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Read Durrell, L. ''Alexandria Quartet''-En-Sp.p65 text version

THE ALEXANDRIA QUARTET JUSTINE, BALTHAZAR, MOUNTOLIVE, CLEA by

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EL CUARTETO DE ALEJANDRIA de LAWRENCE DURRELL

LAWRENCE DURRELL JUSTINE `He has achieved the rare feat of perfectly balancing and intertwining emotion, sensation and thinking, through four novels all 10 so closely woven together that once you have them all in your head they fuse and it is no longer possible to separate one from the other three.... If ever a work bore an instantly recognizable signature on every sentence, this is it. It is in fact a formidable, glittering achievement; and not the least remarkable thing about it is that in spite of the all-pervading spirit 15 of Alexandria, it has, too, a timelessness and placelessness peculiar to works that are big enough to make a world of their own.' THE TIMES LITERARY SUPPLEMENT FABER AND FABER London

20 JUSTINE FIRST PUBLISHED IN 1957 BALTHAZAR FIRST

traducción de Aurora Bernárdez Editorial Sudamericana, S. A. Edasa, Barcelona, 1970-77

PUBLISHED IN 1958 MOUNTOLIVE FIRST PUBLISHED IN 1958 CLEA FIRST PUBLISHED IN 1960 FIRST PUBLISHED IN THIS EDITION 1968 REPRINTED 1969, 1970 BY FABER AND FABER LIMITED 24 RUSSELL SQUARE LONDON W.C.I PRINTED IN 25 GREAT BRITAIN BY C. TINLING & CO. LTD., LONDON AND PRESCOT. PREFACE THIS group of four novels is intended to be read as a single work under the collective title of The Alexandria Quartet; a suitable descriptive subtitle might be `a word continuum'. In trying to work out my form I adopted, as a rough analogy, the relativity proposition. The first three were related in an intercalary fashion, being `siblings' of each other 35 and not `sequels'; only the last novel was intended to be a true sequel and to unleash the time dimension. The whole was intended as a challenge to the serial form of the conventional novel: the time-saturated novel of the day.

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JUSTINE [1-125] & B a l t h a z a r [126-254] tr. de Aurora Bernárdez M o u n t o l i v e [255-435] t r. d e S a n t i a g o F e r r a r i C L E A [436-595] tr. de M a t i l d e H o r n e

Aclaración

Las ediciones utilizadas por los traductores son anteriores a la edición definitiva inglesa de 1962, última edición a la q ue Durrell añadió, quitó y corrigió; es a esta edición a la que corresponde el texto inglés de la columna de la izquierda. Por ello, se encontrarán , entre otros cambios y erratas subsanadas no especificadas, pá rrafos traducidos que Durrell suprimió de esta útima edición y a la inversa, etc. JR

Among the workpoints at the end I have sketched in a number of possible ways of continuing to deploy these characters and situations in further instalments -- but this is only to suggest that even if the group of books were extended indefinitely the result would never become ROMAN FLEUVE; if, that is to say, the axis of the work has been 45 properly laid down it should be possible to radiate from it in any direction without losing the strictness and congruity of its relation to `a continuum'.

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It has been possible, for this edition, to correct a number of small

50 slips pointed out by readers and critics, and also to add some small

passages which were cut out of the original volumes in the MS. stage. The changes are not very great. BALTHAZAR and MOUNTOLIVE both lose half a dozen lines of text. CLEA gains a small section, and a new translation from C. P. Cavafy.

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A Eva, estas memorias de su ciudad natal.

L.D. FRANCE 1962

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NOTA Los personajes de esta novela, la primera de una serie, así como el narrador, son ficticios y nada tienen que ver con ninguna persona viviente. Sólo la ciudad es real. Como la literatura moderna no nos ofrece Unidades me he vuelto hacia la ciencia para realizar una novela como un navío de cuatro puentes cuya forma se basa en el principio de la relatividad. Tres lados de espacio y uno de tiempo constituyen la receta para cocinar un continuo. Las cuatro novelas siguen este esquema. Sin embargo, las tres primeras partes se despliegan en el espacio (de ahí que las considere hermanas, no sucesoras una de otra) y no constituyen una serie. Se interponen, se entretejen en una relación puramente espacial. El tiempo está en suspenso. Sólo la última parte representa el tiempo y es una verdadera

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JUSTINE NOTE

65

The characters in this story, the first of a group, are all inventions together with the personality of the narrator, and bear no resemblance to living persons. Only the city is real.

Durrell's Justine

tr. de Aurora Bernárdez

I AM ACCUSTOMING MYSELF TO THE IDEA OF REGARDING EVERY SEXUAL ACT AS A PROCESS IN WHICH FOUR PERSONS ARE INVOLVED. WE SHALL HAVE A LOT TO DISCUSS ABOUT THAT.

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sucesora. La relación sujeto--objeto es tan importante para la relatividad que he debido emplear los dos tonos: el subjetivo y el objetivo. La tercera parte, Mountolive, es una novela estrictamente naturalista en la cual el narrador de Justine y Balthazar se convierte en objeto, es decir, en personaje. Este método no debe nada ni a Proust ni a Joyce, pues a mi entender sus métodos, ilustran la noción de «duración» de Bergson, no la relación «espacio--tiempo». El tema central del libro es una investigación del amor moderno. Estas consideraciones pueden parecer un poco presuntuosas e incluso grandilocuentes. Pero valga la pena tratar de descubrir una forma, adecuada a nuestro tiempo, que merezca el epíteto de «clásica». Aunque el resultado sea «ciencia--ficción» en la verdadera acepción del término. L. D.

S. FREUD : LETTERS THERE ARE TWO POSITIONS AVAILABLE TO US -- EITHER CRIME WHICH RENDERS US HAPPY, OR THE NOOSE, WHICH 10 PREVENTS US FROM BEING UNHAPPY. I ASK WHETHER THERE CAN BE ANY HESITATION, LOVELY THÉRÈSE, AND WHERE WILL YOUR LITTLE MIND FIND AN ARGUMENT ABLE TO COMBAT THAT ONE?

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D. A. F. DE SADE : JUSTINE

To

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Empiezo a creer que todo acto sexual es un proceso en el que participan cuatro personas. Tenemos que discutir en detalle este problema. S. FREUD:

EVE these memorials of her native city Cartas.

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Hay dos soluciones posibles: el crimen que nos hace felices, o la cuerda que nos impide ser desdichados. Respóndame, querida Thérése, ¿se puede dudar un solo instante? ¿Y qué argumento podría aducir su pobre inteligencia en contra de aquél? D. A. F. DE SADE:

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35

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JUSTINE PART I

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JUSTINE PRIMERA PARTE Otra vez hay mar gruesa, y el viento sopla en ráfagas excitantes: en pleno invierno se sienten ya los anticipos de la primavera. Un cielo nacarado, caliente y límpido hasta mediodía, grillos en los rincones umbrosos, y ahora el viento penetrando en los grandes plátanos, escudriñándolos... Me he refugiado en esta isla con algunos libros y la niña, la hija de Melissa. No sé por qué empleo la palabra «refugiado». Los isleños dicen bromeando que sólo un enfermo puede elegir este lugar perdido para restablecerse. Bueno, digamos, si se prefiere, que he venido aquí para curarme... De noche, cuando el viento brama y la niña duerme apaciblemente en su camita de madera junto a la chimenea resonante, enciendo una lámpara y doy vueltas en la habitación pensando en mis amigos, en Justine y Nessim, en Melissa y Balthazar. Retrocedo paso a paso en el camino del recuerdo para llegar a la ciudad donde vivimos todos un lapso tan breve, la ciudad que se sirvió de nosotros como si fuéramos su flora, que nos envolvió en conflictos que eran suyos y creíamos equivocadamente nuestros, la amada Alejandría. ¡He tenido que venir tan lejos para comprenderlo todo! En este desolado promontorio que Arcturo arranca noche a noche de las tinieblas, lejos del polvo calcinado de aquellas tardes de verano, veo al fin que ninguno de nosotros puede ser juzgado por lo que ocurrió entonces. La

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The sea is high again today, with a thrilling flush of wind. In the midst of winter you can feel the inventions of spring. A sky of hot nude pearl until midday, crickets in sheltered places, and now the wind unpacking the great planes, ransacking the great planes....

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árboles

I have escaped to this island with a few books and the child -- Melissa's child. I do not know why I use the word `escape'. The villagers say jokingly that only a sick man would choose such a remote place to rebuild. Well, then, I have come here to heal myself, if you like to put 55 it that way.... At night when the wind roars and the child sleeps quietly in its wooden cot by the echoing chimney-piece I light a lamp and walk about, thinking of my friends -- of Justine and Nessim, of Melissa and 60 Balthazar. I return link by link along the iron chains of memory to the city which we inhabited so briefly together: the city which used us as its flora -- precipitated in us conflicts which were hers and which we mistook for our own: beloved Alexandria!

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I have had to come so far away from it in order to understand it all! Living on this bare promontory, snatched every night from darkness by Arcturus, far from the lime-laden dust of those summer afternoons, I see at last that none of us is properly to be judged for what happened

in the past. It is the city which should be judged though we, its children, must pay the price.

capitally 1. primordially 2. excelently

ciudad es la que debe ser juzgada, aunque seamos sus hijos quienes paguemos el precio.

***** En esencia, ¿qué es esa ciudad, la nuestra? ¿Qué resume la palabra Alejandría? Evoco en seguida innumerables calles donde se arremolina el polvo. Hoy es de las moscas y los mendigos, y entre ambas especies de todos aquellos que llevan una existencia vicaria. Cinco razas, cinco lenguas, una docena de religiones; el reflejo de cinco flotas en el agua grasienta, más allá de la escollera. Pero hay más de cinco sexos y sólo el griego del pueblo parece capaz de distinguirlos. La mercadería sexual al alcance de la mano es desconcertante por su variedad y profusión. Es imposible confundir a Alejandría con un lugar placentero. Los amantes simbólicos del mundo helénico son sustituidos por algo distinto, algo sutilmente andrógino, vuelto sobre sí mismo. Oriente no puede disfrutar de la dulce anarquía del cuerpo, porque ha ido más allá del cuerpo. Nessim dijo una vez, recuerdo --y creo que lo había leído en alguna parte-- que Alejandría es el más grande lagar del amor; escapan de él los enfermos, los solitarios, los profetas, es decir, todos los que han sido profundamente heridos en su sexo.

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Capitally, what is this city of ours? What is resumed in the word Alexandria? In a flash my mind's eye shows me a thousand dusttormented streets. Flies and beggars own it today -- and those who enjoy an intermediate existence between either.

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Five races, five languages, a dozen creeds: five fleets turning through their greasy reflections behind the harbour bar. But there are more than five sexes and only demotic Greek seems to distinguish among them. The sexual provender which lies to hand is staggering 15 in its variety and profusion. You would never mistake it for a happy place. The symbolic lovers of the free Hellenic world are replaced here by something different, something subtly androgynous, inverted upon itself. The Orient cannot rejoice in the sweet anarchy of the body -- for it has outstripped the body. I remember Nessim once saying -- I think he was 20 quoting -- that Alexandria was the great winepress of love; those who emerged from it were the sick men, the solitaries, the prophets -- I mean all who have been deeply wounded in their sex.

outstrip dejar atrás, sobrepasar, despojarse

*****

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slake [+ one's thirst] apagar, aplacar

Notes for landscape-tones.... Long sequences of tempera. Light filtered through the essence of lemons. An air full of brickdust -- sweetsmelling brick-dust and the odour of hot pavements slaked with water. Light damp clouds, earth-bound yet seldom bringing rain. Upon this 30 squirt dust-red, dust-green, chalk-mauve and watered crimson-lake. In summer the sea-damp lightly varnished the air. Everything lay under a coat of gum. And then in autumn the dry, palpitant air, harsh with static

35 electricity, inflaming the body through its light clothing. The flesh

Notas para un paisaje... Largas modulaciones de color. Luz que se filtra a través de la esencia de los limones. Polvo de ladrillo suspendido en el aire fragante, y el olor del pavimento caliente recién regado. Nubes livianas, al ras del suelo, que sin embargo rara vez traen lluvia. Sobre ese fondo se proyectan rojos y verdes polvorientos, malva pastel y un carmesí profundo y diluido. En verano la humedad del mar da una leve pátina al aire. Todo parece cubierto por un manto de goma. Y luego, en otoño, el aire seco y vibrante, cargado de áspera electricidad estática, que inflama el cuerpo bajo la ropa liviana. La carne despierta, siente los barrotes de su prisión. De noche una prostituta borracha camina por una calle oscura, sembrando los fragmentos de una canción como si fueran pétalos. ¿Fue allí donde escuchó Antonio los acordes arrobadores de esa música sublime que lo impulsó a entregarse para siempre a la ciudad que amaba? Los cuerpos hoscos de los jóvenes inician la caza de una desnudez cómplice, y en esos pequeños cafés a los que solía ir Balthazar con el viejo poeta de la ciudad, los muchachos, nerviosos, juegan al chaquete bajo las lámparas de petróleo y, perturbados por el viento seco del desierto --tan poco romántico, tan sospechoso--, se agitan y se vuelven para mirar a los recién llegados. Les cuesta respirar y en cada beso del verano reconocen el gusto de la cal viva...

coming alive, trying the bars of its prison. A drunken whore walks in a dark street at night, shedding snatches of song like petals. Was it in this that Anthony heard the heart-numbing strains of the great music which persuaded him to surrender for ever to the city he loved?

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sulking enfurruñado, de mal humor

The sulking bodies of the young begin to hunt for a fellow nakedness, and in those little cafés where Balthazar went so often with the old poet of the city,* the boys stir uneasily at their backgammon under the petrol-lamps: disturbed by this dry desert wind -- so 45 unromantic, so unconfiding -- stir, and turn to watch every stranger. They struggle for breath and in every summer kiss they can detect the taste of quicklime.... insegura *****

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insaciable, insaciado

I had to come here in order completely to rebuild this city in my brain -- melancholy provinces which the old man* saw as full of the `black ruins' of his life. Clang of the trams shuddering in their metal veins as they pierce the iodine-coloured MEIDAN of Mazarita. Gold, 55 phosphorus, magnesium paper. Here we so often met. There was a little coloured stall in summer with slices of water-melon and the vivid waterices she liked to eat. She would come a few minutes late of course -- fresh perhaps from some assignation in a darkened room, from which I avert my mind; but so fresh, so young, the open petal of the mouth that 60 fell upon mine like an unslaked summer. The man she had left might still be going over and over the memory of her; she might be as if still dusted by the pollen of his kisses. Melissa! It mattered so little somehow, feeling the lithe weight of the creature as she leaned on one's arm smiling with the selfless candour of those who had given over with 65 secrets. It was good to stand there, awkward and a little shy, breathing quickly because we knew what we wanted of each other. The messages passing beyond conscience, directly through the flesh-lips, eyes, water3

He venido a reconstruir piedra por piedra esa ciudad en mi mente, esas provincias melancólicas que el viejo veía llenas de las «ruinas sombrías» de su vida. Estrépito de los tranvías estremeciéndose en sus venas metálicas mientras atraviesan la meidan color de iodo de Mazarita. Oro, fósforo, magnesio, papel. Allí nos encontrábamos a menudo. En verano había un tenderete abigarrado donde a ella le gustaba saborear tajadas de sandía y sorbetes de colores brillantes. Naturalmente, llegaba siempre un poco tarde, de vuelta quizá de una cita en una habitación oscura en la que yo trataba de no pensar, tan frescos, tan jóvenes eran los pétalos abiertos de la boca que caía sobre la mía para saciar la sed del verano. Quizás el hombre a quien acababa de abandonar rondaba aún en su memoria, quizá persistía aún en ella el polen de sus besos. Pero eso importaba muy poco ahora que sentía el leve peso de su cuerpo apoyando su brazo en el mío, sonriendo con la sinceridad generosa de los que han renunciado a todo secreto. Era bueno estar allí desmañados, un poco tímidos, respirando agitadamente porque sabíamos lo que cada uno esperaba del otro. Los mensajes se transmitían prescindiendo de la conciencia, por la pulpa de los labios, por los ojos, por los sorbetes, por el

Durrell's Justine

tr. de Aurora Bernárdez

ices, the coloured stall. To stand lightly there, our little fingers linked, drinking in the deep camphor-scented afternoon, a part of city.... *****

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tenderete abigarrado. Permanecer allí alegremente, tomados de los meñiques, bebiendo la tarde profundamente olorosa a alcanfor, como si fuéramos parte de la ciudad...

I have been looking through my papers tonight. Some have been converted to kitchen uses, some the child has destroyed. This form of censorship pleases me for it has the indifference of the natural world to the constructions of art -- an indifference I am beginning to share. 10 Alter all, what is the good of a fine metaphor for Melissa when she lies buried deep as any mummy in the shallow tepid sand of the black estuary? But those papers I guard with care are the three volumes in which

15 Justine kept her diary, as well as the folio which records Nessim's

Esta noche estuve revisando mis papeles. Algunos han ido a parar a la cocina, la niña ha roto otros. Me gusta esta especie de censura porque tiene la indiferencia del mundo natural por las construcciones del arte, indiferencia que empiezo a compartir. Después de todo, ¿de qué le sirve a Melissa una hermosa metáfora ahora que yace como una momia anónima en la tibia arena del estuario negro? Pero estos papeles que guardo con cuidado son los tres volúmenes del diario de Justine, y las páginas que registran la locura de Nessim. Nessim me entregó todo a mi partida, diciendo: Tome esto y léalo. Aquí se habla mucho de nosotros. Le ayudará a conservar la imagen de Justine sin echarse atrás, como he tenido que hacerlo yo. Esto ocurría en el Palacio de Verano, después de la muerte de Melissa, cuando Nessim creía aún que Justine volvería a su lado. Muchas veces pienso, y nunca sin cierto terror, en el amor de Nessim por Justine. ¿Puede concebirse algo más amplio, más sólidamente fundado en sí mismo? Daba a su desdicha un aura de éxtasis, era como esas heridas deliciosas que esperamos encontrar en los santos antes que en los simples enamorados. Sin embargo, un poco de sentido del humor le hubiera evitado un sufrimiento tan espantosamente vasto. Pero es fácil criticar, lo sé. Lo sé.

madness. Nessim noticed them when I was leaving and nodded as he said: `Take these, yes, read them. There is much about us all in them.

20 They should help you to support the idea of Justine without flinching,

as I have had to do.' This was at the Summer Palace after Melissa's deaths when he still believed Justine would return to him. I think often, and never without a certain fear, of Nessim's love for Justine. What could be more comprehensive, more surely founded in itself? It coloured 25 his unhappiness with a kind of ecstasy, the joyful wounds which you'd think to meet in saints and not in mere lovers. Yet None touch of humour would have saved him from such dreadful comprehensive suffering. It is easy to criticize, I know. I know.

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***** En la gran calma de estas tardes de invierno hay un reloj: el mar. Su palpitación confusa que se prolonga en la mente es la fuga sobre la cual se compone este relato. Vacías cadencias de las olas que lamen sus propias heridas, hoscas en las bocas del delta, bullentes en las playas desiertas, vacías, eternamente vacías bajo el vuelo de las gaviotas: garabatos blancos sobre el gris, masticados por las nubes. Si una vela se acerca hasta aquí, muere antes de que la tierra la cubra con su sombra. ¡Despojos barridos hasta los frontones de las islas, último vestigio carcomido por la intemperie, plantado en la vejiga azul del agua... desaparecido!

In the great quietness of these winter evenings there is one clock: the sea. Its dim momentum in the mind is the fugue upon which this writing is made. Empty cadences of sea-water licking its own wounds, 35 sulking along the mouths of the delta, boiling upon those deserted beaches -- empty, forever empty under the gulls: white scribble on the grey, munched by clouds. If there are ever sails here they die before the land shadows them. Wreckage washed up on the pediments of islands, the last crust, eroded by the weather, stuck in the blue maw of 40 water ... gone! ***** Apart from the wrinkled old peasant who comes from the village

45 on her mule each day to clean the house, the child and I are quite alone.

It is happy and active amid unfamiliar surroundings. I have not named it yet. Of course it will be Justine -- who else? As for me I am neither happy nor unhappy; I lie suspended like a

50 hair or a feather in the cloudy mixtures of memory. I spoke of the

Aparte de la vieja campesina arrugada que todos los días viene en su mula desde la aldea para limpiar la casa, la niña y yo estamos absolutamente solos. La niña lleva una vida feliz y activa en un ambiente extraño. Todavía no le he dado nombre. Naturalmente, se llamará Justine; ¿de qué otra manera podía ser? Por lo que a mí respecta, no soy ni feliz ni desdichado; vivo en suspenso como un cabello o una pluma en la amalgama nebulosa de mis recuerdos. He hablado de la inutilidad del arte, pero no he dicho la verdad sobre el consuelo que' procura. El solaz que me da este trabajo de la cabeza y del corazón, reside en que sólo aquí, en el silencio del pintor o del escritor, puede recrearse la realidad, ordenarse nuevamente, mostrar su sentido profundo. Nuestros actos cotidianos son en realidad la arpillera que oculta la tela laminada de oro, el significado del diseño. Por medio del arte logramos una feliz transacción con todo lo que nos hiere o vence en la vida cotidiana, no para escapar al destino, como trata de hacerlo el hombre ordinario, sino para cumplirlo en todas sus posibilidades: las imaginarias. Si no, ¿por qué habríamos de herirnos unos a otros? No, la paz que busco y que quizá me sea concedida, no la encontraré jamás en los ojos de Melissa, brillantes de cariño, ni en las sombrías pupilas de Justine. Ahora cada uno de nosotros ha tomado un camino distinto, pero en esta primera gran ruptura de mi madurez siento que su recuerdo dilata prodigiosamente los límites de mi arte y de mi vida. Por el pensamiento los alcanzo de nuevo, como si sólo aquí, en esta mesa de madera, frente al mar, a la sombra de un olivo, sólo aquí pudiera enriquecerlos como lo merecen. Así, en el sabor de estas páginas habrá algo de sus modelos

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uselessness of art but added nothing truthful about its consolations. The solace of such work as I do with brain and heart lies in this -- that only THERE, in the silences of the painter or the writer can reality be reordered, reworked and made to show its significant side. Our common 55 actions in reality are simply the sackcloth covering which hides the cloth-of-gold -- the meaning of the pattern. For us artists there waits the joyous compromise through art with all that wounded or defeated us in daily life; in this way, not to evade destiny, as the ordinary people try to do, but to fulfil it in its true potential -- the imagination. Otherwise 60 why should we hurt one another? No, the remission I am seeking, and will be granted perhaps, is not one I shall ever see in the bright friendly eyes of Melissa or the sombre brow-dark gaze of Justine. We have all of us taken different paths now; but in this, the first great fragmentation of my maturity, I feel the confines of my art and my living deepened 65 immeasurably by the memory of them. In thought I achieve them anew; as if only here -- this wooden table over the sea under an olive tree, only here can I enrich them as they deserve. So that the taste of this

Durrell's Justine

tr. de Aurora Bernárdez

writing should have taken something from its living subjects -- their breath, skin, voices -- weaving them into the supple tissues of human memory. I want them to live again to the point where pain becomes art.... Perhaps this is a useless attempt, I cannot say. But I must try.

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vivientes --su aliento, su piel, sus voces-- que irá entretejido en la trama flexible de la memoria de los hombres. Quiero que vivan otra vez hasta alcanzar el punto en que el dolor se transmuta en arte... Quizá sea una tentativa inútil, no sé. Pero debo intentarlo. Hoy la niña y yo hemos terminado de construir la chimenea de la casa; conversamos tranquilamente mientras trabajamos. Le hablo como me hablaría a mí mismo si estuviera solo; ella me contesta en un lenguaje heroico, de su invención. Siguiendo la costumbre de esta isla, enterramos bajo la piedra del hogar los anillos que Cohen había comprado para Melissa. Traerán suerte a todos los que vivan en esta casa.

Today the child and I finished the hearth-stone of the house together, quietly talking as we worked. I talk to her as I would to myself if I were alone; she answers in an heroic language of her own invention. We buried the rings Cohen bought for Melissa in the ground under the 10 hearth-stone, according to the custom of this island. This will ensure good luck to the inmates of the house. ***** At the time when I met Justine I was almost a happy man. A door had suddenly opened upon an intimacy with Melissa -- an intimacy not the less marvellous for being unexpected and totally undeserved. Like all egoists I cannot bear to live alone; and truly the last year of bachelorhood had sickened me -- my domestic inadequacy, my 20 hopelessness over clothes and food and money, had all reduced me to despair. I had sickened too of the cockroach-haunted rooms where I then lived, looked after by oneeyed Hamid, the Berber servant.

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En la época en que conocí a Justine yo era casi un hombre feliz. Una puerta se había abierto de pronto por obra de mi intimidad con Melissa, intimidad más maravillosa aún por ser inesperada y absolutamente inmerecida. Como todos los egoístas, no puedo vivir solo; la verdad es que mi último año de celibato me había resultado insoportable, y mi ineficacia para la vida doméstica, mi inutilidad en materia de ropa, comida y dinero me abrumaban. Además estaba harto de las habitaciones invadidas de cucarachas donde vivía entonces, con la única ayuda de Hamid, el tuerto, mi criado berberisco. Melissa no había destruido mis miserables defensas con ninguna de esas cualidades que pueden señalarse en una amante: encanto, belleza excepcional, inteligencia; nada de eso, sino por obra de lo que sólo puedo llamar su caridad, en el sentido griego de la palabra. Recuerdo que solía verla pasar, pálida, más bien delgada, con un raído abrigo de piel de foca, llevando de la traílla a su perrito por las calles invernales. Sus manos de tísica, de venas azules, etc. El arco de las cejas artificialmente acentuado para destacar los hermosos ojos cándidos, osados. Durante muchos meses la vi diariamente, pero su belleza taciturna y decadente no hallaba respuesta en mí. Todos los días me cruzaba con ella al ir al café Al Aktar donde Balthazar me esperaba con su sombrero negro para «instruirme». Nunca pensé que llegaría a ser su amante. Sabía que había sido modelo en el Atelier --profesión poco envidiable-- y que ahora era bailarina; más aún, sabía que era la querida de un peletero de cierta edad, un comerciante gordo y vulgar. Anoto simplemente estas cosas para registrar una parte de mi vida que el mar se ha tragado. ¡Melissa! ¡Melissa!

Melissa had penetrated my shabby defences not by any of the

25 qualities one might enumerate in a lover -- charm, exceptional beauty,

intelligence -- no, but by the force of what I can only call her charity, in the Greek sense of the word. I used to see her, I remember, pale, rather on the slender side, dressed in a shabby sealskin coat, leading her small dog about the winter streets. Her blue-veined phthisic hands, 30 etc. Her eyebrows artificially pointed upwards to enhance those fine dauntlessly candid eyes. I saw her daily for many months on end, but her sullen aniline beauty awoke no response in me. Day after day I passed her on my way to the Café Al Aktar where Balthazar waited for me in his black hat to give me `instruction'. I did not dream that I 35 should ever become her lover.

aniline n. a colourless oily liquid

I knew that she had once been a model at the Atelier -- an unenviable job -- and was now a dancer; more, that she was the mistress of an elderly furrier, a gross and vulgar commercial of the city. I simply 40 make these few notes to record a block of my life which has fallen into the sea. Melissa! Melissa! ***** I am thinking back to the time when for the four of us the known world hardly existed; days became simply the spaces between dreams, spaces between the shifting floors of time, of acting, of living out the topical.... A tide of meaningless affairs nosing along the dead level of things, entering no climate, leading us nowhere, demanding of us nothing 50 save the impossible -- that we should be. Justine would say that we had been trapped in the projection of a will too powerful and too deliberate to be human -- the gravitational field which Alexandria threw down about those it had chosen as its exemplars....

45 55

Pienso en la época en que el mundo conocido apenas existía para nosotros cuatro; los días eran simplemente espacios entre sueños, espacios entre capas móviles de tiempo, de actividades, de charla intrascendente... Un flujo y reflujo de asuntos insignificantes, un husmear cosas muertas, fuera de todo ambiente real, que no nos llevaba a ninguna parte, que no nos exigía nada salvo lo imposible: ser nosotros mismos. Justine decía que habíamos quedado atrapados en la proyección de una voluntad demasiado poderosa y deliberada para ser humana, el campo de atracción que Alejandría presentaba hacia los que había elegido para ser sus símbolos vivientes...

***** Las seis. Ruido de pasos, figura vestida de blanco en los accesos a la estación. Las tiendas se llenan y vacían como pulmones en la Rue des Soeurs. Los rayos pálidos, alargados del sol de la tarde manchan las largas curvas de la Explanada, y arcos de deslumbradas palomas, como papeles dispersos, se encaraman a los minaretes para recibir en sus alas los últimos resplandores del poniente. Tintineo de la plata en los mostradores de los cambistas. La verja de hierro que rodea el Banco está todavía demasiado caliente para tocarla. Rodar de los carruajes que llevan a los funcionarios, con sus tiestos rojos en la cabeza, a los cafés de la costa. Esta es la hora más difícil de soportar, cuando desde el balcón la veo pasar hacia el centro de la ciudad, con un paso lento de sandalias blancas, todavía medio dormida. La ciudad

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Six o'clock. The shuffling of white-robed figures from the station yards. The shops filling and emptying like lungs in the Rue des Soeurs. The pale lengthening rays of the afternoon sun smear the long curves 60 of the Esplanade, and the dazzled pigeons, like rings of scattered paper, climb above the minarets to take the last rays of the waning light on their wings. Ringing of silver on the money-changers' counters. The iron grille outside the bank still too hot to touch. Clip-clop of horsedrawn carriages carrying civil servants in red flowerpots towards the 65 cafés on the sea-front. This is the hour least easy to bear, when from my balcony I catch an unexpected glimpse of her walking idly towards the town in her white sandals, still half asleep. Justine! The city

Durrell's Justine

tr. de Aurora Bernárdez

unwrinkles like an old tortoise and peers about it. For a moment it relinquishes the torn rags of the flesh, while from some hidden alley by the slaughter-house, above the moans and screams of the cattle, comes the nasal chipping of a Damascus love-song; shrill quartertones, like a 5 sinus being ground to powder. Now tired men throw back the shutters of their balconies and step blinking into the pale hot light -- etiolated flowers of afternoons spent in anguish, tossing upon ugly beds, bandaged by dreams. I have become 10 one of these poor clerks of the conscience, a citizen of Alexandria. She passes below my window, smiling as if at some private satisfaction, softly fanning her cheeks with the little reed fan. It is a smile which I shall probably never see again for in company she only laughs, showing those magnificent white teeth. But this sad yet quick smile is full of a 15 quality which one does not think she owns -- the power of mischief. You would have said that she was of a more tragic cast of character and lacked common humour. Only the obstinate memory of this smile is to make me doubt it in the days to come.

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despierta como una tortuga vieja y echa un vistazo a su alrededor. Por un momento abandona los guiñapos desgarrados de su carne, mientras desde una callejuela escondida, junto al matadero, dominando los mugidos y balidos del ganado, llega entrecortada la melodía nasal de una canción de amor de Damasco; cuartos de tono sobreagudos, pulverizados. Ahora hombres cansados abren los postigos de sus balcones y avanzan ofuscados en la luz pálida y caliente; flores descoloridas de las tardes de angustia, agitadas en sucios camastros bajo la venda de los sueños. Yo he llegado a ser uno de esos pobres empleados de la conciencia, un ciudadano de Alejandría. Ella pasa bajo mi ventana, sonriendo a alguna satisfacción íntima, apantallándose suavemente las mejillas con el pequeño abanico de caña. Una sonrisa que probablemente no volveré a ver, pues cuando está en compañía se limita a reír, mostrando sus magníficos dientes blancos. Pero esa sonrisa triste y furtiva tiene una calidad que no se hubiera sospechado en ella, cierta capacidad de travesura. Hubiera podido pensarse que era más trágica por naturaleza y que le faltaba el sentido corriente del humor. Pero el recuerdo obstinado de esa sonrisa me hace dudar ahora.

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I have had many such glimpses of Justine at different times, and of Yo la había visto así muchas veces y la conocía perfectamente mucourse I knew her well by sight long before we met: our city does not cho antes de que nos habláramos: nuestra ciudad no permite el anonimapermit anonymity to any with incomes of over two hundred pounds a to a los que tienen más de doscientas libras de renta anuales. La veo sentada a la orilla del mar, sola, leyendo un periódico y comiendo una 25 year. I see her sitting alone by the sea, reading a newspaper and eating an apple; or in the vestibule of the Cecil Hotel, among the dusty palms, manzana; o en el vestíbulo del Cecil Hotel, entre las palmeras polvoriendressed in a sheath of silver drops, holding her magnificent fur at her tas, ceñida en un vestido de lentejuelas plateadas, el magnífico abrigo de back as a peasant holds his coat -- her long forefinger hooked through piel echado sobre la espalda como los campesinos llevan la capa, su largo the tag. Nessim has stopped at the door of the ballroom which is flooded índice enganchado en la cadenilla. Nessim se ha detenido a la puerta del salón de baile inundado de luz y de música. No la ha visto. Bajo las palme30 with light and music. He has missed her. Under the palms, in a deep alcove, sit a couple of old men playing chess. Justine has stopped to ras, en un nicho profundo, una pareja de viejos juega al ajedrez. Justine se ha watch them. She knows nothing of the game, but the aura of stillness detenido a mirarlos. No entiende nada del juego, pero el aura de calma y and concentration which brims the alcove fascinates her. She stands X concentración del lugar_________ la fascina. S e q u e d a allí largo rato, there between the deaf players and the world of music for a long time, entre los jugadores sordos y el mundo de la música, como si no supiera a cuál de los dos lanzarse. Por fin Nessim se acerca suavemente, la toma del brazo 35 as if uncertain into which to plunge. Finally Nessim comes softly to take her arm and they stand together for a while, she watching the y permanecen juntos un instante, ella mirando a los jugadores, él mirándola. players, he watching her. At last she goes softly, reluctantly, Por último Justine se aparta despacio, como a pesar suyo, y con un leve circumspectly into the lighted world with a little sigh. suspiro avanza cautelosamente hacia el mundo de la luz. Then in other circumstances, less creditable no doubt to herself, or to the rest of us: how touching, how pliantly feminine this most masculine and resourceful of women could be. She could not help but remind me of that race of terrific queens which left behind them the ammoniac smell of their incestuous loves to hover like a cloud over the 45 Alexandrian subconscious. The giant man-eating cats like Arsinoe were her true siblings. Yet behind the acts of Justine lay something else, born of a later tragic philosophy in which morals must be weighed in the balance against rogue personality. She was the victim of truly heroic doubts. Nevertheless I can still see a direct connection between the 50 picture of Justine bending over the dirty sink with the foetus in it, and poor Sophia of Valentinus who died for a love as perfect as it was wrongheaded.

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Y en otras circunstancias, sin duda menos honrosas para ella o para nosotros, y sin embargo, ¡qué conmovedora, qué dócilmente femenina puede ser la más masculina e ingeniosa de las mujeres! Viéndola no podía dejar, de pensar en esa raza de reinas terribles que dejan tras de sí el olor amoniacal de sus amores incestuosos como una nube flotando sobre el subconsciente de Alejandría. Las gatas gigantes devoradoras de hombres, como Arsinoe, eran sus verdaderas hermanas. No obstante, detrás de los actos de Justine había otra cosa, producto de una filosofía trágica más tardía, según la cual la moral había de pesar más que la perversión. Era la víctima de dudas sinceras. A pesar de todo sigo estableciendo una, relación directa entre la imagen de Justine inclinada sobre un feto en un sumidero sucio, y la pobre Sofía de Valentino, que murió por un amor tan perfecto como equivocado.

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At that epoch, Georges-Gaston Pombal, a minor consular official, shares a small flat with me in the Rue Nebi Daniel. He is a rare figure among the diplomats in that he appears to possess a vertebral column. For him the tiresome treadmill of protocol and entertainment -- so like a surrealist 60 nightmare -- is full of exotic charm. He sees diplomacy through the eyes of a Douanier Rousseau. He indulges himself with it but never allows it to engulf what remains of his intellect. I suppose the secret of his success is his tremendous idleness, which almost approaches the supernatural. He sits at his desk in the Consulate-General covered by a perpetual 65 confetti of pasteboard cards bearing the names of his colleagues. He is a pegamoid sloth of a man, a vast slow fellow given to prolonged afternoon siestas and Crébillon FILS. His handkerchiefs smell

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Georges Pombal, un empleado subalterno del consulado, comparte conmigo el pequeño departamento de la Rue Nebi Daniel. Es un caso raro entre los diplomáticos, pues parece poseer una columna vertebral. Para Georges el tráfago cansador del protocolo y las fiestas --tan parecido a una pesadilla surrealista-- está lleno de un encanto exótico. Ve la diplomacia con los ojos de un Aduanero Rousseau. Se somete a ella sin permitirle jamás que se trague lo que queda de su intelecto. Supongo que el secreto de su éxito es su enorme pereza que linda casi en lo sobrenatural. En el Consulado General se sienta delante de su escritorio cubierto permanentemente de un confetti hecho de tarjetas con los nombres de sus colegas. Es la imagen misma de la pereza, cuerpo grande y lento aficionado a las siestas largas y a las obras de Crebillon fils. Sus pañuelos huelen prodigio-

wondrously of EAU DE PORTUGAL. His most favoured topic of conversation is women, and he must speak from experience for the succession of visitors to the little flat is endless, and rarely does one see the same face twice. `To a Frenchman the love here is interesting. 5 They act before they reflect. When the time comes to doubt, to suffer remorse, it is too hot, nobody has the energy. It lacks FINESSE, this animalism, but it suits me. I've worn out my heart and head with love, and want to be left alone -- above all, MON CHER, from this JudeoCoptic mania for DISSECTION, for analysing the subject. I want to 10 return to my farmhouse in Normandy heart-whole.' For long periods of the winter he is away on leave and I have the little dank flat to myself and sit up late, correcting exercise books, with only the snoring Hamid for company. In this last year I have 15 reached a dead-end in myself. I lack the will-power to do anything with my life, to better my position by hard work, to write: even to make love. I do not know what has come over me. This is the first time I have experienced a real failure of the will to survive. Occasionally I turn over a bundle of manuscript or an old proof-copy 20 of a novel or book of poems with disgusted inattention; with sadness, like someone studying an old passport. From time to time one of Georges' numerous girls strays into my net by calling at the flat when he is not there, and the incident serves 25 for a while to sharpen my TAEDIUM VITAE. Georges is thoughtful and generous in these matters for, before going away (knowing how poor I am) he often pays one of the Syrians from Golfo's tavern in advance, and orders her to spend an occasional night in the flat EN DISPONIBILITÉ, as he puts it. Her duty is to cheer me up, by no means 30 an enviable task especially as on the surface there is nothing to indicate lack of cheerfulness on my part. Small talk has become a useful form of automatism which goes on long after one has lost the need to talk; if necessary I can even make love with relief, as one does not sleep very well here: but without passion, without attention.

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samente a Eau de Portugal. Su tema de conversación favorito son las mujeres, y habla por experiencia, a juzgar por el desfile de visitantes que pasan por su pequeño departamento donde es raro ver dos veces la misma cara. «Para un francés, el amor es interesante en Alejandría. Las mujeres actúan antes de reflexionar. Y cuando llega el momento de la duda, del remordimiento, hace demasiado calor, nadie tiene la energía necesaria. Esta animalidad carece de finesse, pero me conviene. Mi corazón y mi cabeza están hartos de amor, y sobre todo, mon cher, no quiero saber nada de esa manía judeocopta de disección, de análisis. Deseo volver a mi granja de Normandía sin ataduras sentimentales.» En invierno Georges se toma largos períodos de vacaciones y entonces me quedo solo en el pequeño departamento húmedo, corrigiendo los cuadernos de ejercicios, con los ronquidos de Hamid por única compañía. Este último año he llegado a un punto muerto. Me falta la voluntad necesaria para hacer algo de mi vida, para mejorar mi situación trabajando intensamente o escribiendo, incluso para hacer el amor. No sé qué me ocurre. Es la primera vez que me falta verdaderamente el deseo de sobrevivir. A veces hojeo las páginas de un manuscrito o las viejas pruebas de una novela o de un libro de poemas, distraído, con disgusto, con tristeza, como si examinara un pasaporte caduco. De vez en cuando una de las numerosas amigas de Georges cae en mi red y llama a la puerta cuando él está de vacaciones, y el incidente agudiza por un momento mi taedium vitae. Georges es precavido y generoso en este sentido, pues antes de marcharse (y sabiendo lo pobre que soy) suele pagar por anticipado a alguna de las sirias de la taberna del Golfo para que, llegado el caso, pase una noche en el departamento en disponibilité, como él dice. La obligación de la mujer es darme ánimos, tarea poco envidiable, sobre todo teniendo en cuenta que en apariencia nada permite suponer que estoy desanimado. Las conversaciones triviales han llegado a ser una forma útil de automatismo que perdura mucho después de haber desaparecido la necesidad de hablar; en caso necesario puedo incluso hacer el amor con un sentimiento de alivio --no se duerme muy bien aquí--, pero sin pasión, distraídamente. Algunos de esos encuentros con pobres criaturas extenuadas que han llegado a esa situación por necesidad física, son interesantes y aun conmovedores, pero he perdido todo gusto por clasificar mis emociones y ellas sólo existen para mí como figuras planas proyectadas en una pantalla. «Con una mujer sólo se pueden hacer tres cosas», dijo Clea en una ocasión: «Quererla, sufrir o hacer literatura.» Yo me sentía incapaz de esas tres formas de sentimiento. Cuento esto con el único objeto de mostrar el desalentador material humano que Melissa había elegido para actuar, para insuflarle un poco de aliento vital. No debía de serle fácil so portar la doble carga de su pobre vida y de su enfermedad. Para asumir la mía hacía falta un verdadero coraje. Quizá fue fruto de la desesperación, pues Melissa, como yo, había llegado a un punto muerto. Los dos estábamos en quiebra. Durante semanas el viejo peletero me siguió por las calles con una pistola protuberante en el bolsillo de su abrigo. Era tranquilizador saber, por una amiga de Melissa, que estaba descargada, pero no dejaba de ser alarmante verse perseguido por el viejo. Mentalmente debemos de habernos tiroteado en todas las esquinas de la ciudad. Por mi parte no podía soportar la vista de esa cara espesa, cubierta de pequeñas cicatrices, esa confusión bestial y melancólica de rasgos atormentados y grasientos; no podía soportar la idea de su grosera intimidad con Melissa, aquellas manos pequeñas, sudorosas, cubiertas de un vello negro y espeso como un puerco espín. Esta situación duró mucho tiempo y al cabo de unos meses nació entre nosotros un extraordinario sentimiento de familiaridad. Hacíamos una inclinación de cabeza y nos sonreíamos al cruzarnos. Una vez lo encontré en un bar y pasé casi media hora a su lado; estábamos los dos ansiosos por hablar, pero ninguno tuvo el coraje de empezar. Nuestro único tema común de conversación hubiera sido Melissa. Al salir lo vi en uno

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Some of these encounters with poor exhausted creatures driven to extremity by physical want are interesting, even touching, but I have lost any interest in sorting my emotions so that they exist for me like dimensionless figures flashed on a screen. `There are only three 40 things to be done with a woman' said Clea once. `You can love her, suffer for her, or turn her into literature.' I was experiencing a failure in all these domains of feeling. I record this only to show the unpromising human material upon

45 which Melissa elected to work, to blow some breath of life into my

nostrils. It could not have been easy for her to bear the double burden to her own poor circumstances and illness. To add my burdens to hers demanded real courage. Perhaps it was born of desperation, for she too had reached the dead level of things, as I myself had. We were 50 fellow-bankrupts. For weeks her lover, the old furrier, followed me about the streets with a pistol sagging in the pocket of his overcoat. It was consoling to learn from one of Melissa's friends that it was unloaded, 55 but it was nevertheless alarming to be haunted by this old man. Mentally we must have shot each other down at every street corner of the city. I for my part could not bear to look at that heavy pock-marked face with its bestial saturnine cluster of tormented features smeared on it -- could not bear to think of his gross intimacies with her: those 60 sweaty little hands covered as thickly as a porcupine with black hair. For a long time this went on and then after some months an extraordinary feeling of intimacy seemed to grow up between us. We nodded and smiled at each other when we met. Once, encountering him at a bar, I stood for nearly an hour beside him; we 65 were on the point of talking to each other, yet somehow neither of us had the courage to begin it. There was no common subject of conversation save Melissa. As I was leaving I caught a glimpse of

Durrell's Justine

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him in one of the long mirrors, his head bowed as he stared into the wineglass. Something about his attitude -- the clumsy air of a trained seal grappling with human emotions -- struck me, and I realized for the first time that he probably loved Melissa as much as I did. I 5 pitied his ugliness, and the blank pained incomprehension with which he faced emotions so new to him as jealousy, the deprivation of a cherished mistress. Afterwards when they were turning out his pockets I saw among

10 the litter of odds and ends a small empty scent-bottle of the cheap

de los largos espejos, la cabeza inclinada, contemplando el vaso de vino. Algo me impresionó en su actitud --el aire desmañado de una foca que lucha por remedar sentimientos humanos y comprendí por primera vez que probablemente quería tanto a Melissa como yo. Me compadecía de su fealdad y de la incomprensión vacía y dolorosa con que enfrentaba emociones tan nuevas para él como los celos, la privación de una amante adorada. Más tarde, cuando vaciaron sus bolsillos vi, en el desorden de pequeños objetos que solemos guardar en ellos, un frasquito de perfume vacío, de esa marca barata que usaba Melissa, y me lo llevé al departamento donde quedó sobre la chimenea durante unos meses hasta que Hamid, en una limpieza a fondo, lo tiró a la basura. Nunca hablé de esto con Melissa, pero muchas veces cuando me quedaba solo de noche mientras ella bailaba o quizá se veía obligada a acostarse con sus admiradores, estudiaba el frasquito que reflejaba triste y apasionadamente el amor de aquel viejo horrible, y lo comparaba con el mío; además, por procuración, era un testimonio de la desesperanza que nos mueve a aferrarnos a algún objeto pequeño y sin valor, impregnado todavía por el recuerdo de la que nos ha traicionado. Encontré a Melissa, pájaro perdido en el melancólico litoral de Alejandría, semiahogado, con el sexo roto...

kind that Melissa used; and I took it back to the flat where it stayed on the mantelpiece for some months before it was thrown away by Hamid in the course of a spring-clean. I never told Melissa of this; but often when I was alone at night while she was dancing, perhaps 15 of necessity sleeping with her admirers, I studied this small bottle, sadly and passionately reflecting on this horrible old man's love and measuring it against my own; and tasting too, vicariously, the desperation which makes one clutch at some small discarded object which is still impregnated with the betrayer's memory.

