañe el ángel con su uña de oro. Nacido al alba en flor de sicomoro, da voz a la perfecta simetría del campo y la azulada serranía donde insectos y urpilas le hacen coro. ¡Citarilla de Dios, laúd pequeño! Citarilla que dedos de su dueño apenas pulsan, mas escucha el río,

escucha el mar de sales y de peces y escucha el universo hasta sus heces, porque El se vuelve aliento en su armonía. III. Víspera de viaje He de hallar la pajiza flor del alba, el mielado fulgor de la mañana que todo embrujo de la noche salva, para empezar mi vida americana. Esa de Nueva York ancha y absurda para nosotros, los latinos puros, que Dios construye con su mano zurda, sin contención, sin diques y sin muros. Mi tiesa piel criolla y española echaré sobre el hombro de una ola al bajar en su puerto desmedido. He de vivir la vida neoyorkina, sin mi severa falda de latina, pero el rosario al puño, suspendido. Avión Algazara del día sobre el aire, distancia a bruma lila de horizontes. Juguetes: campos, plenos ríos, montes. Nubes: linos cardados al desgaire. Toda el alma, la gracia suspendida y el recuerdo, una caja de alfileres. Siempre se están hiriendo las mujeres en las entrañas tibias de la vida. Atrás la casa, el tierno amor, las cosas que nos precisan y que necesitamos. Son ya mis perros y mis dulces rosas, más que mi propiedad, callados amos. Por las rutas del viento, misteriosas, reclámanme imperiosos, canes, ramos. Mal día La celeste paloma de la tarde llega con su corona de oro pálido. El día ha sido tumultoso, cálido, y aún el jardín entre sus ascuas arde. Día de Enero en la mitad de Agosto,

mañana y tarde de total mentira, desde tu carta sin amor ni ira, hasta el orol, bajo el parral, a mosto. Todo me enerva como si tocase la floja tecla de un dormido piano que en mi vacía sala yo encontrase sin su tono de voces, sobrehumano. ¡Falso día de Estío en el Invierno! Hoy todo en él tuvo sabor a infierno. Equilibrio Creció el día en mi espejo. Mi peineta, mi empinada peineta paraguaya, en mi moño relumbra y se soslaya la luz de sus diamantes en la quieta lisura de mi frente. En la retreta de la hora seis, le ruego que se vaya a mi ángel diurno. Ya en la playa me aguarda el de la noche, dulce esteta. Es el momento áureo del ensueño, del verso y la oración, luego del sueño en la gustosa soledad del libro y los recuerdos. Se adormila el canto y se aplaca el suspiro, aire del llanto, en la conquista azul del equilibrio. IV. A deshora ¿Versos? Sí, algunos cada día sobre la luz que el alba nos rehace y mientras Sirio por el cielo trace su indescriptible plan de certería. Muchos, de amor, la vaga melodía del clave cuya música renace, porque no hay Primavera que se aplace y Octubre estalla en rosas todavía. Versos, sí, por la risa, por el llanto, por una pena o un furtivo canto, por una flor o un ruiseñor divino. Versos porque se vive, y se enamora una mujer, un día fuera de hora en el reloj tremendo del destino.

Oro y tormenta Asida de una rama de neblina, dialogo con mi ayer, oro y tormenta, la furia del clavel entre la menta enciende todavía la colina. Mientras la dulce tarde se asordina, otra música llega grave y lenta, a enclaustrarme en sus giros de tormenta y su olor de jazmines y resina. El ayer... Ah, qué mundo tan lejano de esta avidez de presa de mi mano, halcón menudo que cazó centellas, ave de paraíso ya perdida entre la selva helada de una vida que iluminaron las estrellas. Elíptica Voy a quedarme quieta, sin acento, convalenciente, con la sangre mínima para ir viviendo, ya olvidada, ínfima huida de la risa y el lamento. Voy a vivir más pálida que el aire y más callada que la luz del alba, con la breve fragancia de la malva y una sonrisa, a veces, al socaire. ¡Qué descanso alentar hasta la muerte ya sin más desafíos a la suerte, oscura y leve, sin pulseras de oro, sin pectoral de oro, sin diamantes! Volver en una elíptica a lo de antes: la anónima mujer sin un tesoro. Ya sé lo que es morir Apenas es la luz y el aire apenas para mi huraña carne lastimada. Como un río letal entre mis venas rueda la triste sangre acobardada. Pasa por mí el día de colmenas y ni cera ni abeja enamorada hacen vibrar las íntimas antenas, la epidermis por nieves clausurada. Conozco hielos y sombras infecundos, mano zurda de Dios sobre los mundos,

que ni el demonio a disputar se atreve. Ya sé lo que es morir y no estar muerta, lo que es golpear sobre ferrada puerta con puño de mujer cansado y leve. Margarita Gauthier En el pino de cantos; en el blando sauce que el viento ama; en el ensueño sellado del ciprés, casa del sueño; en cuanto miro o toco está llamando a mi herido recuerdo, tu recuerdo. Si no regresas pronto, agonizando estaré en cada flor que deshojando deshaga el aire. Desolada muerdo el fantasma del beso que pusiste en mi cuello, al partir. Fantasma triste como una gema que la luz no toca. Por todo viaje tuyo voy muriendo un poco cada vez, y estoy sintiendo ya gusto a tierra y hielo entre mi boca.

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