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I found Melissa, washed up like a half-drowned bird, on the dreary littorals of Alexandria, with her sex broken.... *****

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Streets that run back from the docks with their tattered rotten supercargo of houses, breathing into each others' mouths, keeling over. Shuttered balconies swarming with rats, and old women whose hair is full of the blood of ticks. Peeling walls leaning drunkenly to 30 east and west of their true centre of gravity. The black ribbon of flies attaching itself to the lips and eyes of the children -- the moist beads of summer flies everywhere; the very weight of their bodies snapping off ancient flypapers hanging in the violet doors of booths and cafés. The smell of the sweatlathered Berberinis, like 35 that of some decomposing stair-carpet. And then the street noises: shriek and clang of the water-bearing Saidi, dashing his metal cups together as an advertisement, the unheeded shrieks which pierce the hubbub from time to time, as of some small delicately-organized animal being disembowelled. The sores like ponds -- the incubation 40 of a human misery of such proportions that one is aghast, and all one's feelings overflow into disgust and terror. I wished I could imitate the self-confident directness with which Justine threaded her way through these streets towards the café where 45 I waited for her: El Bab. The doorway by the shattered arch where in all innocence we sat and talked; but already our conversation had become impregnated by understandings which we took for the lucky omens of friendship merely. On that dun mud floor, feeling the quickly cooling cylinder of the earth dip towards the darkness, we were 50 possessed only by a desire to communicate ideas and experiences which overstepped the range of thought normal to conversation among ordinary people. She talked like a man and I talked to her like a man. I can only remember the pattern and weight of these conversations, not their substance. And leaning there on a forgotten elbow, drinking 55 the cheap ARAK and smiling at her, I inhaled the warm summer perfume of her dress and skin -- a perfume which was called, I don't know why, JAMAIS DE LA VIE. *****

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Calles que vienen de las dársenas con su hacinamiento de casas destartaladas y decrépitas, que se echan a la cara el aliento, que zozobran. Persianas cerradas en los balcones bullentes de ratas y de viejas con el pelo lleno de sangre seca de garrapatas. Paredes desconchadas y borrachas que se inclinan al este y al oeste de su verdadero centro de gravedad. Cinta negra de las moscas que se anudan a los labios y a los ojos de los niños, húmedas perlas de las moscas estivales, invadiéndolo todo; bajo el peso de sus cuerpos caen los______ papeles matamoscas colgados en las puertas violetas de tiendas y cafés. Olor a sudor de los berberídeos, un olor como de alfombra de escalera en descomposición. Y los ruidos de la calle: grito agudo del aguatero que golpea sus recipientes de metal para anunciarse, chillidos inesperados dominando de vez en cuando el estrépito como si provinieran de algún animal pequeño y delicado al que arrancan las entrañas. Llagas como pantanos... la incubación de la miseria humana cobra tales proporciones que uno se queda estupefacto y todos los sentimientos humanos se desbordan y convierten en asco y terror. Hubiera querido tener la audacia con que Justine se abría paso por esas calles hasta el café El Bab, donde yo la esperaba. El portal bajo el arco semiderruido donde con toda inocencia nos sentábamos a charlar (pero nuestra conversación estaba ya llena de sobrentendidos que considerábamos el feliz presagio de una simple amistad). En aquel piso de barro pardo, mientras el cilindro de la tierra se enfriaba rápidamente sumiéndose en las tinieblas, sólo nos animaba el deseo de comunicar pensamientos y experiencias que excedían el nivel corriente de conversación del común de las gentes. Ella hablaba como un hombre y yo le hablaba como a un hombre. Recuerdo la línea y el peso de aquellas conversaciones, pero no su sustancia. Apoyado descuidadamente en un codo, bebiendo el arak ordinario y sonriéndole, yo aspiraba el cálido perfume estival de su ropa y su piel, perfume que se llamaba, no sé por qué, jamais de la vie.

These are the moments which possess the writer, not the lover, and which live on perpetually. One can return to them time and time again in memory, or use them as a fund upon which to build the part of one's life which is writing. One can debauch them with words, but 65 one cannot spoil them. In this context too, I recover another such moment, lying beside a sleeping woman in a cheap room near the mosque. In that early spring dawn, with its dense dew, sketched upon

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Esos momentos son los que colman al escritor, no al enamorado, y perduran para siempre. Podemos evocarlos cuantas veces queramos o utilizarlos como fundamento para construir esa parte de la vida que es la tarea de escribir. Se los puede corromper con palabras, pero no destruir. Recuerdo otro momento semejante: yo tendido junto a una mujer dormida en un cuartucho, cerca de la mezquita. En aquel amanecer primaveral, impregnado de rocío dibujándose en el silencio que inunda la

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the silence which engulfs a whole city before the birds awaken it, I ciudad antes de que despierten los pájaros, me llegó desde la mezquita caught the sweet voice of the blind MUEZZIN from the mosque la dulce voz del muecín recitando el Ebed: una voz suspendida como un reciting the EBED -- a voice hanging like a hair in the palm-cooled cabello en lo alto del aire de Alejandría que las palmeras refrescan: upper airs of Alexandria. `I praise the perfection of God, the Forever «Alabo la perfección de Dios, el Eterno» (esto repetido tres veces, cada vez más lentamente, en un registro agudo y puro). «La perfección de 5 existing' (this repeated thrice, ever more slowly, in a high sweet register). `The perfection of God, the Desired, the Existing, the Single, Dios, el Deseado, el Existente, el Singular, el Supremo; la perfección the Supreme: the perfection of God, the One, the Sole: the perfection de Dios, el único, el Solo; la perfección de Aquel que no tiene compaof Him who taketh unto himself no male or female partner, nor any ñero ni compañera, ni nadie que se Le parezca, ni Le desobedezca, ni like Him, nor any that is disobedient, nor any deputy, equal or Le represente, que es sin igual y sin descendencia. Celebremos su per10 offspring. His perfection be extolled.' fección.» extoll (US) ensalzar, alabar; elogiar de manera entusiasta The great prayer wound its way into my sleepy consciousness La admirable plegaria, como una serpiente desplegando sus anilike a serpent, coil after shining coil of words -- the voice of the llos de palabras resplandecientes, se abre paso en mi conciencia dormiMUEZZIN sinking from register to register of gravity -- until the da --la voz del muecín va hundiéndose en registros cada vez más graves-- hasta que la mañana entera parece grávida de su maravilloso po15 whole morning seemed dense with its marvellous healing powers, the intimations of a grace undeserved and unexpected, impregnating that der curativo y los signos de una gracia inmerecida e inesperada invashabby room where Melissa lay, breathing as lightly as a gull, rocked den el cuarto destartalado donde yace Melissa respirando levemente, como una upon the oceanic splendours of a language she would never know. gaviota, mecida por los esplendores oceánicos de una lengua que no conocerá jamás.

intimation 1 (= suggestion) indicación f; did you have any intimation that this would happen? ¿hubo algo que te hiciera pensar que esto sucedería? 2 (= hint) insinuación f

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***** ¿Quién puede pretender que Justine no tenía su lado estúpido? El culto del placer, las pequeñas vanidades, la preocupación por el juicio de quienes eran inferiores a ella, la arrogancia. Podía ser terriblemente exigente cuando lo quería. Sí. Sí. Pero el dinero es el que hace crecer esa cizaña. Diré solamente que muchas veces pensaba como un hombre, y en sus actos desplegaba en cierto modo esa independencia vertical propia de la actitud masculina. Nuestra intimidad era de un tipo intelectual extraño. No tardé en descubrir que ella podía leer el pensamiento de una manera infalible. Las ideas se nos ocurrían simultáneamente. Recuerdo que una vez me di cuenta de que ella estaba pensando exactamente lo mismo que yo y en los mismos términos: «Esa intimidad no debe ir más lejos, pues hemos agotado ya todas sus posibilidades en la imaginación y lo que terminaremos por descubrir, más allá de los sombríos colores de la sensualidad, es una amistad tan profunda que seremos esclavos uno del otro para siempre.» Era, si se quiere, el coqueteo de dos espíritus prematuramente extenuados por la experiencia, mucho más peligroso que un amor fundado en la atracción sexual. Sabiendo lo mucho que Justine quería a Nessim y el gran afecto que yo también le tenía, no podía contemplar esa posibilidad sin asustarme. Allí estaba a mi lado, respirando leve mente, con sus ojos clavados en los querubines del cielo raso. --Esta aventura entre un pobre profesor y una mujer de la sociedad alejandrina no conduce a nada. Sería penoso que terminara en un escándalo vulgar; cada uno de nosotros se quedaría solo y te verías obligada a pensar qué haces conmigo --le dije. Justine detestaba oír la verdad. Apoyada en un codo se volvió hacia mí y bajando hasta los míos sus magníficos ojos turbados, me miró largo rato. --En este caso no podemos elegir --respondió con esa voz ronca que yo había llegado a amar tanto--. Hablas como si la elección fuera posible. No somos ni bastante fuertes ni bastante malos como para elegir. Todo esto forma parte de un experimento organizado por alguien, la ciudad quizá, o por una parte de nosotros mismos. ¿Qué sé yo? La recuerdo sentada frente a un espejo de varias lunas, en casa de su modista, probándose un vestido de piel de tiburón. --¡Mira! --exclamó--. Cinco imágenes distintas del mismo sujeto. Si yo fuera escritora trataría de conseguir una presentación multidimensional de los personajes, una especie de visión prismática. ¿Por qué la gente no muestra más que un solo perfil a la vez? Después bostezó, encendió un cigarrillo y sentándose en la cama, las manos enlazadas en los tobillos delgados, empezó a recitar lentamente, con un gesto mordaz, esos maravillosos versos del viejo poeta griego en los que se habla de un amor muy antiguo (su belleza se pierde en otra lengua). Y oyéndola decir esos versos, dando a cada sílaba griega deliberadamente irónica un toque de ternura, sentí una vez más el poder extraño y equívoco de la

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Of Justine who can pretend that she did not have her stupid side? The cult of pleasure, small vanities, concern for the good opinion of her inferiors, arrogance. She could be tiresomely exigent when she 25 chose. Yes. Yes. But all these weeds are watered by money. I will say only that in many things she thought as a man, while in her actions she enjoyed some of the free vertical independence of the masculine outlook. Our intimacy was of a strange mental order. Quite early on I discovered that she could mind-read in an unerring fashion. Ideas came 30 to us simultaneously. I remember once being made aware that she was sharing in her mind a thought which had just presented itself to mine, namely: `This intimacy SHOULD GO NO FURTHER, for we have already exhausted all its possibilities in our respective imaginations: and what we shall end by discovering, behind the darkly 35 woven colours of sensuality, will be a friendship so profound that we shall become bondsmen forever.' It was, if you like, the flirtation of minds prematurely exhausted by experience which seemed so much more dangerous than a love founded in sexual attraction. Knowing how much she loved Nessim and loving him so much myself, I could not contemplate this thought without terror. She lay beside me, breathing lightly, and staring at the cherub-haunted ceiling with her great eyes. I said: `It can come to nothing, this love-affair between a poor schoolteacher and an Alexandrian society woman. How bitter it would be 45 to have it all end in a conventional scandal which would leave us alone together and give you the task of deciding how to dispose of me.' Justine hated to hear the truth spoken. She turned upon one elbow and lowering those magnificent troubled eyes to mine she stared at me for a long moment. `There is no choice in this matter' she said in 50 that hoarse voice I had come to love so much. `You talk as if there was a choice. We are not strong or evil enough to exercise choice. All this is part of an experiment arranged by something else, the city perhaps, or another part of ourselves. How do I know?'

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I remember her sitting before the multiple mirrors at the dressmaker's, being fitted for a shark-skin costume, and saying: `Look! five different pictures of the same subject. Now if I wrote I would try for a multi-dimensional effect in character, a sort of prismsightedness. Why should not people show more 60 than one profile at a time?'

Now she yawned and lit a cigarette; and sitting up in bed c l a s p e d h e r s l i m a n k l e s w i t h h e r h a n d s ; r e c i t i n g s l o w l y, wryly, those marvellous lines of the old Greek poet about a love65 affair long since past -- they are lost in English. And hearing her speak his lines, touching every syllable of the thoughtful ironic Greek with tenderness, I felt once more the strange

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equivocal power of the city -- its flat alluvial landscape and exhausted airs -- and knew her for a true child of Alexandria; which is neither Greek, Syrian nor Egyptian, but a hybrid: a joint. And with what feeling she reached the passage where the old man throws aside the ancient love-letter which had so moved him and exclaims: `I go sadly out on to the balcony; anything to change this train of thought, even if only to see some little movement in the city I love, in its streets and shops!' Herself pushing open the shutters to 10 stand on the dark balcony above a city of coloured lights: feeling the evening wind stir from the confines of Asia: her body for an instant forgotten.

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ciudad --su paisaje, la llanura aluvial, su aire de extenuación--, y comprendí que era una hija auténtica de Alejandría, es decir, ni griega, ni siria, ni egipcia, sino un híbrido, una ensambladura. Y con qué emoción dijo el pasaje en que el anciano arroja la vieja carta de amor que tanto lo había conmovido y exclama: «Me asomo tristemente al balcón; ¡algo que distraiga el curso de mis pensamientos, aunque sea un movimiento insignificante de la ciudad que amo, de sus calles, de sus comercios!» Y Justine abrió las persianas y se asomó al balcón oscuro que dominaba la ciudad con sus luces abigarradas, sintiendo el viento de la noche que venía de los confines de Asia, olvidando por un instante su cuerpo.

*****

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`Prince' Nessim is of course a joke; at any rate to the shopkeepers and black-coated COMMERÇANTS who saw him drawn soundlessly down the Canopic way in the great silver Rolls with the daffodil hub-caps. To begin with he was a Copt, not a 20 Moslem. Yet somehow the nickname was truly chosen for Nessim was princely in his detachment from the common greed in which the decent instincts of the Alexandrians -- even the very rich ones -- foundered. Yet the factors which gave him a reputation for eccentricity were neither of them remarkable to those who had lived 25 outside the Levant. He did not care for money, except to spend it -- that was the first: the second was that he did not own a GARÇONNIÈRE , and appeared to be quite faithful to Justine -- an unheard of state of affairs. As for money, being so inordinately rich he was possessed by a positive distaste for it, and would never carry it on 30 his person. He spent in Arabian fashion and gave notes of hand to shopkeepers; night-clubs and restaurants accepted his signed cheques. Nevertheless his debts were punctually honoured, and every morning Selim his secretary was sent out with the car to trace the route of the previous day and to pay any debts accumulated in the course of it.

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Lo de «Príncipe» Nessim es, desde luego, una broma; en todo caso lo era para los tenderos y los commerçants de chaqueta negra que lo veían pasar impasible por la Vía Canópica en el gran Rolls plateado de ruedas amarillas. En primer lugar era copto, no musulmán. Pero el sobrenombre estaba muy bien elegido, pues Nessim mostraba un desapego principesco frente a la codicia en que se fundan los decorosos instintos de los alejandrinos, aun de los más ricos. Sin embargo los rasgos que le habían dado fama de excéntrico nada tienen de notable para quienes no han vivido en el Levante. En primer lugar, no le interesaba el dinero, como no fuera para gastarlo; en segundo lugar, no tenía una garçonniére, y parecía absolutamente fiel a Justine, cosa nunca vista. Por lo que se refiere al dinero, tenía tanto que le producía verdadero asco y nunca lo llevaba encima. Gastaba a la manera árabe y pagaba con vales; los restaurantes y los night--clubs aceptaban sus cheques. Sin embargo saldaba puntualmente sus deudas, y todas las mañanas Selim, su secretario, rehacía en coche el trayecto del día anterior para pagar las deudas que se hubieran acumulado. Su actitud pasaba por excéntrica y excesivamente aristocrática para los habitantes de la ciudad que con sus criterios bastos y convencionales, sus preocupaciones pedestres y su educación insuficiente, eran incapaces de descubrir el estilo de Nessim, en el sentido europeo de la palabra. Pero Nessim había nacido así, no era un simple producto de una educación; en ese pequeño mundo cuya única preocupación carnal es hacer dinero, no encontraba un verdadero campo de acción para su espíritu esencialmente manso y contemplativo. Siendo el menos autoritario de los hombres, sus actitudes, que llevaban el fuerte sello de su personalidad, provocaban inevitables comentarios. La gente se inclinaba a atribuir su manera de ser al hecho de haberse educado en el extranjero, pero en realidad Alemania e Inglaterra sólo habían logrado desconcertarlo e incapacitarlo para la vida de la ciudad. La una le había infundido un gusto por la especulación metafísica que se contradecía con la índole de su espíritu mediterráneo; Oxford había intentado convertirlo en un pedante, con el único resultado de desarrollar su afición por la filosofía, al punto de hacerlo incapaz de practicar el arte que más amaba: la pintura. Pensaba y sufría mucho, pero le faltaba la fuerza necesaria, para atreverse, primer requisito del que hace algo. Nessim estaba enemistado con la ciudad, pero como su enorme fortuna lo ponía en contacto diario con los hombres de negocios del lugar, la tensión aflojaba: ellos lo trataban con una indulgencia divertida, esa condescendencia que se adopta con los simples de espíritu. Y si se entraba en su oficina --un sarcófago de vidrio y muebles tubulares de acero no era raro encontrarlo sentado como un huérfano delante del gran escritorio (lleno de timbres y lámparas), comiendo pan negro con mantequilla y leyendo a Vasari mientras firmaba distraídamente cartas y recibos. Alzaba hacia el visitante su cara pálida, en forma de almendra, con un gesto abstraído, absorto, casi suplicante. Y sin embargo, debajo de esa mansedumbre había una fibra de acero, y sus empleados se asombraban siempre de ver que, a pesar

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highhanded disregarding others' feelings; overbearing, prepotente, arbitrario, despótico

This attitude was considered eccentric and high-handed in the extreme by the inhabitants of the city whose coarse and derived distinctions, menial preoccupations and faulty education gave them no clue to what style in the European sense was. But Nessim was 40 born to this manner, not merely educated to it; in this little world of studied carnal moneymaking he could find no true province of operation for a spirit essentially gentle and contemplative. The least assertive of men, he caused comment by acts which bore the true stamp of his own personality. People were inclined to attribute 45 his manners to a foreign education, but in fact Germany and England had done little but confuse him and unfit him for the life of the city. The one had implanted a taste for metaphysical speculation in what was a natural Mediterranean mind, while Oxford had tried to make him donnish and had only succeeded in 50 developing his philosophic bent to the point where he was incapable of practising the art he most loved, painting. He thought and suffered a good deal but he lacked the resolution to dare -- the first requisite of a practitioner. Nessim was at odds with the city, but since his enormous fortune brought him daily into touch with the business men of the place they eased their constraint by treating him with a humorous indulgence, a condescension such as one would bestow upon someone who was a little soft in the head. It was perhaps not surprising if you should 60 walk in upon him at the office -- that sarcophagus of tubular steel and lighted glass -- and find him seated like an orphan at the great desk (covered in bells and pulleys and patent lights) -- eating brown bread and butter and reading Vasari as he absently signed letters or vouchers. He looked up at you with that pale almond face, the 65 expression shuttered, withdrawn, almost pleading. And yet somewhere through all this gentleness ran a steel cord, for his staff was perpetually surprised to find out that, inattentive as he appeared to be, there was

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no detail of the business which he did not know; while hardly a transaction he made did not turn out to be based on a stroke of judgement. He was something of an oracle to his own employees -- and yet (they sighed and shrugged their shoulders) he seemed not to 5 care! Not to care about gain, that is what Alexandria recognizes as madness. I knew them by sight for many months before we actually met -- as I knew everyone in the city. By sight and no less by 10 r e p u t e : f o r t h e i r e m p h a t i c , a u t h o r i t a t i v e a n d q u i t e conventionless way of living had given them a certain notoriety among our provincial city-dwellers. She was reputed to have had many lovers, and Nessim was regarded as a MARI COMPLAISANT. I had watched them dancing together several 15 times, he slender and with a deep waist like a woman, and long arched beautiful hands; Justine's lovely head -- the deep bevel of that Arabian nose and those translucent eyes, enlarged by belladonna. She gazed about her like a half-trained panther. Then: once I had been persuaded to lecture upon the native poet of the city at the ATELIER DES BEAUX ARTS -- a sort of club where gifted amateurs of the arts could meet, rent studios and so on. I had accepted because it meant a little money for Melissa's new coat, and autumn was on the way. But it was painful to me, 25 feeling the old man all round me, so to speak, impregnating the gloomy streets around the lecture-room with the odour of those verses distilled from the shabby but rewarding loves he had experienced -- loves perhaps bought with money, and lasting a few moments, yet living on now in his verse -- so deliberately and tenderly 30 had he captured the adventive minute and made all its colours fast. What an impertinence to lecture upon an ironist who so naturally, and with such fineness of instinct took his subject-matter from the streets and brothels of Alexandria! And to be talking, moreover, not to an audience of haberdashers' assistants and small clerks 35 -- his immortals -- but to a dignified semi-circle of society ladies for whom the culture he represented was a sort of blood-bank: they had come along for a transfusion. Many had actually foregone a bridge-party to do so, though they knew that instead of being uplifted they would be stupefied.

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de su aire distraído, no ignoraba detalle alguno de sus negocios, y sus transacciones se fundaban siempre en el buen sentido. Era una especie de oráculo para sus subordinados; ¡no obstante (decían inspirando y encogiéndose de hombros), parecía no darles importancia! Eso es lo que Alejandría considera una locura. Yo los conocía a ambos de vista muchos meses antes de que nos encontráramos, como conocía a todo el mundo en la ciudad. De vista y también de reputación, pues su manera de vivir altanera, desenvuelta y tan poco respetuosa de las convenciones, les había dado cierta notoriedad entre los provincianos habitantes de la ciudad. De ella se decía que había tenido muchos amantes; a Nessim se lo consideraba un mari complaisant. Los había visto bailar juntos en varias ocasiones: él esbelto, con una cintura fina de mujer y hermosas manos largas y flexibles; Justine, con su preciosa cabeza, su nariz árabe de ángulo pronunciado y los ojos translúcidos, agrandados por la belladona. Miraba a su alrededor como una pantera semidomesticada. Hasta que un día acepté pronunciar una conferencia sobre el poeta de la ciudad en el Atelier des Beaux Arts, especie de club donde los aficionados al arte podían reunirse, alquilar estudios, etc. Acepté porque era el modo de conseguir un poco de dinero; se acercaba el otoño y Melissa necesitaba un abrigo nuevo. Pero era una tarea penosa para mí, pues sentía al viejo a mi alrededor, por así decirlo, impregnando las sombrías callejuelas que se abrían en torno a la sala de conferencias con el olor de aquellos versos destilados de sus amores miserables y sin embargo enriquecedores, amores quizá conseguidos con dinero, fugaces, pero que seguían viviendo en sus versos; ¡con cuánta paciencia y ternura había capturado el minuto de la realización para fijarlo con colores indelebles! ¡Qué impertinencia hablar de un ironista que con tanta naturalidad, con un instinto tan seguro había convertido en tema de su obra las calles y burdeles de Alejandría! Y hablar, además, no a un público de vendedores de tienda y pequeños empleados --a los que él había inmortalizado-- sino a una digna asamblea de señoras de la sociedad para quienes la cultura que el viejo poeta había representado era una especie de banco de sangre: ellas habían ido para una transfusión. Para eso muchas habían rechazado una partida de bridge, aunque supieran que en lugar de sentirse enaltecidas saldrían de allí estupefactas. Lo único que recuerdo es haber dicho que irte obsesionaba su rostro --la cara dulce y horriblemente triste de su última fotografía--, y cuando las esposas de los buenos burgueses se volcaron por la escalera de piedra hasta las calles húmedas donde las aguardaban sus coches con las luces encendidas, dejando la sala desolada donde seguían resonando sus perfumes, observé que atrás había quedado una solitaria estudiosa de las pasiones y las artes. Estaba sentada en el fondo de la sala, pensativa, las piernas cruzadas en una actitud masculina, fumando un cigarrillo. No me miraba; tenía los ojos clavados en el piso, a sus pies. Me halagó pensar que quizá una persona había comprendido mis dificultades. Recogí mi portafolio húmedo y mi viejo impermeable y salí a las calles barridas por una llovizna fina y penetrante, sacudida por el viento que venía del mar. Me encaminé a casa, donde Melissa estaría despierta y habría preparado la mesa cubierta por un diario, después de enviar a Hamid a la panadería en busca del asado, pues no teníamos horno. Hacía frío en la calle, y eché a andar junto a las tiendas brillantemente iluminadas de la Rue Fuad. En el escaparate de un almacén vi una latita de aceitunas con el nombre de Orvieto, y asaltado por una súbita nostalgia de estar en la buena orilla del Mediterráneo, entré en el almacén, la compré, la hice abrir y allí mismo, sentado a una mesa de mármol, en aquella luz siniestra, empecé a comerme Italia, su oscura carne abrasada por el sol, su suelo fecundo, modelado a mano, sus viñas consagradas. Sabía que Melissa no comprendería mi gesto. Tendría que pretextar que había perdido el dinero. Al principio no vi el gran automóvil que había quedado en la calle

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I remember saying only that I was haunted by his face -- the horrifyingly sad gentle face of the last photograph; and when the solid burghers' wives h ad dribbled down the stone staircase into the wet streets where their lighted cars awaited 45 them, leaving the gaunt room echoing with their perfumes, I noticed that they had left behind them one solitary student of the passions and the arts. She sat in a thoughtful way at the back of the hall, her legs crossed in a mannish attitude, puffing a cigarette. She did not look at me but crudely at the ground under her feet. I was 50 flattered to think that perhaps one person had appreciated my difficulties. I gathered up my damp brief case and ancient mackintosh and made my way down to where a thin penetrating drizzle swept the streets from the direction of the sea. I made for my lodgings where by now Melissa would be awake, and would have set out our evening 55 meal on the newspaper-covered table, having first sent Hamid out to the baker's to fetch the roast -- we had no oven of our own. It was cold in the street and I crossed to the lighted blaze of shops in Rue Fuad. In a grocer's window I saw a small tin of olives with the 60 name ORVIETO on it, and overcome by a sudden longing to be on the right side of the Mediterranean, entered the shop: bought it: had it opened there and then: and sitting down at a marble table in that gruesome light I began to eat Italy, its dark scorched flesh, handmodelled spring soil, dedicated vines. I felt that Melissa would never 65 understand this. I should have to pretend I had lost the money. I did not see at first the great car which she had abandoned in the

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street with its engine running. She came into the shop with swift and resolute suddenness and said, with the air of authority that Lesbians, or women with money, assume with the obviously indigent: `What did you mean by your remark about the antinomian nature of irony?' 5 -- or some such sally which I have forgotten.

con el motor en marcha. Entró en el almacén, brusca, resuelta, y con el aire de autoridad de las lesbianas o de las mujeres adineradas cuando se dirigen a la gente evidentemente pobre, me dijo: --¿Qué entiende usted por la naturaleza antinómica de la ironía? (o bien otra salida por el estilo que he olvidado).

Unable to disentangle myself from Italy I looked up boorishly Incapaz de separarme de Italia, la miré de mala gana y en los tres and saw her leaning down at me from the mirrors on three sides of espejos que cubrían las paredes del almacén vi que inclinaba hacia mí the room, her dark thrilling face full of a troubled, arrogant reserve. su rostro oscuro y terrible, perturbado y a la vez arrogante en su reser10 I had of course forgotten what I had said about irony or anything va. Por supuesto, yo había olvidado lo que hubiera podido decir sobre else for that matter, and I told her so with an indifference that was la ironía o lo que fuese, y así se lo di a entender con una indiferencia not assumed. She heaved a short sigh, as if of natural relief, and que no era fingida. Lanzó un breve suspiro, como de alivio, y sentándose sitting down opposite me lit a French CAPORAL and with short frente a mí encendió un cigarrillo negro, francés, y haciendo varias inspiradecisive inspirations blew thin streamers of blue smoke up into X ciones breves y profundas, lanzó el humo en finos hilos que se elevaron en la cruda luz del recinto. Me miraba con desconcierto, con una franqueza que 15 the harsh light. She looked to me a trifle unbalanced, as she watched me with a candour I found embarrassing -- it was as if me hacía sentir incómodo, como si se preguntara qué hacer conmigo. she were trying to decide to what use I could be put. `I liked' she --Me gusta su manera de citar los versos sobre la ciudad. Usted habla said `the way you quoted his lines about the city. Your Greek is bien el griego. Se ve que es escritor. good. Doubtless you are a writer.' I said: `Doubtless.' Not to be --Se ve --le respondí. Siempre ofende que no lo conozcan a uno. No tenía sentido seguir 20 known always wounds. There seemed no point in pursuing all this. I have always hated literary conversation. I offered her an olive por ese camino. Siempre he detestado las conversaciones literarias. Le which she ate swiftly, spitting the pit into her gloved hand like a cat ofrecí una aceituna que comió rápida mente; escupió el carozo en la mano where she held it absently, saying: `I want to take you to Nessim, my enguantada, como de gato, y lo conservó distraída. husband. Will you come?' --Me gustaría presentarle a Nessim, mi marido. ¿Quiere venir?

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A p o l i c e m a n h a d a p p e a r e d i n t h e d o o r w a y, o b v i o u s l y troubled about the abandoned car. That was the first time I saw the great house of Nessim with its statues and palm loggias, its Courbets and Bonnards -- and so on. It was both beautiful and 30 horrible. Justine hurried up the great staircase, pausing only to transfer her olivepit from the pocket of her coat to a Chinese vase, calling all the time to Nessim. We went from room to room, fracturing the silences. He answered at last from the great studio on the roof and racing to him like a gun-dog she 35 metaphorically dropped me at his feet and stood back, wagging her tail. She had achieved me. Nessim was sitting on the top of a ladder reading, and he came slowly down to us, looking first at one and then at the other. His 40 shyness could not get any purchase of my shabbiness, damp hair, tin of olives, and for my part I could offer no explanation of my presence, since I did not know for what purpose I had been brought here. I took pity on him and offered him an olive; and sitting down

45 together we finished the tin, while Justine foraged for drinks,

En la puerta había aparecido un policía, evidentemente inquieto por el automóvil abandonado. Era la primera vez que yo veía la gran casa de Nessim con sus estatuas, sus logias con palmeras, sus Courbet, sus Bonnard, y todo el resto. Era magnífica y horrible a la vez. Justine subió velozmente la gran escalera, deteniéndose sólo para sacar del bolsillo de su abrigo el carozo de la aceituna y depositarlo en un vaso de porcelana china, y llamó repetidas veces a Nessim. Pasamos de una habitación a la otra quebrando los silencios. Nessim terminó por responder desde el gran estudio situado en los altos, y precipitándose hacia él como un perro de caza, Justine me lanzó metafóricamente a sus pies y se quedó atrás sujetando alegremente la cola. Me había atrapado. Nessim estaba leyendo, sentado en el último peldaño de una escalera; bajó despacio, mirándonos alternativamente. En su timidez, no sabía qué actitud adoptar frente a mi desaliño, mi pelo empapado, la lata de aceitunas; por mi parte no podía explicar mi presencia porque yo mismo no sabía con qué objeto me habían llevado allí. Me dio lástima y le ofrecí una aceituna; nos sentamos juntos y terminamos la lata mientras Justine iba a buscar las bebidas, hablando, si mal no recuerdo, de Orvieto, donde ninguno de los dos había estado. Es un gran consuelo evocar aquel primer encuentro. Nunca estuve tan cerca de ambos, quiero decir, de ellos como pareja; en ese momento me parecieron ese magnífico animal bicéfalo que puede ser un matrimonio. Viendo la cálida y afable luz que brillaba en los ojos de Nessim, y recordando los rumores escandalosos que circulaban sobre Justine, comprendí que todo lo que ella hubiera hecho --incluso lo que pudiera parecer malo o dañino a los ojos del mundo--, en cierto sentido lo había hecho para él. El amor de Justine era como una piel en la que Nessim estaba cosido, como Hércules niño; y los esfuerzos de Justine por realizarse, lejos de alejarla, siempre la habían acercado a él. El mundo no comprende esta clase de paradoja; lo sé pero tuve la impresión de que Nessim la entendía y aceptaba de una manera imposible de explicar a quien no puede separar el amor de la idea de posesión. Una vez, mucho más tarde, me dijo: --¿Qué podía hacer yo? Justine era demasiado fuerte para mí en muchos sentidos. No me quedaba otro recurso que amarla por encima de todo; era mi carta de triunfo. Me adelantaba a ella, anticipaba todos sus errores para que me encontrase siempre allí donde hubiera caído, dispuesto a ayudarla a incorporarse y a demostrarle que la cosa no tenía importancia. Después de todo, Justine sólo comprometía el lado más insignificante de mi vida: mi reputación.

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talking, if I remember, of Orvieto where neither of us had been. It is such a solace to think back to that first meeting. Never have I been closer to them both -- closer, I mean, to their marriage; they seemed to me then to be the magnificent two-headed animal a marriage could be. Watching the benign warmth of the light in his eye I realized, as I recalled all the scandalous rumours about Justine, that whatever she had done had been done in a sense FOR HIM -- even what was evil or harmful in the eyes of the world. Her love was like a skin in which he lay sewn like the infant Heracles; and her efforts to achieve herself had led her always towards, and not away from him. The world has no use for this sort of paradox I know; but it seemed to me then that Nessim knew and accepted her in a way impossible to explain to someone for whom love is still entangled with the qualities of possessiveness. Once, much later, he told me: `What was I to do? Justine was too strong for me in too many ways. I could only out-love her -- that was my long suit. I went ahead of her -- I anticipated every lapse; she found me already there, at every point where she fell down, ready t o h e l p h e r t o h e r f e e t a n d s h o w t h a t i t d i d n o t m a t t e r. After all she compromised the least part of me -- my reputation.'

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This was much later: before the unlucky complex of misfortunes had engulfed us we did not know each other well enough to talk as freely as this. I also remember him saying, once -- this was at the summer villa near Bourg El Arab: `It will puzzle 5 you when I tell you that I thought Justine great, in a sort of way. There are forms of greatness, you know, which when not applied in art or religion make havoc of ordinary life. Her gift was misapplied in being directed towards love. Certainly she was bad in many ways, but they were all small ways. Nor can I say that 10 she harmed nobody. But those she harmed most she made fruitful. She expelled people from their old selves. It was bound to hurt, and many mistook the nature of the pain she inflicted. Not I.' And smiling his well-known smile, in which sweetness was mixed with an inexpressible bitterness, he repeated softly under his 15 breath the words: `Not I.' ***** Capodistria ... how does he fit in? He is more of a goblin than

20 a man, you would think. The flat triangular head of the snake with

Esto fue mucho después; antes del desdichado tejido de desgracias que nos envolvió, no nos conocíamos tan bien como para hablar con tanta libertad. También recuerdo sus palabras en otra ocasión, en la villa de verano, cerca de Bourg El Arab: --Le asombrará si le digo que siempre he visto en Justine una especie de grandeza. Como usted sabe, hay ciertas formas de grandeza que si no se aplican al arte o a la religión, hacen estragos en la vida corriente de los hombres. El error está en que Justine consagró sus dones al amor. Es cierto que en muchos casos ha sido mala, pero en ninguno de ellos su actitud tenía importancia. Tampoco puedo decir que nunca haya hecho daño a nadie. Pero los perjudicados han salido ganando. Los arrancó de sí mismos. Era forzoso que sufrieran, y muchos no han comprendido la naturaleza del dolor que ella les infligía. Yo sí. Y con esa sonrisa que todos le conocían, dulce y al mismo tiempo de una inexpresable amargura, murmuró otra vez: --Yo sí.

the huge frontal lobes; the hair grows forward in a widow's peak A whitish flickering tongue is forever busy keeping his thin lips moist. He is ineffably rich and does not have to lift a finger for himself. He sits all day on the terrace of the Brokers' Club watching the 25 women pass, with the restless eye of someone endlessly shuffling through an old soiled pack of cards. From time to time there is a flick, like a chameleon's tongue striking -- a signal almost invisible to the inattentive. Then a figure slips from the terrace to trail the woman he had indicated. Sometimes his agents will 30 quite openly stop and importune women on the street in his name, mentioning a sum of money. No one is offended by the mention of money in our city. Some girls simply laugh. Some consent at once. You never see vexation on their features. Virtue with us is never feigned. Nor vice. Both are natural.

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Capodistria... ¿cómo se sitúa en el cuadro? Más parecería un duende que un hombre. La cabeza de serpiente, chata y triangular, con los dos grandes lóbulos frontales; el pelo que avanza en punta como una toca de viuda. Una lengua blancuzca y temblorosa que humedece continuamente los labios. Es indeciblemente rico, no tiene necesidad de mover un dedo para vivir. Se está el día entero en la terraza del Broker's Club mirando pasar a las mujeres, con el ojo inquieto del que baraja incesantemente un viejo mazo de naipes pringosos. De vez en cuando un gesto rápido, veloz como la lengua del camaleón, señal casi imperceptible para quien no esté prevenido. Entonces sale furtivamente de la terraza una figura en seguimiento de la mujer señalada. A veces sus agentes detienen e importunan abiertamente, en su nombre, a una mujer en la calle, ofreciéndole una suma de dinero. En nuestra ciudad nadie se ofende por eso. Algunas muchachas se limitan a reír. Otras aceptan inmediatamente. Pero nunca se advierte un gesto de ofensa. Entre nosotros no se finge la virtud. El vicio tampoco. Ambos son naturales. Capodistria permanece alejado de todo esto, con su inmaculado traje de piel de tiburón y el pañuelo de seda asomando en el bolsillo del pecho. Sus estrechos zapatos relucen. Sus amigos lo llaman Da Capo por sus proezas sexuales tan fabulosas, según parece, como su fortuna o su fealdad. Hay un oscuro parentesco entre él y Justine. Ella dice: «Lo compadezco. Su corazón está reseco y sólo le han quedado los cinco sentidos como los fragmentos de un vaso roto.» Pero la monotonía de su vida no parece deprimirlo. Su familia es conocida por la cantidad de suicidas, y su herencia psicológica está cargada de trastornos y enfermedades mentales. Pero eso no lo afecta, y llevándose un largo índice a la sien, dice: «A todos mis antepasados les faltaba un tornillo. A mi padre también. Era un gran mujeriego. Siendo ya muy viejo mandó hacer un maniquí de goma, a imagen de la mujer perfecta, de tamaño natural. En invierno se la podía llenar de agua caliente. Era hermosísima. Se llamaba Sabina, como mi abuela paterna, y la llevaba consigo a todas partes. Tenía la pasión de los viajes en barco, y en realidad pasó los dos últimos años de su vida yendo y viniendo a Nueva York. Sabina tenía un guardarropa magnífico. Era un espectáculo verlos llegar al comedor, elegantemente vestidos. Mi padre viajaba con un criado llamado Kelly. Sabina iba entre los dos, del brazo, tambaleándose con sus maravillosos vestidos de noche, como una hermosa mujer borracha. La noche que mi padre murió, le dijo a Kelly: «Envíale un telegrama a Demetrius y dile que Sabina murió en mis brazos, sin sufrir. La enterraron con él en Nápoles.» Nunca oí una risa más natural y franca que la suya. Más tarde, ya medio trastornado por las desgracias y muy endeudado con Capodistria, me resultó un camarada mucho menos complaciente; y una noche que Melissa, semi borracha, estaba sentada en un banquito junto al fuego, sosteniendo entre sus largos dedos pensativos el pagaré que yo había firmado a Capodistria, con la simple pala13

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Capodistria sits remote from it all, in his immaculate shark-skin coat with the coloured silk handkerchief lolling at his breast. His narrow shoes gleam. His friends call him DA CAPO because of a sexual prowess reputed to be as great as his fortune -- or his ugliness. He is obscurely related to Justine who says of him: `I pity him. His heart has withered in him and he has been left with the five senses, like pieces of a broken wineglass.' However a life of such striking monotony does not seem to depress him. His family is noted for the number of suicides in it, and his psychological inheritance is an unlucky one with its history of mental disturbance and illness. He is unperturbed however and says, touching his temples with a long forefinger: `All my ancestors went wrong here in the head. My father also. He was a great womanizer. When he was very old he had a model of the perfect woman built in rubber -- life-size. She could be filled with hot water in the winter. She was strikingly beautiful. He called her Sabina after his mother, and took her everywhere. He had a passion for travelling on ocean liners and actually lived on one for the last two years of his life, travelling backwards and forwards to New York. Sabina had a wonderful wardrobe. It was a sight to see them come into the dining-saloon, dressed for dinner. He travelled with his keeper, a manservant called Kelly. Between them, held on either side like a beautiful drunkard, walked Sabina in her marvellous evening clothes. The night he died he said to Kelly: "Send Demetrius a telegram and tell him that Sabina died in my arms tonight without any pain." She was buried with him off Naples.' His laughter is the most natural and unfeigned of any I have ever heard.

Later when I was half mad with worry and heavily in Capodistria's debt, I found him less accommodating a companion; and one night, 65 there was Melissa sitting half drunk on the footstool by the fire holding in those long reflective fingers the I.O.U. which I had made out to him with the curt word `DISCHARGED' written across it in green

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ink.... These memories wound. Melissa said: `Justine would have paid your debt from her immense fortune. I did not want to see her increase her hold over you. Besides, even though you no longer care for me I still wanted to do something for you -- and this was the least of 5 sacrifices. I did not think that it would hurt you so much for me to sleep with him. Have you not done the same for me -- I mean did you not borrow the money from Justine to send me away for the X-ray business? Though you lied about it I knew. I won't lie, I never do. Here, take it and destroy it: but don't gamble with him any more. He 10 is not of your kind.' And turning her head she made the Arab motion of spitting. ***** O f N e s s i m 's o u t e r l i f e -- t h o s e i m m e n s e a n d b o r i n g receptions, at first devoted to business colleagues but later to become devoted to obscure political ends -- I do not wish to write. As I slunk through the great hall and up the stairs to the studio I would pause to study the great leather shield on the 20 mantelpiece with its plan of the table -- to see who had been placed on Justine's right and left. For a short while they made a kindly attempt to include me in these gatherings but I rapidly tired of them and pleaded illness, though I was glad to have the run of the studio and the immense library. And afterwards we would meet like conspirators 25 and Justine would throw off the gay, bored, petulant affectations which she wore in her social life. They would kick off their shoes and play piquet by candle-light. Later, going to bed, she would catch sight of herself in the mirror on the first landing and say to her reflection: `Tiresome pretentious hysterical Jewess that you are!'

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bra saldado escrita al través en tinta verde... Estos recuerdos duelen. Melissa dijo: «Justine hubiera debido cancelar tu deuda; no se hubiese arruinado por eso. Pero no quise que aumentara su poder sobre ti. Además, aunque ya no te importe demasiado de mí, quería hacer algo por ti, y esto no era un sacrificio. No creí que te causara tanta pena que yo me acostase con él. ¿Acaso no has hecho lo mismo por mí, quiero decir, acaso no le pediste dinero prestado a Justine, para mis rayos X? Mentiste, pero lo supe. Yo no puedo mentir, nunca miento. Toma, rómpelo, pero no juegues nunca más con él. \o es un hombre para ti.» Y volviendo la cabeza hizo un esto de escupir, a la manera árabe.

De la vida pública de Nessim --aquellas recepciones gigantescas y aburridas, primero dedicadas a sus colegas, hombres de negocios, y luego al servicio de oscuros fines políticos-- prefiero no hablar. Cuando me escabullía por el enorme vestíbulo y las escaleras hasta el estudio, me detenía a contemplar el gran escudo de cuero colgado sobre la chimenea, donde figuraba el plano de la mesa, a fin de ver quiénes se sentarían a izquierda y derecha de Justine. Durante un tiempo trataron amablemente de que participara en esas reuniones, pero yo pretextaba en seguida una indisposición, feliz de poder disponer del estudio y la inmensa biblioteca. Después nos encontrábamos como conspiradores y Justine se despojaba de la máscara de alegría, tedio y petulancia que usaba en sociedad. Arrojaba los zapatos al aire y jugábamos al piquet a la luz de las velas. En el momento de ir a acostarse, se miraba en el espejo del primer rellano y exclamaba: «¡Me tienes harta, judía presuntuosa, histérica!»

***** Mnemjian's Babylonian barber's shop was on the corner of Fuad I and Nebi Daniel and here every morning Pombal lay down beside 35 me in the mirrors. We were lifted simultaneously and swung smoothly down into the ground wrapped like dead Pharaohs, only to reappear at the same instant on the ceiling, spread out like specimens. White cloths had been spread over us by a small black boy while in a great Victorian moustache-cup the barber thwacked up his dense and sweet40 smelling lather before applying it in direct considered brush-strokes to our cheeks. The first covering complete, he surrendered his task to an assistant while he went to the great strop hanging among the flypapers on the end wall of the shop and began to sweeten the edge of an English razor.

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La barbería de Mnemjian, el babilonio, estaba situada en la esquina de Faud y Nebi Daniel; allí todas las mañanas Pombal se instalaba a mi lado frente al espejo. Nuestros asientos subían simultáneamente y luego bajábamos envueltos en un lienzo como faraones muertos, para reaparecer al mismo tiempo a la altura del cielo raso, en exhibición, como ejemplares raros. Un muchachito negro nos ponía las servilletas blancas mientras el barbero, en una gran bacía victoriana, revolvía la espuma espesa y perfumada antes de aplicarla en brochazos justos y directos sobre nuestras mejillas. Después de extendida la primera capa, relegaba su tarea a un ayudante, mientras él se dirigía al gran asentador que colgaba entre los papeles matamoscas, en el fondo de la barbería, para asentar el filo de una navaja inglesa. El pequeño Mnemjian es un enano cuyos ojos violetas no han perdido su expresión infantil. Es el Hombre--Memoria, el archivo de la ciudad. Quien desee conocer los antepasados o las rentas del primero que pase, no tiene mas que preguntárselo a él; le salmodiará todos los detalles con su voz cantarina mientras asienta la navaja y prueba el filo en el vello negro y duro de su antebrazo. Lo que no sabe, lo puede averiguar en contados minutos. Además, está tan informado sobre los vivos como sobre los muertos, afirmación que debe entenderse literalmente, pues el Hospital Griego le encarga la tarea de afeitar y preparar a sus víctimas antes de entregarlas a los empresarios de pompas fúnebres, labor que realiza con ese deleite teñido de unción característico de su raza. Ejerce su antiguo oficio en los dos mundos, y algunas de sus mejores observaciones empiezan con estas palabras: «Fulano de Tal me dijo al lanzar el último suspiro.» Dicen que tiene un éxito fantástico con las mujeres y que ha reunido una pequeña fortuna a costa de ellas. Pero también son sus clientas permanentes varias señoras egipcias de cierta edad, esposas y viudas de pachás, a cuyas casas acude regularmente para peinarlas. Como dice socarronamente, «han pasado todos los límites», y estirándose para tocar la repugnante joroba que corona su espalda, añade con orgullo: «Esto las excita.» Entre otras cosas tiene una cigarrera de oro, regalo de una de sus admiradoras, llena de papel de cigarrillos suelto. Su griego es defectuoso pero original y ex14

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Little Mnemjian is a dwarf with a violet eye that has never lost its childhood. He is the Memory man, the archives of the city. If you should wish to know the ancestry or income of the most casual passer-by you have only to ask him; he will recite the details in a sing-song voice as he strops his razor and tries it upon the coarse black hair of his forearm. What he does not know he can find out in a matter of moments. Moreover he is as well briefed in the living as in the dead; I mean this in the literal sense, for the Greek Hospital employs him to shave and lay out its victims before they are committed to the undertakers -- a task which he performs with relish tinged by racial unction. His ancient trade embraces the two worlds, and some of his best observations begin with the phrase: `As so-and-so said to me with HIS LAST BREATH.' He is rumoured to be fantastically attractive to women and he is said to have put away a small fortune earned for him by his admirers. But he also has several elderly Egyptian ladies, the wives and widows of pashas, as permanent clients upon whom he calls at regular intervals to set their hair. They have, as he says slyly, `got beyond everything' -- and reaching up over his back to touch the unsightly hump which crowns it he adds with pride: `THIS excites them.' Among other things, he has a gold cigarette case given to him by one of these admirers in which he keeps a stock of loose cigarette-paper. His Greek is

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defective but adventurous and vivid and Pombal refuses to permit him to talk French, which he does much better. He does a little mild procuring for my friend, and I am always

5 astonished by the sudden flights of poetry of which he is capable in

presivo, y Pombal no admite que le hable en francés, lengua que conoce mucho mejor A veces hace de intermediario galante con mi amigo, y siempre me asombra el súbito vuelo poético de que es capaz cuando describe a sus protégées. Inclinado sobre la cara de luna de Pombal, dice en tono discreto, mientras se oye raspar la navaja: « Tengo algo para usted, algo especial.» Pombal sorprende mi mirada en el espejo y desvía rápidamente la suya para que no se nos contagie la risa. Lanza un gruñido prudente, Mnemjian se e m p i n a s o b r e l a s p u n t a s de l o s p i e s , bizqueando un poco. La vocecita carga de doble sentido todo lo que dice y subraya sus palabras con leves suspiros escépticos. Durante unos segundos reina el silencio. Veo en el espejo la coronilla de Mnemjian, ese afloramiento obsceno de pelo negro acomodado en dos espirales pegadas como con saliva a sus sienes, sin duda con la esperanza de desviar la atención de su joroba de papier máché. Mientras maneja la navaja, sus ojos se empañan y su cara se vuelve tan inexpresiva como un leño. Sus dedos se deslizan por nuestros rostros vivientes con la misma indiferencia con que recorren los rostros exigentes (y felices, sí) de los muertos. --E s t a v e z -- d i c e M n e m j i a n -- , q u e d a r á e n c a n t a d o e n t o d o s e n t i d o . E s j o v e n , c u e s t a p o c o , e s l i m p i a . Ya v e r á u s t e d m i s mo; una perdiz joven, un panal con toda su miel intacta, una paloma. Anda en este momento en apuros económicos. Acaba de salir del Hospicio de Helwan donde su marido intentó internarla. Le he dicho que esté en el Rose Marie, sentada a la ú l t i m a m e s a , e n l a a c e r a . Va y a a v e r l a a l a u n a ; s i d e s e a q u e lo acompañe, dele esta tarjeta que preparo para usted. Pero recuerde que debe pagarme a mí. Entre caballeros: es la única condición que pongo. No dijo nada más. Pombal siguió mirándose en el espejo, sintiendo su curiosidad natural en conflicto con la desesperante apatía del verano. Más tarde irrumpiría seguramente en el departamento con alguna criatura sin fuerzas, desorientada, cuya sonrisa forzada sólo despertaría en él un sentimiento de compasión. No puedo decir que mi amigo no sea bueno; siempre está tratando de conseguir trabajo para esas muchachas; en la mayoría de los consulados hay muchas de esas ex indigentes que procuran con todas sus fuerzas parecer dignas, y que si tienen empleo es porque Georges ha importunado a los colegas de la carrera. Sin embargo no hay mujer, por humilde, corrida o vieja que sea, que no reciba esas señales exteriores de consideración, esas menudas galanterías y esas sorties de ingenio que he llegado a asociar con el temperamento galo, ese encanto francés cerebral, vulgar, que con tanta facilidad se transforma en orgullo y pereza mental, así como el pensamiento francés se pierde rápidamente en moldes de arena y el esprit original se petrifica inmediatamente en conceptos resecos. Los escarceos del sexo que planean sobre sus pensamientos y acciones tienen, sin embargo, una apariencia de desinterés que los diferencia cualitativamente de las acciones y pensamientos de un Capodistria, por ejemplo, que suele reunirse con nosotros en la barbería. Capodistria tiene un don absolutamente involuntario para feminizarlo todo; bajo sus ojos las sillas cobran una conciencia dolorosa de la desnudez de sus patas. Capodistria impregna las cosas. ¡He visto en la mesa una sandía que bajo su mirada cobraba conciencia y sentía vivir y moverse las semillas en su interior! Las mujeres se sienten como el pájaro frente a la serpiente en presencia de ese rostro chato y estrecho, esa lengua que humedece continuamente los labios. Pienso en Melissa una vez más: hortus conclusus, soror mea sponsor...

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describing his PROTÉGÉES. Leaning over Pombal's moon-like face he will say, for example, in a discreet undertone, as the razor begins to whisper: `I have something for you -- SOMETHING SPECIAL' Pombal catches my eye in the mirror and looks hastily away lest we infect one another by a smile. He gives a cautious grunt. Mnemjian leans lightly on the balls of his feet, his eyes squinting slightly. The small wheedling voice puts a husk of double meaning round everything he says, and his speech is not the less remarkable for being punctuated by small world-weary sighs. For a while nothing more is said. I can see the top of Mnemjian's head in the mirror -- that obscene outcrop of black hair which he had trained into a spitcurl at each temple, hoping no doubt to draw attention away from that crooked PAPIER-MÂCHÉ back of his. While he works with a razor his eyes dim out and his features become as expressionless as a bottle. His fingers travel as coolly upon our live faces as they do upon those of the fastidious and (yes, lucky) dead. `This time' says Mnemjian `you will be delighted from every point of view. She is young, cheap and clean. You will say to yourself, a young partridge, a honey-comb with all its honey sealed in it, a dove. She is in difficulties over money. She has recently come from the lunatic asylum in Helwan where her husband tried to get her locked up as mad. I have arranged for her to sit at the Rose Marie at the end table on the pavement. Go and see her at one o'clock; if you wish her to accompany you give her the card I will prepare for you. But remember, you will pay only me. As one gentleman to another it is the only condition I lay down.' He says nothing more for the time. Pombal continues to stare at himself in the mirror, his natural curiosity doing battle with the forlorn apathy of the summer air. Later no doubt he will bustle into the flat with some exhausted, disoriented creature whose distorted smile can rouse no feelings in him save those of pity. I cannot say that my friend lacks kindness, for he is always trying to find work of some sort for these girls; indeed most of the consulates are staffed by ex-casuals desperately trying to look correct; whose jobs they owe to Georges' importunities among his colleagues of the career. Nevertheless there is no woman too humble, too battered, too old, to receive those outward attentions -- those little gallantries and SORTIES of wit which I have come to associate with the Gallic temperament; the heady meretricious French charm which evaporates so easily into pride and mental indolence -- like French thought which flows so quickly into sandmoulds, the original ESPRIT hardening immediately into deadening concepts. The light play of sex which hovers over his thought and actions has, however, an air of disinterestedness which makes it qualitatively different from, say, the actions and thoughts of Capodistria, who often joins us for a morning shave. Capodistria has the purely involuntary knack of turning everything into a woman; under his eyes chairs become painfully conscious of their bare legs. He impregnates things. At table I have seen a water-melon become conscious under his gaze so that it felt the seeds inside it stirring with life! Women feel like birds confronted by a viper when they gaze into that narrow flat face with its tongue always moving across the thin lips. I think of Melissa once more: HORTUS CONCLUSUS, SOROR MEA SPONSOR.... *****

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`REGARD DÉRISOIRE' says Justine. `How is it you are so much one of us and yet ... you are not?' She is combing that dark head in the mirror, her mouth and 65 eyes drawn up about a cigarette. `You are a mental refugee of course, being Irish, but you miss our ANGOISSE.' What she is groping after is really the distinctive quality which emanates not

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--Regard dérisoire --dice Justine--. ¿Cómo es posible que sea usted hasta tal punto uno de los nuestros, y al mismo tiempo... no lo sea? Se peina frente al espejo, con el cigarrillo en los labios. --Claro que por ser irlandés es usted un refugiado mental, pero le falta nuestra angoisse... En realidad lo que Justine busca a tientas es esa cualidad distin-

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from us but from the landscape -- the metallic flavours of exhaustion which impregnate the airs of Mareotis. As she speaks I am thinking of the founders of the city, of

5 the soldier-God in his glass coffin, the youthful body lapped in

tiva que emana, no de nosotros, sino del paisaje, ese olor metálico y enervante que impregna el aire del lago Mareotis. Mientras habla pienso en los fundadores de la ciudad, el Dios-- soldado metido en su ataúd de vidrio, el cuerpo juvenil en su envoltura de plata, descendiendo por el río hacia su tumba. O esa gran cabeza cuadrada de negro en la que reverbera el concepto de Dios concebido en un puro juego intelectual: Plotino. Es como si las preocupaciones de ese paisaje convergieran en un punto que está fuera de alcance para la mayoría de los habitantes, en una región donde la carne despojada de sus reticencias últimas por una indulgencia excesiva, tuviera que someterse a una preocupación muchísimo más vasta, o perecer en esa especie de agotamiento que representan las obras del Museion, el juego cándido de los hermafroditas en las grandes praderas del arte y la ciencia. Poesía, desmañado intento de inseminación artificial de las Musas; estúpida, llameante metáfora de la cabellera de Berenice centelleando en el cielo nocturno sobre la cara de Melissa dormida. --¡Ah --dijo Justine un día--, si por lo menos hubiera algo libre, algo polinésico en la licencia en que vivimos! O siquiera mediterráneo, hubiera podido añadir, pues las connotaciones de cada beso serían diferentes en Italia o en España; aquí nuestros cuerpos quedaban desollados por los vientos rigurosos y secos de los desiertos de África, y nos veíamos obligados a sustituir el amor por una ternura mental más sabia pero más cruel que, lejos de expurgar la soledad, la exacerbaba. La ciudad misma tenía dos centros de gravedad: el norte real y el norte magnético de su personalidad, y entre ambos, el temperamento de sus habitantes se agotaba en un chisporroteo seco como una descarga eléctrica. Su centro espiritual era el emplazamiento olvidado de la Soma donde yació alguna vez el cuerpo azorado del joven soldado en su Divinidad prestada; su asiento temporal, el Broker's Club donde, como los Caballi, los corredores de algodón se sentaban a tomar café, fumar cigarros rancios y mirar a Capodistria como los mirones contemplan en los muelles a un pescador o un pintor. Uno simbolizaba para mí las grandes conquistas del hombre en el campo de la materia, el espacio y el tiempo, cuya cosecha inevitable para el conquistador tendido en su ataúd era una ardua conciencia de la derrota; el otro no era un símbolo sino el limbo viviente del libre arbitrio en el que erraba mi amada Justine buscando en aterradora soledad espiritual la chispa que la completara y le permitiera elevarse a una nueva perspectiva de su ser. En ella, como alejandrina que era, la licencia constituía una curiosa forma de abnegación consigo misma, una máscara de la libertad; y si yo veía en Justine un ejemplar típico de la ciudad, no pensaba necesariamente en Alejandría o en Plotino, sino en el triste hijo de Valentino, el trigésimo, que cayó «no como Lucifer, por haberse rebelado contra Dios, sino por su deseo demasiado ardiente de unirse a El. Todo exceso se convierte en pecado. Separada de la divina armonía de sí misma cayó, dice el filósofo trágico, y se convirtió en la manifestación de la materia; y el universo entero de su ciudad, del mundo, nació de su agonía, de su remordimiento. La simiente trágica de la cual surgieron sus pensamientos y acciones era la simiente de un gnosticismo pesimista. Sé que esta identificación era verdadera porque mucho más tarde, cuando con tanto recelo me permitió incorporarme al pequeño círculo que se reunía todos los meses en torno a Balthazar, lo que más le interesaba era lo que él pudiese decir sobre el gnosticismo. Recuerdo una noche en que con gran fervor y humildad le preguntó si había interpretado correctamente su pensamiento: --Quiero decir, que Dios no nos ha creado ni ha deseado crearnos, pero que somos obra de una divinidad inferior, un Demiurgo que equivocadamente se creyó Dios , ¿ v e r d a d ? A h , q u é p r o b a b l e p a r e c e ; y e s a h u b r i s arrogante ha sido transmitida a nuestros hijos. Y plantándose delante de mí, me tosió de las solapas de la chaqueta y mirándome fijo en los ojos añadió:

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silver, riding down the river towards his tomb. Or of that great square negro head reverberating with a concept of God conceived in the spirit of pure intellectual play -- Plotinus. It is as if the preoccupations of this landscape were centred somewhere out of reach of the average inhabitant -- in a region where the flesh, stripped by over-indulgence of its final reticences, must yield to a preoccupation vastly more comprehensive: or perish in the kind of exhaustion represented by the works of the Mouseion, the guileless playing of hermaphrodites in the green courtyards of art and science. Poetry as a clumsy attempt at the artificial insemination of the Muses; the burning stupid metaphor of Berenice's hair glittering in the night sky above Melissa's sleeping face. `Ah!' said Justine once `that there should be something free, something Polynesian about the licence in which we live.' Or even Mediterranean, she might have added, for the connotation of every kiss would be different in Italy or Spain; here our bodies were chafed by the harsh desiccated winds blowing up out of the deserts of Africa and for love we were forced to substitute a wiser but crueller mental tenderness which emphasized loneliness rather than expurgated it. Now even the city had two centres of gravity -- the true and magnetic north of its personality: and between them the temperament of its inhabitants sparked harshly like a leaky electric discharge. Its spiritual centre was the forgotten site of the Soma where once the confused young soldier 's body lay in its borrowed Godhead; its temporal site the Brokers' Club where like Caballi* the cotton brokers sat to sip their coffee, puff rank cheroots and watch Capodistria -- as people upon a river-bank will watch the progress of a fisherman or an artist. The one symbolized for me the great conquests of man in the realms of matter, space and time -- which must inevitably yield their harsh knowledge of defeat to the conqueror in his coffin; the other was no symbol but the living limbo of free-will in which my beloved Justine wandered, searching with such frightening singleness of mind for the integrating spark which might lift her into a new perspective of herself. In her, as an Alexandrian, licence was in a curious way a form of selfabnegation, a travesty of freedom; and if I saw her as an exemplar of the city it was not of Alexandria, or Plotinus that I was forced to think, but of the sad thirtieth child of Valentinus who fell, `not like Lucifer by rebelling against God, but by desiring too ardently to be united to him'.* Anything pressed too far becomes a sin. Broken from the divine harmony of herself she fell, says the tragic philosopher, and became the manifestation of matter; and the whole universe of her city, of the world, was formed out of her agony and remorse. The tragic seed from which her thoughts and actions grew was the seed of a pessimistic gnosticism.

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That this identification was a true one I know -- for much later when, with so many misgivings, she invited me to join the little circle which gathered every month about Balthazar, it was always what he had to say about gnosticism which most 60 interested her. I remember her asking one night, so anxiously, so pleadingly if she had interpreted his thinking rightly: `I mean, that God neither created us nor wished us to be created, but that we are the work of an inferior deity, a Demiurge, who wrongly believed himself to be God? Heavens, how probable 65 it seems; and this overweening HUBRIS has been handed on down to our children.' And stopping me as we walked by the expedient of standing in front of me and catching hold of the

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lapels of my coat she gazed earnestly into my eyes and said: `What do you believe? You never say anything. At the most you sometimes laugh.' I did not know how to reply for all ideas seem equally good to me; the fact of their existence proves 5 that someone is creating. Does it matter whether they are objectively right or wrong? They could never remain so for long. `But it matters' she cried with a touching emphasis. `It matters deeply my darling, deeply.' We are the children of our landscape; it dictates behaviour and even thought in the measure to which we are responsive to it. I can think of no better identification. `Your doubt, for example, which contains so much anxiety and such a thirst for an absolute truth, is so different from the scepticism of the 15 Greek, from the mental play of the Mediterranean mind with its deliberate resort to sophistry as part of the GAME of thought; for you thought is a weapon, a theology.'

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--¿A ti qué te parece? Nunca dices nada, te limitas a reír de vez en cuando. Yo no sabía qué responder; todas las ideas me parecen igualmente buenas, y el hecho de que existan prueba que alguien las está creando. --¿Qué importa --dije-- si son objetivamente verdaderas o falsas? No pueden permanecer invariables largo tiempo. --Sí que importa --exclamó con un énfasis conmovedor--. Importa muchísimo, querido. Somos hijos de nuestro paisaje; nos dicta nuestra conducta e incluso nuestros pensamientos en la medica en que armonizarnos con él. No concibo una identificación mejor. Tus dudas, por ejemplo, que encierran tanta ansiedad y tanta sed de verdad absoluta, son muy distintas del escepticismo de los griegos, del despliegue intelectual del espíritu mediterráneo con su deliberado recurso a la sofística como parte del juego del pensamiento; porque tu pensamiento es un arma, una teología. --¿Pero de qué otra manera puede ser juzgada la acción? --No puede ser juzgada con amplitud mientras no se juzgue el pensamiento mismo, puesto que nuestros pensamientos son actos. La tentativa de formular juicios parciales sobre ambos es la que nos conduce a la duda. Me gustaba tanto su manera de sentarse bruscamente en una pared o en una columna rota del recinto en ruinas donde se encuentra la columna de Pompeyo, esa manera de sumirse en una pena indecible ocasionada por el impacto de alguna idea que acababa de surgir en su espíritu. --¿Crees que realmente es así? --decía con una aflicción tan conmovedora como divertida--. ¿Por qué sonríes? Siempre sonríes ante las cosas más serias. ¡Ah, sin embargo deberías estar triste! Si más tarde llegó a conocerme habrá comprendido que para todos los que sienten profundamente y tienen una aguda conciencia del inextricable laberinto del pensamiento humano, sólo hay una respuesta posible: la ternura irónica, el silencio. En esa noche tan constelada de estrellas, en que las luciérnagas sobre la hierba crujiente y seca devolvían al cielo su espectral resplandor verdoso, no quedaba más que sentarse a su lado, acariciar su hermoso pelo negro y callar. Por debajo corría como un río subterráneo la noble cita que Balthazar había elegido como tema y que leyera con voz temblorosa, en parte por la emoción, en parte por la fatiga de tanto pensamiento abstracto: «El día de los corpora es la noche de los spiritus. Cuando los cuerpos descansan, los espíritus inician su tarea. La vigilia del cuerpo es el sueño del espíritu y el sueño del espíritu es una vigilia del cuerpo.» Y luego, como un trueno: «El mal es el bien pervertido."

`But how else can action be judged?' `It cannot be judged

20 comprehensively until thought itself can be judged, for our thoughts

themselves are acts. It is an attempt to make partial judgements upon either that leads to misgivings.' I liked so much the way she would suddenly sit down on

25 a w a l l , o r a b r o k e n p i l l a r i n t h a t s h a t t e r e d b a c k y a r d t o

P o m p e y 's P i l l a r, a n d b e p l u n g e d i n a n i n e x t i n g u i s h a b l e sorrow at some idea whose impact had only just made itself felt in her mind. `You really believe so?' she would say with such sorrow that one was touched and amused at the same 30 time. `And why do you smile? You always smile at the most serious things. Ah! surely you should be sad?' If she ever knew me at all she must later have discovered that for those of us who feel deeply and who are at all conscious of the inextricable tangle of human thought there is only one response to be made -- ironic 35 tenderness and silence. In a night so brilliant with stars where the glow-worms in the shrill dry grass gave back their ghostly mauve lambence to the sky there was nothing else to do but sit by her side, stroking that dark 40 head of beautiful hair and saying nothing. Underneath, like a dark river, the noble quotation which Balthazar had taken as a text and which he read in a voice that trembled partly with emotion and partly with the fatigue of so much abstract thought: `The day of the CORPORA is the night for the SPIRITUS. When the bodies cease their labour the spirits 45 in man begin their work. The waking of the body is the sleep of the spirit and the spirit's sleep a waking for the body.' And later, like a thunderclap: `EVIL IS GOOD PERVERTED.'* *****

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That Nessim had her watched I for a long time doubted; after all, she seemed as free as a bat to flit about the town at night, and never did I hear her called upon to give an account of her movements. It could not have been easy to spy upon someone so protean, in touch 55 with the life of the town at so many points. Nevertheless it is possible that she was watched lest she should come to harm. One night an incident brought this home to me, for I had been asked to dine at the old house. When they were alone we dined in a little pavilion at the end of the garden where the summer coolness could mingle with the 60 whisper of water from the four lions' heads bordering the fountain. Justine was late on this particular occasion and Nessim sat alone, with the curtains drawn back towards the west reflectively polishing a yellow jade from his collection in those long gentle fingers.

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Durante mucho tiempo dudé de que Nessim la vigilara; después de todo, parecía libre como un murciélago de revolotear de noche por la ciudad, y nunca vi que tuviera que rendir cuenta de sus movimientos. No hubiera sido fácil espiar a un ser tan proteiforme, que tenía tantos puntos de contacto con la vida de la ciudad. Y sin embargo, es posible que la vigilara para evitarle todo daño. Un incidente me persuadió de ello, una noche que me habían invitado a comer en la vieja casa. Cuando estaban solos cenábamos en un pequeño pabellón situado en el fondo del jardín donde la frescura del verano podía mezclarse con el susurro del agua de la fuente que brotaba de cuatro cabezas de leones. Aquella noche Justine no había llegado todavía y Nessim estaba solo, sentado delante de la ventana; los resplandores del poniente se reflejaban en un jade amarillo de su colección que sostenía en sus dedos largos y flexibles. La comida se había retrasado ya cuarenta minutos, y Nessim había dado orden de que la sirvieran cuando el pequeño receptor telefónico empezó a repicar agudamente. Se acercó a la mesa, lo

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It was already forty minutes past the hour and he had already given the signal for dinner to begin when the little black telephone extension gave a small needle-like sound. He crossed to the table

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and picked it up with a sigh, and I heard him say, `yes' impatiently; then he spoke for a while in a low voice, the language changing abruptly to Arabic, and for a moment I had the sudden intuitive feeling that it was Mnemjian talking to him over the wire. I do not 5 know why I should feel this. He scribbled something rapidly on an envelope and putting down the receiver stood for a second memorizing what he had written. Then he turned to me, and it was all of a sudden a different Nessim who said: `Justine may need our help. Will you come with me?' And without waiting for an answer he ran 10 down the steps, past the lily-pond in the direction of the garage. I followed as well as I could and it could only have been a matter of minutes before he swung the little sports car through the heavy gates into Rue Fuad and began to weave his way down to the sea through the network of streets which slide down towards Ras El Tin. Though it was not late there were few 15 people about and we raced away along the curving flanks of the Esplanade towards the Yacht Club grimly overtaking the few horse-drawn cabs (`carriages of love') which dawdled up and down by the sea. At the fort we doubled back and entered the huddled slums which

20 lie behind Tatwig Street, our blond headlights picking out the ant-hill

descolgó con un suspiro y le oí pronunciar un «sí» impaciente; después habló un rato en voz baja, pasando bruscamente al árabe, y por un momento tuve la súbita intuición de que hablaba con Mnemjian. No sé por qué lo pensé. Garabateó algo rápidamente en un sobre y colgando el receptor trató de memorizar lo que había escrito. Luego se volvió hacia mí, y de pronto fue un Nessim diferente el que me dijo: --Justine puede necesitar nuestra ayuda. ¿Quiere venir conmigo? Y sin esperar una respuesta, bajó velozmente las escaleras y contorneó el estanque de los nenúfares camino del garaje. Lo seguí como pude, y en cuestión de minutos el pequeño coche de sport pasaba por las pesadas puertas en dirección a la Rue Fuad y corría hacia el mar por el dédalo de callejuelas que bajan hacia Ras El Tin. No era tarde pero se veía poca gente, y nos lanzamos por las curvas del camino costanero hacia el Yacht Club, dejando atrás, implacables, algunos coches de punto («los carros del amor») que se paseaban lentamente por la orilla. Al llegar al fuerte doblamos y nos metimos en los ____ tugurios que se hacinan detrás de la calle Tatwig; la rubia luz de nuestros focos destacaba los cafés repletos y las plazas populosas con un brillo inusitado; desde algún lugar, detrás del horizonte inmediato de casas en ruinas, aisladas, nos llegaban los aullidos y alaridos de un cortejo fúnebre cuyas lloronas profesionales envilecían la noche con las lamentaciones por el muerto. Dejamos el coche en una callejuela estrecha, junto a la mezquita, y Nessim se metió en la entrada sombría de un gran edificio ocupado en gran parte por oficinas con ventanas enrejadas y chapas semiborradas. Un boab solitario (el concierge de Egipto), en cuclillas, envuelto en trapos, parecía un desperdicio cualquiera (un neumático viejo, por ejemplo); fumaba un narguile de caña corta. Nessim le dirigió unas palabras cortantes y casi antes de que el hombre pudiera responder, atravesó el edificio y llegó a una especie de patio oscuro flanqueado por una hilera de casas destartaladas, de ladrillo ordinario y yeso desconchado. Se detuvo para prender su encendedor, y a su débil luz empezamos a revisar las puertas. Al llegar a la cuarta apagó el encendedor y golpeó con el puño. Como no recibiera respuesta, la abrió. Un oscuro pasillo conducía a un cuartucho apenas iluminado por lámparas de mecha de junco. Aparentemente habíamos llegado. La escena que presenciamos era absolutamente extraordinaria, aunque más no fuera por la luz que, subiendo del piso de tierra, rozaba las cejas, los labios y las mejillas de los personajes, poniendo grandes manchas de sombra en sus rostros, como si estuvieran roídos por l a s r a t a s q u e s e o í a n c o r r e t e a r e n t r e l a s v i g a s de ese antro sórdido. Era un burdel de niñas: allí en la penumbra, vestidas con grotescos camisones de pliegues bíblicos, los labios pintados, collares de abalorios y sortijas de lata, había una docena de chiquillas desgreñadas que no tendrían mucho más de diez años; la inocencia de la niñez que asomaba a través de las ropas absurdas contrastaba violentamente con la silueta bárbara del marinero francés en el centro de la habitación, las piernas dobladas, el rostro marcado y torturado vuelto hacia Justine a quien veíamos de perfil, pues había girado la cabeza al oírnos entrar. Lo que el marinero acababa de gritar se había hundido en el silencio, pero su violencia se advertía aún en la mandíbula proyectada hacia adelante, en los tendones oscuros y salientes que unían la cabeza con los hombros. El rostro de Justine estaba dibujado con una especie de precisión académica, dolorosa. Tenía una botella en una mano levantada, y era evidente que nunca hasta entonces la había utilizado como arma, pues la sujetaba al revés. Sobre un sofá desvencijado, en un rincón de la pieza, magnéticamente iluminado por la cálida penumbra que reflejaban las paredes, yacía una niña en camisón, horriblemente encogida, en una actitud como de muerte. Sobre el sofá la pared estaba cubierta de im18

cafés and crowded squares with an unaccustomed radiance; from somewhere behind the immediate skyline of smashed and unlimbered houses came the piercing shrieks and ululations of a burial procession, whose professional mourners made the night hideous with their plaints 25 for the dead. We abandoned the car in a narrow street by the mosque and Nessim entered the shadowy doorway of some great tenement house, half of which consisted of shuttered and barred offices with blurred nameplates. A solitary BOAB (the CONCIERGE of Egypt) sat on his perch wrapped in clouts, for all the world like some 30 discarded material object (an old motor tyre, say) -- smoking a shortstemmed hubble-bubble. Nessim spoke to him sharply, and almost before the man could reply passed through the back of the building into a sort of dark backyard flanked by a series of dilapidated houses built of earth-brick and scaly plaster. He stopped only to light 35 his cigarette-lighter, and by its feeble light we began to quest along the doors. At the fourth door he clicked the machine shut and knocked with his fist. Receiving no answer he pushed it open. A dark corridor led to a small shadowy room lit by the feeble

40 light of rush-lamps. This was apparently our destination.

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The scene upon which we intruded was ferociously original, if for no other reason than that the light, pushing up from the mud floor, touched out the eyebrows and lips and cheek-bones of the participants while it left great patches of shadow on their faces -- so that they looked as if they had been half-eaten by the rats which one could hear scrambling among the rafters of this wretched tenement. It was a house of child prostitutes, and there in the dimness, clad in ludicrous biblical night-shirts, with rouged lips, arch bead fringes and cheap rings, stood a dozen fuzzy-haired girls who could not have been much above ten years of age; the peculiar innocence of childhood which shone out from under the fancy-dress was in startling contrast to the barbaric adult figure of the French sailor who stood in the centre of the room on flexed calves, his ravaged and tormented face thrust out from the neck towards Justine who stood with her half-profile turned towards us. What he had just shouted had expired on the silence but the force with which the words had been uttered was still visible in the jut of the chin and the black corded muscles which held his head upon his shoulders. As for Justine, her face was lit by a sort of painful academic precision. She held a bottle raised in one hand, and it was clear that she had never thrown one before, for she held it the wrong way. On a rotting sofa in one corner of the room, magnetically lit by

65 the warm shadow reflected from the walls, lay one of the children

horribly shrunk up in its nightshirt in an attitude which suggested death. The wall above the sofa was covered in the blue imprints of

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juvenile hands -- the talisman which in this part of the world guards a house against the evil eye. It was the only decoration in the room; indeed the commonest decoration of the whole Arab quarter of the city.

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presiones azules de manos juveniles, talismán que en esta parte del mundo protege a la casa contra el mal de ojo. Era la única decoración de la pieza, la más corriente en todo el barrio árabe de la ciudad. Allí nos quedamos Nessim y yo durante más de medio minuto, estupefactos, pues la escena tenía una especie de belleza espantosa, como algunos de esos grabados en color que figuran en las ediciones populares de la biblia de la época victoriana, por ejemplo, en cuyo tema hubiera algo tergiversado y fuera de lugar. Justine respiraba agitadamente, como si estuviera al borde del llanto. Supongo que nos abalanzamos sobre ella y la arrastramos a la calle; lo único que recuerdo es que llegamos hasta el mar y nos lanzamos por el camino costanero bajo una luna limpia y bronceada; la cara triste y silenciosa de Nessim se reflejaba en el retrovisor, junto a la figura callada de su mujer, mirando las olas de plata en la rompiente y fumando un cigarrillo que había sacado del bolsillo de Nessim. Después, en el garaje, antes de bajarse del auto, besó tiernamente a Nessim en los ojos.

We stood there, Nessim and I, for a good half-second, astonished by the scene which had a sort of horrifying beauty -- like some hideous coloured engraving for a Victorian penny bible, say, whose subject matter had somehow become distorted and displaced. Justine was 10 breathing harshly in a manner which suggested that she was on the point of tears. We pounced on her, I suppose, and dragged her out into the street; at any rate I can only remember the three of us reached the sea and driving 15 the whole length of the Corniche in clean bronze moonlight, Nessim's sad and silent face reflected in the drivingmirror, and the figure of his silent wife seated beside him, gazing out at the crashing silver waves and smoking the cigarette which she had burrowed from the pockets of his jacket. Later, in the garage, before we left the car, she kissed Nessim 20 tenderly on the eyes. ***** All this I have come to regard as a sort of overture to that first

25 real meeting face to face, when such understanding as we had enjoyed

until then -- a gaiety and friendship founded in tastes which were common to the three of us -- disintegrated into something which was not love -- how could it have been? -- but into a sort of mental possession in which the bonds of a ravenous sexuality played the least 30 part. How did we let it come about -- matched as we were so well in experience, weathered and seasoned by the disappointments of love in other places? In autumn the female bays turn to uneasy phosphorus and after the

35 long chafing days of dust one feels the first palpitations of the autumn,

He llegado a considerar todo esto como una especie de preludio de aquel primer encuentro verdadero, cara a cara, cuando el entendimiento que había nacido entre nosotros --alegría y amistad fundadas en gustos comunes a los tres se desintegró en algo que no era amor --¿cómo podía serlo?--, sino una especie de posesión mental en la que las ataduras de una sexualidad devoradora no tenían demasiada importancia. ¿Cómo dejamos que nos ocurriera, a nosotros, tan parejos en la experiencia, curtidos y sazonados en otras comarcas por las decepciones del amor? En otoño las bahías femeninas adquieren inquietantes fosforescencias y después de días calcinados, polvorientos, se sienten las primeras palpitaciones del otoño, como una mariposa aleteando para despojarse del capullo. El lago Mareotis vira al limón malva, y sus flancos barrosos resplandecen de radiantes anémonas que crecen en el lado vivificante de la orilla. Un día, mientras Nessim estaba en el Cairo, fui a su casa a pedirle varios libros en préstamo y para mi sorpresa encontré a Justine, sola en su estudio, remendando un viejo pullover. Había vuelto a Alejandría en el tren nocturno, dejando a Nessim en alguna conferencia de negocios. Tomamos el té y, cediendo a un súbito impulso, buscamos los trajes de baño y nos lanzamos en un auto a través de los enmohecidos montones de escoria de Mex, hacia las playas de arena de Bourg El Arab que centelleaban en la luz malva limón de la tarde declinante. Allí el mar abierto arrojaba violentamente sobre las alfombras de arena fresca una espuma de mercurio oxidado; su percusión melodiosa y profunda servía de fondo a nuestro diálogo. ______________ _________ _______ _______Chapoteamos en los turbios charcos, que absorbían las esponjas arrancadas de cuajo y arrojadas a la playa. No encontramos a nadie salvo a un joven beduino flaco que llevaba en la cabeza una jaula de alambre llena de pájaros silvestres cazados con liza. Codorniz ofuscada. Nos quedamos largo rato acostados uno junto al otro, con los trajes de baño todavía húmedos, para aprovechar los últimos y pálidos rayos del sol en la deliciosa frescura del crepúsculo. Yo tenía los ojos semicerrados mientras Justine (¡con qué claridad la veo!) apoyada en un codo, se protegía la vista con una mano y me miraba fijamente. Te n í a l a c o s t u m b r e d e m i r a r m i s l a b i o s c u a n d o h a b l a ba, con un aire burlón, casi impertinente, como si estuvier a e s p e r a n d o q u e y o p r o n u n c i a r a m a l a l g u n a p a l a b r a . Todo empezó en ese momento, pero si he olvidado la forma en que ocurrió, recuerdo su voz hosca y alterada diciéndome algo como: --Y si tuviera que sucedernos... ¿qué dirías? Y antes de darme tiempo a contestar, se inclinó y me besó en la boca, y sentí en su beso escarnio y antagonismo. Todo parecía tan fuera de lugar que me incorporé, tratando de formular un reproche. Pero a partir de ese instante sus besos fueron como profundas

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like the wings of a butterfly fluttering to unwrap themselves. Mareotis turns lemon-mauve and its muddy flanks are starred by sheets of radiant anemones, growing through the quickened plaster-mud of the shore. One day while Nessim was away in Cairo I called at the house to borrow 40 some books and to my surprise found Justine alone in the studio, darning an old pullover. She had taken the night train back to Alexandria, leaving Nessim to attend some business conference. We had tea together and then, on a sudden impulse took our bathing things and drove out through the rusty slag-heaps of Mex towards the sand-beaches off Bourg El 45 Arab, glittering in the mauve-lemon light of the fastfading afternoon. Here the open sea boomed upon the carpets of fresh sand the colour of oxidized mercury; its deep melodious percussion was the background to such conversation as we had. We walked ankle deep in the spurge of those shallow dimpled pools, choked here and there with sponges torn 50 up by the roots and flung ashore. We passed no one on the road I remember save a gaunt Bedouin youth carrying on his head a wire crate full of wild birds caught with lime-twigs. Dazed quail. We lay for a long time, side by side in our wet bathing

55 costumes to take the last pale rays of the sun upon our skins in

the delicious evening coolness. I lay with half-shut eyes while Justine (how clearly I see her!) was up on one elbow, shading her eyes with the palm of one hand and watching my face. Whenever I was talking she had the habit of gazing at my lips 60 with a curious half-mocking, an almost impertinent intentness, as if she were waiting for me to mispronounce a word. If indeed it all began at this point I have forgotten the context, but I remember the hoarse troubled voice saying something like: `And if it should happen to us -- what would you say?' But before I could 65 say anything she leaned down and kissed me -- I should say derisively, antagonistically, on the mouth. This seemed so much out of character that I turned with some sort of half-formulated reproach on my lips --

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but from here on her kisses were like tremendous soft breathless stabs punctuating the savage laughter which seemed to well up in her -- a jeering unstable laughter. It struck me then that she was like someone who had had a bad fright. If I said now: `It must not happen to us' she must have replied: `But let us SUPPOSE. What if it did?' Then -- and this I remember clearly -- the mania for selfjustification seized her (we spoke French: lan g u a g e c r e a t e s national character) and between those breathless halfseconds when I felt her strong mouth on my own and those w o r l d l y b r o w n a r m s c l o s i n g u p o n m i n e : `I would not mistake it for gluttony or self-indulgence. We are too worldly for that: simply we have something to learn from each other. What is it?' What was it? `And is this the way?' I remember asking as I saw t h e t a l l t o p p l i n g f i g u r e o f N e s s i m u p o n t h e e v e n i n g s k y. `I do not know' she said with a savage, obstinate desperate expression of humility upon her f a c e , `I do not know'; and she pressed herself upon me like someone pressing upon a bruise. It was as if she wished to expunge the very thought of me, and yet in the fragile quivering context of every kiss found a sort of painful surcease -- like cold water on a sprain. How well I recognized her now as a child of the city, which decrees that its women shall be the voluptuaries not of pleasure but of pain, doomed to hunt for what they least dare to find!

puñaladas, suaves y jadeantes, puntuando la risa salvaje que desbordaba en ella, una risa burlona y entrecortada. Me hizo pensar en alguien que acaba de pasar por un miedo espantoso. Quizá dije en ese momento: --No debe sucedernos. Y ella debió de contestar: --Pero supongamos que suceda... ¿Qué ocurrirá? Entonces, lo recuerdo muy claramente, se apoderó de ella la manía de la justificación (hablábamos en francés: el idioma crea el carácter nacional), y en esos instantes en que tratábamos de recobrar el aliento y yo sentía sus labios firmes contra los míos, y sus brazos morenos y carnales apretando mis brazos, le oí decir: --Lo sé, no es por glotonería ni por ceder a la tentación. Tenemos demasiada experiencia para eso; sencillamente tenemos algo que aprender el uno del otro. ¿Qué? ¿Qué? --¿Y crees que ésta es la manera? --pregunté, mientras veía la alta y tambaleante silueta de Nessim contra el cielo del anochecer. --No sé --dijo Justine con una expresión de humildad a la vez salvaje, terca, desesperada--. No sé... Y se apretó contra mí como quien aprieta una magulladura. Era como si deseara borrarme hasta de su pensamiento y sin embargo, en el frágil y tembloroso fondo de cada beso encontrara una especie de penoso aliv i o , c o m o e l a g ua fría sobre una torcedura. ¡Hasta qué punto reconocía ahora en ella a la hija de la ciudad, que impone a sus mujeres la voluptuosidad del dolor y no del placer, condenándolas a perseguir a aquellos a quienes menos quisieran encontrar! Levantándose, se alejó siguiendo la vasta perspectiva curva de la playa, cruzando lentamente los charcos formados en la lava, inclinada la cabeza. Pensé en el hermoso rostro de Nessim, sonriéndole desde cada uno de los espejos de la habitación. Toda la escena que acabábamos de representar me parecía tan improbable como un sueño. Desde un punto de vista objetivo resultaba curioso observar cómo temblaban mis manos cuando encendí un cigarrillo, antes de levantarme para seguirla. Pero cuando la alcancé y quise detenerla, el rostro que volvió hacia mí era el de un demonio maligno. La rabia la dominaba. --¿Creías que lo único que quería era hacer el amor? ¡Por Dios! ¿No hemos tenido ya bastante? Por una vez, ¿eres incapaz de comprender lo que siento? ¿Cómo puede ser? Golpeó la arena húmeda con el pie. No era solamente como si una falla geológica acabara de abrirse en el terreno que habíamos pisado con tanta confianza. En mi propio carácter, una mina abandonada desde hacía mucho tiempo, una galería acababa de desplomarse. Comprendí que ese tráfico estéril de ideas y sentimientos había abierto un camino hasta las selvas más densas del corazón, y que allí nos convertíamos en siervos de la carne, dueños de un conocimiento enigmático que sólo podía ser transmitido, recibido, descifrado, entendido, por los pocos seres que son nuestros complementarios en el mundo. (¡Cuán pocos, y qué raras veces se los encuentra!) Recuerdo que ella dijo: --Después de todo, esto no tiene nada que ver con el sexo. Sentí ganas de reír, aunque percibía en sus palabras la desesperada tentativa de disociar la carne del mensaje que contenía. Me imagino que estas cosas les ocurren siempre a los fracasados que se enamoran. Vi en ese momento lo que debería haber visto mucho antes: que nuestra amistad había llegado a un punto de madurez en que ya éramos parcialmente dueños el uno del otro. Pienso que nos horrorizó este pensamiento, pues a pesar de nuestro cansancio no pudimos dejar de retroceder aterrados ante esta nueva relación. En silencio, tomados de la mano e incapaces de pronunciar una sola palabra, regresamos por la playa hasta el sitio donde habíamos dejado nuestras ropas. Justine parecía al borde del agotamiento. Los dos ansiábamos separarnos lo antes posible para poder escudriñar en nuestros sentimientos. No nos dijimos nada más. Volvimos a la ciudad, y ella me dejó en la esquina de siempre, cerca de mi departamento. Cerré la portezuela de un golpe, y la vi alejarse sin decir una palabra, sin mirar siquiera. Cuando abrí la puerta de mi pieza todavía veía la huella del pie de Justine en la arena mojada. Melissa estaba leyendo. Me miró, y con su tranquilidad y

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She got up now and walked away down the long curving perspective of the beach, crossing the pools of lava slowly, her head bent; and I thought of Nessim's handsome face smiling at her from every mirror in the room. The whole of the scene which we had just 30 enacted was invested in my mind' with a dream-like improbability. It was curious in an objective sort of way to notice how my hands trembled as I lit a cigarette and rose to follow her. But when I overtook her and halted her the face she turned to

35 me was that of a sick demon. She was in a towering rage. `You

thought I simply wanted to make love? God! haven't we had enough of that? How is it that you do not KNOW what I feel for once? How is it?' She stamped her foot in the wet sand. It was not merely that a geological fault had opened in the ground upon which we 40 had been treading with such self-confidence. It was as if some long-disused mineshaft in my own character had suddenly fallen in. I recognized that this barren traffic in ideas and feelings had driven a path through towards the denser jungles of the heart; and that here we became bondsmen in the body, possessors of an 45 enigmatic knowledge which could only be passed on -- received, deciphered, understood -- by those rare complementaries of ours in the world. (How few they were, how seldom one found them!) `After all' I remember her saying, `this has nothing to do with sex' which tempted me to laugh though I recognized in the phrase 50 her desperate attempt to dissociate the flesh from the message it carried. I suppose this sort of thing always happens to bankrupts when they fall in love. I saw then what I should have seen long before: namely that our friendship had ripened to a point when we had already become in a way part-owners of each other.

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I think we were both horrified by the thought; for exhausted as we were we could not help but quail before such a relationship. We did not say any more but walked back along the beach to where we had left our clothes, speechless and hand in hand. Justine looked 60 utterly exhausted. We were both dying to get away from each other, in order to examine our own feelings. We did not speak to each other again. We drove into the city and she dropped me at the usual corner near my flat. I snapped the door of the car closed and she drove off without a word or a glance in my direction.

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As I opened the door of my room I could still see the imprint of Justine's foot in the wet sand. Melissa was reading, and looking

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up at me she said with characteristic calm foreknowledge: `Something has happened -- what is it?' I could not tell her since I did not myself know. I took her face in my hands and examined it silently, with a care and attention, with a sadness and hunger I don't 5 ever remember feeling before. She said: `It is not me you are seeing, it is someone else.' But in truth I was seeing Melissa for the first time. In some paradoxical way it was Justine who was now permitting me to see Melissa as she really was -- and to recognize my love for her. Melissa smilingly reached for a cigarette and said: `Y o u a r e 10 f a l l i n g i n l o v e w i t h J u s t i n e ' a nd I a n s w e r e d a s s i n c e r e l y, a s h o n e s t l y, a s p a i n f u l l y a s I c o u l d : ` N o Melissa, it is worse than that' -- though I could not f o r t h e l i f e o f m e h a v e e x p l a i n e d h o w o r w h y. When I thought of Justine I thought of some great freehand composition, a cartoon of a woman representing someone released from bondage in the male. `Where the carrion is' she once quoted proudly from Boehme, speaking of her native city, `there the eagles will gather.' Truly she looked and seemed an eagle at this moment. 20 But Melissa was a sad painting from a winter landscape contained by dark sky; a window-box with a few flowering geraniums lying forgotten on the windowsill of a cement-factory.

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su lucidez habituales me dijo: --Algo ha sucedido. ¿Qué es? Pero no podía decírselo, puesto que yo mismo no sabía. Tomé su cara entre mis manos y la examiné en silencio, con un cuidado, una atención, una tristeza y un deseo como no recordaba haber sentido antes. --No es a mí a quien ves, sino a otra --dijo Melissa. Y sin embargo estaba viendo a Melissa por primera vez. Paradójicamente, Justine me permitía ahora ver a Melissa tal cual era, y comprender el amor que le tenía. Sonriendo, encendió un cigarrillo y dijo: --Te estás enamorando de Justine. Le respondí con toda la sinceridad, la honradez y el dolor de que era capaz: --No, Melissa, es peor que eso. Pero me hubiera sido totalmente imposible explicarle cómo y por qué. Cuando pensaba en Justine, veía una gran composición a mano alzada, un cartón donde una figura de mujer representaba a alguien que se ha liberado de la servidumbre impuesta por el macho. «Allí donde hay carroña -- dijo una vez citando orgullosamente a Boehme y refiriéndose a su ciudad natal--, las águilas se amontonan.» Y en este momento parecía verdaderamente un águila. En cambio, Melissa era la triste pintura de un paisaje invernal bajo un cielo nublado; un tiesto con unos pocos geranios, olvidado en la ventana de una fábrica de cemento. Recuerdo ahora un pasaje del diario de Justine. Lo reproduzco aquí aunque se refiere a episodios muy anteriores al que acabo de contar, porque expresa casi exactamente esa curiosa encarnación de un amor que he llegado a considerar más propio de la ciudad que de nosotros mismos. «Es inútil --escribe-- imaginar que uno se enamore por una correspondencia espiritual o intelectual; el amor es el incendio de dos almas empeñadas en crecer y manifestarse independientemente. Es como si algo explotara sin ruido en cada una de ellas. Deslumbrado e inquieto, el amante examina su experiencia o la de su amada; la gratitud de ésta, proyectándose erróneamente hacia un donante, crea la ilusión de que está en comunión con el amante, pero es falso. El objeto amado no es sino aquel que ha compartido simultáneamente una experiencia, a la manera de Narciso; y el deseo de estar junto al objeto amado no responde al anhelo de poseerlo, sino al de que dos experiencias se comparen mutuamente, como imágenes en espejos diferentes. Todo ello puede preceder a la primera mirada, al primer beso o contacto; precede a la ambición, al orgullo y a la envidia; precede a las primeras declaraciones que marcan el instante de la crisis, porque a partir de allí el amor degenera en costumbre, posesión, y regresa a la soledad.» ¡Cuán característico como descripción del don mágico, y qué falta de sentido del humor! ¡Y a la vez tan cierto... tan de Justine! «Todo hombre --escribe en otra parte, y me parece escuchar los hoscos y doloridos acentos de su voz repitiendo las palabras mientras su mano las traza-- , todo hombre está hecho de barro y de daimon, y no hay mujer que pueda nutrir a ambos.» Aquella tarde Justine llegó a su casa y supo que Nessim había regresado en el avión vespertino. Pretextó que se sentía afiebrada, y se acostó temprano. Cuando Nessim se sentó a su lado para tomarle la temperatura, Justine le dijo algo que lo impresionó lo bastante como para recordarlo y repetírmelo mucho tiempo después: «No es un malestar que requiera medicinas, apenas un enfriamiento. Las enfermedades no se interesan por los que tienen ganas de morir.» Y agregó, con una de esas características desviaciones de la asociación, como una golondrina que cambia de rumbo en pleno vuelo.--, «¡Ah, Nessim, siempre he sido tan fuerte! ¿Será por eso que jamás me han querido de verdad?»

There is a passage in one of Justine's diaries which comes to mind

25 here. I translate it here because though it must have referred to incidents

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long preceding those which I have recounted yet nevertheless it almost exactly expresses the curiously ingrown quality of a love which I have come to recognize as peculiar to the city rather than to ourselves. `Idle' she writes `to imagine falling in love as a correspondence of minds, of thoughts; it is a simultaneous firing of two spirits engaged in the autonomous act of growing up. And the sensation is of something having noiselessly exploded inside each of them. Around this event, dazed and preoccupied, the lover moves examining his or her own experience; her gratitude alone, stretching away towards a mistaken donor, creates the illusion that she communicates with her fellow, but this is false. The loved object is simply one that has shared an experience at the same moment of time, narcissistically; and the desire to be near the beloved object is at first not due to the idea of possessing it, but simply to let the two experiences compare themselves, like reflections in different mirrors. All this may precede the first look, kiss, or touch; precede ambition, pride or envy; precede the first declarations which mark the turning point -- for from here love degenerates into habit, possession, and back to loneliness.' How characteristic and how humourless a delineation of the magical gift: and yet how true ... of Justine!

`Every man' she writes elsewhere, and here I can hear the hoarse and sorrowful accents of her voice repeating the words as she writes them: `Every man is made of clay and daimon, and no woman can 50 nourish both.' That afternoon she went home to find that Nessim had arrived by the afternoon plane. She complained of feeling feverish and went early to bed. When he came to sit by her side and take her 55 temperature she said something which struck him as interesting enough to remember -- for long afterwards he repeated it to me: `This is nothing of medical interest -- a small chill. Diseases are not interested in those who want to die.' And then with one of those characteristic swerves of association, like a swallow turning 60 in mid-air she added, `Oh! Nessim, I have always been so strong. Has it prevented me from being truly loved?' *****

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It was through Nessim that I first began to move with any freedom in the great cobweb of Alexandrian society; my own exiguous earnings did not even permit me to visit the night-club where Melissa danced.

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Gracias a Nessim empecé a moverme con mayor libertad en la gran tela de araña de la sociedad alejandrina, pues mis exiguas rentas no me permitían siquiera concurrir al club nocturno donde bailaba Melissa. Al

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At first I was a trifle ashamed of being forever on the receiving end of Nessim's hospitality, but we were soon such fast friends that I went everywhere with them and never gave the matter a thought. Melissa unearthed an ancient dinner-jacket from one of my trunks and refurbished it. It was in their company that I first visited the club where she danced. It was strange to sit between Justine and Nessim and watch the flaky white light suddenly blaze down upon a Melissa I could no longer recognize under a layer of paint which gave her gentle face an air of gross and precocious unimaginativeness. I was horrified too at the banality of her dancing, which was bad beyond measure; yet watching her make those gentle and ineffectual movements of her slim hands and feet (the air of a gazelle harnessed to a water-wheel) I was filled with tenderness at her mediocrity, at the dazed and self-deprecating way she bowed to the lukewarm applause. Afterwards she was made to carry a tray round and take up a collection for the orchestra, and this she did with a hopeless timidity, coming to the table where I sat with lowered eyes under those ghastly false lashes, and with trembling hands. My friends did not know at that time of our relationship; but I noticed Justine's curious and mocking glance as I turned out my pockets and found a few notes to thrust into the tray with hands that shook not less than Melissa's -- so keenly did I feel her embarrassment. Afterwards when I got back to the flat a little tipsy and exhilarated

principio me avergonzaba un poco ser el invitado permanente de Nessim, pero como no tardamos en convertirnos en amigos íntimos, empecé a ir con él a todas partes sin preocuparme en absoluto. Melissa desenterró de una de mis maletas un viejo smoking, y lo puso en condiciones de ser usado. Con ellos visité por primera vez el club donde bailaba Melissa. Parecía extraño estar sentado entre Justine y Nessim, y que de pronto la blanca luz de un proyector cayera sobre una Melissa irreconocible bajo un maquillaje que daba a su rostro encantador un aire de grosera y precoz insensibilidad. Me aterró asimismo lo vulgar de sus danzas, que excedían todo lo imaginable; y sin embargo, mientras observaba los blandos y poco sugestivos movimientos de sus manos y sus pies tan finos (como una gacela atada a una noria), me conmovía tiernamente su mediocridad, su manera de responder a los tibios aplausos con un saludo en el que había vergüenza y descontento de sí misma. Más tarde tuvo que pasar entre las mesas con una bandeja, recogiendo propinas para la orquesta, y lo hizo con una timidez invencible y bajando los párpados adornados con horrendas pestañas artificiales; al acercarse a mi mesa, vi que le temblaban las manos. Por aquel entonces mis amigos no estaban al tanto de nuestra relación, pero reparé en la mirada curiosa y burlona de Justine mientras yo revisaba mis bolsillos en busca de unos billetes que tiré en la bandeja con una mano no menos temblorosa que la de Melissa; tan agudamente participaba de su turbación. Más tarde, cuando volví al departamento bastante borracho y alegre por haber estado bailando con Justine, la encontré despierta. Hacía hervir agua en el calentador eléctrico. --¿Por qué, por qué pusiste todo ese dinero en la bandeja? --me dijo-- . El sueldo de una semana... ¿Estás loco? ¿Qué vamos a comer mañana? Los dos éramos incurablemente imprevisor e s e n c u e s t i o n e s de dinero, pero de alguna manera nos arreglábamos mejor juntos que separados. De noche, cuando Melissa regresaba muy tarde del club, se detenía en el callejón y silbaba suavemente si veía la luz encendida; al oír su señal yo abandonaba la lect u r a y bajaba silenciosamente la escalera, imaginándome sus labios apretados en torno al suave, líquido silbido, como si fueran a recibir la delicada caricia de un pincel. En la época a que me refiero, el viejo o sus agentes todavía la seguían y la importunaban. Sin cambiar palabra, nos tomábamos de la mano y corríamos por el laberinto de callejas que bordean el Consulado de Polonia, deteniéndonos aquí y allá en alguna puerta oscura para cerciorarnos de que nadie nos seguía. Por fin, cuando las tiendas empezaban a ralear y a mezclarse con el azul del cielo, nos asomábamos a la noche alejandrina, a su lechosa fosforescencia marina. Nuestras preocupaciones se perdían en el aire cálido y delicioso; caminábamos hacia el lucero del alba que palpitaba sobre el oscuro seno aterciopelado de Montaza, acariciado por el viento y las olas. En aquellos días la absorta e incitante bondad de Melissa tenía todas las cualidades de una juventud recobrada. Sus dedos largos y titubeantes, que yo sentía andar por mi cara cuando me creía dormido, como si quisiera fijar en su memoria la felicidad que habíamos compartido... Había en ella una docilidad, una flexibilidad orientales, una pasión por servir. Mis ropas raídas, la forma en que tomaba una de mis camisas sucias, como incorporándola a sí misma con una solicitud desbordante... De mañana encontraba mi navaja inmaculadamente limpia, y hasta la pasta dentífrica puesta ya sobre el cepillo. Su preocupación por mí era como un acicate, me incitaba a dar a mi vida un contorno y un estilo que pudieran armonizar con la simplicidad de la suya. Jamás hablaba de sus experiencias amorosas, descartándolas con una fatiga y una repugnancia indicadoras de que habían sido el resultado de la necesidad y no del deseo. Me hacía el honor de decir: «Por primera vez no tengo miedo a perder la cabeza o hacer locuras por un hombre.» Nuestra pobreza era otro vínculo profundo. Los paseos que emprendíamos eran en su mayoría las simples excursiones que pueden permitirse los provincianos en las ciudades ribereñas. El pequeño tranvía nos llevaba chirriando hasta las playas de Sidi Bishr, o bien

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25 from dancing with Justine I found her still awake, boiling a kettle of

water over the electric ring: `Oh, why' she said `did you put all that money into the collecting tray? A whole week's wages: are you mad? What will we eat tomorrow?' We were both hopelessly improvident in money matters, yet somehow we managed better together than apart. At night, walking back late from the night-club, she would pause in the alley outside the house and if she saw my light still burning give a low whistle and I, hearing the signal, would put down the book I was reading and 35 creep quietly down the staircase, seeing in my mind's eye her lips pursed about that low liquid sound, as if to take the soft imprint of a brush. At the time of which I write she was still being followed about and importuned by the old man or his agents. Without exchanging a word we would join hands and hurry down the maze of alleys by the 40 Polish Consulate, pausing from time to time in a dark doorway to see if there was anyone on our trail. At last, far down where the shops tailed away into the blue we would step out into the sea-gleaming milk-white Alexandrian midnight -- our preoccupations sliding from us in that fine warm air; and we would walk towards the morning star 45 which lay throbbing above the dark velvet breast of Montaza, touched by the wind and the waves.

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In these days Melissa's absorbed and provoking gentleness had all the qualities of a rediscovered youth. Her long uncertain fingers 50 -- I used to feel them moving over my face when she thought I slept, as if to memorize the happiness we had shared. In her there was a pliancy, a resilience which was Oriental -- a passion to serve. My shabby clothes -- the way she picked up a dirty shirt seemed to engulf it with an overflowing solicitude; in the morning I found my 55 razor beautifully cleaned and even the toothpaste laid upon the brush in readiness. Her care for me was a goad, provoking me to give my life some sort of shape and style that might match the simplicity of hers. Of her experiences in love she would never speak, turning from them with a weariness and distaste which suggested that they had 60 been born of necessity rather than desire. She paid me the compliment of saying: `For the first time I am not afraid to be lightheaded or foolish with a man.' Being poor was also a deep bond. For the most part our

65 excursions were the simple excursions that all provincials

make in a sea-side town. The little tin tram bore us with the clicking of its wheels to the sand-beaches of Sidi Bishr, or

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we spent Shem El Nessim in the gardens of Nouzha, camped on the grass under the oleanders among some dozens of humble Egyptian families. The inconvenience of crowds brought us both distraction and great intimacy. By the rotting 5 canal watching the children dive for coins in the ooze, or eating a fragment of water-melon from a stall we wandered among the other idlers of the city, anonymously happy. The very names of the tram stops echoed the poetry of these j o u r n e y s : C h a t b y, C a m p d e C é s a r, L a u r e n s , M a z a r i t a , 10 Glymenopoulos, Sidi Bishr.... Then there was the other side: coming back late at night to find her asleep with her red slippers kicked off and the little hashishpipe beside her on the pillow ... I would know that one of her depressions had set in. At such times there was nothing to be done with her; she would become pale, melancholy, exhausted-looking, and would be unable to rouse herself from her lethargy for days at a time. She talked much to herself, and would spend hours listening to the radio and yawning, or going negligently through a bundle of old film magazines. At such times when the CAFARD of the city seized her I was at my wits' end to devise a means of rousing her. She would lie with farseeing eyes like a sibyl, stroking my face and repeating over and over again: ` I f y o u k n e w h o w I h a v e l i v e d y o u w o u l d l e a v e m e . I a m n o t t h e w o m a n f o r y o u , f o r a ny m a n . I a m e x h a u s t e d . Yo u r k i n d n e s s i s w a s t e d . ' I f I p r o t e s t e d t h a t i t w a s not kindness but love she might say with a g r i m a c e : `If it were love you would poison me rather than let me go on like this.' Then she would begin to cough with her uncollapsed lung and, unable to bear the sound, I would go for a walk in the dark Arabsmudged street, or visit the British Council library to consult reference books: and here, where the general impression of British culture suggested parsimony, indigence, intellectual strap-hanging -- here I would pass the evening alone, glad of the studious rustle and babble around me. But there were other times too: those sun-tormented afternoons -- `honey-sweating,' as Pombal called them -- when we lay together bemused by the silence, watching the yellow curtains breathing tenderly against the light -- the quiet respirations of the wind off Mareotis which matched our own. Then she might rise and consult the clock after giving it a shake and listening to it intently: sit naked at the dressing-table to light a cigarette -- looking so young and pretty, with her slender arm raised to show the cheap bracelet I had given her. (`Yes, I am looking at myself, but it helps me to think about you.') And turning aside from this fragile mirror-worship she would swiftly cross to the ugly scullery which was my only bathroom, and standing at the dirty iron sink would wash herself with deft swift movements, gasping at the coldness of the water, while I lay inhaling the warmth and sweetness of the pillow upon which her dark head had been resting: watching the long bereft Greek face, with its sane pointed nose and candid eyes, the satiny skin that is given only to the thymus-dominated, the mole upon her slender stalk of the neck. These are the moments which are not calculable, and cannot be assessed in words; they live on in the solution of memory, like wonderful creatures, unique of their kind, dredged up from the floors of some unexplored ocean. *****

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pasábamos el Shem El Nessim en los jardines de Nouzha, comiendo sobre el césped, bajo las adelfas, rodeados de docenas de humildes familias egipcias. Los estorbos de la muchedumbre nos distraían y eran una fuente de profunda intimidad entre nosotros. En las orillas del canal de aguas putrefactas mirábamos cómo los niños se zambullían para pescar monedas en el fango o comíamos una tajada de sandía comprada en un tenderete, ambulando entre los otros ociosos de la ciudad, sintiéndonos anónimamente felices. Hasta los nombres de las palabras de los tranvías eran como ecos de la poesía de aquellos paseos: Chatby, Campo de César, Laurens, Mazarita, Glymenópulos, Sidi Bishr... Pero estaba también el reverso de la medalla: volver tarde de noche y encontrarla dormida, las pantuflas rojas tiradas en cualquier parte, la pequeña pipa de hachís sobre la almo hada... Comprendía entonces que había empezado una de sus depresiones. No se podía hacer nada para aliviarla; palidecía, estaba melancólica, agotada, y durante días era incapaz de salir de ese letargo. Hablaba mucho sola, se pasaba horas escuchando la radio y bostezando, o bien hojeando con desgana una pila de viejas revistas de cine. Cuando el cafard de la ciudad se apoderaba de ella, yo me desesperaba tratando de imaginar la manera de despertarla de su apatía. Tendida en la cama, con ojos que miraban a lo lejos como una sibila, me acariciaba el rostro y repetía infatigablemente: --Si supieras lo que ha sido mi vida me abandonarías. No soy mujer para ti, ni para hombre alguno. Estoy agotada. No malgastes tu bondad... Sí yo protestaba, asegurándole que no se trataba de bondad sino de amor, hacía una mueca y agregaba: --Si fuera amor me envenenarías para que no siga a s í . Empezaba a toser, agotando el pulmón que le quedaba sano, y yo, incapaz de soportar esa tos, salía a dar una vuelta por las sombrías callejuelas del barrio árabe, o entraba en la biblioteca del Consejo Británico para consultar algún libro; y allí, envuelto en una atmósfera de cultura británica de la que parecía emanar cierta avaricia, cierta pobreza, una impresión de ir intelectualmente colgado de una agarradera, pasaba la noche a solas, feliz de escuchar los murmullos y las charlas de los estudiosos que me rodeaban. Pero había también otros momentos: las tardes atormentadas por el sol --»sudando miel», como decía Pombal--, en que yacíamos juntos, aplastados por el silencio, observando cómo las cortinas amarillas aspiraban suavemente contra la luz, con la calma respiración de la brisa del lago Mareotis que se confundía con nuestro aliento. Entonces Melissa se levantaba e iba a mirar el reloj, después de sacudirlo y escuchar atentamente. Se sentaba desnuda ante el tocador y encendía un cigarrillo, con un aire juvenil y encantador, levantando el delgado brazo para lucir la modesta pulsera que yo le había regalado. («Sí, me miro en el espejo, pero eso me ayuda a pensar en ti.») Y alejándose de esa frágil contemplación, cruzaba vivamente al horrible fregadero que constituía mi único cuarto de baño, y de pie en el sucio sumidero de hierro empezaba a lavarse con rápidos y diestros movimientos, jadeando bajo el agua fría, mientras yo seguía tendido en la cama, aspirando el calor y la dulzura de la almohada donde había descansado su cabeza morena, observando su rostro griego, largo y demacrado, su nariz regular y afilada, sus ojos francos, la piel satinada que sólo poseen los que están bajo la influencia del timo, y el lunar en el esbelto fuste del cuello. Esos son los momentos que no pueden medirse, que no pueden expresarse con palabras; momentos que viven flotando en la memoria, como maravillosas criaturas, únicas en su género, que surgen a veces de las grandes fosas de algún océano inexplorado.

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bereft adj. 1 bereaved, bereft, grief-stricken, grieving, mourning(a), sorrowing(a) sorrowful through loss or deprivation; «bereft of hope» 2 bereft, lovelorn, unbeloved unhappy in love; suffering from unrequited love bereft adj. (foll. by of) deprived (esp. of a non-material asset) (bereft of hope) despojado, desprovisto, falto

Thinking of that summer when Pombal decided to let his flat to Pursewarden, much to my annoyance. I disliked this literary figure for the contrast he offered to his own work -- poetry and prose of real grace. I did not know him well but he was financially successful as a novelist which made me envious, and through years of becoming 65 social practice had developed a sort of SAVOIR FAIRE which I felt should never become part of my own equipment. He was clever, tallish and blond and gave the impression of a young man lying becalmed in

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Ese verano, Pombal decidió alquilar su departamento a Pursewarden, cosa que me fastidió. Me desagradaba ese personaje literario porque no tenía nada que ver con su obra, poesía y prosa llenas de encanto. No lo conocía muy bien pero sabía que sus novelas se vendían, lo cual me llenaba de envidia, y muchos años de vida mundana le habían dado una especie de savoir (aire del que yo me sentía absolutamente incapaz. Pursewarden era de pequeña estatura, grueso y rubio; daba la impresión de un jovencito que descansa en su madre. No puedo

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his mother. I cannot say that he was not kind or good, for he was both -- but the inconvenience of living in the flat with someone I did not like was galling. However it would have involved greater inconvenience to move so I accepted the box-room at the end of the 5 corridor at a reduced rent, and did my washing in the grimy little scullery. Pursewarden could afford to be convivial and about twice a week I was kept up by the noise of drinking and laughter from the flat. One night quite late there came a knock at the door. In the corridor stood Pursewarden, looking pale and rather perky -- as if he had just been fired out of a gun into a net. Beside him stood a stout naval stoker of unprepossessing ugliness -- looking like all naval stokers; as if he had been sold into slavery as a child. `I say' said Pursewarden shrilly, `Pombal told me you were a doctor; would you come and take a look at somebody who is ill?' I had once told Georges of the year I spent as a medical student with the result that for him I had become a fullyfledged doctor. He not only confided all his own indispositions to my care -- which included frequent infestations of body-crabs -- but he once went so far as to try and persuade me to perform an abortion for him on the dining-room table. I hastened to tell Pursewarden that I was certainly not a doctor, and advised him to telephone for one: but the phone was out of order, and the BOAB could not be roused from his sleep: so more in the spirit of disinterested curiosity than anything I put on a mackintosh over my pyjamas and made my way along the corridor. This was how we met!

decir que no fuera amable o bondadoso, puesto que lo era, pero me amargaba la idea de tener que compartir el departamento con alguien que no me gustaba. Sin embargo, como hubiera sido mucho peor tener que mudarme, acepté el cuartucho que daba al fondo del pasillo, pagando menos alquiler , y me resigné a utilizar el sucio fregadero como cuarto de baño. Pursewarden podía permitirse recibir en su casa, y dos veces por semana el bullicio de los que bebían y reían en el departamento no me dejaba descansar. Una noche, muy tarde, llamaron a mi puerta. Pursewarden estaba en el pasillo, muy pálido pero desenvuelto; me hizo pensar en un acróbata proyectado a la red de un cañonazo. A su lado había un robusto fogonero naval, de una fealdad desagradable y con el aire de todos los fogoneros, o sea como si de niño lo hubieran vendido en un mercado de esclavos. --Oiga --chilló Pursewarden--, Pombal me dijo que usted era médico. ¿Podría venir a echar un vistazo a un enfermo? Alguna vez yo le había hablado a Georges del año que había pasado estudiando medicina, y eso bastó para que me considerara un médico hecho y derecho. No sólo se ponía en mis manos cada vez que se sentía indispuesto --entre sus males solían contarse las ladillas--, sino que una vez llegó al extremo de pedirme que practicara un aborto sobre la mesa del comedor. Me apresuré a decir a Pursewarden que yo no era médico, y le aconsejé que telefoneara pidiendo uno; pero el teléfono estaba descompuesto y no había manera de conseguir que el boab se despertara. Por eso, y más por curiosidad desinteresada que por otra cosa, me eché un impermeable sobre el pijama y lo seguí. Cuando se abrió la puerta, me cegaron el resplandor y el humo. La fiesta parecía fuera de lo corriente; los huéspedes eran tres o cuatro cadetes navales bastante alicaídos, y una prostituta de la taberna del Golfo que olía a sal y a tafia . Con aire irreal, la prostituta se inclinaba sobre una figura acurrucada en un diván; ahora sé que la figura era Melissa, pero en ese momento me pareció una lamentable máscara de comedia griega. Melissa parecía delirar, pero no profería el menor sonido, y daba la impresión de estar actuando en una película muda. Tenía las facciones hundidas. La otra mujer estaba aterrada, la abofeteaba y le tiraba del pelo, mientras uno de los cadetes la rociaba torpemente con agua, utilizando una bacinilla decorada con las armas reales de Francia que era uno de los tesoros más preciados de Pombal. Alguien a quien no alcancé a ver, vomitaba lenta y untuosamente. Pursewarden se detuvo a mi lado para observar la escena, y me pareció que se sentía un poco avergonzado. Melissa estaba bañada en sudor, y tenía el cabello pegado a las sienes; cuando alejamos a sus torturadores volvió a caer en un silencio tembloroso e inexpresivo, conservando algo así como un alarido grabado en sus facciones. Hubiera sido necesario averiguar dónde había estado y qué había comido y bebido, pero una ojeada al grupo lloriqueante y parlanchín que me rodeaba bastó para saber que no sacaría gran cosa de esa gente. No obstante, tomé del brazo al muchacho más cercano y empecé a interrogarlo, pero en ese momento la bruja de la taberna del Golfo, que estaba igualmente histérica y a quien un fogonero mantenía quieta sujetándole los brazos por detrás, se puso a gritar con voz ronca y mascullada: --¡Le hizo tomar un afrodisíaco!Escabulléndose como una rata de los brazos que la apresaban, se apoderó de su bolso y lo descargó con un ruido seco en la cabeza de uno de los marinos. El bolso debía de estar lleno de frascos, porque el hombre cayó pataleando y se levantó con el pelo sembrado de pedazos de vidrio. La mujer empezó a sollozar con una voz extrañamente grave, y a pedir que viniera la policía. Tres marinos se precipitaron hacia ella con las manos tendidas, aconsejándole, suplicándole que no insistiera. Nadie quería líos con la policía naval, pero nadie deseaba recibir un golpe de ese bolso prometeico, rebosante de preservativos y frascos de belladona. La mujer empezó a retroceder paso a paso. (Entre tanto yo tomaba el pulso a Melissa, le arrancaba la blusa y la auscultaba. Empe24

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Opening the door I was immediately blinded by the glare and smoke. The party did not seem to be of the usual kind, for the guests consisted 30 of three or four maimed-looking naval cadets, and a prostitute from Golfo's tavern, smelling of briny paws and TAPHIA. Improbably enough, too, she was bending over a figure seated on the end of a couch -- the figure which I now recognize as Melissa, but which then seemed like a catastrophic Greek comic mask. Melissa appeared to be raving, 35 but soundlessly for her voice had gone -- so that she looked like a film of herself without a sound-track. Her features were a cave. The older woman appeared to be panic-sticken, and was boxing her ears and pulling her hair; while one of the naval cadets was splashing water rather inexpertly upon her from a heavily decorated chamber-pot which was 40 one of Pombal's dearest treasures and which bore the royal arms of France on its underside. Somewhere out of sight someone was being slowly, unctuously sick. Pursewarden stood beside me surveying the scene, looking rather ashamed of himself. Melissa was pouring with sweat, and her hair was glued to her temples; as we broke the circle of her tormentors she sank back into an expressionless quivering silence, with this permanently engraved shriek on her face. It would have been wise to try and find out where she had been and what she had been eating and drinking, but a glance 50 at the maudlin, jabbering group around me showed that it would be impossible to get any sense out of them. Nevertheless, seizing the boy nearest me I started to interrogate him when the hag from Golfo's, who was herself in a state of hysterics, and was only restrained by a naval stoker (who had her pinioned from behind), began to shout 55 in a hoarse chewed voice. `Spanish fly. He gave it to her.' And darting out of the arms of her captor like a rat she seized her handbag and fetched one of the sailors a resounding crack over the head. The bag must have been full of nails for he went down swimming and came up with fragments of shattered crockery in his hair.

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crockery earthenware or china, loza, vajilla

She now began to sob in a voice which wore a beard and call for the police. Three sailors converged upon her with blunt fingers extended advising, exhorting, imploring her to desist. Nobody wanted a brush with the naval police. But neither did anyone relish a crack 65 from that Promethean handbag, bulging with french letters and belladonna bottles. She retreated carefully step by step. (Meanwhile I took Melissa's pulse, and ripping off her blouse listened to her heart.

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I began to be alarmed for her, and indeed for Pursewarden who had taken up a strategic position behind an armchair and was making eloquent gestures at everyone.) By now the fun had started, for the sailors had the roaring girl cornered -- but unfortunately against the decorative Sheraton cupboard which housed Pombal's cherished collection of pottery. Reaching behind her for support her hands encountered an almost inexhaustible supply of ammunition, and letting go her handbag with a hoarse cry of triumph she began to throw china with a single-mindedness and accuracy I have never seen equalled. The air was all at once full of Egyptian and Greek tear-bottles, Ushabti, and Sèvres. It could not be long now before there came the familiar and muchdreaded banging of hob-nailed boots against the door-lintels, as lights were beginning to go on all round us in the building. Pursewarden's alarm was very marked indeed; as a resident and moreover a famous one he could hardly afford the sort of scandal which the Egyptian press might make out of an affray like this. He was relieved when I motioned to him and started to wrap the by now almost insensible figure of Melissa in the soft Bukhara rug. Together we staggered with her down the corridor and into the blessed privacy of my box-room where, like Cleopatra, we unrolled her and placed her on the bed.

cé a temer por ella, y también por Pursewarden que se había ubicado estratégicamente detrás de un sillón y hacía gestos elocuentes a todo el mundo. Entonces empezó la diversión, porque los marinos habían conseguido acorralar a la bruja vociferante, pero por desgracia la habían arrinconado contra el elegante aparador Sheraton donde Pombal guardaba su preciada colección de cerámicas. Buscando una defensa, sus manos dieron con un almacén casi inagotable de municiones, y luego de soltar el bolso con un ronco grito de triunfo, empezó a bombardear a todo el mundo con piezas de porcelana, procediendo con una concentración y una puntería como jamás he vuelto a ver. El aire se llenó de lacrimatorios egipcios y griegos, de figuritas de Ushabti y de Sévres. No podía faltar mucho para que oyéramos el temible y familiar golpe de las botas ferradas contra la puerta, pues ya las luces empezaban a encenderse en el resto del edificio. Pursewarden estaba alarmadísimo; en su calidad de residente extranjero, y además célebre, no podía permitirse un escándalo como el que la prensa egipcia no dejaría de fabricar con lo sucedido. Se tranquilizó cuando le hice una seña y empecé a envolver con una suave alfombra de Bokhara el cuerpo ya casi insensible de Melissa. Juntos la llevamos tambaleándonos a lo largo del corredor, y en la bendita intimidad de mi cuarto la desenrollamos como a Cleopatra y la instalamos en la cama. Recordé entonces a un viejo médico griego que vivía calle abajo, y no me llevó mucho convencerlo de que subiera conmigo la tenebrosa escalera, tropezando y jurando en un demótico vulgarísimo, y dejando caer sondas y estetoscopios a lo largo del camino. Declaró que Melissa estaba muy grave, pero su diagnóstico fue general y vago, dentro de la tradición de la ciudad. --Hay de todo: desnutrición, histeria, alcoholismo, hachís, tuberculosis, cantáridas... Sírvanse lo que quieran. E hizo el gesto de meter la mano en el bolsillo y sacarla llena de enfermedades imaginarias que nos fue ofreciendo para que eligiéramos. Pero también mostró su sentido práctico, y propuso que al día siguiente trasladáramos a Melissa al hospital griego; entre tanto no debía moverse de la cama con ningún pretexto. Aquella noche y la siguiente las pasé en el diván, a los pies de la cama de Melissa. Cuando me iba a trabajar, la dejaba a cargo del tuerto Hamid, el más bondadoso de los berberiscos. Melissa estuvo muy grave las primeras doce horas; deliraba a ratos, y pasaba por horribles crisis de ceguera, horribles porque se asustaba espantosamente. Empleando una rudeza amable conseguimos darle ánimo para sobreponerse a lo peor, y en la tarde del segundo día se sintió bastante mejor y murmuró algunas frases. El médico griego se declaró satisfecho de sus progresos. Le preguntó de dónde era oriunda, y el rostro de Melissa se llenó de aprensión al contestar: «De Esmirna.» No quiso dar el nombre y el domicilio de sus padres, y cuando él insistió volvióse hacia la pared y sus ojos se llenaron de lágrimas de agotamiento. El médico tomóle la mano y examinó el anular. -- Ve a -- m e d i j o c o n u n a o b j e t i v i d a d c l í n i c a , s e ñ a l á n d o me la falta de un anillo--, ésa es la razón. Su familia la ha repudiado y la ha arrojado a la calle. Ocurre con tanta frecuencia en estos tiempos... Sacudió su hirsuta cabeza con aire de conmiseración. Melissa no dijo nada, pero cuando llegó la ambulancia y prepararon la camilla para transportarla, me agradeció calurosa mente mi ayuda, apoyó la mano de Hamid contra su mejilla, y me sorprendió con un gesto al que mi vida me había desacostumbrado. --Si no tiene mujer cuando yo salga del hospital, piense en mí. Si me llama, vendré. No se me ocurre cómo traducir a otra lengua que no sea el griego esta franqueza tan valiente. Así fue como la perdí de vista durante un mes o más; en realidad ni pensaba en ella, absorbido por muchas otras preocupaciones. Pero una tarde en que estaba asomado a la ventana observando cómo la ciudad iba saliendo de su sueño, vi a una Melissa completamente transformada que bajaba por la calle y se perdía en el pórtico sombrío de la casa. Llamó a mi puerta y entró con los brazos cargados de flores. Instantáneamente sentí que habían pasado muchos siglos desde aquella

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I had remembered the existence of an old doctor, a Greek, who lived down the street, and it was not long before I managed to fetch 25 him up the dark staircase, stumbling and swearing in a transpontine demotic, dropping catheters and stethoscopes all the way. He pronounced Melissa very ill indeed but his diagnosis was ample and vague -- in the tradition of the city. `It is everything' he said, `malnutrition, hysteria, alcohol, hashish, tuberculosis, Spanish fly help 30 yourself' and he made the gesture of putting his hand in his pocket and fetching it out full of imaginary diseases which he offered us to choose from. But he was also practical, and proposed to have a bed ready for her in the Greek Hospital next day. Meanwhile she was not to be moved.

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I spent that night and the next on the couch at the foot of the bed. While I was out at work she was confided to the care of oneeyed Hamid, the gentlest of Berberines. For the first twelve hours she was very ill indeed, delirious at times, and suffered agonizing attacks of blindness -- agonizing because they made her so afraid. But by being gently rough with her we managed between us to give her courage enough to surmount the worst, and by the afternoon of the second day she was well enough to talk in whispers. The Greek doctor pronounced himself satisfied with her progress. He asked her where she came from and a haunted expression came into her face as she replied `Smyrna'; nor would she give the name and address of her parents, and when he pressed her she turned her face to the wall and tears of exhaustion welled slowly out of her eyes. The doctor took up her hand and examined the weddingfinger. `You see' he said to me with a clinical detachment, pointing out the absence of a ring, `that is why. Her family has disowned her and turned her out of doors. It is so often these days ...' and he shook a shaggy commiserating head over her. Melissa said nothing, but when the ambulance came and the stretcher was being prepared to take her away she thanked me warmly for my help, pressed Hamid's hand to her cheek, and surprised me by a gallantry to which my life had unaccustomed me: `If you have no girl when I come out, think of me. If you call me I will come to you.'* I do not know how to reduce the gallant candour of the Greek to English.

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So I had lost sight of her for a month or more; and indeed I did not think of her, having many other preoccupations at this time. Then, one hot blank afternoon, when I was sitting at my window watching the city unwrinkle from sleep I saw a different Melissa walk down 65 the street and turn into the shadowy doorway of the house. She tapped at my door and walked in with her arms full of flowers, and all at once I found myself separated from that forgotten evening by centuries.

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She had in her something of the same diffidence with which I later saw her take up a collection for the orchestra in the night-club. She looked like a statue of pride hanging its head.

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noche ya olvidada. Había en Melissa algo de esa inseguridad que le vi más tarde, cuando recogía el dinero para la orquesta. Parecía una imagen del orgullo, pero con la cabeza gacha. Se apoderó de mí un prurito de cortesía exasperante. Le ofrecí una silla, y Melissa se sentó en el borde. Las flores eran evidentemente para mí, pero no se atrevía a ofrecérmelas, y me di cuenta de que miraba angustiadamente en torno, buscando un florero donde colocarlas. No había más que una palangana esmaltada llena de patatas a medio mondar. Empecé a desear que no hubiera venido. Me hubiera gustado ofrecerle té, pero se me había roto el calentador eléctrico y no tenía dinero para invitarla a salir; en esa época yo estaba endeudado hasta el cuello. Para colmo había enviado a Hamid a que hiciera planchar mi único traje de verano, y me había envuelto en una bata rota. Melissa, en cambio, vestía con una elegancia maravillosa e intimidante; llevaba un vestido nuevo de verano, con un diseño de hojas de viñas secas, y un sombrero de paja semejante a una gran campana de oro. Empecé a rogar fervientemente para mis adentros que Hamid volviera en seguida y nos sacara de esa situación. Me hubiera gustado ofrecerle un cigarrillo pero no tenía ninguno y tuve que aceptar uno de los suyos, extrayéndolo de la pequeña cigarrera de filigrana que llevaba consigo. Lo fumé tratando de parecer lo más calmo posible, y le dije que había aceptado un nuevo trabajo cerca de Sidi Gabr, lo cual aumentaría un poco mis ingresos. Ella dijo que reanudaría su trabajo; le habían renovado el contrato pero le pagarían menos. Después de un rato de hablar de cosas así, anunció que debía marcharse, porque tenía una cita a la hora del té. La acompañé hasta el rellano y le pedí que volviera el día que tuviese ganas. Me lo agradeció, apretando todavía las flores que su timidez le había impedido entregarme, y bajó lentamente la escalera. Cuando se hubo marchado, me senté al borde de la cama y dije todas las palabrotas que era capaz de recordar en cuatro idiomas, aunque no comprendía bien a quién estaban destinadas. Cuando el tuerto Hamid entró sigilosamente, aún me duraba la cólera y la descargué contra él. Se sorprendió muchísimo porque hacía largo tiempo que no me enojaba con él, y se refugió en el fregadero, murmurando, meneando la cabeza e invocando la ayuda de los espíritus. Me vestí, conseguí que Pursewarden me prestara algo de dinero, y cuando salía para echar una carta vi a Melissa sentada en un café, sola, con el mentón entre las manos. Su sombrero y su bolso descansaban a su lado; miraba la copa con un aire reflexivo en el que había un malicioso regocijo. Impulsivamente entré en el café y fui a sentarme a su lado. Le dije que venía a excusarme por haberla recibido tan mal, pero que... Y me puse a contarle todo lo que me preocupaba, sin omitir nada: el calentador roto, la ausencia de Hamid, mi traje de verano. Mientras enumeraba los males que me agobiaban empecé a encontrarlos bastante graciosos, y cambiando el tono se los volví a contar con una exasperación tan lúgubre que Melissa lanzó una de las risas más deliciosas que jamás he oído. Con respecto a mis deudas exageré bastante, a pesar de que después de la noche del incidente, Pursewarden se había mostrado siempre dispuesto a prestarme pequeñas sumas. Y para coronarlo todo, agregué que ella había aparecido cuando apenas terminaba de curarme de una afección venérea, insignificante pero muy molesta, fruto de la solicitud de Pombal y de la cual sin duda era culpable alguna de las sirias que tan generosamente me había dejado al irse. Esto era una mentira, pero me sentí obligado a decírselo a pesar mío. Agregué que me había aterrado la idea de volver a hacer el amor antes de estar completamente restablecido. Al oír esto, Melissa tendió su mano y la posó en la mía, mientras se reía arrugando la nariz; su risa era tan sincera, tan leve y espontánea, que allí mismo y en ese instante decidí que la amaría. Aquella tarde ambulamos a orillas del mar, tomados del brazo. Nuestra conversación parecía hecha de restos de vidas vividas sin previsión, sin orden alguno. Nuestros gustos no tenían absolutamente nada en común. Tanto por el carácter como por las tendencias éramos absolutamente diferentes, y sin embargo había en nuestra amistad una espontaneidad tan mágica, que sentíamos en ella una promesa. También me gusta recor26

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A nerve-racking politeness beset me. I offered her a chair and she sat upon the edge of it. The flowers were for me, yes, but she had not the courage to thrust the bouquet into my arms, and I could see her gazing distractedly around for a vase into which she might put them. There was only an enamel washbasin full of halfpeeled potatoes. I began to wish she had not come. I would have liked to offer her some tea but my electric ring was broken and I had no money to take her out -- at this time I was sliding ever more steeply into debt. Besides, I had sent Hamid out to have my only summer suit ironed and was clad in a torn dressing-gown. She for her part looked wonderfully, intimidatingly smart, with a new summer frock of a crisp vine-leaf pattern and a straw hat like a great gold bell. I began to pray passionately that Hamid would come back and create a diversion. I would have offered her a cigarette but my packet was empty and I was forced to accept one of her own from the little filigree cigarettecase she always carried. This I smoked with what I hoped was an air of composure and told her that I had accepted a new job near Sidi Gabr, which would mean a little extra money. She said she was going back to work; her contract had been renewed: but they were giving her less money. After a few minutes of this sort of thing she said that she must be leaving as she had a tea-appointment. I showed her out on the landing and asked her to come again whenever she wished. She thanked me, still clutching the flowers which she was too timid to thrust upon me and walked slowly downstairs. After she had gone I sat on the bed and uttered every foul swear-word I could remember in four languages -- though it was not clear to me whom I was addressing. By the time one-eyed Hamid came shuffling in I was still in a fury and turned my anger upon him. This startled him considerably: it was a long time since I had lost my temper with him, and he retired into the scullery muttering and shaking his head and invoking the spirits to help him. After I had dressed and managed to borrow some money from Pursewarden -- while I was on my way to post a letter -- I saw Melissa again sitting in the corner of a coffee shop, alone, with her hands supporting her chin. Her hat and handbag lay beside her and she was staring into her cup with a wry reflective air of amusement. Impulsively I entered the place and sat down beside her. I had come, I said, to apologize for receiving her so badly, but ... and I began to describe the circumstances which had preoccupied me, leaving nothing out. The broken electric-ring, the absence of Hamid, my summer-suit. As I began to enumerate the evils by which I was beset they began to seem to me slightly funny, and altering my angle of approach I began to recount them with a lugubrious exasperation which coaxed from her one of the most delightful laughs I have ever heard. On the subject of my debts I frankly exaggerated, though it was certainly a fact that since the night of the affray Pursewarden was always ready to lend me small sums of money without hesitation. And then to cap it all, I said, she had appeared while I was still barely cured of a minor but irritating venereal infection -- the fruit of Pombal's solicitude -- contracted no doubt from one of the Syrians he had thoughtfully left behind him. This was a he but I felt impelled to relate it in spite of myself. I had been horrified I said at the thought of having to make love again before I was quite well. At this she put out her hand and placed it on mine while she laughed, wrinkling up her nose: laughing with such candour, so lightly and effortlessly, that there and then I decided to love her.

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We i d l e d a r m i n a r m b y t h e s e a t h a t a f t e r n o o n , o u r conversations full of the debris of lives lived without f o r e t h o u g h t , w i t h o u t a r c h i t e c t u r e . We h a d n o t a t a s t e i n 65 c o m m o n . O u r c h a r a c t e r s a n d p r e d i s p o s i t i o n s w e r e w h o l l y different, and yet in the magical ease of this friendship we felt something promised us. I like, also, to remember that first kiss

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by the sea, the wind blowing up a flake of hair at each white temple -- a kiss broken off by the laughter which beset her as she remembered my account of the trials I was enduring. It symbolized the passion we enjoyed, its humour and lack of 5 intenseness: its charity. *****

dar aquel primer beso junto al mar, el viento que levantaba un mechón de pelo en mis sienes canosas... Un beso interrumpido por la carcajada que Melissa no pudo contener al recordar el relato de mis calamidades. Un símbolo de la pasión que nos unía, de su humor y su falta de intensidad: de su caridad.

10 closely: her age, her origins. Nobody -- possibly not even, I believe,

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Dos temas sobre los cuales era inútil interrogar a Justine con demasiada insistencia: su edad, sus orígenes. Nadie, ni siquiera Nessim, Nessim himself -- knew all about her with any certainty. Even the sabía nada seguro de ella. Hasta Mnemjian, oráculo de la ciudad, parecity's oracle Mnemjian seemed for once at loss, though he was cía incapaz de la menor revelación, aunque estaba enterado de sus más knowledgeable about her recent love affairs. Yet the violet eyes recientes aventuras amorosas. Sin embargo entrecerraba sus ojos violenarrowed as he spoke of her and hesitantly he volunteered the tas cuando se refería a Justine y, vacilando un poco, afirmaba que era information that she came from the dense Attarine Quarter, and had oriunda del populoso distrito de Attarine y que descendía de una pobre been born of a poor Jewish family which had since emigrated to familia judía que más tarde había emigrado a Salónica. Su diario no es Salonika. The diaries are not very helpful either since they lack clues una buena fuente de información, porque no contiene claves tales como -- names, dates, places -- and consist for the most part of wild flights nombres, fechas y lugares, y abunda sobre todo en fulgurantes vuelos of fancy punctuated by bitter little anecdotes and sharp line-drawings de su fantasía alternados con anécdotas menudas y ácidas, y penetranof people whose identity is masked by a letter of the alphabet. The tes siluetas de diversas personas cuya identidad ha sido enmascarada French she writes in is not very correct, but spirited and highly- con una simple inicial. Escribe un francés no muy correcto, pero vivaz flavoured; and carries the matchless quality of that husky speaking- y sabroso, donde persiste la resonancia incomparable de su voz ronca y voice. Look: `Clea speaking of her childhood: thinking of mine, velada. Por ejemplo: «Clea hablando de su infancia. Pienso en la mía, passionately thinking. The childhood of my race, my time.... Blows apasionadamente. Infancia de mi raza, de mi tiempo... Primero, los golfirst in the hovel behind the Stadium; the clock-mender's shop. I see pes en el cobertizo detrás del Estadio, la tienducha del relojero. Me veo a myself now caught in the passionate concentration of watching a mí misma observando el rostro dormido de un amante, con esa concentración lover's sleeping face as I so often saw him bent over a broken timepiece apasionada del relojero inclinado sobre un reloj descompuesto, bajo la cruda with the harsh light pouring down noiselessly over him. Blows and luz que caía sobre él silenciosamente. Puñetazos y palabrotas, y en todas las curses, and printed everywhere on the red mud walls (like the blows paredes de barro rojo (como golpes descargados por la conciencia) las huestruck by conscience) the imprint of blue hands, fingers outstretched, llas de manos azules con los dedos abiertos, que nos protegían del mal de that guarded us against the evil eye. With these blows we grew up, ojo. Crecimos en medio de esos golpes, del dolor de cabeza, de las miradas aching heads, flinching eyes. A house with an earthen floor alive with huidizas. Una casa con piso de tierra donde pululan las ratas, apenas alumrats, dim with wicks floating upon oil. The old money-lender drunk brada por pabilos que flotan en aceite. El viejo usurero, borracho y roncador, and snoring, drawing in with every breath the compost-odours, soil, aspirando en cada bocanada de aire los hedores del estiércol del suelo, de los excrement, the droppings of bats; gutters choked with leaves and excrementos de murciélago; sumideros tapados con hojas secas y pedazos breadcrumbs softened by piss; yellow wreaths of jasmine, heady, de pan empapados en orina; amarillas guirnaldas de jazmines, sofocantes, meretricious. And then add screams in the night behind other shutters lujuriosos. Agreguemos los alaridos en la noche, detrás de otros postigos de in that crooked street: the BEY beating his wives because he was esa tortuosa callejuela: el bey que golpeaba a sus mujeres porque era impoimpotent. The old herb-woman selling herself every night on the tente. La vieja vendedora de hierbas, vendiéndose a sí misma todas las noflat ground among the razed houses -- a sulky mysterious ches en el terreno baldío entre las casas arrasadas; un lamento enfurruñado whining. The soft PELM noise of bare black feet passing on the baked X y misterioso. La suave resonancia --pelin, pelen-- de pies negros y desnumud street, late at night. Our room bulging with darkness and dos pisando el barro reseco de la calle, en la noche avanzada. Nuestra pieza pestilence, and we Europeans in such disharmony with the fearful reventando de oscuridad y pestilencia, y nosotros, los europeos, sin armonía animal health of the blacks around us. The copulations of boabs alguna con la terrible salud animal de los negros que nos rodeaban. Las shaking the house like a palm-tree. Black tigers with gleaming teeth. fornicaciones de los boabs que estremecían la casa como si fuese una palmeAnd everywhere the veils, the screaming, the mad giggle under the ra. Tigres negros de dientes brillantes. Y por todas partes velos, gritos, risopepper-trees, the insanity and the lepers. Such things as children see tadas delirantes bajo los pimenteros, la locura, la lepra. Esas cosas que los and store up to fortify or disorient their lives. A camel has collapsed niños presencian y acumulan para fortalecer o desorientar sus vidas. Un cafrom exhaustion in the street outside the house. It is too heavy to mello exhausto se ha desplomado en mitad de la calle, frente a casa. Como transport to the slaughter-house so a couple of men come with axes pesa demasiado para transportarlo hasta el matadero, dos hombres armados and cut it up there and then in the open street, alive. They hack through de hachas lo despedazan vivo allí mismo. Los filos se hunden en la carne the white flesh -- the poor creature looking ever more pained, more blanca, y la pobre bestia parece cada vez mas triste, más aristocrática, más aristocratic, more puzzled as its legs are hacked off. Finally there is perpleja a medida que le cortan las patas. Por último sólo queda viva la the head still alive, the eyes open, looking round. Not a scream of cabeza, los ojos abiertos que miran en torno. Ni un grito de protesta, ni una protest, not a struggle. The animal submits like a palm-tree. But for convulsión. El animal se somete como una palmera. Pero durante muchos days afterwards the mud street is soaked in its blood and our bare feet días el barro de la calle queda empapado en su sangre, y nuestros pies descalare printed by the moisture. zos dejan sus huellas en esa humedad... Two subjects upon which it was fruitless to question Justine too `Money falling into the tin bowls of beggars. Fragments of every «Monedas que caen en las escudillas de latón de los mendigos. Jirones de todas las lenguas: armenio, griego, etíope, marroquí; judíos de Asia Menor, de Turquía, de Grecia, de Georgia; madres nacidas en colonias griegas del Mar Negro; comunidades tronchadas como ramas de árboles privadas de un tronco central, soñando con el Edén. Así son los barrios pobres de la ciudad blanca; nada tienen en común con las hermosas calles trazadas y decoradas por los extranjeros, donde los corredores de cambios se instalan a saborear el diario de la mañana. Ni siquiera el puerto existe para nosotros. Una que otra vez, en invierno, oímos el mugido de una sirena,

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60 language -- Armenian, Greek, Amharic, Moroccan Arabic; Jews from

Asia Minor, Pontus, Georgia: mothers born in Greek settlements on the Black Sea; communities cut down like the branches of trees, lacking a parent body, dreaming of Eden. These are the poor quarters of the white city; they bear no resemblance to those lovely streets 65 built and decorated by foreigners where the brokers sit and s i p their morning papers. Even the harbour does not exist for us here. In the winter, sometimes, rarely, you can hear the thunder of a

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siren -- but it is another country. Ah! the misery of harbours and the names they conjure when you are going nowhere. It is like a death -- a death of the self uttered in every repetition of the word ALEXANDRIA, ALEXANDRIA.'

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pero es algo que viene de otro mundo. ¡Ah, la miseria de los puertos y los nombres que evocan cuando no se tiene parte alguna adonde ir! Es como una muerte, la muerte del propio ser cada vez que se repite la palabra Alejandría, Alejandría.»

***** Rue Bab-el-Mandeb, Rue Abou-el-Dardar, Minet-el-Bassal (streets slippery with discarded fluff from the cotton marts) Nouzha 10 (the rose-garden, some remembered kisses) or bus stops with haunted names like Saba Pacha, Mazloum; Zizinia Bacos, Schutz, Gianaclis. A city becomes a world when one loves one of its inhabitants. *****

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Bab-el-Mandeb, Abu-el-Dardar, Minet-el-Bassal (calles en las que se resbala sobre los copos de algodón que han volado de los mercados), Nuzha (el rosedal, besos no olvidados), o las paradas de autobús con sus nombres que obsesionan: Saba Pacha, Mazlum, Zizinia Bacos, Schutz, Gianaclis. Una ciudad es un mundo cuando amarnos a uno de sus habitantes.

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One of the consequences of frequenting the great house was that I began to be noticed and to receive the attention of those who considered Nessim influential and presumed that if he spent his time with me I must also, in some undiscovered fashion, be either rich or distinguished. Pombal came to my room one afternoon while I was dozing and sat on my bed: `Look here' he said, `you are beginning to be noticed. Of course a CICISBEO is a normal enough figure in Alexandrian life, but things are going to become socially very boring for you if you go out with those two so much. Look!' And he handed me a large and florid piece of pasteboard with a printed invitation on it for cocktails at the French Consulate. I read it u n c o m p r e h e n d i n g l y. P o m b a l s a i d : ` T h i s i s v e r y s i l l y. M y c h i e f , t h e C o n s u l - G e n e r a l , i s impassionated b y J u s t i n e . A l l a t t e m p t s t o m e e t h e r h a v e failed so f a r. H i s s p i e s t e l l h i m t h a t y o u h a v e a n entree into the family circle, indeed that you are ... I know, I know. B u t h e i s h o p i n g t o d i s p l a c e y o u i n h e r a f f e c t i o n s . ' He l a u g h e d h e a v i l y. N o t h i n g s o u n d e d m o r e p r e p o s t e r o u s t o m e a t t h i s t i m e . ` Te l l t h e C o n s u l Gene r a l ' I s a i d ... a n d u t t e r e d a f o r c i b l e r e m a r k o r t w o which caused Pombal to click his tongue reprovingly and shake his head. `I would love to' he said `but, MON CHER, there is a Pecking Order among diplomats as t h e r e i s a m o n g p o u l t r y. I d e p e n d u p o n h i m f o r m y l i t t l e cross.'

Como consecuencia de mis frecuentes visitas a la gran residencia empecé a recibir muestras de atención de aquellos que, considerando a Nessim un personaje influyente, presumían que si pasaba su tiempo en mi compañía era porque yo a mi vez, de alguna manera misteriosa, era rico o distinguido. Una tarde, estando yo medio dormido, Pombal entró en mi cuarto y se sentó en el borde de la cama. --Escucha --me dijo--, la gente empieza a fijarse en ti. En la vida alejandrina, un chichisbeo es cosa bastante natural, por supuesto, pero si sigues saliendo tanto con esos dos, te verás metido en dificultades. ¡Mira! Me alcanzó una gran cartulina profusamente decorada; era una invitación para un cóctel en la embajada francesa. La leí sin comprender nada, hasta que Pombal añadió: --Es una estupidez. Mi jefe, el cónsul general, está enamorado a rabiar de Justine. Hasta ahora ha fracasado en todas sus tentativas de encontrarse con ella. Sus espías le han dicho que tienes libre acceso al círculo de familia, y que en realidad eres el... Ya sé, ya sé. Pero tiene la esperanza de ocupar tu lugar. Soltó una gran carcajada. Por entonces, nada me parec í a m á s a b s u r d o q u e l o q u e a c a b a b a d e o í r. --Dile al cónsul general... --contesté, completando la frase de tal manera que Pombal chasqueó reprobatoriamente la lengua y meneó la cabeza. --Me encantaría decírselo --observó--. Pero, mon cher, entre los diplomáticos existe una Orden del Picotazo al igual que entre los volátiles. Y yo dependo del cónsul general para lograr mi pequeña cruz. Removiendo su corpachón, sacó del bolsillo una novelita ajada, de tapas amarillas, y me la puso sobre las rodillas. --Esto te puede interesar. Siendo muy joven, Justine se casó con un escritor francés, de origen albanés. Este librito se refiere a ella, es una especie de autopsia pero muy digna. Miré la novela. Se titulaba Moeurs, y su autor era un tal Jacob Arnauti. Según decía la solapa, el libro había sido reeditado varias veces, allá por el treinta y tantos. --¿Cómo te enteraste de esto? --pregunté. Georges guiñó un gran ojo de reptil. --Hicimos algunas averiguaciones. El cónsul no piensa más que en Justine, y el personal en pleno se ha pasado semanas enteras recopilando informaciones sobre ella. Vive la France! Cuando se fue, me puse a hojear Aloeurs, todavía semidormido. Era un diario de la vída alejandrina hacia el año treinta y cinco, vista por un extranjero, y estaba admirablemente escrito en primera persona. El autor del diario había recogido materiales para una novela que se proponía escribir; su descripción de la vida cotidiana en Alejandría era precisa y sagaz, pero lo que retuvo mi atención fue el retrato de una joven judía con la que terminaba casándose, viajando a Europa y divorciándose. El naufragio de ese matrimonio al volver a Egipto estaba contado con una lucidez encarnizada que ponía al desnudo el carácter de Claudia, su mujer. Y lo que me asombró e interesó fue ver en esa descripción un retrato de Justine que yo era capaz de reconocer aunque no la --hubiera conocido: una Justine más joven y más desorientada, pero inconfundible. La verdad es que cada vez que leía el libro, y lo leí muchas veces, no podía dejar de sustituir un nombre por el otro en el texto, tan

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Heaving his bulk round he next produced from his pocket a battered little yellow-covered novelette and placed it on my knees. `Here is something to interest you. Justine was married when she was very young to a French national, Albanian by 45 descent, a writer. This little book is about her -- a post-mortem on her; it is quite decently done.' I turned the novel over in my hands. It was entitled MOEURS and it was by a certain Jacob Arnauti. The flyleaf showed it to have enjoyed numerous reprintings in the early thirties. `How do you know this?' I asked, 50 and Georges winked a large, heavy-lidded reptilian eye as he replied. `We have been making enquiries. The Consul can think of nothing but Justine, and the whole staff has been busy for weeks collecting information about her. VIVE LA FRANCE!' When he had gone I started turning the pages of MOEURS, still half-dazed by sleep. It was very well written indeed, in the first person singular, and was a diary of Alexandrian life as seen by a foreigner in the early thirties. The author of the diary is engaged on research for a novel he proposes to do -- and the day to day account of his life in 60 Alexandria is accurate and penetrating; but what arrested me was the portrait of a young Jewess he meets and marries: takes to Europe: divorces. The foundering of this marriage on their return to Egypt is done with a savage insight that throws into relief the character of Claudia, his wife. And what astonished and interested me was to see 65 in her a sketch of Justine I recognized without knowing: a younger, a more disoriented Justine, to be sure. But unmistakable. Indeed whenever I read the book, and this was often, I was in the habit of

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restoring her name to the text. It fitted with an appalling verisimilitude. They met, where I had first seen her, in the gaunt vestibule of the Cecil, in a mirror. `In the vestibule of this moribund hotel the palms splinter and refract their motionless fronds in the giltedged mirrors. Only the rich can afford to stay permanently -- those who live on in the guilt-edged security of a pensionable old age. I am looking for cheaper lodgings. In the lobby tonight a small circle of Syrians, heavy in their dark suits, and yellow in their scarlet TARBUSHES, solemnly sit. Their hippopotamus-like womenfolk, lightly moustached, have jingled off to bed in their jewellery. The men's curious soft oval faces and effeminate voices are busy upon jewel-boxes -- for each of these brokers carries his choicest jewels with him in a casket; and after dinner the talk has turned to male jewellery. It is all the Mediterranean world has left to talk about; a selfinterest, a narcissism which comes from sexual exhaustion expressing itself in the possessive symbol: so that meeting a man you are at once informed what he is worth, and meeting his wife you are told in the same breathless whisper what her dowry was. They croon like eunuchs over the jewels, turning them this way and that in the light to appraise them. They flash their sweet white teeth in little feminine smiles. They sigh. A whiterobed waiter with a polished ebony face brings coffee. A silver hinge flies open upon heavy white (like the thighs of Egyptian women) cigarettes each with its few flecks of HASHISH. A few grains of drunkenness before bedtime. I have been thinking about the girl I met last night in the mirror: dark on marble-ivory white: glossy black hair: deep suspiring eyes in which one's glances sink because they are nervous, curious, turned to sexual curiosity. She pretends to be a Greek, but she must be Jewish. It takes a Jew to smell out a Jew; and neither of us has the courage to confess our true race. I have told her I am French. Sooner or later we shall find one another out. `The women of the foreign communities here are more beautiful than elsewhere. Fear, insecurity dominates them. They have the illusion of foundering in the ocean of blackness all around. This city has been built like a dyke to hold back the flood of African darkness; but the soft-footed blacks have already started leaking into the European quarters: a sort of racial osmosis is going on. To be happy one would have to be a Moslem, an Egyptian woman -- absorbent, soft, lax, overblown; given to veneers; their waxen skins turn citron-yellow or melon-green in the naphtha-flares. Hard bodies like boxes. Breasts apple-green and hard -- a reptilian coldness of the outer flesh with its bony outposts of toes and fingers. Their feelings are buried in the pre-conscious. In love they give out nothing of themselves, having no self to give, but enclose themselves around you in an agonized reflection -- an agony of unexpressed yearning that is at the opposite pole from tenderness, pleasure. For centuries now they have been shut in a stall with the oxen, masked, circumcised. Fed in darkness on jams and scented fats they have become tuns of pleasure, rolling on paper-white blue-veined legs.

asombrosa era la coincidencia. Se habían conocido en el mismo lugar donde yo la vi por primera vez, en el descolorido vestíbulo del Cecil, en un espejo. «En el v e s t í b u l o d e e s t e hotel moribundo, las palmeras se quiebran y reflejan sus hojas inmóviles en los espejos de marcos dorados. Aquí sólo pueden vivir permanentemente los ricos, envueltos en este otro marco dorado que dan la vejez segura y la jubilación. Yo busco un alojamiento más barato. Entra en el salón un pequeño grupo de sirios corpulentos: trajes oscuros, piel amarilla bajo el fez escarlata; se sientan solemnemente. Las mujeres, semejantes a hipopótamos, con un leve bigote, se marchan a la cama entre tintineos de joyas. Los hombres, con sus rostros extrañamente ovalados y tersos y sus voces afeminadas, se inclinan sobre los cofrecillos de alhajas, pues cada uno de estos comerciantes las lleva consigo, y después de la cena hablan de joyas para hombre. Es el único tema de conversación que queda en el mundo mediterráneo: el interés por la propia persona, un narcisismo derivado del agotamiento sexual que se expresa en el símbolo de la riqueza. Basta ver a un hombre para saber en seguida cuánto vale, y basta ver a su mujer para enterarse, en un murmullo imperceptible, del monto de su dote. Los sirios canturrean como eunucos inclinados sobre las alhajas, haciéndolas girar a la luz para justipreciarlas. Sus leves sonrisas mujeriles ponen al descubierto dientes muy blancos y cuidados. Suspiran. Un camarero de blanco, cara de ébano pulido, trae el café. Se levanta una tapa de plata y aparecen los cigarrillos blancos y gruesos como los muslos de las egipcias, cada uno con sus briznas de hachís. Una pizca de embriaguez antes de irse a la cama. Me he quedado pensando en la muchacha que conocí anoche en el espejo: negro sobre blanco de marfil y mármol, cabello oscuro y brillante, ojos profundos como suspiros, en los que nuestra mirada se hunde porque son ojos inquietos, entregados a una curiosidad sexual. Pretende pasar por griega, pero debe ser judía. Hace falta un judío para descubrir a otro, y ninguno de los dos tiene el valor de confesar su raza. Le dije que era francés. Tarde o temprano acabaremos por descubrir la verdad. «Las mujeres de las comunidades extranjeras son más bellas aquí que en otras partes. El miedo y la inseguridad las domina. Tienen la impresión de naufragar en el tenebroso océano que las rodea. Esta ciudad ha sido alzada como un dique para detener la inundación de la oscuridad africana, pero los negros de suaves pisadas han empezado a abrir vías de agua en los barrios europeos; se está operando una especie de ósmosis racial. Para ser feliz aquí una mujer tendría que ser musulmana, egipcia: absorbente, suave, blanda, demasiado madura; entregada a las apariencias; piel de cera que vira al amarillo limón o al verde melón bajo los resplandores de la nafta. Cuerpos insensibles como cofres. Senos verde manzana, duros, una frialdad de reptil en la superficie de la carne, con las avanzadas óseas de los pies y los dedos. Sus sentimientos están sepultados en lo preconsciente. No dan nada de sí mismas en el amor, pues no tienen nada que dar; se cierran en torno del hombre, en un reflejo doloroso, y ese dolor es un anhelo inexpresado que se sitúa en el polo opuesto de la ternura y del placer. Durante siglos han estado relegadas al corral de los bueyes, veladas, circuncisas. Nutridas en la oscuridad con dulces y grasas perfumadas, se han convertido en toneles de placer, balanceándose sobre piernas de una blancura de papel y de venas azules. «Cuando se atraviesa el barrio egipcio, el olor de la carne va cambiando: amoníaco, sándalo, salitre, especias, pescado. No me dejó que la acompañara a su casa, probablemente por que se avergonzaba de vivir en esos arrabales. Y sin embargo me habló maravillosamente de su infancia. Tomé algunas notas: su regreso a la casa, donde el padre casca nueces con un martillito, a la luz de una lámpara de aceite. Me parece verlo. No es griego, sino judío, de Odessa, con un gorro de piel de bordes grasientos. Y también el beso del berberisco, el enorme pene rígido como una obsidiana de la época glacial; inclinándose para morder el labio inferior de ella con sus hermosos dientes parejos. Europa ha quedado detrás de nosotros, y avanzamos hacia una nueva latitud espiritual. Se me entregue con un desdén tal, que por primera vez en mi vida me sorprendí ante una ansiedad semejante; era como si hubiera perdido las esperanzas, como si las calamidades la hubieran magullado. Y sin embargo, las mujeres que pertenecen a esas comunidades aisladas tienen un coraje desesperado muy diferente del

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`Walking through the Egyptian quarter the smell of flesh changes -- ammoniac, sandal-wood, saltpetre, spice, fish. She would not let 55 me take her home -- no doubt because she was ashamed of her house in these slums. Nevertheless she spoke wonderfully about her childhood. I have taken a few notes: returning home to find her father breaking walnuts with a little hammer on the table by the light of an oil-lamp. I can see him. He is no Greek but a Jew from Odessa in fur 60 cap with greasy gaoler. Also the kiss of the Berberin, the enormous rigid penis like an obsidian of the ice age; leaning to take her underlip between beautiful unfiled teeth. We have left Europe behind here and are moving towards a new spiritual latitude. She gave herself to me with such contempt that I was for the first time in my life surprised at 65 the quality of her anxiety; it was as if she were desperate, swollen with disaster. And yet these women belonging to these lost communities have a desperate bravery very different to ours. They

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have explored the flesh to a degree which makes them true foreigners to us. How am I to write about all this? Will she come, or has she disappeared forever? The Syrians are going to bed with little cries, like migrating birds.'

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nuestro. Han explorado la carne al punto de convertirse en extranjeras para nosotros. ¿Cómo escribir sobre todo esta? ¿Volverá, o habrá desaparecido para siempre? Los sirios se van a la cama soltando grititos, como pájaros migratorios.» La muchacha llega. Hablan. («Bajo esa sofisticación superficial y provinciana, bajo esa veteranía espiritual, me pareció entrever una inexperiencia, no del mundo, claro está, sino de lo mundano. Me di cuenta de que yo le interesaba por ser extranjero de buenos modales; proyectaba sobre mí la mirada tímida y prudente de un búho de enormes ojos castaños, en los que el blanco levemente azulado y las pestañas larguísimas ponían de relieve el esplendor de las pupilas brillantes y francas.») Puede imaginarse con qué dolorosa y anhelante ansiedad leí por primera vez esta crónica de una aventura con Justine; aun después de haberla leído muchas veces --al punto que la sé casi de memoria--, sigue siendo para mí un documento que me llena de dolor y de asombro. «Nuestro amor --escribe mucho más adelante--, era como un silogismo al que le faltaban las premisas verdaderas, quiero decir el respeto. Una especie de posesión mental que nos atrapaba, haciéndonos derivar sobre las aguas poco profundas y tibias del lago Mareotis, como ranas desovando, en las garras de los instintos que nacían del cansancio y el calor... No, no es esa la manera de decirlo. Intentemos nuevamente hacer el retrato de Claudia con estos instrumentos insuficientes e inseguros. ¿Por dónde empezamos? «Preciso es decir que su talento para enfrentar las situaciones la había ayudado mucho a lo largo de veinte años de vida errante y desordenada. Poco supe de sus orígenes, aparte de que había sido muy pobre. Me dio la impresión de que trataba de mostrar una serie de crueles caricaturas de sí misma, pero esto es habitual en los solitarios, convencidos de que su verdadera personalidad no puede encontrar correspondencia, en nadie. La rapidez con que pasaba de un ambiente a otro, de un hombre a otro, de un lugar o un momento a otro, me aturdía. Pero había en esa inestabilidad algo magnífico e impresionante. Cuando más la conocía, más imprevisible me resultaba; la única constante era esa lucha desesperada por franquear la barrera de su solipsismo. Y cada uno de sus actos acababa en error, en culpa, en arrepentimiento. Bien lo recuerdo... `Querido, esta vez será diferente, te lo prometo.' «Más tarde cuando viajamos al extranjero: en el Adlon, el polen de los reflectores cayendo sobre los bailarines españoles envueltos en el humo de miles de cigarrillos; junto a las aguas sombrías de Buda, sus lágrimas calientes goteando entre las hojas secas que pasaban flotando lentamente; cabalgando por las escuálidas planicies españolas, el silencio marcado como con huellas de viruela por los cascos de nuestros caballos; en el Mediterráneo, tendidos sobre alguna roca olvidada... No me afligían sus traiciones, pues con Justine el orgullo masculino de la posesión pasaba a ser algo secundario. Lo que me hechizaba era la ilusión de que tal vez podría llegar a saber cómo era de verdad; pero ahora veo que no era realmente una mujer sino la encarnación de la Mujer, que no admite vínculo alguno en la sociedad en que vivíamos. `En todas partes ando al acecho de una vida que valga la pena de ser vivida. Quizá si me muriera o me volviera loca, llegaría a encauzar todos esos sentimientos que no tienen salida. El médico de quien estuve enamorada me dijo que yo era una ninfomaníaca, pero en mi placer no hay glotonería ni complacencia, Jacob. Desde ese punto de vista es un derroche completo. ¡Derroche, querido, derroche! Dices que gozo tristemente, como los puritanos. Pero aun en eso eres injusto conmigo. Gozo trágicamente, y si mis amigos médicos necesitan una palabra complicada para describir la criatura sin corazón que parezco ser, se verán forzados a admitir que lo que me falta de corazón me sobra de alma. Y ahí está la raíz del mal.' Como se ve, no son éstas las distinciones de que suelen ser capaces las mujeres. Parecía como si a su mundo le faltara en cierto modo una dimensión, y que el amor se hubiera replegado hasta volverse una especie de idolatría. Al principio confundí esta manera de ser con un egotismo arrasador, que se consumía a sí mismo, porque Justine parecía ignorar todas las menudas reglas de lealtad que constituyen la base del afecto entre hombres y mujeres. Esto suena un tanto pomposo, pero no tiene importancia. Ahora, recordando los terrores y exaltaciones de Justine,

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She comes. They talk. (`Under the apparent provincial sophistication and mental hardness I thought I detected an inexperience, not of the world to be sure but of society. I was interesting, I realized, as a foreigner with good manners -- and she 10 turned upon me now the shy-wise regard of an owl from those enormous brown eyes whose faintly bluish eyeballs and long lashes threw into relief the splendour of the pupils, glittering and candid.') It may be imagined with what breathless, painful anxiety I first

15 read this account of a love-affair with Justine; and truly after many

re-readings the book, which I now know almost by heart, has always remained for me a document, full of personal pain and astonishment. `Our love' he writes in another place `was like a syllogism to which the true premises were missing: I mean regard. It was a sort of mental 20 possession which trapped us both and set us to drift upon the shallow tepid waters of Mareotis like spawning frogs, a prey to instincts based in lassitude and heat.... No, that is not the way to put it. It is not very just. Let me try again with these infirm and unstable tools to sketch Claudia. Where shall we begin?

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`Well, her talent for situations had served her well for twenty years of an erratic and unpunctual lif e. Of her origins I learned little, save that she had been very poor. She gave me the impression of someone engaged in giving a series of savage caricatures of herself 30 -- but this is common to most lonely people who feel that their true self can find no correspondence in another. The speed with which she moved from one milieu to another, from one man, place, date to another, was staggering. But her instability had a magnificence that was truly arresting. The more I knew her the less predictable she 35 seemed; the only constant was the frantic struggle to break through the barrier of her autism. And every action ended in error, guilt, repentance. How often I remember -- "Darling, this time it will be different, I promise you."

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`Later, when we went abroad: at the Adlon, the pollen of the spotlights playing upon the Spanish dancers fuming in the smoke of a thousand cigarettes; by the dark waters of Buda, her tears dropping hotly among the quietly flowing dead leaves; riding on the gaunt Spanish plains, the silence pock-marked by the sound of our horses' hooves: by the Mediterranean lying on some forgotten reef. It was never her betrayals that upset me -- for with Justine the question of male pride in possession became somehow secondary. I was bewitched by the illusion that I could really come to know her; but I see now that she was not really a woman but the incarnation of Woman admitting no ties in the society we inhabited. "I hunt everywhere for a life that is worth living. Perhaps if I could die or go mad it would provide a focus for all the feelings I have which find no proper outlet. The doctor I loved told me I was a nymphomaniac -- but there is no gluttony or self-indulgence in my pleasure, Jacob. It is purely wasted from that point of view. The waste, my dear, the waste! You speak of taking pleasure sadly, like the puritans do. Even there you are unjust to me. I take it tragically, and if my medical friends want a compound word to describe the heartless creature I seem, why they will have to admit that what I lack of heart I make up in soul. That is where the trouble lies." These are not, you see, the sort of distinctions of which women are usually capable. It was as if somehow her world lacked a dimension, and love had become turned inwards into a kind of idolatry. At first I mistook this for a devastating and self-consuming egotism, for she seemed so ignorant of the little prescribed loyalties which constitute the foundations of affection between men and women. This sounds pompous, but never mind. But now, remembering the panics and exaltations which she endured, I

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wonder whether I was right. I am thinking of those tiresome, dramas -- scenes in furnished bedrooms, with Justine turning on the taps to drown the noise of her own crying. Walking up and down, hugging her arms in her armpits, muttering to herself, she seemed to smoulder like a tar-barrel on the point of explosion. My indifferent health and poor nerves -- but above all my European sense of humour -- seemed at such times to goad her beyond endurance. Suffering, let us say, from some imagined slight at a dinner-party she would patrol the strip of carpet at the foot of the bed like a panther. If I fell asleep she might become enraged and shake my by the shoulders, crying: "Get up, Jacob, I am suffering, can't you see?" When I declined to take part in this charade she would perhaps break something upon the dressingtable in order to have an excuse to ring the bell. How many fearful faces of night-maids have I not seen confronted by this wild figure saying with a terrifying politeness: "Oblige me by clearing up the dressing-table. I have clumsily broken something." Then she would sit smoking cigarette after cigarette. "I know exactly what this is" I told her once. "I expect that every time you are unfaithful to me and consumed by guilt you would like to provoke me to beat you up and give a sort of remission for your sins. My dear, I simply refuse to pander to your satisfactions. You must carry your own burdens. You are trying hard to get me to use a stockwhip on you. But I only pity you." This, I must confess, made her very thoughtful for a moment and involuntarily her hands strayed to touch the smooth surface of the legs she had so carefully shaved that afternoon....

me pregunto si yo tenía razón. Pienso en aquellos dramas tediosos, aquellas escenas en cuartos amueblados, Justine abriendo los gritos para ahogar el sonido de sus sollozos. Yendo y viniendo, con las manos apretadas bajo las axilas, murmurando algo para sí, inflamándose como un barril de pólvora a punto de estallar. Mi salud precaria, mis nervios frágiles, pero sobre todo mi sentido europeo del humor, la exasperaban en esos momentos más allá de toda medida. Si se sentía ofendida, por alguna afrenta imaginaria recibida en el curso de una cena, iba y venía como una pantera por la alfombra tendida a los pies de la cama. Si yo me quedaba dormido, se ponía furiosa y me sacudía por los hombros, gritando: ¡Levántate, Jacob! ¿No ves cómo sufro? Si me negaba a participar en el juego, era capaz de romper cualquier objeto del tocador, con tal de tener un pretexto para llamar a la triada. Cuántas veces habré visto las caras aterradas de las sirvientas en presencia de esa mujer enfurecida, con su vestido de fiesta dorado o plateado, que les decía con una cortesía espantosa: `Hágame el favor de limpiar esa mesa. He roto no sé qué, soy tan torpe... Y luego se sentaba a fumar cigarrillo tras cigarrillo. «--Sé muy bien lo que te pasa -- le dije una vez--. Cada vez que me eres infiel y te devoran los remordimientos, me provocas para que yo te golpee y te absuelva así en cierto modo de tus pecados. Pues bien, querida, me niego a ser el alcahuete de tus satisfacciones. A ti te toca cargar con tus penas. Tratas de que yo te azote, pero sólo me das lástima. «Debo reconocer que esto la dejó muy pensativa por un rato, y que sus manos se pusieron a acariciar involuntariamente la suave piel de sus piernas, que había depilado esa misma tarde... «Pero más adelante, cuando empecé a cansarme de ella, me aburría tanto ese abuso de las emociones que terminé por insultarla y reírme de ella. Una noche la traté de judía histérica y exasperante. Estalló en esos terribles sollozos roncos, tantas veces escuchados que aún ahora su recuerdo (su riqueza, su densidad melodiosa) me hiere, y se tiró en la cama, los miembros fláccidos, sacudida por espasmos de histeria que eran como chorros brotando de una manguera. «¿Eran tan frecuentes esas escenas o mi memoria las multiplica? Quizá sólo sucedió una vez, y los ecos me engañan. Como quiera que fuese, muchas veces me parece oír el ruido que hacía ella al destapar el frasco del somnífero y el menudo rumor de las tabletas cayendo en el vaso. Aunque estuviera medio dormido, las contaba para asegurarme de que no tomaría demasiadas. Pero todo esto sucedió mucho más tarde; al principio le pedía que viniera a mi cama, y ella obedecía sin naturalidad, de mala gana, fría. Yo estaba lo bastante loco como para creer que podría fundir ese hielo y darle la tranquilidad física sobre la cual suponía que descansaba la paz espiritual. Me equivocaba. Había allí un nudo profundo que ella hubiera querido desatar, y que era muy superior a mis posibilidades como amante y como amigo. Por supuesto. Por supuesto. Yo sabía todo lo que se podía saber en esa época sobre la psicopatología de la histeria. Pero detrás de eso había otra cosa, que creí poder descubrir. En cierto modo Justine no buscaba la vida, sino una revelación integradora que pudiera darle un sentido. «Ya he dicho cómo nos encontramos, en el gran espejo del Cecil, ante las puertas abiertas del salón de baile, una noche de carnaval. Las primeras palabras que nos dijimos fueron pronunciadas, y es ya todo un símbolo, en el espejo. Justine estaba con un hombre parecido a una jibia, que esperaba mientras ella se miraba atentamente el rostro moreno. Me detuve a ajustar una corbata de lazo a la que no estaba habituado. Había en Justine una franqueza ávida tan natural que no hubiera podido confundírsela con el menor asomo de descaro, cuando sonrió y me dijo: «--Nunca hay bastante luz. «Sin reflexionar, le contesté: «--Para las mujeres, quizá. Los hombres somos menos exigentes. «Nos sonreímos, y me adelanté a ella para entrar en la sala de baile, pronto a salir para siempre de su vida en el espejo, sin volver a pensar en lo sucedido. Más tarde, los azares de una de esas horribles danzas inglesas, que creo se llama la Paul Jones, me puso frente a ella. Cambiamos unas pocas frases, deshilvanadas --soy muy mal bailarín--, y he de confesar que su belleza no me causó la menor impresión. Sólo más tarde empezó su juego,

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`Latterly, too, when I began to weary of her, I found this sort of abuse of the emotions so tiresome that I took to insulting her and laughing at her. One night I called her a tiresome hysterical Jewess. 30 Bursting into those terrible hoarse sobs which I so often heard that even now in memory the thought of them (their richness, their melodious density) hurts me, she flung herself down on her own bed to lie, limbs loose and flaccid, played upon by the currents of her hysteria like jets from a hose.

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`Did this sort of thing happen so often or is it that my memory has multiplied it? Perhaps it was only once, and the echoes have misled me. At any rate I seem to hear so often the noise she made unstopping the bottle of sleeping tablets, and the small sound of the tablets falling 40 into the glass. Even when I was dozing I would count, to see that she did not take too many. All this was much later, of course; in the early d a y s I w o u l d a s k h e r t o c o m e i n t o m y b e d a n d s e l f -conscious, sullen, cold, she would obey me. I was foolish enough to think that I could thaw her out and give her the physical peace upon 45 which -- I thought -- mental peace must depend. I was wrong. There was some unresolved inner knot which she wished to untie and which was quite beyond my skill as a lover or a friend. Of course. Of course. I knew as much as could be known of the psychopathology of hysteria at that time. But there was some other quality which I thought I could 50 detect behind all this. In a way she was not looking for life but for some integrating revelation which would give it point. `I have already described how we met -- in the long mirror of the Cecil, before the open door of the ballroom, on a night of carnival. 55 The first words we spoke were spoken, symbolically enough, in the mirror. She was there with a man who resembled a cuttle-fish and who waited while she examined her dark face attentively. I stopped to adjust an unfamiliar bow-tie. She had a hungry natural candour which seemed proof against any suggestion of forwardness as she 60 smiled and said: "There is never enough light." To which I responded without thought: "For women perhaps. We men are less exigent." We smiled and I passed her on my way to the ballroom, ready to walk out of her mirror-life forever, without a thought. Later the hazards of one of those awful English dances, called 65 the Paul Jones I believe, left me facing her for a waltz. We spoke a few disjointed words -- I dance badly; and here I must confess that her beauty made no impression on me. It was only later when she

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began her trick of drawing hasty illdefined designs round my character, throwing my critical faculties into disorder by her sharp penetrating stabs; ascribing to me qualities which she invented on the spur of the moment out of that remorseless desire to capture my attention. Women 5 must attack writers -- and from the moment she learned I was a writer she felt disposed to make herself interesting by dissecting me. All this would have been most flattering to my AMOUR-PROPRE had some of her observations been further from the mark. But she was acute, and I was too feeble to resist this sort of game -- the mental 10 ambuscades which constitute the opening gambits of a flirtation. `From here I remember nothing more until that night -- that marvellous summer night on the moon-drenched balcony above the sea with Justine pressing a warm hand on my mouth to stop me talking and saying something like: "Quick. ENGORGE-MOI. From desire to revulsion -- let's get it over." She had, it seemed, already exhausted me in her own imagination. But the words were spoken with such weariness and humility -- who could forbear to love her? `It is idle to go over all this in a medium as unstable as words. I remember the edges and corners of so many meetings, and I see a sort of composite Justine, concealing a ravenous hunger for information, for power through self-knowledge, under a pretence of feeling. Sadly I am driven to wonder whether I ever really moved her -- or existed simply as a laboratory in which she could work. She learned much from me: to read and reflect. She had achieved neither before. I even persuaded her to keep a diary in order to clarify her far from commonplace thoughts. But perhaps what I took to be love was merely a gratitude. Among the thousand discarded people, impressions, subjects of study -- somewhere I see myself drifting, floating, reaching out arms. Strangely enough it was never in the LOVER that I really met her but in the WRITER. Here we clasped hands -- in that amoral world of suspended judgements where curiosity and wonder seem greater than order -- the syllogistic order imposed by the mind. This is where one waits in silence, holding one's breath, lest the pane should cloud over. I watched over her like this. I was mad about her. `She had of course many secrets being a true child of the Mouseion, and I had to guard myself desperately against jealousy or the desire to intrude upon the hidden side of her life. I was almost successful in this and if I spied upon her it was really from curiosity to know what she might be doing or thinking when she was not with me. There was, for example, a woman of the town whom she visited frequently, and whose influence on her was profound enough to make me suspect an illicit relationship; there was also a man to whom she wrote long letters, though as far as I could see he lived in the city. Perhaps he was bedridden? I made inquiries, but my spies always brought me back uninteresting information. The woman was a fortuneteller, elderly, a widow. The man to whom she wrote -- her pen shrilling across the cheap notepaper -- turned out to be a doctor who held a small part-time post on a local consulate. He was not bedridden; but he was a homosexual, and dabbled in hermetic philosophy which is now so much in vogue. Once she left a particularly clear impression on my blotting-pad and in the mirror (the mirror again!) I was able to read:--"my life there is a sort of Unhealed Place as you call it which I try to keep full of people, accidents, diseases, anything that comes to hand. You are right when you say it is an apology for better living, wiser living. But while I respect your disciplines and your knowledge I feel that if I am ever going to come to terms with myself I must work THROUGH the dross in my own character and burn it up. Anyone could solve my problem artificially by placing it in the lap of a priest. We Alexandrians have mere pride than that -- and more respect for religion. It would not be fair to God, my dear sir, and whoever else I fail (I see you smile) I am determined not to fail Him whoever He is." `It seemed to me then that if this was part of a love-letter it was the kind of love-letter one could only address to a saint; and again I was struck, despite the clumsiness and incorrectness of the writing,

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consistente en trazar bosquejos rápidos e indefinidos de mi carácter, sembrando el desconcierto en mis facultades críticas con sus observaciones agudas y penetrantes, atribuyéndome cualidades que inventaba en el momento y que le eran inspiradas por un despiadado deseo de atraer mi atención. Las mujeres atacan siempre a los escritores, y apenas supo que yo lo era, decidió disecarme para volverse interesante a mis ojos. Todo ello hubiera halagado muchísimo a mi amour propre si algunas de sus observaciones hubiesen dado lejos del blanco. Pero era una observadora aguda, y yo demasiado débil para resistir ese juego, esas emboscadas mentales que constituyen los gambitos de apertura de la galantería. A partir de ese momento no recuerdo nada hasta aquella noche, maravillosa noche de verano en un balcón bañado de luna sobre el mar, en que Justine, poniéndome una mano caliente en la boca para sofocar mis palabras, me dijo algo como "--Pronto, engorge--moi. Del deseo a la revulsión... Terminemos de una vez. «Parecía como si ya me hubiera agotado en su propia imaginación. Pero había en sus palabras tanta fatiga y humildad... ¿Cómo dejar de amarla? «Es inútil volver a evocar todo aquello con los medios tan inseguros de la palabra. Recuerdo las aristas y los rincones de tantos encuentros, y veo una especie de Justine compuesta, procurando ocultar un hambre devoradora de saber, de lograr el dominio y la fuerza por medio del conocimiento, todo ello bajo apariencias sentimentales. Me veo precisado a preguntarme amargamente si llegué a conmoverla de veras o si existí como un mero laboratorio donde ella podía trabajar. Aprendió mucho de mí; aprendió a leer y a reflexionar, cosas que jamás había hecho antes de encontrarse conmigo. Quizá lo que tomé por amor no era más que gratitud. Entre un millar de personas olvidadas, de impresiones, de temas de estudio, me veo de pronto a la deriva, flotando, tendiendo los brazos. Es extraño, jamás me encontré de verdad con ella como amante, sino como escritor. Nos estrechábamos las manos en ese mundo amoral, de juicios diferidos, donde la curiosidad y la maravilla parecen más importantes que el orden: el orden silogístico impuesto por el espíritu. Allí se espera en silencio, conteniendo el aliento para no empañar los cristales. Así la observaba yo, perdidamente enamorado. «Como buena hija del Museion, ella tenía muchos secretos y yo debía defenderme desesperadamente de los celos o del deseo de penetrar en la faz oculta de su vida. Estuve a punto de conseguirlo, y si la espiaba era por mera curiosidad, por saber qué podía estar haciendo o pensando cuando no estaba a mi lado. Por ejemplo, solía visitar a una mujer que vivía en la ciudad, y que ejercía sobre ella una influencia tal que llegué a sospechar una relación ilícita. También había un hombre a quien escribía extensas cartas, aunque por lo que alcancé a saber vivía también en la ciudad. ¿Sería quizá un inválido? Hice averiguaciones, pero mis espías no consiguieron ningún dato de interés. La mujer era una adivina de edad madura, viuda. El hombre a quien escribía --oigo su pluma chirriando sobre el papel de mala calidad resultó ser un médico que desempeñaba un empleo de media jornada en uno de los consulados locales. No era inválido, pero sí homosexual, y se dedicaba a la filosofía hermética tan de moda en estos tiempos. Cierta vez Justine dejó una huella clarísima en el papel secante, y el espejo (¡siempre el espejo!) me permitió leer:... mi vida es una especie de Llaga No Cicatrizada como tú dices, y que procuro mantener llena de gentes, accidentes, enfermedades, todo lo que encuentro a mano. Tienes razón cuando me dices que es una excusa para no vivir mejor, con más sensatez. Pero aunque respeto tus disciplinas y tu saber, siento que si alguna vez he de aceptarme a mí misma, sólo lo lograré pasando a través de las escorias de mi carácter, quemándolas. Cualquiera podría resolver artificialmente mi problema, depositándolo en manos de un sacerdote. Los alejandrinos somos demasiado orgullosos para eso, y respetamos demasiado la religión. No sería justo con Dios, querido mío, y a pesar de todas mis traiciones (te veo sonreír) estoy dispuesta a no traicionar a Dios, Quienquiera que sea. «Me pareció que si lo que acababa de leer era parte de una carta de amor, no podía estar sino dirigida a un santo. Una vez más, a pesar de la torpeza y la incorrección de su lenguaje, me asombró la fluidez con

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by the fluency with which she could dissociate between ideas of different categories. I began to see her in an altered light; as somebody who might well destroy herself in an excess of wrongheaded courage and forfeit the happiness which she, in common with all the rest of us, desired and lived only to achieve. These thoughts had the effect of qualifying my love for her, and I found myself filled sometimes by disgust for her. But what made me afraid was that after quite a short time I found to my horror that I could not live without her. I tried. I took short journeys away from her. But without her I found life full of consuming boredom which was quite insupportable. I had fallen IN LOVE. The very thought filled me with an inexplicable despair and disgust. It was as if I unconsciously realized that in her I had met my evil genius. To come to Alexandria heart-whole and to discover an AMOR FATI -- it was a stroke of ill-luck which neither my health nor my nerves felt capable of supporting. Looking in the mirror I reminded myself that I had turned forty and already there was a white hair or two at my temples! I thought once of trying to end this attachment, but in every smile and kiss of Justine I felt my resolutions founder. Yet with her one felt all around the companionship of shadows which invaded life and filled it with a new resonance. Feeling so rich in ambiguities could not be resolved by a sudden act of the will. I had at times the impression of a woman whose every kiss was a blow struck on the side of death. When I discovered, for example (what I knew) that she had been repeatedly unfaithful to me, and at times when I had felt myself to be closest to her, I felt nothing very sharp in outline; rather a sinking numbness such as one might feel on leaving a friend in hospital, to enter a lift and fall six floors in silence, standing beside a uniformed automaton whose breathing one could hear. The silence of my room deafened me. And then, thinking about it, gathering my whole mind about the fact I realized that what she had done bore no relation to myself: it was an attempt to free herself for me: to give me what she knew belonged to me. I cannot say that this sounded any better to my ears than a sophistry. Nevertheless my heart seemed to know the truth of this and dictated a tactful silence to me to which she responded with a new warmth, a new ardour, of gratitude added to love. This again disgusted me somewhat. `Ah! but if you had seen her then as I did in her humbler, gentler moments, remembering that she was only a child, you would not have reproached me for cowardice. In the early morning, sleeping in my arms, her hair blown across that smiling mouth, she looked like no other woman I could remember: indeed like no woman at all, but some marvellous creature caught in the Pleistocene stage of her development. And later again, thinking about her as I did and have done these past few years I was surprised to find that though I loved her wholly and knew that I should never love anyone else -- yet I shrank from the thought that she might return. The two ideas co-existed in my mind without displacing one another. I thought to myself with relief "Good. I HAVE really loved at last. That is something achieved"; and to this my alter ego added: "Spare me the pangs of love REQUITED with Justine." This enigmatic polarity of feeling was something I found completely unexpected. If this was love then it was a variety of the plant which I have never seen before. ("Damn the word" said Justine once. "I would like to spell it backwards as you say the Elizabethans did God. Call it EVOL and make it a part of `evolution' or `revolt'. Never use the word to me.")' *****

que disociaba las ideas en diferentes categorías. Empecé a verla bajo otra luz, como a alguien muy capaz de destruirse por obra de un excesivo y obstinado coraje, malogrando la felicidad que anhelaba al igual que todos nosotros y por la cual vivía. Estos pensamientos terminaron por debilitar in¡ amor, y en algunas ocasiones llegaron a asquearme. Pero lo que me aterró fue que muy poco tiempo después descubrí con espanto que no podía vivir sin ella. Lo intenté. Me fui de viaje por algunos días. Pero sin ella la vida me parecía de un hastío torturante, insoportable. Me había enamorado. La sola idea me colmaba de una desesperación y una repugnancia inexplicables. Era como si me diera cuenta inconscientemente de que en ella había encontrado mi genio del mal. Venir a Alejandría con el corazón en libertad, y descubrir allí un amor fati, era una racha de mala suerte que ni mi salud ni mis nervios podían soportar. Mirándome en el espejo me recordé a mí mismo que ya estaba en la cuarentena, y que tenía algunas canas en las sienes... Una vez pensé en terminar con ese vínculo, pero en cada sonrisa, en cada beso de Justine mi resolución se hundía. Y sin embargo junto a ella uno sentía la proximidad de esas sombras que iban invadiendo la vida y dándole una nueva resonancia. Un sentimiento tan rico en ambigüedades no podía ser truncado por un mero acto de la voluntad. A veces me daba la impresión de una mujer cuyos besos eran otros tantos golpes mortales. Por ejemplo, cuando descubrí (cosa que ya sabía) que me había sido infiel reiteradas veces, eso en la época en que me había sentido más cerca de ella, no experimenté ninguna impresión demasiado intensa; más bien un torpor en el que me iba hundiendo, como el que podría sentirse cuando se deja a un amigo en el hospital y se entra en un ascensor que baja seis pisos calladamente, y uno está de pie junto a un autómata de uniforme y lo siente respirar... El silencio de mi cuarto me ensordecía. Después, pensando en todo eso, concentrándome en lo sucedido, terminé por darme cuenta de que lo que Justine había hecho no se relacionaba conmigo; era una tentativa para librarme de ella, para darme lo que ella sabía que era mío. No pretendo que esto fuera sofisma; sin embargo, mi corazón parecía reconocer su verdad, y me dictaba un silencio lleno de tacto al que ella respondía con una calidez y un ardor nuevos, en los que la gratitud se sumaba al amor. Y esto volvía a repugnarme en cierto modo. «¡Ahl Si el lector hubiera podido verla como la veía yo en sus momentos más humildes y más tiernos, cuando recordaba que era sólo una niña, nadie habría podido acusarme de cobardía. Por la mañana temprano, dormida entre mis brazos, sus cabellos esparcidos sobre la boca sonriente, no se parecía a ninguna otra mujer en mis recuerdos; no, más que una mujer era como una criatura maravillosa en el período pleistoceno de su evolución. Y mucho más adelante, pensando en ella como lo hacía y lo he hecho en estos años, descubrí sorprendido que aunque la amaba profundamente sabiendo que no volvería a amar así a ninguna otra, retrocedía sin embargo ante la idea de que pudiera volver a mí. Las dos tendencias coexistían en mi espíritu sin excluirse. `Sí. Por fin he amado realmente. He sabido lo que es eso.' Y entonces mi otro yo agregaba `Sálvame de las angustias de un amor compartido con Justine.' Esta enigmática polaridad del sentimiento me resultaba por completo inesperado. Si eso era amor, entonces estaba en presencia de una variedad de esa planta que jamás había visto antes. (`Maldita palabra', dijo una vez Justine. `Me gustaría decirla al revés, como tú me contaste que los isabelinos pronunciaban el nombre de Dios. Llámale evol, y conviértelo en una parte de `evolución' o de `revólver'. Nunca uses esa palabra conmigo´).

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These later extracts I have taken from the section of the diary which is called POSTHUMOUS LIFE and is an attempt the author makes to sum up and evaluate these episodes. Pombal finds much of this banal and even dull; but who, knowing Justine, could fail to be moved by it? Nor can it be said that the author's intentions are not 65 full of interest. He maintains for example that real people can only exist in the imagination of an artist strong enough to contain them and give them form. `Life, the raw material, is only lived IN

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Estos extractos proceden de una parte del diario de Arnauti, titulada Vida Póstuma, en la que el autor se esfuerza por resumir y evaluar todo lo sucedido. Pombal encuentra que mucho de esto es vulgar y hasta aburrido. ¿Pero quién que haya conocido a Justine no se conmovería ante esas páginas? Tampoco puede decirse que las intenciones del autor carezcan de interés. Sostiene, por ejemplo, que las personas reales sólo pueden existir en la imaginación de un artista dotado de fuerza suficiente para retenerlas y darles forma. «La vida, materia primera, sólo es vivida in potentia hasta que el

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tr. de Aurora Bernárdez

POTENTIA until the artist deploys it in his work. Would that I could do this service of love for poor Justine.' (I mean, of course, `Claudia'.) `I dream of a book powerful enough to contain the elements of her -- but it is not the sort of book to which we are accustomed these days. 5 For example, on the first page a synopsis of the plot in a few lines. Thus we might dispense with the narrative articulation. What follows would be drama freed from the burden of form. I WOULD SET MY OWN BOOK FREE TO DREAM.' But of course one cannot escape so easily from the pattern which he regards as imposed but which in fact grows up organically within the work and appropriates it. What is missing in his work -- but this is a criticism of all works which do not reach the front rank -- is a sense of PLAY. He bears down so hard upon his subjectmatter ; so 15 hard that it infects his style with some of the unbalanced ferocity of Claudia herself. Then, too, everything which is a fund of emotion becomes of equal importance to him: a sign uttered by Claudia among the oleanders of Nouzha, the fireplace where she burnt the manuscript of his novel about her (`For days she looked at me as if she were 20 trying to read my book in me'), the little room in the Rue Lepsius.... He says of his characters: `All bound by time in a dimension which is not reality AS WE WOULD WISH IT TO BE -- but is created by the needs of the work. For all drama creates bondage, and the actor is only significant to the degree that he is bound.'

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artista la despliega en su obra. Ojalá pudiera yo ser capaz de este acto de amor con la pobre Justine.» (Quiero decir «Claudia», naturalmente.) «Sueño con un libro tan intenso que pudiera contener todos los elementos de su ser, pero no es el tipo de libro al que estamos habituados en estos tiempos. Por ejemplo, en la primera página, un resumen del argumento en pocas líneas. Eso nos permitiría prescindir de toda articulación narrativa. Lo que siguiera sería el drama liberado de las ataduras formales. Mi libro quedaría en libertad de soñar.» Pero desde luego, nadie escapa tan fácilmente de las formas que considera una prisión, y que en realidad se desarrollan orgánicamente en el seno de la obra y le dan su sentido. Lo que falta en su obra --pero esta crítica vale para todas las obras que no alcanzan a situarse en primera fila-- es el sentido del juego. Se entrega a su tema de tal manera, con tal fuerza, que algo de la ferocidad desequilibrada de la misma Claudia acaba por inficionar su estilo. De esa manera, todo lo que es una fuente de emoción tiene para él la misma importancia: un suspiro de Claudia entre las adelfas de Nussha, la chimenea donde quemó el manuscrito de la novela que había escrito acerca de ella («Días y días me estuvo mirando como si quisiera leer mi libro a través de mí»), la pequeña habitación de la calle Lepsius, con su silla de caña crujiente... Dice de sus personajes: «Todos atados por el tiempo en una dimensión que no es la realidad tal como la quisiéramos, sino la creada por las necesidades de la obra. Toda acción dramática crea ataduras, y el acto sólo es significativo en la medida en que está sujeto por ellas.» Pero al margen de esas reservas, ¡cuánta gracia y justeza hay en su retrato de Alejandría, de Alejandría y sus mujeres! Ha trazado las siluetas de Léonie, Gaby, Fosca, la de color pálido, la áurea, la de betún. Algunas pueden reconocerse fácilmente en esas páginas. Clea, que todavía vive en aquel estudio encaramado como un nido de golondrina hecho de telarañas y pedazos de género... Un retrato inconfundible. Pero en su mayoría estas mujeres alejandrinas sólo se distinguen de las mujeres de otras partes por una honradez y una fatiga sobrecogedoras. Ya es mucho que un escritor haya conseguido aislar esos rasgos auténticos de la ciudad del Soma. Imposible esperar más de un extranjero de talento que, casi por error, logró perforar el caparazón insensible de Alejandría y acabó descubriéndose a sí mismo. En cuanto a Justine, las páginas pesadamente acorazadas de su diario contienen escasas referencias a Arnauti, si es que aluden a él. Aquí y allá encuentro la inicial A., pero casi siempre en pasajes de pura introspección. He aquí uno donde la identificación parece más plausible: «Lo que primero me atrajo en A. fue su habitación. Me parecía siempre que detrás de los pesados postigos, algo estaba fermentando. Había libros por todas partes, con la sobrecubierta del revés, o forrados con papel de dibujo blanco, como queriendo ocultar sus títulos. Una espesa capa de periódicos llenos de agujeros, como si los ratones los hubieran estado devorando: los recortes de A. en eso que llamaba `la vida verdadera', esa abstracción que sentía tan alejada de su propia existencia. Se sentaba frente a sus periódicos como si fuera a almorzar, con una bata remendada y pantuflas de terciopelo, cortando aquí y allá con unas tijeras de uñas embotadas. Tenía la perplejidad de un niño ante la `realidad' del mundo exterior a su obra; la imaginaba como un lugar donde la gente podía ser feliz, reír, procrear.» Unas pocas pinceladas de este género componen el retrato del autor de Moeurs; magra y decepcionante recompensa de tan penosa y amante observación de su parte. Tampoco encuentro una sola palabra referente a su separación después del breve y estéril matrimonio. Pero es interesante comprobar en su libro que Arnauti había hecho sobre el carácter de Justine las mismas observaciones que más tarde llegaríamos a hacer Nessim y yo. La sumisión que nos arrancaba a todos era su rasgo más extraordinario. Parecía como si los hombres se dieran cuenta en seguida de que estaban en presencia de alguien que no podía ser juzgado con los mismos cánones aplicados hasta entonces a las muje34

But setting these reservations aside, how graceful and accurate a portrait of Alexandria he manages to convey; Alexandria and its women. There are sketches here of Leonie, Gaby, Delphine -- the pale rose-coloured one, the gold, the bitumen. Some one can identify 30 quite easily from his pages. Clea, who still lives in that high studio, a swallow's nest made of cobwebs and old cloth -- he has her unmistakably. But for the most part these Alexandrian girls are distinguished from women in other places only by a terrifying honesty and world-weariness. He is enough of a writer to have isolated these 35 true qualities in the city of the Soma. One could not expect more from an intruder of gifts who almost by mistake pierced the hard banausic shell of Alexandria and discovered himself. As for Justine herself, there are few if indeed any references to

40 Arnauti in the heavily armoured pages of her diary. Here and there I

have traced the letter A, but usually in passages abounding with the purest introspection. Here is one where the identification might seem plausible: `What first attracted me in A was his room. There always seemed to me some sort of ferment going on there behind the heavy shutters. Books lay everywhere with their jackets turned inside out or covered in white drawing-paper -- as if to hide their titles. A huge litter of newspapers with holes in them, as if a horde of mice had been 50 feasting in them -- A's cuttings from "real life" as he called it, the abstraction which he felt to be so remote from his own. He would sit down to his newspapers as if to a meal in a patched dressinggown and velvet slippers, snipping away with a pair of blunt nailscissors. He puzzled over "reality" in the world outside his work 55 like a child; it was presumably a place where people could be happy, laugh, bear children.'

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A few such sketches comprise the whole portrait of the author of MOEURS; it seems a meagre and disappointing reward for so much 60 painstaking and loving observation; nor can I trace one word about their separation after this brief and fruitless marriage But it was interesting to see from his book how he had made the same judgements upon her character as we were later to make, Nessim and I. The compliance she extorted from us all was the astonishing thing about 65 her. It was as if men knew at once that they were in the presence of someone who could not be judged according to the standards they had hitherto employed in thinking about women. Clea once said of

her (and her judgements were seldom if ever charitable): `The true whore is man's real darling -- like Justine; she alone has the capacity to wound men. But of course our friend is only a shallow twentiethcentury reproduction of the great HETAIRAE of the past, the type to 5 which she belongs without knowing it, Lais, Charis and the rest.... Justine's role has been taken from her and on her shoulders society has placed the burden of guilt to add to her troubles. It is a pity. For she is truly Alexandrian.' For Clea too the little book of Arnauti upon Justine seemed shallow and infected by the desire to explain everything. `It is our disease' she said `to want to contain everything within the frame of reference of a psychology or a philosophy. After all Justine cannot be justified or excused. She simply and magnificently IS; 15 we have to put up with her, like original sin. But to call her a nymphomaniac or to try and Freudianise her, my dear, takes away all her mythical substance -- the only thing she really is. Like all amoral people she verges on the Goddess. If our world were a world there would be temples to accommodate her where she would find 20 the peace she was seeking. Temples where one could outgrow the sort of inheritance she has: not these damn monasteries full of pimply little Catholic youths who have made a bicycle saddle of their sexual organs.'

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res. De ella dijo un día Clea (y sus opiniones eran rara vez caritativas): --Los hombres prefieren a la ramera auténtica... como Justine. Sólo una ramera es capaz de herirlos. Pero, claro está, nuestra amiga es una pálida reproducción, siglo veinte de las grandes Hetairae del pasado, tipo al que pertenece sin saberlo: Lais, Charis y todas las otras... El papel de Justine es ése, y la sociedad le ha echado a la espalda un complejo de culpa para aumentar sus penas. Una lástima, porque es realmente una alejandrina. También a Clea el librito de Arnauti le parecía huero, y malogrado por el deseo (le explicarlo todo. --Ahí está nuestro mal --decía--. Queremos meter todo en los moldes de la psicología o la filosofía. Al fin y al cabo a Justine no se la puede justificar ni disculpar. Justine es, es admirablemente, y tenemos que aceptarla tal cual, como el pecado original. Llamarla ninfomaníaca o aplicarle los principios freudianos es vaciarla de su sustancia mítica... de lo único que realmente es. Como todos los seres amorales, está en, el límite de la Diosa. Si nuestro mundo fuera un mundo de verdad, habría templos donde Justine podría refugiarse y encontrar la paz que busca. Templos donde podría superar esa herencia que ha recibido; no esos malditos monasterios llenos de jovencitos católicos granujientos que han convertido sus órganos sexuales en asiento de bicicleta. Clea pensaba en los capítulos que Arnauti titula El impedimento, y en los cuales cree haber encontrado la clave de la inestabilidad afectiva de Justine. Pueden ser hueros como lo estima Clea, pero puesto que toda cosa es susceptible de más de una explicación, vale la pena tenerlos en cuenta. Personalmente no creo que esos inmensos viajes que emprendieron juntos a través de toda Europa expliquen a Justíne, pero en cierto modo iluminan sus actos. «En el meollo mismo de la pasión --escribe-- (pasión que para ella era el más vulgar de los dones), había un impedimento, una profunda traba que los sentimientos que empecé a advertir sólo muchos meses después. Se alzaba entre nosotros como una sombra, y yo reconocía o creía reconocer en él al verdadero enemigo de la felicidad que anhelábamos compartir y de la que nos sentíamos en cierto modo excluidos. ¿Qué podía ser? «Ella me lo dijo una noche en que estábamos tendidos en aquella enorme y horrible cama de una pieza de hotel; una pieza desnuda y rectangular, de forma y aire vagamente franco--levantino, con cielo raso de estuco donde había querubines medio podridos y ramos de hoja de viña. Me lo dijo, y me dejó sumido en celos rabiosos que luché por ocultar, celos por completo diferentes de los que había podido sentir antes. Su objeto era un hombre que, si bien vivía aún, ya no existía. Quizá se tratara de eso que los freudianos llaman un recuerdo--pantalla de incidentes acaecidos en su adolescencia. Había sido (y no podía equivocarme sobre la trascendencia de su confesión, porque iba acompañada de un torrente de lágrimas, y jamás la vi sollozar como entonces, ni antes ni después), había sido violada por uno de sus conocidos. Imposible dejar de sonreír ante la vulgaridad de la idea. No se podía llegar a saber a qué edad le había ocurrido. No obstante --y aquí pensé que había penetrado en el fondo del Impedimento--, desde entonces ella no había podido obtener ninguna satisfacción en el amor, a menos que reviviera mentalmente la escena y volviera a representarla. Así, para ella, sus amantes --todos nosotros-- éramos tan sólo sustitutos mentales de su primer acto infantil, de suerte que el amor, como una especie de masturbación, se coloreaba con todos los tintes de la neurastenia. Justine padecía una anemia imaginaria, pues no conseguía poseer plenamente a nadie en la carne. No podía apropiarse del amor que tanto necesitaba, porque sus satisfacciones salían de los rincones crepusculares de una vida que ya no vivía. Todo esto me interesaba apasionadamente. Pero lo más divertido fue que recibí ese golpe en mi amour propre masculino, tal como si ella me hubiera confesado una infidelidad deliberada. ¡Cómo! ¿Cada vez que yacía en mis brazos, sólo el recuerdo del otro podía hacerla gozar? Es decir que, en un sentido, yo no podía poseerla, no la había poseído nunca. No era más que un maniquí. Incluso ahora, mientras lo

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She was thinking of the chapters which Arnauti has entitled ThE CHECK, and in which he thinks he has found the clue to Justine's instability of heart. They may be, as Clea thinks, shallow, but since everything is susceptible of more than one explanation they are worth consideration. I myself do not feel that they explain Justine, but to 30 a degree they do illuminate her actions -- those immense journeys they undertook together across the length and breadth of Europe. `In the very heart of passion' he writes, adding in parentheses `(passion which to her seemed the most facile of gifts) there was a check -- some great impediment of feeling which I became aware 35 of only after many months. It rose up between us like a shadow and I recognized, or thought I did, the true enemy of the happiness which we longed to share and from which we felt ourselves somehow excluded. What was it?

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`She told me one night as we lay in that ugly great bed in a rented room -- a gaunt rectangular room of a vaguely French-Levantine shape and flavour: a stucco ceiling covered with decomposing cherubs and posies of vine-leaves. She told me and left me raging with a jealousy I struggled to hide -- but a jealousy of an entirely novel sort. Its object was a man who though still alive, NO LONGER EXISTED. It is perhaps what the Freudians would call a screenmemory of incidents in her earliest youth. She had (and there was no mistaking the force of this confession for it was accompanied by floods of tears, and I have never seen her weep like that before or since) -- she had been raped by one of her relations. One cannot help smiling at the commonplaceness of the thought. It was impossible to judge at what age. Nevertheless -- and here I thought I had penetrated to the heart of the Check: from this time forward she could obtain no satisfaction in love unless she mentally recreated these incidents and re-enacted them. For her we, her lovers, had become only mental substitutes for this first childish act -- so that love, as a sort of masturbation, took on all the colours of neurasthenia; she was suffering from an imagination dying of anaemia, for she could possess no one thoroughly in the flesh. She could not appropriate to herself the love she felt she needed, for her satisfactions derived from the crepuscular corners of a life she was no longer living. This was passionately interesting. But what was even more amusing was that I felt this blow to my AMOUR PROPRE as a man exactly as if she had confessed to an act of deliberate unfaithfulness. What! Every time she lay in my arms she could find no satisfaction save through this memory? In a way, then, I could not possess her: had never done so. I was merely a dummy. Even now as I write I cannot help smiling to remember the

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strangled voice in which I asked who the man was, and where he was. (What did I hope to do? Challenge him to a duel?) Nevertheless there he was, standing squarely between Justine and I; between Justine and the light of the sun.

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escribo, no puedo dejar de sonreír al recordar la voz ahogada con que le pregunté quién era ese hombre y dónde estaba. (¿Qué pretendía? ¿Desafiarlo a duelo?) El hecho era que estaba ahí, erguido entre Justine y yo, entre Justine y la luz del sol. «Y sin embargo, tenía la objetividad suficiente para comprobar que el amor se alimenta de celos, porque esa mujer fuera de mi alcance y, sin embargo, en mis brazos se volvía diez veces más deseable, más necesaria. Era una situación terrible para un hombre que no quería enamorarse, y para una mujer que sólo deseaba que la libraran de una obsesión y le devolvieran su libertad de amar. De todo ello se deducía que si yo era capaz de vencer el Impedimento, podría poseerla de verdad, como ningún hombre la poseyera hasta entonces. Podía ocupar el lugar de aquella sombra y recibir realmente sus besos, que ahora sólo tocaban a un cadáver. Y me pareció que había llegado a entenderlo todo. «Esto explica el largo viaje que emprendimos, tomados de la mano por decirlo así, a fin de librarnos juntos del íncubo con ayuda de la ciencia. Juntos entramos en la celda tapizada de libros de Czechnia, donde el famoso mandarín de la psicología se deleitaba morbosamente con los ejemplares que caían en su manos. Basilea, Zurich, Baden, París... relumbre de los rieles de acero en los sistemas arteriales del cuerpo de Europa, ganglios de acero que se juntan y separan a través de montañas y valles. Rostros que se confrontan en los manchados espejos del Orient Express. Llevamos su enfermedad de un lado a otro de Europa, como un niño en su cuna, hasta que empecé a desesperar y a pensar que quizá Justine no quería curarse. Porque a la traba involuntaria de su psiquis ella agregaba otra, la de su voluntad. No me era posible entender por qué, pero se negaba a revelar su nombre, el nombre de la sombra. Un nombre que a esa altura podría significar todo o nada para ella. Al fin y al cabo, ese hombre debe de estar en alguna parte, el pelo gris y ralo a fuerza de negocios y de excesos, y un parche negro sobre un ojo, como era su costumbre después de un ataque de oftalmía. (Si puedo describirlo así es porque una vez lo vi.) «--¿Qué razón hay para que revele su nombre? --solía gritar Justine-- . Ya no significa nada para mí... nunca significó nada. ¿No comprendes que está muerto? Cuando lo veo... «Fue como si me hubiera picado una serpiente. «--¿De modo que lo ves? «Retrocedí inmediatamente a posiciones más seguras. « -- C a d a t a n t o s a ñ o s n o s c r u z a m o s e n l a c a l l e . N o s saludamos con un gesto. «De modo que ese individuo, esa suma de vulgaridad, estaba todavía vivo, todavía respiraba. ¡Qué absurdos e innobles son los celos! Pero los celos que nacen de la mera imaginación de un amante bordean lo ridículo. «Y luego, cierta vez, en pleno centro de El Cairo, inmovilizados por una interrupción del tráfico en medio del calor sofocante de una noche estival, un taxi se detuvo a la altura del nuestro y algo en la expresión de Justine me hizo mirar en su misma dirección. En ese calor palpitante y húmedo, que la humedad del río convierte en algo espeso, y que las emanaciones repugnantes de la fruta podrida, los jazmines y el sudor de los cuerpos negros vuelven casi intolerable, alcancé a distinguir en el taxi a un hombre de aspecto más que vulgar. Aparte del parche negro sobre un ojo, nada había en él que lo distinguiera de los miles de hombres de negocios agobiados y raídos que pululan en esa horrible ciudad. Cabello escaso, perfil agudo, el ojo fijo como una cuenta de vidrio, traje de verano gris. La expresión de sorpresa y angustia de Justine era tan intensa, que grité sin querer: --¿Qué te pasa? «Mientras la circulación se reanudaba y el taxi seguía su camino, Justine me contestó con un extraño resplandor en la mirada y un aire casi provocativo: «--Es el hombre que todos ustedes han estado persiguiendo. «Antes de que hubiera pronunciado esas palabras, comprendí. Como en una pesadilla, hice detener el taxi y me lancé a la calle. Vi las luces rojas del otro coche que entraba en Sulieman Pacha, ya demasiado lejos para poder distinguir su color o el número de la placa. Era imposible darle caza, pues el tránsito había vuelto a espesarse. Volví al taxi, tem36

`But here too I was sufficiently detached to observe how much love feeds upon jealousy, for as a woman out of my reach yet in my arms, she became ten times more desirable, more necessary. It was a heartbreaking predicament for a man who had no intention of falling 10 in love, and for a woman who only wished to be delivered of an obsession and set free to love. From this something else followed: if I could break the Check I could possess her truly, as no man had possessed her. I could step into the place of the shadow and receive her kisses truly; now they fell upon a corpse. It seemed to me that I 15 understood everything now. `This explains the grand tour we took, hand in hand so to speak, in order to overcome this succubus together with help of science. Together we visited the book-lined cell of Czechnia, where the famous mandarin of psychology sat, gloating pallidly over his specimens. Basle, Zurich, Baden, Paris -- the flickering of steel rails over the arterial systems of Europe's body: steel ganglia meeting and dividing away across mountains and valleys. Confronting one's face in the pimpled mirrors of the Orient Express. We carried her disease backwards and forwards over Europe like a baby in a cradle until I began to despair, and even to imagine that perhaps Justine did not wish to be cured of it. For to the involuntary check of the psyche she added another -- of the will. Why this should be I cannot understand; but she would tell no one his name, the shadow's name. A name which by now could mean everything or nothing to her. After all, somewhere in the world he must be now, his hair thinning and greying from business worries or excesses, wearing a black patch over one eye as he did always after an attack of ophthalmia. (If I can describe him to you it is because once I actually saw him.) "Why should I tell people his name?" Justine used to cry. "He is nothing to me now -- has never been. He has completely forgotten these incidents. Don't you see he is dead? When I see him...." This was like being stung by a serpent. "So you do see him?" She immediately withdrew to a safer position. "Every few years, passing in the s t r e e t . We j u s t n o d . " `So this creature, this pattern of ordinariness, was still breathing, still alive! How fantastic and ignoble jealousy is. But jealousy for a figment of a lover's imagination borders on the ludicrous.

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`Then once, in the heart of Cairo, during a traffic jam, in the breathless heat of a midsummer night, a taxi drew up beside ours and something in Justine's expression drew my gaze in the direction of hers. In that palpitant moist heat, dense from the rising damp of the river and aching with the stink of rotten fruit, jasmine and sweating black bodies, I caught sight of the very ordinary man in the taxi next to us. Apart from the black patch over one eye there was nothing to distinguish him from the thousand other warped and seedy business men of this horrible city. His hair was thinning, his profile sharp, his eye beady: he was wearing a grey summer suit. Justine's expression of suspense and anguish was so marked however that involuntarily I cried: " W h a t i s i t ? " ; and as the traffic block lifted and the cab moved off she replied with a queer flushed light in her eye, an air almost of drunken daring: "The m a n y o u h a v e a l l b e e n hunting f o r . " But before the words were out of her mouth I had understood and as if in a bad dream stopped our own taxi and leaped out into the road. I saw the red tail light of his taxi turning into Sulieman Pacha, too far away for me even to be able to distinguish its colour or number. To give chase was impossible for the traffic behind us was dense once

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more. I got back into the taxi trembling and speechless. So this was the man for whose name Freud had hunted with all the great might of his loving detachment. For this innocent middle-aged man Justine had lain suspended, every nerve tense as if in the act of levitation, while 5 the thin steely voice of Magnani had repeated over and over again: "Tell me his name; you must tell me his name"; while from the forgotten prospects where her memory lay confined her voice repeated like an oracle of the machine-age: "I cannot remember. I cannot remember."

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blando y sin poder decir palabra. De modo que ése era el individuo cuyo nombre había perseguido Freud con toda la enorme fuerza de su afectuoso desapego. Por causa de ese individuo maduro y de aire inofensivo, Justine había estado en suspenso, con los nervios tensos como en el acto de la levitación, mientras la fina voz acerada de Magnani repetía incansablemente «--Dígame su nombre; tiene que decirme su nombre. «Y desde los paisajes olvidados donde su memoria estaba prisionera, su voz repetía como un oráculo de la edad del maquinismo: «--No me acuerdo. No me acuerdo. «Entonces me pareció evidente que, con cierta perversidad, ella no quería vencer el Impedimento, y que toda la ciencia de los médicos no llegaría a persuadirla. Tal era el caso desnudo, sin adorno alguno; tal era la supuesta ninfomanía que según esos dignos caballeros afligía a Justine. A veces llegué a pensar que tenían razón, a veces lo dudé. No obstante era tentador encontrar para su comportamiento la excusa de que todo hombre representaba para ella una promesa de liberación afectiva, un escape de ese sofocante enclaustramiento en el propio yo, donde el sexo sólo podía ser alimentado por las ardientes llamas de la fantasía. «Quizá nos equivocamos al hablar abiertamente de lo que le sucedía, dándole calidad de problema, pues sólo sirvió para provocar un sentimiento exagerado de su propia importancia, junto con una estabilidad nerviosa que hasta entonces no había tenido. En su vida pasional era directa, como un hacha que cae. Recibía los besos como una superficie recibe capas sucesivas de pintura. Me desconcierta recordar cómo busqué largo tiempo y en vano las excusas que pudieran hacerme aceptar su amoralidad como algo comprensible, ya que no deleitoso. Ahora me doy cuenta del tiempo que perdí en eso, en vez de gozar sencillamente de su amor y dejar de lado las preocupaciones. Hubiera bastado pensar: `Es tan hermosa como indigna de confianza. Recibe el amor como una planta el agua, livianamente, sin pensar', y entonces hubiéramos andado juntos, del brazo, a lo largo del canal maloliente, o hubiéramos navegado por el lago Mareotis inundado de sol, y yo la hubiera tomado tal cual era, gozado tal cual era... ¡Qué maravillosa capacidad de desdicha tenemos los escritores! Sólo sé que este largo y penoso examen de Justine sirvió no sólo para quitarle seguridad en sí misma, sino para volverla más conscientemente deshonesta. Y lo peor es que empezó a mirarme como a un enemigo atento a sus más mínimos errores, a la menor palabra o gesto que pudieran traicionarla. Se mantenía en guardia, y acabó por decirme que mis celos eran insoportables. Quizá tuviera razón. Recuerdo que me dijo un día: --Ahora vives en mi intimidad imaginaria. Fui una tonta cuando te lo conté todo, cuando fui honrada contigo. Mira cómo me interrogas ahora. A la menor contradicción te lanzas sobre mí. Sabes que jamás cuento una historia dos veces de la misma manera. ¿Acaso eso significa que miento? «En vez de tomar en cuenta sus palabras, redoblé mis esfuerzos para franquear esa barrera tras de la cual imaginaba a mi adversario con un parche negro en el ojo. Me man tenía en correspondencia con Mágnani, y procuraba recoger todos los indicios que pudieran ayudarlo a elucidar el misterio, pero mi labor era inútil. En esa selva espinosa de impulsos culpables que constituyen la psiquis humana, ¿quién puede abrirse paso, incluso si el paciente está ansioso por colaborar? Perdíamos el tiempo en fútiles investigaciones sobre sus preferencias y repulsiones. Si Justine hubiera tenido una pizca de sentido del humor, ¡cómo se hubiera reído de nosotros! Recuerdo una serie de cartas motivadas por el hecho de que no podía leer sin repugnancia las palabras `Washington D. C.', en un sobre... Me arrepiento amargamente de haber malgastado todo ese tiempo, que debí dedicar a amarla como ella lo merecía. El viejo Magnani debió de compartir también mis dudas, porque recuerdo un pasaje de una de sus cartas: `... querido amigo, no olvidemos nunca que esta ciencia en pañales a la que nos dedicamos, y que parece tan pródiga en promesas y milagros, se funda en gran parte en hechos tan inciertos como la astrología. Después de todo, ¡cuánta importancia damos a los nombres de las cosas! Si se quiere, la ninfomanía puede ser considerada como otra forma de virginidad; por lo que toca a Justine, quizá jamás haya conocido el amor.

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`It seemed to me clear then that in some perverted way she did not wish to conquer the Check, and certainly all the power of the physicians could not persuade her. This was the bare case without orchestration, and here lay the so-called nymphomania with which 15 these reverend gentlemen assured me that she was afflicted. At times I felt convinced that they were right; at others I doubted. Nevertheless it was tempting to see in her behaviour the excuse that every man held out for her the promise of a release in her passional self, release from this suffocating self-enclosure where sex could 20 only be fed by the fat flames of fantasy. `Perhaps we did wrong in speaking of it openly, of treating it as a problem, for this only invested her with a feeling of self-importance and moreover contributed a nervous hesitation to her which until then had been missing. In her passional life she was direct -- like an axe falling. She took kisses like so many coats of paint. I am puzzled indeed to remember how long and how vainly I searched for excuses which might make her amorality if not palatable at least understandable. I realize now how much time I wasted in this way; instead of enjoying her and turning aside from these preoccupations with the thought: "She is as untrustworthy as she is beautiful. She takes love as plants do water, lightly, thoughtlessly." Then I could have walked arm in arm with her by the rotting canal, or sailed on sundrenched Mareotis, enjoying her as she was, taking her as she was. What a marvellous capacity for unhappiness we writers have! I only know that this long and painful examination of Justine succeeded not only in making her less sure of herself, but also more consciously dishonest; worst of all, she began to look upon me as an enemy who watched for the least misconstruction, the least word or gesture which might give her away. She was doubly on her guard, and indeed began to accuse me of an insupportable jealousy. Perhaps she was right. I remember her saying: "You live now among my imaginary intimacies. I was a fool to tell you everything, to be so honest. Look at the way you question me now. Several days running the same questions. And at the slightest discrepancy you are on me. You know I never tell a story the same way twice. Does that mean that I am lying?" `I was not warned by this but redoubled my efforts to penetrate the curtain behind which I thought my adversary stood, a black patch over one eye. I was still in correspondence with Magnani and tried to collect as much evidence as possible which might help him elucidate the mystery, but in vain. In the thorny jungle of guilty impulses which constitute the human psyche who can find a way -- even when the subject wishes to co-operate? The time we wasted upon futile researches into her likes and dislikes! If Justine had been blessed with a sense of humour what fun she could have had with us. I remember a whole correspondence based upon the confession that she could not read the words "Washington D.C." on a letter without a pang of disgust! It is a matter of deep regret to me now that I wasted this time when I should have been loving her as she deserved. Some of these doubts must also have afflicted old Magnani for I recall him writing: "and my dear boy we must never forget that this infant science we are working at, which seems so full of miracles and promises, is at best founded on much that is as shaky as astrology. After all, these important NAMES we give to things! Nymphomania may be considered another form of virginity if you wish; and as for Justine, she may never have been in love. Perhaps one day she will meet a

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man before whom all these tiresome chimeras will fade into innocence again. You must not rule this thought out". He was not, of course, trying to hurt me -- for this was a thought I did not care to admit to myself. But it penetrated me when I read it in this wise old man's 5 letter.' ***** I had not read these pages of Arnauti before the afternoon at Bourg

10 El Arab when the future of our relationship was compromised by the

Puede ser que un día encuentre a un hombre frente al cual todas esas aburridas quimeras se disuelvan en inocencia. No crea que esto es imposible.' No trataba de herirme, claro está. La idea de que ese fuera su propósito me resultaba desagradable, pero no dejó de impresionarme cuando leía la carta del viejo sabio.»

introduction of a new element -- I do not dare to use the word love, for fear of hearing that harsh sweet laugh in my imagination: a laugh which would somewhere be echoed by the diarist. Indeed so fascinating did I find his analysis of his subject, and so closely did 15 our relationship echo the relationship he had enjoyed with Justine that at times I too felt like some paper character out of MOEURS. Moreover, here I am, attempting to do the same sort of thing with her in words -- though I lack his ability and have no pretensions to being an artist. I want to put things down simply and crudely, without style 20 -- the plaster and whitewash; for the portrait of Justine should be rough-cast, with the honest stonework of the predicament showing through. After the episode of the beach we did not meet for some small

25 time, both of us infected by a vertiginous uncertainty -- or at least

Yo ignoraba esas páginas de Arnauti aquella tarde en Bourg El Arab en que nuestras relaciones futuras se vieron comprometidas por la aparición de un nuevo elemento, de algo que no me atrevo a llamar amor por miedo de escuchar en mi recuerdo aquella risa dulce y cruel, aquella risa que en alguna parte despertaría como un eco la del autor del diario. Pero tan fascinante me resultó su análisis del tema, y tanto se parecían nuestras relaciones a las que él había mantenido con Justine, que por momentos llegué a considerarme como uno de los personajes de Moeurs. Lo que es más, ahora estoy tratando de hacer lo mismo con ella por medio de las palabras, aunque me falta su talento y no tengo pretensiones artísticas. Quiero exponer los hechos, sencilla y crudamente, sin ningún estilo, sin yeso ni jalbegue; grabar directamente el retrato de Justine en el muro, dejando como fondo, sin cubrir, las piedras de la angustia. Después del episodio en la playa no nos vimos durante algún tiempo, atenaceados ambos por una incertidumbre vertiginosa: al menos ése era mi sentimiento. Nessim se había ido a El Cairo por cuestiones de negocios, pero aunque todo me hacía suponer que Justine estaba sola en su casa, no me decidía a visitar el estudio. Una vez que pasaba por allí, escuché sonar el Bluthner y estuve a punto de llamar, tan nítida se me aparecía su imagen delante del piano negro. Otra noche, al pasar frente al jardín, vi a alguien --tenía que ser ella-- paseando al borde del estanque de los nenúfares y protegiendo la llama de una vela con la palma de la mano. Por un momento me detuve ante las grandes puertas, preguntándome indeciso si debía llamar o no. En esta época Melissa también se había marchado al Alto Egipto a visitar a una amiga. El verano crecía, la ciudad se volvía irrespirable. Yo iba a bañarme al mar cuando mi trabajo me lo permitía; tomaba el pequeño tranvía de hojalata y me mezclaba con la muchedumbre en las playas. Y un día en que yo estaba en cama sufriendo los efectos de una insolación, Justine entró con vestido y zapatos blancos, llevando bajo el brazo una toalla arrollada junto con su bolso. El esplendor de su pelo negro y su piel morena era aún más. deslumbrante en medio de esa blancura. Habló con voz ronca e insegura, y por un momento pensé que había estado bebiendo; quizá fuese cierto. Tendió una mano y se apoyó en la repisa de la chimenea. --Q u i e r o a c a b a r c o n e s t o l o a n t e s p o s i b l e -- d i j o -- . C r e o q u e h e m o s i d o d e m a s i a d o l e j o s p a r a r e t r o c e d e r. Por mi parte, me sentía como devorado por una espantosa falta de deseos, una voluptuosa angustia del cuerpo y del espíritu que me impedían hablar y aun pensar. Me resultaba imposible imaginarme haciendo el amor con ella, porque la trama emocional que habíamos tejido alrededor de nosotros nos separaba como una barrera: una invisible tela de araña hecha de fidelidades, ideas, vacilaciones que yo no tenía el coraje de arrancar. Cuando Justine dio un paso hacia mí, le dije débilmente. --Esta cama es horrible y huele mal. Además he estado bebiendo. Quise hacer el amor solo, pero no pude... no hacía más que pensar en ti. Sentí que me ponía pálido mientras me dejaba caer otra vez sobre la almohada, consciente del silencio que reinaba en el pequeño departamento, sólo interrumpido por un grifo que goteaba en un rincón. La bocina de un taxi sonó a lo lejos, y desde el puerto, como el rugido ahogado de un m i n o t a u r o , l l e g ó e l llamado breve y negro de una sirena. Ahora parecía como si estuviéramos absolutamente solos los dos. La habitación pertenecía por completo a Melissa: el mísero tocador lleno de fotos y de cajas de polvos vacías, la graciosa cortina que palpitaba

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I was. Nessim was called away to Cairo on business but though Justine was, as far as I knew, at home alone, I could not bring myself to visit the studio. Once as I passed I heard the Blüthner and was tempted to ring the bell -- so sharply defined was the 30 image of her at the black piano. Then once passing the garden at night I saw someone -- it must have been she -- walking by the lily-pond, shading a candle in the palm of one hand. I stood for a moment uncertainly before the great doors wondering whether to ring or not. Melissa at this time also had taken the occasion to 35 visit a friend in Upper Egypt. Summer was growing apace, a n d the town was sweltering. I bathed as often as my work permitted, travelling to the crowded beaches in the little tin tram.

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Then one day while I was lying in bed with a temperature brought on by an overdose of the sun Justine walked into the dank calm of the little flat, dressed in a white frock and shoes, and carrying a rolled towel under one arm with her handbag. The magnificence of her dark skin and hair glowed out of all this whiteness with an arresting quickness. When she spoke her voice was harsh and unsteady, and it sounded for a moment as if she had been drinking -- perhaps she had. She put one hand out and leaned upon the mantelshelf as she said: `I want to put an end to all this as soon as possible. I feel as if we've gone too far to go back.' As for me I was consumed by a terrible sort of desirelessness, a luxurious anguish of body and mind which prevented me from saying anything, thinking anything. I could not visualize the act of love with her, for somehow the emotional web we had woven about each other stood between us; an invisible cobweb of loyalties, ideas, hesitations which I had not the courage to brush aside. As she took a step forward I said feebly: `This bed is so awful and smelly. I have been drinking. I tried to make love to myself but it was no good -- I kept thinking about you,' I felt myself turning pale as I lay silent upon my pillows, all at once conscious of the silence of the little flat which was torn in one corner by the dripping of a leaky tap. A taxi brayed once in the distance, and from the harbour, like the stifled roar of a minotaur, came a single dark whiff of sound from a siren. Now it seemed we were completely alone together. The whole room belonged to Melissa -- the pitiful dressingtable full of empty powder-boxes and photos: the graceful curtain breathing

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softly in that breathless afternoon air like the sail of a ship. How often had we not lain in one another's arms watching the slow intake and recoil of that transparent piece of bright linen? Across all this, the image of someone dearly loved, held in the magnification of a gigantic tear moved the brown harsh body of Justine naked. It would have been blind of me not to notice how deeply her resolution was mixed with sadness. We lay eye to eye for a long time, our bodies touching, hardly communicating more than the animal lassitude of that vanishing afternoon. I could not help thinking then as I held her tightly in the crook of an arm how little we own our bodies. I thought of the words of Arnauti when he says: `It dawned on me then that in some fearful way this girl had shorn me of all my FORCE MORALE. I felt as if I had had my head shaved.' But the French, I thought, with their endless gravitation between BONHEUR and CHAGRIN must inevitably suffer when they come up against something which does not admit of PRÉJUGÉS; born for tactics and virtuosity, not for staying-power, they lack the little touch of crassness which armours the Anglo-Saxon mind. And I thought: `Good. Let her lead me where she will. She will find me a match for her. And there'll be no talk of CHAGRIN at the end.' Then I thought of Nessim, who was watching us (though I did not know) as if through the wrong end of an enormous telescope: seeing our small figures away on the skyline of his own hopes and plans. I was anxious that he should not be hurt.

suavemente en ese atardecer sofocante, como la vela de un barco. Cuántas veces habíamos reposado el uno en brazos del otro, observando la lenta respiración de esa tela transparente y brillante... A través de todo eso, como a través de la imagen de alguien muy querido que se sostiene en el lente de aumento de una lágrima gigantesca, vi avanzar el moreno y rígido cuerpo desnudo de Justine. Hubiera tenido que estar ciego para no comprender hasta qué punto había en su resolución una mezcla de tristeza. Nos quedamos largo rato mirándonos cara a cara; nuestros cuerpos se tocaban, sin comunicarse otra cosa que la lasitud animal de aquel atardecer moribundo. Mientras la sostenía livianamente en el hueco del brazo, no pude dejar de pensar en lo poco que nos pertenecen nuestros cuerpos. Recordé las palabras de Arnauti: «Empecé a darme cuenta de que esa mujer me había privado horriblemente de mi force morale. Me sentía como si me hubieran rapado.» Pero los franceses, con su interminable ir y venir del bonheur al chagrin, deben sufrir sin remedio cada vez que tropiezan con algo que no admite el menor prejugé; nacidos para la táctica y el virtuosismo, carecen de fuerza y de ese ligero toque de grosería que acoraza la mentalidad de los anglosajones. Pensé: «Muy bien, que me lleve adonde quiera. Se va a encontrar con su igual. Y ninguno de los dos hablará de chagrin cuando todo haya terminado.» Después pensé en Nessim, que nos observaba (aunque yo no lo sabía) como a través de un enorme telescopio al revés, mirando nuestras minúsculas figuras perfiladas en el horizonte de sus propios planes y esperanzas. Yo deseaba sobre todo que no sufriera. Justine había cerrado los ojos, tan suaves y brillantes como si los puliera el espeso silencio que nos rodeaba. Sus dedos temblorosos se habían aquietado y descansaban en mi hombro. Nos volvimos el uno contra el otro, cerrándonos como las dos hojas de una puerta sobre el pasado, dejando a todo el mundo afuera, y sentí que sus, besos, felices y espontáneos, empezaban a componer la oscuridad a nuestro alrededor, como capas sucesivas de color. Cuando hubimos hecho el amor y nos despertamos, oí que me decía: --S o y s i e m p r e t a n t o r p e l a p r i m e r a v e z . . . ¿ P o r q u é será? --Los nervios, tal vez. A mí me pasa lo mismo. --Me tienes un poco de miedo. Enderezándome sobre un codo, como si acabara de despertarme, le dije: --Justine, ¿qué demonios vamos a hacer de todo esto? Si ha de ser... La acometió una crisis de espanto y tapándome la boca con la mano, exclamó: --¡Por el amor de Dios, nada de justificaciones! Si nos justificamos sabré que estábamos equivocados. Comprendes, nada puede justificarlo, nada. Y sin embargo tiene que ser así. Se levantó, se acercó al tocador cubierto de fotografías y cajas de polvos, y de un solo manotón, como un zarpazo de leopardo, arrojó todo al suelo. --Esto es lo que hago con Nessim, y tú con Melissa. Sería innoble pretender o intentar otra cosa. Su proceder coincidía con la tradición que Arnauti había mostrado y hecho prever; no dije nada. Volvió entonces a mí y empezó a besarme con una desesperación tan hambrienta que mis hombros quemados por el sol se estremecieron de dolor, y los ojos se me llenaron de lágrimas. --¡Ah, estás llorando! --dijo, tristemente--. Ojalá yo pudiera llorar. He olvidado cómo se hace. Mientras la tenía en mis brazos, sintiendo el calor y la suavidad de su cuerpo, saboreando la sal marina --los lóbulos de sus orejas tenían gusto a sal--, recuerdo que pensé: «Cada beso la aproxima a Nessim, pero me aparta de Melissa.» Y sin embargo, cosa extraña, yo no sentía ningún abatimiento o angustia, y ella por su parte, supongo, debía de estar pensando algo parecido, porque me dijo bruscamente: --Balthazar afirma que los traidores auténticos, como tú o yo, son en realidad Caballi. Dice que estamos muertos, y que esta vida nuestra es una especie de limbo. A pesar de eso, los vivos no pueden prescindir de nosotros,

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But she had closed her eyes -- so soft and lustrous now, as if polished by the silence which lay so densely all around us. Her trembling fingers had become steady and at ease upon my shoulder. We turned to each other, closing like the two leaves 30 of a door upon the past, shutting out everything, and I felt her happy spontaneous kisses begin to compose the darkness around us like successive washes of a colour. When we had made love and lay once more awake she said: `I am always so bad the first time, why is it?'

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`Nerves perhaps. So am I.' `You are a little afraid of me.' Then rising on an elbow as if I had suddenly woken up I said: `But Justine, what on earth are we going to make of all this? If this is to be --' But she became absolutely terrified now and put her hand over my m o u t h , s a y i n g : ` F o r G o d 's s a k e , n o j u s t i f i c a t i o n s ! T h e n 45 I s h a l l k n o w w e a r e w r o n g ! F o r n o t h i n g c a n j u s t i f y i t , nothing. And yet it has got to be like this.' And getting out of bed she walked over to the dressing-table with its row of photos and powder-boxes and with a single b l o w l i k e t h a t o f a l e o p a r d 's p a w s w e p t i t c l e a n . ` T H AT ' 50 s h e s a i d ` i s w h a t I a m d o i n g t o N e s s i m a n d y o u t o Melissa! It would be ignoble to try and pretend otherwise.' This was more in the tradition that Arnauti had led me to expect and I said nothing. She turned now and started kissing me with such a hungry agony that 55 m y b u r n t s h o u l d e r s b e g a n t o t h r o b u n t i l t e a r s c a m e i n t o m y e y e s . ` A h ! ' s h e s a i d s o f t l y a n d s a d l y. ` Yo u a r e c r y i n g . I wish I could. I have lost the knack.'

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I remember thinking to myself as I held her, tasting the warmth

60 and sweetness of her body, salt from the sea -- her earlobes tasted of

salt -- I remember thinking: `Every kiss will take her near Nessim, but separate me further from Melissa.' But strangely enough I experienced no sense of despondency or anguish; and for her part she must have been thinking along the same lines for she suddenly said: ` B a l t h a z a r 65 s a y s t h a t t h e n a t u r a l t r a i t o r s -- l i k e y o u a n d I -- a r e r e a l l y Caballi. He says we are dead and live this life as a sort of l i m b o . Ye t t h e l i v i n g c a n 't d o w i t h o u t u s . We i n f e c t t h e m

Durrell's Justine

tr. de Aurora Bernárdez

w i t h a d e s i r e t o e x p e r i e n c e m o r e , t o g r o w.' I tried to tell myself how stupid all this was -- a banal story of an adultery which was among the cheapest commonplaces of 5 the city: and how it did not deserve romantic or literary trappings. And yet somewhere else, at a deeper level, I seemed to recognize that the experience upon which I had embarked would have the deathless finality of a lesson learned. `You are too serious' I said, with a certain resentment, for I was vain 10 and did not like the sensation of being carried out of my depth. Justine turned her great eyes on me. `Oh no!' she said softly, as if to herself `It would be silly to spread so much harm as I have done and not to realize that it is my role. Only in this way, by knowing what I am doing, can I ever outgrow myself. It isn't 15 easy to be me. I SO MUCH want to be responsible for myself. Please never doubt that.' We s l e p t , a n d I w a s o n l y w o k e n b y t h e d r y c l i c k o f H a m i d 's k e y t u r n i n g i n t h e l o c k a n d b y h i s u s u a l e v e n i n g performance. For a pious man, whose little prayer mat lay r o l l e d a n d r e a d y t o h a n d o n t h e k i t c h e n b a l c o n y, h e w a s extraordinarily superstitious. He was as Pombal said, `djinn-ridden', and there seemed to be a djinn in every corner of the flat. How tired I had become of hearing his muttered `DESTOOR, DESTOOR', as he poured slops down the kitchen sink -- for here dwelt a powerful djinn and its pardon had to be invoked. The bathroom too was haunted by them, and I could always tell when Hamid used the outside lavatory (which he had been forbidden to do) because whenever he sat on the water-closet a hoarse i n v o l u n t a r y i n v o c a t i o n e s c a p e d h i s l i p s (`Permission O ye blessed ones!') which neutralized the djinn which might otherwise have dragged him down into the sewage system. Now I heard him shuffling round the kitchen in his old felt slippers like a boaconstrictor muttering softly.

les infundimos el deseo de intentar experiencias nuevas, de crecer. Yo trataba de convencerme de la perfecta estupidez de todo eso, una vulgar historia de adulterio que se sumaba a los lugares comunes más insignificantes de la ciudad, y que no merecía el menor aditamento romántico o literario. Y sin embargo, en un plano más profundo, me parecía comprender que la experiencia en la que acababa de embarcarme tendría el carácter definitivo de una lección bien aprendida. --Eres demasiado seria --le dije con algún resentimiento, porque era vanidoso y no me gustaba que me arrancaran de mis profundidades. --¡Oh, no! --repuso Justine, como si hablara consigo misma--. Sería estúpido haber hecho todo el mal que yo he hecho, y no darme cuenta de que ese es mi papel. Sólo así, sabiendo muy bien lo que hago, puedo llegar a realizarme plenamente. No es fácil ser lo que soy. Deseo tanto ser responsable de mí misma. Por favor, no lo pongas jamás en duda. Nos dormimos, hasta que me despertó el ruido seco de la llave girando en la cerradura; era Hamid, que empezaba su habitual representación vespertina. A pesar de ser un hombre muy piadoso -- su pequeño tapiz de oraciones estaba arrollado, al alcance de la mano, en el balcón de la cocina--, Hamid era extraordinariamente supersticioso. Como decía Pombal, lo «acosaban los djins», y parecía como si hubiera un djin en cada rincón del departamento. Había llegado a hartarme su continuo mascullar: «Destur, destur», mientras vertía el agua sucia en el sumidero de la cocina; en ese sumidero moraba un poderoso djin, cuyo perdón había que solicitar cada vez. También vivían en el baño, y yo siempre sabía cuando Hamid utilizaba el retrete exterior (cosa que le habíamos prohibido), pues tan pronto se sentaba en el inodoro, una ronca invocación escapaba involuntariamente de sus labios («¡Permiso, oh benditos!»), sin lo cual el djin que allí habitaba lo hubiese arrebatado consigo a las cloacas. Ahora lo escuchaba andar en la cocina, arrastrando sus viejas babuchas de fieltro con un roce de boa constrictor, y murmurando en voz muy baja. Desperté a Justine de su sueño inquieto y examiné sus ojos, su boca y su hermoso cabello con esa angustiada curiosidad que para mí ha sido siempre el elemento dominante en la sensualidad. --Tenemos que irnos --dije--. Pombal volverá del consulado de un momento a otro. Recuerdo la furtiva languidez con que nos vestimos y, silenciosos como cómplices, bajamos a la calle por la sombría escalera. No nos atrevíamos a tomarnos del brazo, pero nuestras manos se encontraban sin querer mientras caminábamos, como si aún no hubiera roto el hechizo de la tarde y no pudieran soportar la separación. Nos despedimos sin decir palabra, en la plazoleta con sus árboles moribundos que el sol había abrasado hasta darles el color del café; nos despedimos mirándonos tan sólo, como si cada uno hubiese querido grabar para siempre su imagen en la memoria del otro. Me pareció como si la ciudad se hubiera derrumbado de golpe a su alrededor; anduve de un lado a otro sin rumbo, como me imagino que han de ambular los sobrevivientes de un terremoto que ha destruido su ciudad natal, y que recorren las calles estupefactos ante el cambio operado en algo que les era tan familiar. Tenía la curiosa impresión de estar sordo, y no recuerdo nada más hasta que mucho más tarde tropecé con Pursewarden y Pombal en un bar, y el primero recitó unos versos de «La Ciudad», el famoso poema del viejo bardo, que, aunque ya conocía, me impresionó por su nueva significación, como si hubiera sido nuevamente acuñado. Y cuando Pombal observó: «Esta noche estás en las nubes. ¿Qué te ocurre», tuve ganas de contestarle con las palabras de Amr moribundo: «Me siento como si el cielo estuviera pegado a la tierra, y yo entre los dos, respirando por el ojo de una aguja.»

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I woke Justine from a troubled doze and explored her mouth and eyes and fine hair with the anguished curiosity which for me has always been the largest part of sensuality. 40 `We must be going' I said. `Pombal will be coming back from the Consulate in a little while.' I recall the furtive languor with which we dressed and silent as accomplices made our way down the gloomy staircase into the 45 street. We did not dare to link arms, but our hands kept meeting involuntarily as we walked, as if they had not shaken off the spell of the afternoon and could not bear to be separated. We parted speechlessly too, in the little square with its dying trees burnt to the colour of coffee by the sun; parted with only one look -- as if 50 we wished to take up emplacements in each other's mind forever. It was as if the whole city had crashed about my ears; I walked about in it aimlessly as survivors must walk about the streets of their native city after an earthquake, amazed to find 55 how much that had been familiar was changed. I felt in some curious way deafened and remember nothing more except that much later I ran into Pursewarden and Pombal in a bar, and that the former recited some lines from the old poet's famous `The City' which struck me with a new force -- as if the poetry had 60 been newly minted: though I knew them well. And when Pombal said: `You are abstracted this evening. What is the matter?' I felt like answering him in the words of the dying Amr:* `I feel as if heaven lay close upon the earth and I between them both, breathing through the eye of a needle.'

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PART II To have written so much and to have said nothing about

10 Balthazar is indeed an omission -- for in a sense he is one of the

II Haber escrito tanto sin decir nada de Balthazar es seguramente una omisión, porque en cierto sentido el es una de las Claves de la ciudad. La Clave. Si, en aquellos días lo tome tal como era, pero mis recuerdos me dicen ahora que necesita una nueva evaluación. Por entonces había muchas cosas que yo no comprendía y que aprendí mas tarde. Recuerdo sobre todo aquellas interminables veladas en el café Al Aktar, las partidas de chaquete mientras el fumaba su Lakadif favorito en una larga pipa. Si Mnemjian representa los archivos de la ciudad, Balthazar es su daimon platónico, el mediador entre sus dioses y sus hombres. Se muy bien que todo esto parece traído por los cabellos. Veo a un hombre alto, con un sombrero negro de alas estrechas. Pombal lo apodaba «el chivo botánico». Es muy delgado, tiene las espaldas un poco agobiadas, y su voz profunda y áspera es muy hermosa, sobre todo cuando declama o cita alguna frase. Cuando habla con alguien, jamás mira a la cara, rasgo que he advertido en muchos homosexuales. Pero en el eso no significa inversión, tendencia que no sólo no lo avergüenza sino que lo deja indiferente; sus ojos amarillos de chivo son los de un hipnotizador. No mira a su interlocutor para evitarle una mirada implacable que lo dejaría desconcertado durante el resto de la velada. Uno se pregunta cómo es posible que ese cuerpo pueda tener unas manos tan monstruosamente feas. Yo no podía verlas sin sentir el deseo de cortárselas y tirarlas al mar. Bajo cl mentón le brota una pequeña mata negra, como las que se ven a veces en las pezuñas de las estatuas de Pan. Muchas veces, en las largas caminatas que hacíamos por las orillas del triste canal de aguas aterciopeladas y corrompidas, me pregunté con asombro cuál era el rasgo que me atraía en él. Esto ocurría antes de conocer la Cábala. Aunque gran lector, la conversación de Balthazar no está cargada de elementos librescos, como la de Pursewarden. Ama la poesía, las parábolas, la ciencia y la sofistica , p e r o s u p e n s a m i e n t o e s t á R e n o d e s e n s a tez y liviandad. Y sin embargo, por debajo de la liviandad hay otra cosa, una resonancia que ahonda su p e n s a m i e n to. Le gusta expresarse mediante aforismos, y eso lo convierte a veces en un oráculo menor. Ahora comprendo que era una de esas raras personas que han encontrado una filosofía personal y dedican su existencia a la tarea de vivirla. Creo que está característica es la que da tanta mordacidad a su conversación. Como médico, pasa gran parte de su tiempo en el dispensario de enfermedades venéreas. (Cierta vez dijo secamente: «Vivo en el centro de la vida de la ciudad... su sistema genitourinario; no hay mejo-- sitio para sosegarse.»). Es asimismo el único hombre que conozco cuya pederastia no influye de alguna manera en la virilidad innata de su espíritu. No es ni un puritano ni lo contrario. Muchas veces me ocurrió entrar en su cuartito de la calle Lepsius --el cuartito con la silla de caña que cruje--, y encontrarlo durmiendo con un marinero. En esas ocasiones no se excusaba, ni aludía siquiera a su compañero. A veces, mientras se estaba vistiendo, se inclinaba sobre la cama y arropaba cariñosamente al hombre dormido. Esa naturalidad se me antojaba un cumplido. Hay en él una extraña mezcla. En ocasiones he oído cómo le temblaba la voz cuando se refería a algún aspecto de la Cábala que trataba de explicar a los asistentes a la reunión. Pero cierta vez que yo aludí con entusiasmo a algunas observaciones suyas,

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keys to the City. The key: Yes, I took him very much as he was in those days and now in my memory I feel that he is in need of a new evaluation. There was much that I did not understand then, much that I have since learned. I remember chiefly those 15 interminable evenings spent at the Café A l Aktar. playing backgammon while he smoked his favourite Lakadif in a pipe with a long stem. If Mnemjian is the archives of the City, Balthazar is its Platonic DAIMON -- the mediator between its Gods and its men. It sounds far-fetched, I know.

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I see a tall man in a black hat with a narrow brim. Pombal christened him `the botanical goat'. He is thin, stoops slightly, and has a deep croaking voice of great beauty, particularly when he quotes or recites. In speaking to you he never looks at you 25 directly -- a trait which I have noticed in many homosexuals. But in him this does not signify inversion, of which he is not only not ashamed, but to which he is actually indifferent; his yellow goateyes are those of a hypnotist. In not looking at you he is sparing you from a regard so pitiless that it would discountenance you for 30 an evening. It is a mystery how he can have, suspended from his trunk, hands of such monstrous ugliness. I would long since have cut them off and thrown them into the sea. Under his chin he has one dark spur of hair growing, such as one sometimes sees upon the hoof of a sculptured Pan.

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Several times in the course of those long walks we took together, beside the sad velvet broth of the canal, I found myself wondering what was the quality in him which arrested me. This was before I knew anything about the Cabal. Though he reads 40 widely Balthazar's conversation is not heavily loaded with the kind of material that might make one think him bookish: like Pursewarden. He loves poetry, parable, science and sophistry -- but there is a lightness of touch and a judgement behind his thinking. Yet underneath the lightness there is something else -- a resonance 45 which gives his thinking density. His vein is aphoristic, and it sometimes gives him the touch of a minor oracle. I see now that he was one of those rare people who had found a philosophy for himself and whose life was occupied in trying to live it. I think this is the unanalysed quality which gives his talk cutting-edge.

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As a doctor he spends much of his working-time in the government clinic for venereal disease. (He once said dryly: `I live at the centre of the city's life -- its genito-urinary system: it is a sobering sort of place.') Then, too, he is the only man whose 55 paederasty is somehow no qualification of his innate masculinity of mind. He is neither a puritan nor its opposite. Often I have entered his little room in the Rue Lepsius -- the one with the creaking cane chair -- and found him asleep in bed with a sailor. He has neither excused himself at such a time nor even alluded to 60 his bedfellow. While dressing he will sometimes turn and tenderly tuck the sheet round his partner 's sleeping form. I take this naturalness as a compliment. He is a strange mixture; at times I have heard his voice tremble

65 with emotion as he alludes to some aspect of the Cabal which he

has been trying to make comprehensible to the study-group. Yet once when I spoke enthusiastically of some remarks he had made

Durrell's Justine

tr. de Aurora Bernárdez

he sighed and said, with that perfect Alexandrian scepticism which somehow underlay an unquestionable belief in and devotion to the Gnosis: `We are all hunting for rational reasons for believing in the absurd.' At another time after a long and tiresome argument 5 with Justine about heredity and environment he said: `Ah! my dear, after all the work of the philosophers on his soul and the doctors on his body, what can we say we really know about man? That he is, when all is said and done, just a passage for liquids and solids, a pipe of flesh.'

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suspiró y me dijo, con ese perfecto escepticismo alejandrino que había debajo de su innegable fe y su devoción a la Gnosis: --Todos buscamos motivos racionales para creer en el absurdo. Otra vez, al cabo de una larga y fatigosa discusión con Justine acerca de la herencia y el ambiente, exclamó: --Ah, querida mía! Después de todo lo que han investigado los filósofos y los médicos sobre el alma y el cuerpo, qué podemos afirmar del hombre? Que en resumidas cuentas no es mas que un pasaje para líquidos y sólidos, un tubo de carne. Había sido condiscípulo y amigo intimo del viejo poeta, y hablaba de él con tanta penetración y tanto fervor, que sus palabras me conmovían siempre. --Pienso a veces que aprendí mas de él que de toda la filosofía. De haber sido un hombre religioso, su exquisito equilibrio entre la ternura y la ironía lo hubiera llevado a figurar entre los santos. Por elección divina no era mas que un poeta, muchas veces desdichado, pero frente a él se tenia la impresión de que apresaba cada minuto en su transcurso, y lo volvía del revés para mostrar su lado mejor. Gastaba en vivir lo mas profundo de su ser. Muchos hombres mienten y dejan que la vida pase por ellos como los chorros de agua tibia de una lavativa. A la proposición cartesiana: «Pienso, luego soy», oponía una proposición personal, que podría enunciarse así: «Imagino, luego estoy en la realidad, y soy libre.» De si mismo, Balthazar dijo una vez _________: --Soy judío, con todo el Interés sanguinario de mi raza por las facultades del raciocinio. Eso explica muchas de las debilidades de mi pensamiento, que estoy tratando de compensar con el resto de mi persona, principalmente a través de la Cábala.

He had been a fellow-student and close friend of the old poet, and of him he spoke with such warmth and penetration that what he had to say always moved me. `I sometimes think that I learned more from studying him than I did from studying philosophy. His 15 exquisite balance of irony and tenderness would have put him among the saints had he been a religious man. He was by divine choice only a poet and often unhappy but with him one had the feeling that he was catching every minute as it flew and turning it upside down to expose its happy side. He was really using himself 20 up, his inner self, in living. Most people lie and let life play upon them like the tepid discharges of a douche-bag. To the Cartesian proposition: "I think, therefore I am", he opposed his own, which must have gone something like this: "I imagine, therefore I belong and am free".'

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Of himself Balthazar once said wryly: `I am a Jew, with all the Jew's bloodthirsty interest in the ratiocinative faculty. It is the clue to many of the weaknesses in my thinking, and which I am learning to balance up with the rest 30 of me -- through the Cabal chiefly.' ***** I remember meeting him, too, one bleak winter evening,

35 w a l k i n g a l o n g t h e r a i n - s w e p t C o r n i c h e , d o d g i n g t h e s u d d e n

gushes of salt water from the conduits which lined it. Under the black hat a skull ringing with Smyrna, and the Sporades w h e r e h i s c h i l d h o o d l a y. U n d e r t h e b l a c k h a t t o o t h e haunting illumination of a truth which he afterwards tried 40 t o c o n v e y t o m e i n a n E n g l i s h n o t t h e l e s s f a u l t l e s s f o r h a v i n g b e e n l e a r n e d . We h a d m e t b e f o r e , i t i s t r u e , b u t glancingly: and would have perhaps passed each other with a nod had not his agitation made him stop me and take my a r m . `Ah! you can help me!' he cried, taking me by the arm. 45 `Please help me.' His pale face with its gleaming goat-eyes lowered itself towards mine in the approaching dusk. The first blank lamps had begun to stiffen the damp paper background of Alexandria. The sea-wall with its lines of cafés swallowed in the spray glowed with a smudged and trembling phosphorescence. The wind blew dead south. Mareotis crouched among the reeds, stiff as a crouching sphinx. He was looking, he said, for the key to his watch -- the beautiful gold pocket-watch which had been made in Munich. I thought afterwards that behind the urgency of his expression he masked the symbolic meaning that this watch had for him: signifying the unbound time which flowed through his body and mine, marked off for so many years now by this historic timepiece. Munich, Zagreb, the Carpathians. ... The watch had belonged to his father. A tall Jew, dressed in furs, riding in a sledge. He had crossed into Poland lying in his mother's arms, knowing only that the jewels she wore in that snowlit landscape were icy cold to the touch. The watch had ticked softly against his father's body as well as his own -- like time fermenting in them. It was wound by a small key in the shape of an ANKH which he kept attached to a strip of black ribbon on his key-ring. ` To d a y i s S a t u r d a y ' h e s a i d h o a r s e l y ` i n Alexandria.' He spoke as if a different sort of time

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También recuerdo haberlo encontrado en un triste anochecer invernal, andando por la Corniche barrida por la lluvia y saltando para evitar los chorros de agua salada que brotaban de las bocas de tormenta. Bajo el sombrero negro, un cráneo en el que resonaban Esmirna y las Espóradas, donde había transcurrido su infancia. También bajo el sombrero negro, la iluminación obsesiva de una verdad que más tarde procuró transmitirme por medio de un inglés tanto más irreprochable cuanto que había sido aprendido. Nos habíamos encontrado ya con anterioridad, pero sólo de paso, y probablemente nos hubiéramos cruzado con una mera inclinación de cabeza, de no estar él tan agitado que me detuvo y me tomó del brazo. --¡Ah, usted puede ayudarme! --exclamó--. ¡Por favor, ayúdeme! En la noche que se avecinaba, su pálido rostro se inclinó sobre el mío, y vi brillar sus ojos de macho cabrío. Las primeras lámparas, húmedas y mortecinas, habían empezado a endurecer el empapado telón de fondo de Alejandría. De la avenida costanera, con sus cafés semiocultos por la bruma marina, venía una borrosa y titilante fosforescencia. El viento soplaba violentamente hacia el sur. Rígido como una esfinge, el lago Mareotis estaba acurrucado entre sus juncos. Balthazar me dijo que buscaba la llave de su reloj, de su hermoso reloj de oro fabricado en Munich. Después pensé que ese apremio ocultaba el significado simbólico que ese reloj tenía para Balthazar: el tiempo libre que fluía a través de su cuerpo y el mío, delimitado durante tantos años por ese reloj histórico. Munich, Zagreb, los Cárpatos... El reloj había pertenecido a su padre. Un judío de alta estatura, envuelto en pieles, que viajaba en trineo: Balthazar había entrado en Polonia en brazos de su madre, y su única experiencia del mundo era el contacto helado de las joyas que ella llevaba en ese paisaje de nieve. El reloj bahía latido suavemente contra el cuerpo de su padre, y después contra su cuerpo, como un tiempo que fermentara en ellos. Se le daba cuerda con una llavecita en forma de ankh, atada a su llavero con una cinta negra. --Hoy es sábado --dijo roncamente--, hoy es sábado en Alejandría. Hab l a b a c o m o s i a l l í h u b i e r a u n t i e m p o d i f e r e n t e , y no estaba equivocado.

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obtained here, and he was not wrong. `If I don't find the key it will stop.' In the last gleams of the wet dusk he tenderly drew the watch from its silk-lined waistcoat pocket. `I have until Monday evening. It will stop.' 5 Wi t h o u t t h e k e y i t w a s u s e l e s s t o o p e n t h e d e l i c a t e golden leaf and expose the palpitating viscera of time itself stirring. `I have been over the ground three times. I must have dropped it between the café and the hospital.' I would gladly have helped him, but night was 10 f a l l i n g f a s t ; a n d a f t e r w e h a d w a l k e d a s h o r t d i s t a n c e examining the interstices of the stones we were forced to give up the search. `Surely' I said `you can have a n o t h e r k e y c u t f o r i t ? ' H e a n s w e r e d i m p a t i e n t l y ; ` Ye s . Of course. But you don't understand. It belonged to this 15 w a t c h . I t w a s p a r t o f i t . ' We w e n t , I r e m e m b e r, t o a c a f é o n t h e s e a - f r o n t a n d s a t d e s p o n d e n t l y b e f o r e a b l a c k c o ff e e w h i l e h e c r o a k e d on about this historic watch. It was during this conversation that he said: `I think you know Justine. She has spoken to me warmly of you. She will bring you to the Cabal.' `What is that?' I a s k e d . ` We s t u d y t h e C a b b a l a ' h e s a i d a l m o s t s h y l y ; ` w e a r e a s o r t o f s m all lodge. She said you k n e w s o m e t h i n g a b o u t i t a n d w o u l d b e i n t e r e s t e d . ' This a s t o n i s h e d m e f o r I h a d n e v e r, a s f a r a s I k n e w, m e n t i o n e d to Justine any line of study which I was pursuing -- in b e t w e e n l o n g b o u t s o f l e t h a rg y a n d s e l f - d i s g u s t . A n d a s f a r as I knew the little suitcase containing the Hermetica and other books of the kind had always been kept under my bed l o c k e d . I s a i d n o t h i n g h o w e v e r. H e s p o k e n o w o f N e s s i m , saying: `Of all of us he is the most happy in a way because he has no preconceived idea of what he wants in return for his love. And to love in such an unpremeditated way is s o m e t h i n g t h a t m o s t p e o p l e h a v e t o r e - l e a r n a f t e r f i f t y. Children have it. So has he. I am serious.' `Did you know the writer Arnauti?'

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--Si no encuentro la llave, se detendrá. Bajo las últimas luces del crepúsculo húmedo, extrajo tiernamente el reloj del bolsillo forrado de seda de su chaleco. --Tengo tiempo hasta el lunes por la noche. Después se detendrá. Sin la llave, era inútil abrir la fina tapa de oro y exponer al aire las vísceras palpitantes del tiempo en movimiento. --He ido y venido tres veces, buscándola. Debo de haberla perdido entre el café y el hospital. Me hubiera gustado ayudarlo, pero caía la noche, y después de andar un trecho escudriñando entre los intersticios de las piedras tuvimos que renunciar a la búsqueda. --Supongo que puede mandar hacer otra llave --dije. --Por supuesto --me contestó con impaciencia--. Pero usted no comprende. La llave pertenecía a este reloj. Era parte de él. Recuerdo que fuimos a un café de la avenida costanera y nos sentamos desanimados a beber café mientras él graznaba a propósito del histórico reloj. En el curso de esa misma conversación me dijo: --Creo que usted conoce a Justine. Me ha hablado con gran simpatía de usted. Lo llevará a las reuniones de la Cábala. --¿Qué es eso? --pregunté. --Estudiamos la Cábala --repuso, casi con timidez--. Somos una pequeña logia. Justine me dijo que usted sabía a l g o d e e s a s c o s a s , y q u e l e i n t e r e s a r í a v e n i r. Me quedé estupefacto, porque no recordaba en lo más mínimo haber mencionado a Justine los estudios que hacía entre los largos períodos de letargo y repugnancia hacia mí mismo. Y estaba seguro de que el maletín donde guardaba la Hermética y otros libros parecidos, había estado siempre bajo mi cama y cerrado con llave. No obstante, no dije nada. Balthazar hablaba ahora de Nessim. --De todos nosotros es en cierto modo el más feliz, porque no tiene una idea preconcebida de lo que quiere a cambio de su amor. Y amar de una manera tan impremeditada es algo que mucha gente tiene que aprender de nuevo después de los cincuenta años. Los niños aman así, y Nessim es como ellos. Lo digo en serio --¿Conoció usted a Arnauti, el escritor? --Sí, el autor de Moeurs. --Hábleme de él. --Se introdujo en nuestro medio, pero no vio la ciudad espiritual que yace bajo la temporal. Bien dotado, muy sensible, pero tan francés... Cuando conoció a Justine era ella demasiado joven como para que no lo lastimara. Pura mala suerte. Si hubiera dado con otra algo mayor --todas nuestras mujeres son Justines, sabe usted, en estilos diferentes--, hubiera podido... no diré escribir mejor, porque su libro está bien escrito, sino encontrar en él una especie de realización que lo hubiera convertido en una obra de arte más auténtica. Se detuvo, y aspiró largamente el humo de su pipa antes de agregar sin prisa: --En su libro Arnauti eludió una serie de cosas referentes a Justine que él sabía ciertas, pero que dejó de lado por razones puramente artísticas, como por ejemplo el episodio de su hija. Supongo que le pareció demasiado melodramático. --¿Una hija? --Justine tenía una hija. No sé quién era el padre. Un día la raptaron, y desapareció. Tendría unos seis años. Usted sabe que estas cosas ocurren con frecuencia en Egipto. Más tarde Justine oyó que alguien la había visto o reconocido, y empezó una búsqueda frenética en los barrios árabes de cada ciudad, en las casas de mala fama, pues es sabido lo que ocurre con los niños huérfanos en este país. Arnauti jamás men43

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`Yes. The author of MOEURS.' `Tell me about him.' `He intruded on us, but he did not see the spiritual city

45 underlying the temporal one. Gifted, sensitive, but very French.

He found Justine too young to be more than hurt by her. It was ill luck. Had he found another a little older -- all our women are Justines, you know, in different styles -- he might have -- I will not say written better, for his book is well written: but he might 50 have found in it a sort of resolution which would have made it more truly a work of art.' He p a u s e d a n d t o o k a l o n g p u l l a t h i s p i p e b e f o r e a d d i n g s l o w l y : ` You see in his book he avoided 55 dealing with a number of things which he knew to be true of Justine, but which he ignored for purely artistic purposes -- like the incident of her child. I suppose he thought it smacked of melodrama.'

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`What child was this?'

`Justine had a child, by whom I do not know. It was kidnapped and disappeared one day. About six years old. A girl. These things do happen quite frequently in Egypt as you know. Later she heard 65 that it had been seen or recognized and began a frantic hunt for it through the Arab quarter of every town, through every house of ill-fame, since you know what happens to parentless children in

Durrell's Justine

tr. de Aurora Bernárdez

Egypt. Arnauti never mentioned this, though he often helped her follow up clues, and he must have seen how much this loss contributed to her unhappiness.'

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cionó el episodio, aunque la ayudó en la búsqueda de la niña y no ignoraba hasta qué punto esa pérdida había contribuido a la infelicidad de Justine. --¿De quién estuvo enamorada antes de Arnauti? --No me acuerdo. Usted sabe que muchos de los amantes de Justine siguen siendo sus amigos, pero con más frecuencia puede afirmarse que sus mejores amigos no fueron jamás sus amantes. La ciudad está siempre pronta a murmurar. Pero yo pensaba en un pasaje de Moeurs donde Justine acude a encontrarse con Arnauti en compañía de un hombre que es su amante. Dice: «Delante de mí abrazó con tanta ternura a ese hombre, su amante, besándolo en la boca y los ojos, en las mejillas, hasta en las manos, que quedé perplejo. Y después, con un estremecimiento, se me ocurrió que era a mí a quien ella besaba realmente en su imaginación.» Balthazar añadió con calma: --Gracias a Dios he tenido la suerte de que el amor no me interesara demasiado. Por lo menos los invertidos escapan a esa horrible lucha en que el uno se entrega al otro. Cuando un hombre se acuesta con otro hombre, saborea una experiencia y puede conservar en libertad esa parcela del espíritu que se consagra a Platón, a la jardinería o al cálculo diferencial. En nuestros días el sexo ha abandonado el cuerpo para invadir la imaginación; si Arnauti sufrió tanto con Justine fue precisamente porque ella se precipitaba ávida sobre todo aquello que él hubiera deseado mantener aparte, su condición de artista si usted quiere. Al fin de cuentas es una especie de Antonio en pequeña escala, y ella una Cleopatra. Todo eso ya está en Shakespeare. Además, en lo que concierne a Alejandría, comprenderá usted por qué es la ciudad del incesto; quiero decir que aquí se fundó el culto de Serapis. Sí, esa separación del corazón y los riñones en el acto del amor nos lleva a volvernos hacia nuestra propia hermana. El amante se mira, como Narciso, en el espejo de su familia; no se puede escapar a esa penosa situación. Nada de todo esto me resultaba muy claro, pero vagamente sentía una especie de correspondencia entre las asociaciones de Balthazar; y sin duda mucho de lo que decía, si bien no explicaba a Justine, formaba un marco en torno al retrato de esa sombría y vehemente criatura en cuyo diario, escrito con su letra directa y enérgica, había leído por primera vez la cita de Laforgue: Je n'ai pas une jeune fille qui saurait me goüter. Ah! oui, une garde--malade! Une garde--malade pour l'amour de l'art, ne donnant ses baisers qu'á des mourants, des gens in extremis... A continuación de estas líneas, ella había agregado: «Citado a menudo por A., y descubierto por casualidad en Laforgue.» --¿Ya no está enamorado de Melissa? --me dijo de golpe Balthazar--. No la conozco más que de vista. Perdóneme. Lo he herido. En esa época yo empezaba a darme cuenta de lo mucho que sufría Melissa. Pero jamás brotaba de sus labios una palabra de reproche, jamás mencionaba siquiera a Justine. Su tez se había vuelto opaca, mortecina; hasta su carne... Paradójicamente, aunque en ese momento no podía hacer el amor con ella sin esforzarme, me sentía al mismo tiempo más enamorado que nunca. Me atenaceaban sentimientos encontrados, un complejo de frustración que jamás había experimentado antes; a veces me ponía furioso con ella. Justine, que padecía la misma confusión que yo entre sus ideas y sus intenciones, reaccionaba de manera muy diferente cuando decía: --Me pregunto quién inventó el corazón humano. Dímelo, y muéstrame el lugar donde lo ahorcaron.

`Who did Justine love before Arnauti?'

`I cannot remember. You know many of Justine's lovers remained her friends; but more often I think you could say that her truest friends were never lovers. The town is always ready to 10 gossip.' But I was thinking of a passage in MOEURS where Justine comes to meet him with a man who is her lover. Arnauti writes: `She embraced this man, her lover, so warmly in front of me, 15 kissing him on the mouth and eyes, his cheeks, even his hands, that I was puzzled. Then it shot through me with a thrill that it was really ME she was kissing in her imagination.' Balthazar said quietly: `Thank God I have been spared an

20 undue interest in love. At least the invert escapes this fearful

struggle to give oneself to another. Lying with one's own kind, enjoying an experience, one can still keep free the part of one's mind which dwells in Plato, or gardening, or the differential calculus. Sex has left the body and entered the imagination 25 n o w ; t h a t i s w h y A r n a u t i s u f f e r e d s o m u c h w i t h J u s t i n e , because she preyed upon all that he might have kept separate -- his artist-hood if you like. He is when all is said and done a sort of minor Antony, and she a Cleo. You can read all about it in Shakespeare. And then, as far as Alexandria is conc e r n e d , 30 y o u c a n u n d e r s t a n d w h y t h i s i s r e a l l y a c i t y o f i n c e s t -- I mean that here the cult of Serapis was founded. For this etiolation of the heart and reins in love-making must make one turn inwards upon one's sister. The lover mirrors himself like Narcissus in his own family: there is no exit from the predicament.'

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All this was not very comprehensible to me, yet vaguely I felt a sort of correspondence between the associations he employed; and certainly much of what he said seemed to -- not explain, but to offer a frame to the picture of Justine -- the dark, vehement 40 creature in whose direct and energetic handwriting I had first read this quotation from Laforgue: `Je n'ai pas une jeune fille qui saurait me goûter. Ah! oui, une garde-malade! Une garde-malade pour l'amour de l'art, ne donnant ses baisers qu'à des mourants, des gens IN EXTREMIS....' Under this she wrote: `Often quoted by A 45 and at last discovered by accident in Laforgue.' `Have you fallen out of love with Melissa?' said Balthazar suddenly. `I do not know her. I have only seen her. Forgive me. I have hurt you.'

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It was at this time that I was becoming aware of how much Melissa was suffering. But not a word of reproach ever escaped her lips, nor did she ever speak of Justine. But she had taken on a lacklustre, unloved colour -- her very flesh; and paradoxically 55 enough though I could hardly make love to her without an effort, yet I felt myself at this time to be more deeply in love with her than ever. I was gnawed by a confusion of feelings and a sense of frustration which I had never experienced before; it made me sometimes angry with her.

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It was so different from Justine, who was experiencing much the same confusion as myself between her ideas and her intentions, when she said: `Who invented the human heart, I wonder? Tell me, and then show me the place where he was hanged.'

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Of the Cabal itself, what is there to be said? Alexandria is a town of sects and gospels. And for every ascetic she has always thrown up one religious libertine -- Carpocrates, Anthony -- who was prepared to founder in the senses as deeply and truly as any 5 desert father in the mind. `You speak slightingly of syncretism' said Balthazar once, `but you must understand that to work here at all -- and I am speaking now as a religious maniac not a philosopher -- one must try to reconcile two extremes of habit and behaviour which are not due to the intellectual disposition of 10 the inhabitants, but to their soil, air, landscape. I mean extreme sensuality and intellectual asceticism. Historians always present syncretism as something which grew out of a mixture of warring intellectual principles; that hardly states the problem. It is not even a question of mixed races and tongues. It is the national peculiarity 15 of the Alexandrians to seek a reconciliation between the two deepest psychological traits of which they are conscious. That is why we are hysterics and extremists. That is why we are the incomparable lovers we are.' This is not the place to try and write what I know of the Cabbala, even if I were disposed to try and define `The unpredicated ground of that Gnosis'; no aspiring hermetic could -- for these fragments of revelation have their roots in the Mysteries. It is not that they are not to be revealed. They are raw 25 experiences which only initiates can share.

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¿Qué se puede decir de la Cábala misma'? Alejandría es una ciudad de sectas y evangelios, y por cada asceta ha producido siempre un libertino religioso --Carpócrates, Antonio--, dispuesto a sumirse en lo sensual con tanta hondura y verdad como cualquiera de los padres del desierto en lo espiritual. --Usted parece menospreciar el sincretismo --me dijo una vez Balthazar--, pero debería comprender que para trabajar aquí con provecho (hablo ahora como maniático de la religión, no como filósofo), hay que tratar de reconciliar dos polos opuestos en materia de costumbres y conducta, que no se deben a las tendencias intelectuales de los habitantes sino al suelo, al aire, al paisaje en que viven: me refiero a la sensualidad y al ascetismo intelectual. Los historiadores presentan siempre el sincretismo como resultante de una mezcla de principios intelectuales hostiles, pero el problema no es ése. No se trata siquiera de una cuestión de mezcla de razas y lenguas. La característica nacional de los alejandrinos consiste en que buscan la reconciliación de los dos rasgos psicológicos más profundos de que tienen conciencia. Por eso somos histéricos y extremistas. Y por eso somos amantes incomparables. No trataré aquí de decir lo que sé de la Cábala, y no lo haría aunque sintiera el deseo de definir «el fundamento tácito de esa Gnosis»; ningún aspirante a la ciencia hermética lo haría, porque esos fragmentos de revelación tienen sus raíces en los Misterios. No es que no se los pueda revelar, sino que son experiencias en bruto, que sólo los iniciados pueden compartir. Me había dedicado a esas cuestiones en París, en la seguridad de que podrían ofrecerme un camino que me condujera a una comprensión más profunda de mí mismo, de una personalidad que parecía tan sólo un enorme amontonamiento de deseos e impulsos desorganizados e informes. Consideraba que esos estudios podrían ser útiles a mi yo interior, aunque un escepticismo innato me hubiera mantenido siempre al margen de las fatigas de cualquier confesión religiosa. Durante casi un año había estudiado con un sufí, Mustafá, sentado noche a noche en la destartalada terraza de madera de su casa, escuchando su suave voz como una tela de araña. También había bebido sorbetes con un sabio musulmán de Turquía. Por eso pude acompañar con cierta sensación de familiaridad a Justine; mientras recorríamos el laberinto de callejas que coronan el fuerte de Kom El Dick, yo trataba distraídamente de imaginar cuál habría sido su aspecto ,,dando había allí un parque consagrado a Pan, en la suave loma morena en forma de piña. La estrechez de las calles creaba un sentimiento de intimidad, aunque sólo estaban flanqueadas por tugurios piojosos y pequeños cafés nocturnos alumbrados con temblorosas bujías de junco. Una extraña sensación de reposo envolvía aquel mínimo rincón de la ciudad, dándole una cierta atmósfera de aldea del delta. Más abajo, en la amorfa meidan pardo--violeta que se extendía paralela a la estación de ferrocarril, grupos de árabes borrosos en el anochecer se reunían en torno a los que practicaban esgrima de bastón; sus gritos se ahogaban en la oscuridad creciente. Hacia el sur brillaba apenas la escudilla empañada del lago Mareotis. Justine caminaba con su rapidez habitual, silenciosa e impaciente por mi tendencia a quedarme atrás para espiar a través de las puertas o asistir a esas escenas de la vida doméstica que, iluminadas como teatros de juguete, parecían llenarse de una profunda significación dramática. La Cábala se reunía esa vez en lo que parecía ser la cabaña de madera de un guardián, construida contra el flanco de un talud de tierra roja, muy próximo a la Columna de Pompeyo. Presumo que la sensibilidad enfermiza de la policía egipcia en materia de reuniones políticas dictaba la elección de semejante lugar de encuentro. Había que atravesar las desiertas trincheras y los parapetos abandonados por los arqueólogos, y seguir un sendero fangoso más allá de la puerta de piedra; luego, doblando bruscamente en ángulo recto, se penetraba en el grosero cobertizo, una de cuyas paredes estaba formada por el muro de tierra del talud. El piso era de barro apisonado, y dos lámparas de petróleo iluminaban el interior; había sillas de paja. Los asistentes eran unas veinte personas procedentes de diversas

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I have dabbled in these matters before in Paris, conscious that in them I might find a pathway which could lead me to a deeper understanding of myself -- the self which seemed to be only a huge, disorganized and shapeless society of lusts and impulses. I regarded this whole field of study as productive for my inner man, though a native and inborn scepticism kept me free from the toils of any denominational religion. For almost a year I had studied under Mustapha, a Sufi, sitting on the rickety wooden terrace of his house every evening listening to him talk in that soft cobweb voice. I had drunk sherbet with a wise Turkish Moslem. So it was with a sense of familiarity that I walked beside Justine through the twisted warren of streets which crown the fort of Kom El Dick, trying with one half of my mind to visualize how it must have looked when it was a Park sacred to Pan, the whole brown soft hillock carved into a pinecone. Here the narrowness of the streets produced a sort of sense of intimacy, though they were lined only by verminous warrens and benighted little cafés lit by flickering rush-lamps. A strange sense of repose invested this little corner of the city giving it some of the atmosphere of a delta village. Below on the amorphous brown-violet MEIDAN by the railway station, forlorn in the fading dusk, little crowds of Arabs gathered about groups of sportsmen playing at single-stick, their shrill cries muffled in the fading dusk. Southward gleamed the tarnished platter of Mareotis. Justine walked with her customary swiftness, and in silence, impatient of my tendency to lag behind and peer into the doorways on those scenes of domestic life which (lighted like toy theatres) seemed filled with a tremendous dramatic significance.

The Cabal met at this time in what resembled a disused curator 's wooden hut, built against the red earth walls of an embankment, very near to Pompey's Pillar. I suppose the morbid sensitivity of the Egyptian police to political meetings dictated the choice of such a VENUE. One crossed the wilderness of 60 trenches and parapets thrown up by the archaeologist and followed a muddy path through the stone gate; then turning sharply at right angles one entered this large inelegant shack, one of whose walls was the earth side of an embankment and whose floor was of tamped earth. The interior was strongly lit by two petrol lamps 65 and furnished with chairs of wicker.

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The gathering consisted of about twenty people drawn from

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various parts of the city. I noticed with some surprise the lean bored figure of Capodistria in one corner. Nessim was there, of course, but there were very few representatives of the richer or more educated sections of the city. There was, for example, an elderly clock-maker I knew well by sight -- a graceful silver-haired man whose austere features had always seemed to me to demand a violin under them in order to set them off. A few nondescript elderly ladies. A chemist. Balthazar sat before them in a low chair with his ugly hands lying in his lap. I recognized him at once as if in an entirely new context as the habitué of the Café Al Aktar with whom I had once played backgammon. A fe w desultory minutes passed in gossip while the Cabal waited upon its later members; then the old clock-maker stood up and suggested that Balthazar should open proceedings, and my friend settled back in his chair, closed his eyes and in that harsh croaking voice which gradually gathered an extraordinary sweetness began to talk. He spoke, I remember, of the FONS SIGNATUS of the psyche and of its ability to perceive an inherent order in the universe which underlay the apparent formlessness and arbitrariness of phenomena. Disciplines of mind could enable people to penetrate behind the veil of reality and to discover harmonies in space and time which corresponded to the inner structure of their own psyches. But the study of the Cabbala was both a science and a religion. All this was of course familiar enough. But throughout Balthazar 's expositions extraordinary fragments of thought would emerge in the form of pregnant aphorisms which teased the mind long after one had left his presence. I remember him saying, for example, `None of the great religions has done more than exclude, throw out a long range of prohibitions. But prohibitions create the desire they are intended to cure. We of this Cabal say: INDULGE BUT REFINE. We are enlisting everything in order to make man's wholeness match the wholeness of the universe -- even pleasure, the destructive granulation of the mind in pleasure.'

regiones de la ciudad. Reparé con cierta sorpresa en la figura flaca y aburrida de Capodistria, metido en un rincón. Estaba allí Nessim, naturalmente, pero pocos eran los representantes de los sectores más ricos o educados de la ciudad. Se veía, por ejemplo, a un anciano fabricante de relojes, de esbelta figura y cabello canoso, cuyas facciones austeras me habían parecido reclamar siempre un violín bajo el mentón para ponerlas de relieve. Vi a unas cuantas señoras elegantes y anodinas. También había un farmacéutico. Balthazar estaba sentado frente a ellos en una silla baja, con sus horribles manos sobre los muslos. E n s e g u i d a s e m e a p a reció de una manera totalmente distinta a la del «habitué» del café A l A k t a r con quien una vez había jugado una partida de chaquete. Durante un rato se habló de cosas insignificantes, mientras la Cábala esperaba a algunos de sus miembros; luego el viejo relojero se puso de pie y propuso que Balthazar abriera la sesión. Echándose hacia atrás en su silla, mi amigo cerró los ojos y, con su voz áspera y graznante que poco a poco se iba llenando de una dulzura extraordinaria, empezó a hablar. Me acuerdo que se refirió a la fons signatus de la psique y a su capacidad de aprehender un orden inherente al universo por debajo de lo informe y arbitrario de los fenómenos. Las disciplinas mentales podían fa c i l i t a r e l a c c e so más allá del velo de la realidad, y descubrir armonías en el espacio y el tiempo que correspondieran a la estructura íntima de la psiquis. A través de toda la exposición de Balthazar asomaban extraordinarios fulgores mentales, en forma de penetrantes aforismos que hostigaban el espíritu mucho después de haberse separ a d o de l m a e s t r o . R e c u e r d o , p o r e j e m p l o , h a b e r l e oído d e c i r : « L a s g r a n d e s r e l i g i o n e s n o h a c e n m á s q u e e s t a b l e c e r u n a l a rga lista de prohibiciones. Pero las prohibiciones crean el des e o q u e p r e t e nden curar. En nuestra Cábala decimos: Cede al deseo pero refinándolo. Todo lo acogemos a fin de que la plenitud del hombre pueda equipararse a la plenitud del universo; incluso el placer, la proliferación destructora del espíritu en el placer.» La Cábala estaba formada por un núcleo de iniciados (Balthazar hubiera pestañeado al oír la palabra, pero no encuentro otra para expresarme), y un grupo de discípulos al que pertenecían Nessim y Justine. Integraban el núcleo doce miembros diseminados por todo el Mediterráneo, Beirut, Jaffa, Túnez y otras ciudades. En cada ciudad había una pequeña academia donde los estudiantes aprendían a--utilizar ese extraño cálculo mental--emocional que la Cábala ha erigido en torno a la idea de Dios. Los miembros del núcleo se comunicaban continuamente por carta, empleando esa curiosa y antigua forma de escritura llamada bustrofedón, que se lee de derecha a izquierda y de izquierda a derecha en líneas alternadas. Las letras de su alfabeto eran ideogramas correspondientes a estados mentales o espirituales. No diré más. Aquella primera noche Justine se sentó entre nosotros, sus brazos ligeramente apoyados en los nuestros, escuchando con una humildad y concentración que me emocionaron. De cuan do en cuando, los ojos del orador se posaban por un instante en ella con una expresión de familiaridad afectuosa. ¿Sabía yo entonces --o lo descubrí más tarde-- que Balthazar era tal vez su único amigo, y con toda seguridad el único confidente que tenía en la ciudad? No me acuerdo. («Balthazar es el único hombre a quien puedo decírselo todo. Lo único que hace es reírse. Pero a veces me ayuda a borrar esa sensación de vacío que siento en todo lo que hago.») Él era el destinatario de aquellas largas cartas atormentadas que picaban la curiosidad de Arnauti. En su diario Justine cuenta cómo una noche de luna consiguieron entrar en el Museo, y pasaron una hora entre las estatuas, «ciegas como pesadillas», oyéndolo hablar. Dijo muchas cosas que la impresionaron, pero más tarde le resultó imposible recordarlas y anotarlas en el diario. No obstante recordaba que, con su voz serena y reflexiva, Balthazar había dicho algo acerca de «aquellos de nosotros condenados a someter sus cuerpos a los ogros», y la idea la tocó en lo más íntimo como si fuera una referen46

The constitution of the Cabal consisted of an inner circle of initiates (Balthazar would have winced at the word but I do not know how else to express it) and an outer circle of students to which Nessim and Justine belonged. The inner circle consisted of twelve members who were widely scattered over the Mediterranean 40 -- in Beirut, Jaffa, Tunis and so on. In each place there was a small academy of students who were learning to use the strange mental-emotional calculus which the Cabbala has erected about the idea of God. The members of the inner Cabal corresponded frequently with one another, using the curious old form of writing, 45 known as the BOUSTROPHEDON; that is to say a writing which is read from right to left and from left to right in alternate lines. But the letters used in their alphabet were ideograms for mental or spiritual states. I have said enough.

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On that first evening Justine sat there between us, her arms linked lightly in ours, listening with a humility and concentration that were touching. At times the speaker 's eye rested on her for a moment with a glance of affectionate familiarity. Did I know then -- or was it afterwards I discovered -- that Balthazar was perhaps 55 her only friend and certainly the only confidant she had in the city? I do not remember. (`Balthazar is the only man to whom I can tell everything. He only laughs. But somehow he helps me to dispel the hollowness I feel in everything I do.') And it was to Balthazar that she would always write those long self-tortured 60 letters which interested the curious mind of Arnauti. In the diaries she recorded how one moonlight night they gained access to the Museum and sat for an hour among the statues `sightless as nightmares' listening to him talk. He said many things which struck her then but later when she came to try and write them down they 65 had vanished. Yet she did remember him saying in a quiet reflective voice something about `those of us who are bound to submit our bodies to the ogres,' and the thought penetrated her marrow as a

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reference to the sort of life she was leading. As for Nessim, I remember him telling me that once, when he was in a great agony of mind about Justine, Balthazar remarked dryly to him: `OMNIS ARDENTIOR AMATOR PROPRIAE UXORIS ADULTER EST.' 5 Adding as he did so: `I speak now as a member of the Cabal, not as a private person. Passionate love even for a man's own wife is also adultery.' *****

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cia a la clase de vida que llevaba. Por su parte, Nessim me confió una vez las palabras que le había dirigido Balthazar al verlo horriblemente atormentado por causa de Justine: Omnis ardentior amator propriae uxoris adulter est. Y había agregado secamente: --Hablo ahora como miembro de la Cábala y no a título personal. El amor apasionado, aunque tenga por objeto a la propia mujer, es también adulterio.

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Alexandria Main Station: midnight. A deathly heavy dew. The noise of wheels cracking the slime-slithering pavements. Yellow pools of phosphorous light, and corridors of darkness like tears in the dull brick façade of a stage set. Policemen in the shadows. Standing against an insanitary brick wall to kiss her goodbye. She is going for a week, but in the panic, half-asleep I can see that she may never come back. The soft resolute kiss and the bright eyes fill me with emptiness. From the dark platform comes the crunch of rifle-butts and the clicking of Bengali. A detail of Indian troops on some routine transfer to Cairo. It is only as the train begins to move, and as the figure at the window, dark against the darkness, lets go of my hand, that I feel Melissa is really leaving; feel everything that is inexorably denied -- the long pull of the train into the silver light reminds me of the sudden long pull of the vertebrae of her white back turning in bed. `Melissa' I call out, but the giant sniffing of the engine blots out all sound. She begins to tilt, to curve and slide; and quick as a scene-shifter the station packs away advertisement after advertisement, stacking them in the darkness. I stand as if marooned on an iceberg. Beside me a tall Sikh shoulders the rifle he has stopped with a rose. Th e s h a d o w y f i g u r e i s s l i d i n g a w a y d o w n the steel rails into the darkness; a final lurch and the train pours away down a tunnel, as if turned to liquid. I walk about Moharrem-Bey that night, watching the moon cloud over, preyed upon by an inexpressible anxiety.

La Estación Central de Alejandría: medianoche. Un rocío letal y espeso. El rechinar de las ruedas en el pavimento resbaladizo y desigual. Charcos amarillos de luz fosforescente, y corredores tenebrosos como lágrimas en la lóbrega fachada de ladrillo de un decorado teatral. Policías en la sombra. De pie contra una pared maloliente, me despido de ella con un beso. Se va por una semana, pero medio dormido, lleno de pánico, se me ocurre que no volverá jamás. Su beso suave y resuelto, sus ojos brillantes, me llenan de vacío. En el oscuro andén se oyen golpes de culatas de fusil y el castañeteo del bengalí: un destacamento de tropas indias en tránsito a El Cairo. Cuando el tren arranca y la figura asomada a la ventanilla, negra sobre el fondo negro, abandona mi mano que apretaba la suya, comprendo que Melissa se marcha de verdad, comprendo todo aquello que nos es negado inexorablemente; el tren que se estira largamente en la luz plateada me recuerda el largo y repentino estirarse de las vértebras de su espalda blanca cuando se vuelve en la cama. Grito: «¡Melissa!», pero los monstruosos resoplidos de la locomotora tapan cualquier otro sonido. Se va inclinando, curvando, deslizando, rápida como un cambio de decorado, la estación baraja sus anuncios uno tras otro, amontonándolos en la oscuridad. Me quedo como un náufrago en u n iceberg. A mi lado, un Sikh se echa a la espalda el rifle en cuyo cañón hay una rosa. La sombría silueta resbala a lo largo de los rieles de acero, entra en las tinieblas; un último vaivén , y el tren resbala por el túnel como si fuera un líquido. M e p a s o l a n o c h e a n d a n d o p o r M o h a r r e m -- B e y, m i r a n d o la luna que se nubla, devorado por una ansiedad inexpresable. Detrás de las nubes, una luz intensa; a las cuatro de la madrugada, una fina llovizna deja caer sus agujas. En el jardín del consulado las poinsettias erguidas hacen brillar gotas de plata en sus estambres. Ningún pájaro canta al alba. Una brisa agita el cuello de las palmeras con un ruido seco y apagado. Maravillosa calma de la lluvia sobre el Mareotis. Las cinco de la mañana. Me paseo por su cuarto, estudiando los objetos inanimados con una intensa concentración. Cajas de polvos vacías. Depilatorios de Sardis. Olor de raso y cuero. La horrible premonición de un escándalo... Escribo estas frases en circunstancias muy diferentes, y muchos meses después de esa noche; estoy aquí, bajo este olivo, en el charco de luz que arroja una lámpara de petróleo. Escribo y vuelvo a escribir esa noche que se ha ubicado en el inmenso acopio de recuerdos de la ciudad. En alguna otra parte, en un gran estudio de cortinas leonadas, Justine copiaba en su diario los terribles aforismos de Heráclito. El cuaderno está ahora en mis manos. Leo en una página: «Cuesta mucho luchar contra el deseo del corazón; todo lo que quiere obtener, lo compra al precio del alma.» Y más abajo, en el margen: «Los caminantes nocturnos, Magos, Bakchoi, Lenai, y los iniciados...»

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Intense light behind cloud; by four o'clock a t h i n p u r e d r i z z l e l i k e n e e d l e s . The poinsettias in the 40 Consulate garden stark with silver drops standing on their stamens. No birds singing in the dawn. A light wind making the palm trees sway their necks with a faint dry formal clicking. The wonderful hushing of rain on Mareotis.

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Five o'clock. Walking about in her room, studying inanimate objects with intense concentration. The empty powder-boxes. The depilatories from Sardis. The smell of satin and leather. The horrible feeling of some great impending scandal....

I write these lines in very different circumstances and many months have elapsed since that night; here, under this olive-tree, in the pool of light thrown by an oil lamp, I write and relive that night which has taken its place in the enormous fund of the city's memories. Somewhere else, in a great study hung with tawny 55 curtains Justine was copying into her diary the terrible aphorisms of Herakleitos. The book lies beside me now. On one page she has written: `It is hard to fight with one's heart's desire; whatever it wishes to get, it purchases at the cost of soul.' And lower down in the margins: `Night-walkers, Magians, Bakchoi, Lenai and the 60 INITIATED....'

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***** Wa s i t a b o u t t h i s t i m e t h a t M n e m j i a n s t a r t l e d m e b y

65 breathing into my ear the words: `Cohen is dying, you know?'

The old furrier had drifted out of sight for some months past. M e l i s s a h a d h e a r d t h a t h e w a s i n h o s p i t a l s u ff e r i n g f r o m

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Me pregunto si fue en esa época cuando Mnemjian me susurró al oído, haciéndome sobresaltar: --Cohen se está muriendo, ¿sabe? El viejo peletero había desaparecido en los últimos meses. Melissa había oído

Durrell's Justine

tr. de Aurora Bernárdez

uraemia. B u t t h e o r b i t w e o n c e d e s c r i b e d a b o u t t h e girl had changed; the kaleidoscope had tilted once more and he had sunk out of sight like a vanished chip of c oloured glass. Now he was dying? I said nothing as I sat 5 exploring the memories of tho s e e a r l y d a y s -- t h e e n c o u n t e r s at street-corners and bars. In the long silence that ensued M n e m j i a n s c r a p e d m y h a i r l i n e c l e a n w i t h a r a z o r and began to spray my head with bay-rum. He gave a little sigh a n d s a i d : `He has been asking for your Melissa. All night, all day.'

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decir que estaba en el hospital, enfermo de uremia. Pero la órbita que alguna vez habíamos descrito en torno a ella había cambiado; una nueva sacudida del calidoscopio, y Cohen se había borrado como desaparece un pedacito de vidrio coloreado. Y ahora, ¿iba a morirse? Me quedé callado, mientras exploraba los recuerdos de aquellos primeros tiempos, los encuentros en las esquinas y los bares. En el silencio que siguió, Mnemjian me marcó la raya del pelo con ayuda de la navaja, y empezó a echarme bayrum en la cabeza. Suspirando levemente, dijo: --Ha estado clamando por su Melissa. Noche y día, todo el tiempo. --Se lo diré --repuse, y el hombrecito--archivo asintió con una musgosa mirada de complicidad. --¡Qué enfermedad tan horrible! --dijo en voz muy b a j a -- . H u e l e e s p a n t o s a m e n t e . Ti e n e n q u e r a s p a r l e l a l e n gua con una espátula... ¡Puf! Y se puso a vaporizar hacia lo alto, como si quisiera desinfectar la evocación, como si el mal olor hubiera invadido el salón. Melissa estaba tendida en el sofá; se había puesto un peinador y miraba hacia la pared. Creí que dormía, pero al sentirme llegar se volvió hacia mí y se enderezó. Le transmití las noticias de Mnemjian. --Ya lo sé --repuso--. Recibí un aviso del hospital, pero ¿qué puedo hacer? No puedo ir a verlo. No significa nada para mí, nunca ha significado nada. Se levantó, anduvo de un lado a otro por la pieza, y agregó con rabia, al borde de las lágrimas: --Tiene mujer e hijos. ¿Qué están haciendo? Me senté y evoqué una vez más el recuerdo de aquella foca domesticada que miraba tristemente un vaso de vino. Melissa debió de interpretar mi silencio como una crítica, porque se acercó y tomándome por los hombros me sacudió suavemente hasta arrancarme a mis pensamientos. --Pero, ¿y si se está muriendo? --dije. La pregunta se dirigía tanto a mí como a ella. Melissa estalló en sollozos y cayendo de rodillas puso su cabeza sobre mis rodillas. --¡Oh, es tan repugnante! ¡No me obligues a ir a verlo! --Por supuesto que no. --Pero si crees que debo ir, iré. No le respondí. En cierto modo Cohen ya estaba muerto y enterrado. Había perdido su lugar en nuestra historia, y parecía inútil conmoverse por él. La emoción nada tiene que ver con ese hombre cuyo viejo cuerpo se iba disolviendo en una sala enjalbegada de hospital. Para nosotros había pasado a ser un mero personaje histórico; y sin embargo estaba ahí, luchando obstinadamente por afirmar su identidad, procurando reingresar en nuestras vidas por otro punto de la circunferencia. ¿Qué podía darle ya Melissa? ¿Y qué podía negarle? --¿Quieres que vaya yo? --le pregunté. Acababa de ocurrírseme, fuera de toda razón, que la muerte de Cohen me permitiría estudiar mi propio amor y su muerte. Que alguien in extremis y que llama en su auxilio a una antigua amante, sólo pudiera obtener por respuesta una exclamación de repugnancia, me llenaba de terror. Era demasiado tarde para que el viejo despertara la compasión, o siquiera el interés de mi amante, sumergida ya en nuevos infortunios contra cuyo telón de fondo los más antiguos se habían ido borrando. Quizá, un poco más adelante, ¿qué pasaría si ella me reclamara, o yo a ella? ¿Nos alejaríamos el uno del otro con una exclamación de vacío y repugnancia? Comprendí en ese momento la verdad del amor: un absoluto que lo toma o lo pierde todo. Los sentimientos restantes, compasión, ternura, sólo existen en la periferia y pertenecen a las estructuras de la sociedad y la costumbre. Pero ella, la austera e implacable Afrodita, es pagana. No se apodera de nuestra mente o nuestros instintos, sino de nuestros huesos con su tuétano. Me aterró pensar que el viejo, en ese momento de su vida, había sido

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`I will tell her ' I said, and the little memory man nodded with a mossy conspiratorial look in his eyes. `What a horrible disease' he said under his breath, `he smells so. They scrape his tongue with a spatula. Pfui!' 15 A n d h e t u r n e d t h e s p r a y u p w a r d s t o w a r d s t h e r o o f a s if to disinfect the memory: as if the smell had invaded the shop. Melissa was lying on the sofa in her dressing-gown

20 w i t h h e r f a c e t u r n e d t o t h e w a l l . I t h o u g h t a t f i r s t s h e

was asleep, but as I came in she turned and sat up. I told h e r M n e m j i a n 's n e w s . ` I k n o w ' s h e s a i d . ` T h e y s e n t m e w o r d f r o m t h e h o s pi t a l . B u t w h a t c a n I d o ? I c a n n o t g o and see him. He is nothing to me, never was, never will 25 b e . ' T h e n g e t t i n g u p a n d w a l k i n g t h e l e n g t h o f t h e r o o m she added in a rage which hovered on the edge of tears. `He has a wife and children. What are they doing?' I sat down and once more confronted the memory of that tame seal staring sadly into a human wineglass. 30 M e l i s s a t o o k m y s i l e n c e f o r c r i t i c i s m I s u p p o s e f o r she came to me and shook me gently by the shoulders, rousing me from my thoughts. `But if he is dying?' I said. The q u e s tion was addressed as much to myself as to h e r. S h e c r i e d o u t s u d d e n l y a n d k n e e l i n g 35 d o w n p l a c e d h e r h e a d o n m y k n e e s . `Oh, it is so disgusting! Please do not make me go.' `Of course not.'

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`But if you think I should I will have to.'

I said nothing. Cohen was in a sense already dead and buried. He had lost his place in our history, and an expenditure of emotional energy on him seemed to me useless It had no relation 45 to the real man who lay among the migrating fragments of his old body in a whitewashed ward. For us he had become merely an historic figure. And yet here he was, obstinately trying to insist on his identity, trying to walk back into our lives at another point in the circumference. What could Melissa give him now? What 50 could she deny him? `Would you like me to go?' I said. The sudden irrational thought had come into my mind that here, in the death of Cohen, I could study my own love and its death. That someone IN 55 EXTREMIS, calling for help to an old lover, could only elicit a cry of disgust -- this terrified me. It was too late for the old man to awake compassion or even interest in my lover, who was already steeped in new misfortunes against the backcloth of which the old had faded, rotted. And in a little time perhaps, if she should 60 call on me or I on her? Would we turn from each other with a cry of emptiness and disgust? I realized then the truth about all love: that it is an absolute which takes all or forfeits all. The other feelings, compassion, tenderness and so on, exist only on the periphery and belong to the constructions of society and habit. 65 But she herself -- austere and merciless Aphrodite -- is a pagan. It is not our brains or instincts which she picks -- but our very bones. It terrified me to think that this old man, at such a point in

his life, had been unable to conjure up an instant's tenderness by the memory of anything he had said or done: tenderness from one who was at heart the most tender and gentle of mortals. To be forgotten in this way was to die the death of a dog `I shall go and see him for you' I said, though my heart quailed in disgust at the prospect; but Melissa had already fallen asleep with her dark head upon my knees. Whenever she was upset about anything she took refuge in the guileless world of sleep, slipping 10 into it as smoothly and easily as a deer or a child. I put my hands inside the faded kimono and gently rubbed her shallow ribs and flanks. She stirred half-awake and murmured something inaudible as she allowed me to lift her and carry her gently back to the sofa. I watched her sleeping for a long time.

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incapaz de suscitar un instante de ternura a través del recuerdo de todo lo que había podido decir o hacer; ternura de la más dulce y bondadosa de las mujeres. Ser olvidado así era morir como un perro. -- I r é a v e r l o d e t u p a r t e -- d i j e , a u n q u e m e e s t re m e c í a d e a s c o a n t e l a p e r s p e c t i v a . Pero Melissa se había quedado dormida con su morena cabeza sobre mis rodillas. Cada vez que algo la perturbaba, buscaba refugio en el mundo sin culpas del sueño, resbalando hacia él con la suavidad y la facilidad de un ciervo o un niño. Deslicé mis manos por debajo del desteñido quimono, acaricié suavemente su pecho, sus delgadas caderas. Se movió apenas, semidormida, murmurando palabras inaudibles, mientras yo la alzaba y la llevaba delicadamente hasta el diván. Me quedé largo rato mirándola dormir. Había anochecido, y la ciudad derivaba como un banco de algas hacia los cafés iluminados o los barrios de lo alto. Entré en el bar de Pastrudi y pedí un whisky doble, que bebí lenta y meditativamente. Después me fui al hospital en taxi. Seguí a la enfermera de turno por los largos y anodinos pasillos verdes, cuyas paredes pintadas al aceite exudaban humedad. Las lamparillas blancas y fosforescentes que puntuaban nuestro camino se regodeaban en la penumbra como gordas luciérnagas. L o h a b í a n i n s t a l a d o e n l a s a l i t a d e u n a s o l a c a m a c o n c o rtinas que, según supe luego por Mnemjian, se reservaba para l o s c a s o s d e s e s p e r a d o s . E n e l p r i m e r m o m e n t o n o m e v i o , p o rque observaba con un aire de cansada exasperación a la enfermera que le arreglaba las almohadas. Me asombró el pleno dominio de sí mismo, la pensativa reserva de ese rostro; había enflaquecido al punto de volverse casi irreconocible. La carne se había hundido, dejando al descubierto los pómulos, e x p o n i e n d o l a l a rg a n a r i z l i g e r a m e n t e a g u i l e ñ a h a s t a l a r a í z , l a s p r o f u n d a s f o s a s n a s a l e s . Todo ello daba a su boca y a su mandíbula la liviandad, la vivacidad que debía de haber tenido en su juventud. La fiebre le había trazado grandes ojeras, y una barba negra le sombreaba el cuello y la garganta, pero la parte descubierta del rostro era tan firme como la de un hombre de treinta años. La imagen que durante tanto tiempo había vivido en mi recuerdo --un puerco espín sudoroso, una foca domesticada-- se disolvió en un instante y fue reemplazada por este rostro nuevo, este hombre nuevo que parecía... uno de los animales del Apocalipsis. Me quedé más de un minuto observando estupefacto a ese personaje desconocido que aceptaba los cuidados de las enfermeras con un aire de fatiga y sopor soberanos. La enfermera de turno me dijo al oído: --Me alegro de que haya venido. Nadie quiere venir a verlo. A veces delira, pero después se despierta y pregunta por la gente. ¿Usted es de la familia? --Un socio --repuse. --Le hará bien ver una cara conocida. Me pregunté si me reconocería. De haber cambiado la mitad de lo que él había cambiado, le resultaría un perfecto desconocido. Ahora se había echado hacia atrás, respirando dificultosamente, y un silbido escapaba de su larga nariz de zorro que se destacaba contra el resto de la cara como el altivo mascaron de proa de un navío abandonado. Nuestros susurros lo habían perturbado, porque volvió hacia mí unos ojos vagos y sin embargo cristalinos y pensativos, que parecían los de un gran pájaro de presa. No me reconoció hasta que me acerqué a un costado de la cama. Entonces, de pronto sus ojos se llenaron de luz, de una extraña mezcla de humildad, orgullo herido y miedo inocente. Volvió el rostro hacia la pared. Solté entonces mi mensaje en una sola frase. Dije que Melisa estaba ausente y que le había telegrafiado para que volviese lo antes posible; entre tanto quería saber si podía ayudarlo en alguna forma. Sus hombros se estremecieron, y me

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It was already dark and the city was drifting like a bed of seaweed towards the lighted cafés of the upper town. I went to Pastroudi and ordered a double whisky which I drank slowly and thoughtfully. Then I took a taxi to the Hospital.

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I followed a duty-nurse down the long anonymous green corridors whose oil-painted walls exuded an atmosphere of damp. The white phosphorescent bulbs which punctuated our progress wallowed in the gloom like swollen glow-worms.

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They had put him in the little ward with the single curtained bed which was, as I afterwards learned from Mnemjian, reserved for critical cases whose expectation of life was short. He did not see me at first, for he was watching with an air of shocked exhaustion while a nurse disposed his pillows for him. I was amazed at the masterful, thoughtful reserve of the face which stared up from the mattress, for he had become so thin as almost to be unrecognizable. The flesh had sunk down upon his cheek-bones exposing the long slightly curved nose to its very roots and throwing into relief the carved nostrils. This gave the whole mouth and jaw a buoyancy, a spirit which must have characterized his face in earliest youth. His eyes looked bruised with fever and a dark stubble shaded his neck and throat, but under this the exposed lines of the face were as clean as those of the face of a man of thirty. The images of him which I had so long held in my memory -- a sweaty porcupine, a tame seal -- were immediately dissolved and replaced by this new face, this new man who looked like -- one of the beasts of the Apocalypse. I stood for a long minute in as tonishment watching an unknown personage accepting the ministration of the nurses with a dazed and regal exhaustion. The duty-nurse was whispering in my ear: `It is good you have come. Nobody will come and see him. He is delirious at times. Then he wakes and asks for people. You are a relation?' `A business associate' I said. `It will do him good to see a face he knows.' But would he recognize me, I wondered? If I had changed only

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55 half as much as he had we would be complete strangers to one

another. He was lying back now, the breath whistling harshly through that long vulpine nose which lay resting against his face like the proud figurehead of an abandoned ship. Our whispers had disturbed him, for he turned upon me a vague but nevertheless 60 pure and thoughtful eye which seemed to belong to some great bird of prey. Recognition did not come until I moved forward a few paces to the side of the bed. Then all at once his eyes were flooded with light -- a strange mixture of humility, hurt pride, and innocent fear. He turned his face to the wall. I blurted out the 65 whole of my message in one sentence. Melissa was away, I said, and I had telegraphed her to come as quickly as possible; meanwhile I had come to see if I could help him in any way. His

Durrell's Justine

tr. de Aurora Bernárdez

shoulders shook, and I thought that an involuntary groan was about to burst from his lips; but presently in its place came the mockery of a laugh, harsh, mindless and unmusical. As if directed at the dead carcass of a joke so rotten and threadbare that it could compel nothing 5 beyond this ghastly RICTUS gouged out in his taut cheeks. `I know she is here' he said, and one of his hands came running over the counterpane like a frightened rat to grope for mine. `Thank you for your kindness.' And with this he suddenly seemed to grow calm, though he kept his face turned away from me. `I wanted' he said slowly, as if he were collecting himself in order to give the phrase its exactest meaning, `I wanted to close my account honourably with her. I treated her badly, very badly. She did not notice, of course; she is too simple-minded, but good, such a good girl.' It sounded strange to hear the phrase `BONNE COPINE' on the lips of an Alexandrian, and moreover pronounced in the chipped t r a i l i n g s i n g - s o n g a c c e n t common to those educated here. Then he added, with considerable effort, and struggling against a formidable inner resistance. `I cheated her over her coat. It was really sealskin. Also the moths had been at it. I had it relined. Why should I do such a thing? When she was ill I would not pay for her to see the d o c t o r . S m a l l t h i n g s , b u t t h e y w e i g h h e a v y . ' Te a r s c r o w d e d up into his eyes and his throat tightened as if choked by the enormity of such thoughts. He swallowed harshly and said: `They were not really in my c h a r a c t e r. A s k any business man who knows me. Ask any one.'

pareció que un quejido involuntario iba a brotar de sus labios; en cambio soltó una carcajada burlona, ronca y discordante, en la que su inteligencia no participaba. Como si riera de una broma tan gastada, tan muerta y podrida que sólo podía arrancar ese horroroso rictus dibujado en las mejillas resecas. --Sé que está aquí --dijo; y una de sus manos se arrastró por el cobertor como una rata asustada, en busca de la mía --Gracias por su amabilidad. Sus palabras parecieron calmarlo bruscamente, aunque seguía sin volver el rostro hacia mí. --Quisiera --dijo despacio, como si se centrara para dar a sus palabras un significado preciso--, quisiera cancelar honorablemente mi deuda con ella. La traté mal, muy mal. No se daba cuenta, por supuesto; es demasiado simple, pero tan buena, es una compañera tan buena. Parecía raro oír la expresión «bonne copine» en labios de un alejandrino, pronunciada con ese acento cantarín y arrastrado propio de las gentes educadas de la ciudad. Con esfuerzo, luchando contra una terrible resistencia interior, agregó: --La engañé acerca de su abrigo. En realidad era de piel de foca. Las polillas lo habían estropeado. Le hice cambiar el forro. ¿Por qué procedí así? Cuando estaba enferma, no le daba dinero para que fuese a ver al médico. Bicocas, pero que pesan mucho. Se le llenaron los ojos de lágrimas, y su garganta se contrajo como si la enormidad de sus pensamientos lo sofocara. Tragó con dificultad y dijo: --No estaba en mi carácter hacer esas cosas. Pregúntele a cualquier comerciante que me conozca. A cualquiera. A partir de ese momento empezó la confusión; llevándome suavemente de la mano, me arrastró a la densa selva de sus ilusiones, caminando con paso tan seguro y reconociéndolas con una calma tan grande que me sentí a punto de compartirlas a su lado. Árboles desconocidos se cernían sobre él, rozándole la cara, mientras los guijarros saltaban bajo los neumáticos de una ambulancia negra llena de objetos metálicos y de otros cuerpos oscuros que hablaban una lengua del limbo, soltando gañidos repulsivos mezclados con admoniciones en árabe. El sufrimiento había empezado también a afectar su razón y a dejar en libertad sus fantasías. Los bordes del lecho, duros y blancos, se convertían en nichos de ladrillos coloreados, y la blanca hoja de temperatura era el rostro pálido de un botero. . Melissa y él derivaban, abrazados, por las aguas sanguinolentas y poco profundas del Mareotis, hacia las miserables chozas de barro situadas en el antiguo emplazamiento de Rhakotis. Repetía con tanta perfección sus diálogos, que si lo que decía mi amante era inaudible para mí, podía sin embargo oír su voz fresca, deducir sus preguntas de las respuestas que él le daba. Melissa estaba tratando desesperadamente de que Cohen se casara con ella, y él contemporizaba, deseoso de conservar la belleza de su persona y de no perder al mismo tiempo su propia independencia. Lo que más me interesaba era la extraordinaria fidelidad con que reproducía la larga conversación, que sin duda se había grabado en su memoria como una de las grandes experiencias de su vida. Entonces no sabía cuánto la amaba; a mí me había tocado darle esa lección. Y en cambio, ¿cómo podía ser que Melissa no me hubiera hablado jamás de matrimonio, no hubiera traicionado jamás las honduras de su debilidad y su cansancio, como lo había hecho con él? Me sentí profundamente herido. La idea de que ella le hubiera mostrado un aspecto de su persona que a mí me ocultaba, era una tortura para mi vanidad. Pero ahora la escena volvía a cambiar, y el enfermo entraba en una zona más lúcida. Era como si en la inmensa selva de la locura llegáramos a un calvero de sensatez, donde todas sus ilusiones poéticas se desvanecían. Habló de Melissa con afecto pero fríamente, como un marido o un rey. Ahora que su cuerpo se disolvía, era como si los fundamentos de su vida interior, tanto tiempo bloqueados por las falseda50

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But now confusion began to set in, and holding me gently by the hand he led me into the dense jungle of his illusions, walking among them with such surefootedness and acknowledging them so calmly that I almost found myself keeping company with them too. Unknown fronds of trees arched over him, brushing his face, 35 while cobbles punctuated the rubber wheels of some dark ambulance full of metal and other dark bodies, whose talk was of limbo -- a repulsive yelping streaked with Arabic objurgations. The pain, too, had begun to reach up at his reason and lift down fantasies. The hard white edges of the bed turned to boxes of 40 coloured bricks, the white temperature chart to a boatman's white face.

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They were drifting, Melissa and he, across the shallow bloodred water of Mareotis, in each other's arms, towards the rabble of mud-huts where once Rhakotis stood. He reproduced their conversations so perfectly that though my lover 's share was inaudible I could nevertheless hear her cool voice, could deduce her questions from the answers he gave her. She was desperately trying to persuade him to marry her and he was temporizing, unwilling to lose the beauty of her person and equally unwilling to commit himself. What interested me was the extraordinary fidelity with which he reproduced this whole conversation which obviously in his memory ranked as one of the great experiences of his life. He did not know then how much he loved her; it had remained for me to teach him the lesson. And conversely how was it that Melissa had never spoken to me of marriage, had never betrayed to me the depth of her weakness and exhaustion as she had to him? This was deeply wounding. My vanity was gnawed by the thought that she had shown him a side of her nature which she had kept hidden from me.

Now the scene changed again and he fell into a more lucid vein. It was as if in the vast jungle of unreason we came upon clearings of sanity where he was emptied of his poetic illusions. 65 Here he spoke of Melissa with feeling but coolly, like a husband or a king. It was as if now that the flesh was dying the whole funds of his inner self, so long dammed up behind the falsities of

a life wrongly lived, burst through the dykes and flooded the foreground of his consciousness. It was not only Melissa either, for he spoke of his wife -- and at times confused their names. There was also a third name, Rebecca, which he pronounced with 5 a deeper reserve, a more passionate sorrow than either of the others. I took this to be his little daughter, for it is the children who deliver the final COUP DE GRÂCE in all these terrible transactions of the heart. Sitting there at his side, feeling our pulses ticking in unison and listening to him as he talked of my lover with a new magistral calm I could not help but see how much there was in the man which Melissa might have found to love. By what strange chance had she missed the real person? For far from being an object of contempt 15 (as I had always taken him to be) he seemed to be now a dangerous rival whose powers I had been unaware of; and I was visited by a thought so ignoble that I am ashamed to write it down. I felt glad that Melissa had not come to see him die lest seeing him, as I saw him now, she might at a blow rediscover him. And by one of those 20 paradoxes in which love delights I found myself more jealous of him in his dying than I had ever been during his life. These were horrible thoughts for one who had been so long a patient and attentive student of love, but I recognized once more in them the austere mindless primitive face of Aphrodite.

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des de una existencia mal vivida, hicieran reventar los diques e inundaran el primer plano de su conciencia. No se trataba sólo de Melissa, porque también hablaba de su mujer, y a veces confundía los nombres. Había también un tercer nombre, Rebeca, que pronunciaba con una reserva más honda, una pena más apasionada que cuando nombraba a las otras dos. Me imaginé que se refería a su hijita, porque en esas atroces transacciones del corazón los niños se encargan siempre de descargar el coup de grace. Sentado junto a él, sintiendo latir nuestros pulsos al unísono y oyéndolo hablar de mi amante con una calma extraordinaria, no pude dejar de ver todo lo que Melissa hubiera podido llegar a querer en ese hombre. ¿Por qué extraño azar había estado ciega a lo más auténtico de él? Lejos de ser un objeto de irrisión (como siempre lo había supuesto), me daba ahora la impresión de un peligroso rival cuyas posibilidades se me habían escapado, y pensé algo tan innoble que me avergüenza escribirlo. Me alegré de que Melissa no hubiera venido, porque de haberlo visto como yo lo estaba viendo en ese momento, hubiera podido descubrirlo de pronto. Por una de esas paradojas en que se complace el amor, me sentí mucho más celoso de él a la hora de su muerte que durante su vida. Horribles pensamientos para alguien que había estudiado el amor con tanta atención y larga paciencia; pero una vez más reconocí en ellos el rostro austero, indiferente y primitivo de Afrodita. En cierto sentido percibía en la resonancia misma de su voz cuando pronunciaba el nombre de Melissa, que la madurez de Cohen me faltaba. Había superado su amor por ella sin dañarlo ni herirlo, permitiéndole madurar, como debería ocurrir con todo amor, hasta convertirse en una amistad voraz y despersonalizada. Lejos de temer la muerte y llamar a Melissa para que lo confortara, sólo quería ofrecerle, extrayéndolo del tesoro inagotable de la muerte, un postrer regalo. El magnífico abrigo de martas estaba sobre una silla al pie de la cama, envuelto en papel de seda. Me bastó mirarlo para comprender que no era la clase de obsequio que convenía a Melissa, pues sembraría la confusión y la vergüenza en su pobre y vulgar guardarropas. --Me he pasado la vida preocupado por cuestiones de dinero --dijo Cohen alegremente--. Pero cuando uno va a morir descubre de golpe que tiene fondos. Por primera vez en su existencia se sentía contento y liviano. Sólo la enfermedad estaba allí como un monitor paciente y cruel. De vez en cuando caía en un breve sopor agitado, y la oscuridad zumbaba en mis oídos agotados como un enjambre. Se hacía tarde, y sin embargo no me decidía a dejarlo solo. Una enfermera me trajo una taza de café, y hablamos en voz baja. Me hacía bien oírla hablar, pues para ella la enfermedad era simplemente una rutina que había llegado a dominar, y la contemplaba con la mirada de un profesional. Con su voz indiferente me dijo: --Abandonó a su mujer y a su hija por une femme quelconque. Y ahora ni su mujer ni su amante quieren verlo. ¡En fin! Se encogió de hombros. Esas enredadas fidelidades no despertaban su compasión, pues las consideraba una debilidad despreciable. --¿Por qué no viene su hija? ¿No ha preguntado por ella? Se limpió un diente con la uña del meñique, y respondió: --Sí. Pero no quiere que se asuste al verlo tan enfermo. Usted comprende, no es agradable para una niña. Tomando un pulverizador, echó al descuido un poco de desinfectante en el aire de la sala; volví a pensar en Mnemjian. --Ya es tarde --me dijo--. ¿Se va a quedar toda la noche? Me disponía a levantarme, pero el enfermo despertó en ese momento y volvió a tomar mi mano. --No se vaya --dijo con una voz quebrada pero lúcida, como si hubiera

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In a sense I recognized in him, in the very resonance of his voice when he spoke her name, a maturity which I lacked; for he had surmounted his love for her without damaging or hurting it, and allowed it to mature as all love should into a consuming and 30 depersonalized friendship. So far from fearing to die, and importuning her for comfort, he wished only to offer her, from the inexhaustible treasury of his dying, a last gift. The magnificent sable lay across a chair at the end

35 o f t h e b e d w r a p p e d i n t i s s u e p a p e r ; I c o u l d s e e a t a

glance that it was not the sort of gift for Melissa, for it would throw her scant and shabby wardrobe into confusion, outshining everything. `I was always worried about money' he said felicitously `while I 40 w a s a l i v e . B u t w h e n y o u a r e d y i n g y o u s u d d e n l y f i n d yourself in funds.' He was able for the first time in his life to be almost light-hearted. Only the sickness w a s t h e r e l i k e s o m e p a t i e n t a n d c r u e l m o n i t o r. He passed from time to time into a short confused sleep and the darkness hummed about my tired ears like a hive of bees'. It was getting late and yet I could not bring myself to leave him. A dutynurse brought me a cup of coffee and we talked in whispers. It was restful to hear her talk, for to her 50 illness was simply a profession which she had mastered and her attitude to it was that of a journeyman. In her cold voice she said: `He deserted his wife and child for UNE FEMME QUELCONQUE. Now neither the wife nor the woman who is h i s m i s t r e s s w a n t s t o s e e h i m . We l l ! ' S h e s h r u g g e d h e r 55 s h o u l d e r s . T h e s e t a n g l e d l o y a l t i e s e v o k e d n o f e e l i n g o f compassion in her, for she saw them simply as despicable weaknesses. `Why doesn't the child come? Has he not asked for her?' She picked a front tooth with the nail of her little finger and said: `Yes. But he does not want to frighten her by 60 letting her see him sick. It is, you understand, not pleasant for a child.' She picked up an atomizer and languidly squirted some disinfectant into the air above us, reminding me sharply of Mnemjian. `It is late' she added; `are you going to stay the night?'

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I was about to make a move, but the sleeper awoke and clutched at my hand once more. `Don't go' he said in a deep fragmented but sane voice, as if he had

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overheard the last few phrases of our conversation. `Stay a little while. There is something else I have been thinking over and which I must reveal to you.' Tu r n i n g t o t h e n u r s e h e s a i d q u i e t l y b u t d i s t i n c t l y, `Go!' She smoothed the bed and left us alone once more. He gave a great sigh which, if one had not been watching his face, might have seemed a sigh of plenitude, happiness. `In the cupboard' he said `you will find my clothes.' There were two dark suits hanging up, and under his direction I detached a waistcoat from one of them, in the pockets of which I burrowed until my fingers came upon two rings. `I had decided to offer to marry Melissa NOW if she wished. T h a t i s w h y I s e n t f o r h e r. A f t e r a l l w h a t u s e a m I ? My name?' He smiled vaguely at the ceiling. `And the r i n g s -- ' h e h e l d t h e m l i g h t l y, r e v e r e n t l y i n h i s f i n g e r s l i k e a c o m m u n i o n w a f e r. ` T h e s e a r e r i n g s s h e chose for herself long ago. So now she must have them. Perhaps....' He looked at me for a long moment with pained, searching eyes. `But no' he said, `you w i l l n o t m a r r y h e r. W h y s h o u l d y o u ? N e v e r m i n d . Ta k e t h e m f o r h e r, a n d t h e c o a t . ' I put the rings into the shallow breast-pocket of my coat and

escuchado las últimas frases de nuestra conversación--. Quédese un poco más. He estado pensando en otra cosa que quiero decirle. Volviéndose hacia la enfermera, le ordenó en voz baja pero muy clara: --Váyase. La enfermera alisó las cobijas y volvió a dejarnos solos. Cohen suspiró profundamente; de no haber estado mirando su rostro, hubiera podido pensar que era un suspiro de plenitud, de felicidad. --En el armario está mi ropa --dijo. Había dos trajes negros y, siguiendo sus instrucciones, retiré el chaleco de uno de ellos y exploré sus bolsillos hasta encontrar dos anillos. --Había decidido proponerle a Melissa que se casara conmigo ahora, si lo quería. Por eso la mandé llamar. Después de todo, ya no sirvo para nada. Mi nombre... Sonrió vagamente, mirando el cielo raso. --Y los anillos... Los alzó delicadamente, con veneración, sosteniéndolos entre los dedos como si fueran hostias. --Son los anillos que ella había elegido hace mucho. Le pertenecen, y quizá... Me miró largamente, con ojos inquisitivos y apenados. --No --dijo--, usted no se casará con ella. ¿Por qué habría de hacerlo? En fin, no tiene importancia. Llévele los anillos y el abrigo. Guardé los anillos en el bolsillo interior de mi chaqueta, sin decir palabra. Volvió a suspirar y después, para mi sorpresa, se puso a tararear con una voz de gnomo casi imperceptible una canción popular que en otros tiempos había hecho furor en Alejandría, y a cuyo compás Melissa bailaba todavía en el cabaret. --¡Escuche la música! --me dijo, y yo pensé de pronto en Antonio moribundo tal como lo evoca Cavafis en un poema que Cohen no había leído ni leería jamás. Desde el puerto llegó el mugido de las sirenas, como planetas dando a luz. Y una vez más oí la voz de gnomo cantando suavemente el estribillo que hablaba de chagrin y de bonheur, y no cantaba para Melissa sino para Rebeca. Qué diferencia con el magnífico coro desgarrador que había oído Antonio, la penetrante riqueza de las voces y los instrumentos de cuerda creciendo en la oscuridad de la calle... postrer legado de Alejandría a sus elegidos. Pensé que cada uno se marcha a los acordes de su propia música, y recordé con dolor y vergüenza los torpes movimientos de Melissa cuando bailaba. Cohen estaba ahora al borde del sueño, y me dije que era tiempo de dejarlo. Tomé el abrigo, lo guardé en el cajón superior del armario, y salí de puntillas después de llamar a la enfermera. --Es muy tarde --me dijo. --Volveré por la mañana --repuse. Tenía intención de hacerlo. Mientras regresaba despacio a casa por la oscura avenida arbolada, saboreando el aire salobre del puerto, me acordé de las palabras que había pronunciado Justine en la cama: «Nos servimos de los demás como si fueran hachas para talar a quienes realmente amamos.»

25 said nothing. He sighed once more and then to my surprise, in a

small gnome's tenor muffled almost to inaudibility sang a few bars of a popular song which had once been the rage of Alexandria, JAMAIS DE LA VIE, and to which Melissa still danced at the cabaret. `Listen to the music!' he said, and I thought suddenly of 30 the dying Antony in the poem of Cavafy -- a poem he had never read, would never read. Sirens whooped suddenly from the harbour like planets in pain. Then once more I heard this gnome singing softly of CHAGRIN and BONHEUR, and he was singing not to Melissa but to Rebecca. How different from the great heart35 sundering choir that Antony heard -- the rich poignance of strings and voices which in the dark street welled up -- Alexandria's last bequest to those who are her exemplars. Each man goes out to his own music, I thought, and remembered with shame and pain the clumsy movements that Melissa made when she danced.

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He had drifted now to the very borders of sleep and I judged that it was time to leave him. I took the coat and put it in the bottom drawer of the cupboard before tip-toeing out and summoning the duty-nurse. `It is very late' she said.

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`I will come in the morning' I said. I meant to. Walking slowly home through the dark avenue of trees, tasting the brackish harbour wind, I remembered Justine saying harshly 50 as she lay in bed: `We use each o t h e r l i k e a x e s t o c u t d o w n the ones we really love.' *****

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We h a v e b e e n t o l d s o o f t e n t h a t h i s t o r y i s indifferent, but we always take its parsimony or plenty as somehow planned; we never really listen.... Now on this tenebrous peninsula shaped like a plane-leaf,

Se nos ha repetido muchas veces que la historia es indiferente, pero siempre consideramos su parsimonia o su generosidad como resultado de un plan preconcebido; nunca prestamos oído de verdad... Ahora, en esta tenebrosa península en forma de hoja de plátano, como una mano de dedos separados donde la lluvia invernal crepita igual que la paja entre las rocas, envuelto en la vaina rígida del viento, camino a orillas del mar pisoteando esponjas que parecen quejarse, y busco el sentido de todo eso. Como poeta de la conciencia histórica, supongo que me corresponde considerar el paisaje como un campo que la voluntad del hombre ha domeñado y torturado hasta convertirlo en granjas y caseríos, que ha ara52

60 f i n g e r s o u t s t r e t c h e d ( w h e r e t h e w i n t e r r a i n c r a c k l e s l i k e

straw among the rocks), I walk stiffly sheathed in wind by a sealine choked with groaning sponges hunting for the meaning to the pattern.

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As a poet of the historic consciousness I suppose I am bound to see landscape as a field dominated by the human wish -- tortured into farms and hamlets, ploughed into cities. A landscape scribbled

with the signatures of men and epochs. Now, however, I am beginning to believe that the wish is inherited from the site; that man depends for the furniture of the will upon his location in place, tenant of fruitful acres or a perverted wood. It is not the impact of 5 his freewill upon nature which I see (as I thought) but the irresistible growth, through him, of nature's own blind unspecified doctrines of variation and torment. She has chosen this poor forked thing as an exemplar. Then how idle it seems for any man to say, as I once heard Balthazar say: `The mission of the Cabal, if it has 10 one, is so to ennoble function that even eating and excreting will be raised to the rank of arts.' You will see in all this the flower of a perfect scepticism which undermines the will to survive. Only love can sustain one a little longer.

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do hasta dar nacimiento a una ciudad. Sin embargo empiezo a creer que esa voluntad se hereda del lugar, que depende de la situación del hombre en la tierra, de que sea usufructuario de eras fecundas o de bosques malsanos. No consigo imaginarme el impacto de su libre albedrío en la naturaleza, como lo creí en un tiempo, sino el irresistible desarrollo, a través de él, de las doctrinas ciegas e informuladas de la naturaleza misma, de sus variaciones y sus tormentos. La naturaleza ha elegido como su parangón a esa pobre criatura bifurcada. Por eso me parece vano decir, como una vez le escuché a Balthazar: «Si la Cábala tiene una misión, es la de ennoblecer todas las funciones, al punto de que el comer y el excretar ascienden al nivel de las artes.» En todo eso se adivina la flor de un perfecto escepticismo que mina la voluntad de sobrevivir. Sólo el amor puede sostenernos un tiempo más. Se me ocurre que Arnauti debió de pensar también de manera parecida, cuando escribió: «Para el escritor, los personajes considerados como psicologías están liquidados. La psique contemporánea ha reventado como una pompa de jabón después de las investigaciones de los mistagogos. ¿Qué le queda ahora al escritor?» Quizá por haber comprendido esto elegí un lugar tan desolado para vivir los próximos años, un promontorio de las Cícladas abrasado por el sol. Rodeada totalmente de historia, sólo esta isla solitaria está libre de toda connotación. Jamás se la menciona en los anales de la raza que la posee. Su pasado histórico no se ha amortizado en el tiempo sino en el lugar mismo: no hay templos, bosques, anfiteatros, que corrompan las ideas con falsas comparaciones. Una hilera de barcas pintadas, un puerto al pie de las colinas, y una aldea empobrecida por la indiferencia. Eso es todo. Una vez por mes el vapor de Esmirna toca puerto. En estas noches de invierno las tempestades marinas escalan las colinas e invaden los plátanos gigantescos de la arboleda por donde me paseo, rugiendo un idioma vulgar y salvaje, tumbando y ladeando los navíos vegetales. Me paseo por allí con esas codiciadas alusiones a un pasado que nadie puede compartir conmigo, y del que ni siquiera el tiempo podría despojarme. Siento el cabello pegado al cráneo, mi mano protege el hornillo de la pipa contra la fuerza del viento. En lo alto, el cielo es un panal de estrellas. Antares chorrea luz en lo alto, sumergida en el rocío... He abandonado voluntariamente libros y amigos serviciales, habitaciones iluminadas, chimeneas propicias a la conversación, la entera cofradía del espíritu civilizado, y es algo que no lamento, pero que me maravilla. Veo además esta decisión como algo fortuito, derivado de impulsos que considero ajenos a mi naturaleza auténtica. Y sin embargo, por extraño que parezca, sólo aquí consigo por fin volver a entrar, volver a habitar con mis amigos en la ciudad exhumada, envolverlos en las espesas mallas de acero de metáforas que durarán mucho menos que la ciudad misma... así lo espero. Por lo menos aquí soy capaz de abarcar su historia y la de la ciudad como un solo y único fenómeno. Lo más extraño de todo: debo esta liberación a Pursewarden, la última persona a quien se me hubiera ocurrido considerar como un posible benefactor. Aquel postrer encuentro, por ejemplo, en el horrible y lujoso cuarto de hotel donde se instalaba cada vez que Pombal volvía de sus vacaciones... No comprendí que el olor rancio y espeso de la habitación era el de su inminente suicidio. ¿Cómo hubiera podido darme cuenta? Sabía que era desdichado; incluso de no haberlo sido, se habría sentido obligado a simular la infelicidad. En nuestros días todos los artistas están forzados a cultivar una pequeña infelicidad a la moda. Y, siendo anglosajón, tendía a cierta lástima quejumbrosa de sí mismo, a una debilidad que lo impulsaba a beber más de la cuenta. Aquella noche se mostró salvaje, tonto e ingenioso alternativamente; escuchándolo, recuerdo que me dije: «He aquí alguien que al cultivar su talento ha descuidado su sensibilidad, no por accidente sino a propósito, sabedor de que su auténtica

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I think, too, that something of this sort must have been in A r n a u t i 's m i n d w h e n h e w r o t e : ` F o r t h e w r i t e r p e o p l e a s psychologies are finished. The contemporary psyche has exploded like a soap-bubble under the investigations of the mystagogues. What now remains to the writer?'

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Perhaps it was the realization of this which made me select this empty place to live for the next few years -- this sunburnt headland in the Cyclades. Surrounded by history on all sides, this empty island alone is free from every reference. It has never been 25 mentioned in the annals of the race which owns it. Its historic past is refunded, not into time, but into place -- no temples, groves, amphitheatres, to corrupt ideas with their false comparisons. A shelf of coloured boats, a harbour over the hills, and a little town denuded by neglect. That is all. Once a month a steamer touches 30 on its way to Smyrna. These winter evenings the sea-tempests climb the cliffs and invade the grove of giant untended planes where I walk, talking a sudden wild slang, slopping and tilting the schooner trees.

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I walk here with those coveted intimations of a past which none can share with me; but which time itself cannot deprive me of. My hair is clenched back to my scalp and one hand guards the burning dottle of my pipe from the force of the wind. Above, the 40 sky is set in a brilliant comb of stars. Antares guttering up there, buried in spray.... To have cheerfully laid down obedient books and friends, lighted rooms, fireplaces built for conversation -- the whole parish of the civilized mind -- is not something I regret but merely wonder at.

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In this choice too I see something fortuitous, born of impulses which I am forced to regard as outside the range of my own nature. And yet, strangely enough, it is only here that I am at last able to re-enter, reinhabit the unburied city with my friends; to frame them 50 in the heavy steel webs of metaphors which will last half as long as the city itself -- or so I hope. Here at least I am able to see their history and the city's as one and the same phenomenon. But strangest of all: I owe this release to Pursewarden -- the

55 last person I should ever have considered a possible benefactor.

That last meeting, for example, in the ugly and expensive hotel bedroom to which he always moved on Pombal's return from leave ... I did not recognize the heavy musty odour of the room as the odour of his impending suicide -- how should I? I knew he was 60 unhappy; even had he not been he would have felt obliged to simulate unhappiness. All artists today are expected to cultivate a little fashionable unhappiness. And being Anglo-Saxon there was a touch of maudlin self-pity and weakness which made him drink a bit. That evening he was savage, silly and witty by turns; and 65 listening to him I remember thinking suddenly: `Here is someone who in farming his talent has neglected his sensibility, not by accident, but deliberately, for its self-expression might have

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brought him into conflict with the world, or his loneliness threatened his reason. He could not bear to be refused admittance, while he lived, to the halls of fame and recognition. Underneath it all he has been steadily putting up with an almost insupportable consciousness of his own mental poltroonery. And now his career has reached an interesting stage: I mean beautiful women, whom he always felt to be out of reach as a timid provincial would, are now glad to be seen out with him. In his presence they wear the air of faintly distracted Muses suffering from constipation. In public they are flattered if he holds a gloved hand for an instant longer than form permits. At first all this must have been balm to a lonely man's vanity; but finally it has only furthered his sense of insecurity. His freedom, gained through a modest financial success, has begun to bore him. He has begun to feel more and more wanting in true greatness while his name has been daily swelling in size like some disgusting poster. He has realized that people are walking the street with a Reputation now and not a man. They see him no longer -- and all his work was done in order to draw attention to the lonely, suffering figure he felt himself to be. His name has covered him like a tombstone. And now comes the terrifying thought perhaps there IS no one left to see? Who, after all, is he?' I am not proud of these thoughts, for they betray the envy that

expresión lo habría llevado a chocar con el mundo, o que su soledad habría puesto en peligro su razón. No podía soportar que no se lo admitiera en vida en los salones de la fama y la consideración. Por debajo, se veía implacablemente obligado a contemporizar con una conciencia casi insoportable de poltronería mental. Y ahora su carrera ha llegado a una etapa interesante: las mujeres hermosas, que su timidez de provinciano había considerado siempre fuera de su alcance, están encantadas de mostrarse en su compañía. En su presencia adoptan un aire de musas un poco locas, enfermas de constipación. En público, se consideran halagadas si él retiene una mano enguantada entre las suyas, un segundo más de lo que las conveniencias permiten. Al principio todo esto debe de haber sido como un bálsamo para la vanidad de un solitario, pero al final sólo contribuye a aumentar su sentimiento de inseguridad. Su libertad, lograda mediante un modesto éxito financiero, ha empezado a fatigarlo. Día a día aumenta su deseo de una verdadera grandeza, mientras las letras de su nombre crecen a la par como en un vulgar cartel callejero. Se ha dado cuenta de que la gente se pasea por las calles en compañía de una Reputación y no de un nombre. No lo ven tal cual es... y sin embargo toda su obra tenía por objeto atraer la atención sobre esa figura dolorosa y solitaria que él imaginaba ser. Su nombre lo ha cubierto como una lápida. Y aquí el terrible pensamiento: ¿No será que ya no hay nadie a quien ver? ¿Quién es él, después de todo? No me siento demasiado orgulloso de estas reflexiones, pues traicionan la envidia del fracasado por los que triunfan; sólo que a veces el despecho es tan lúcido como la caridad. En efecto, corriendo en mi mente como por vías paralelas, me perseguían las palabras que había pronunciado Clea acerca de Pursewarden y que, por alguna razón, no se me habían olvidado: «Hay en él algo desagradable. El secreto reside en parte en su falta de gracia. Su aire marchito ha contagiado de timidez su talento. Y la timidez tiene sus leyes: el tímido sólo puede entregarse, y eso es lo trágico, a aquellos que menos lo comprenden, pues ser comprendido significaría tener que admitir la lástima por la propia fragilidad. Así, las mujeres que ama, las cartas que les escribe, son como símbolos de las mujeres que cree necesitar, o merecer, cher ami.» Las frases de Clea se cortaban siempre por la mitad y terminaban en una mágica sonrisa de ternura. «¿Acaso soy el guardián de mi hermano?...» (Lo que necesito es registrar las experiencias, no en el orden en qué se produjeron porque eso es la historia sino en el orden en que me impusieron por primera vez su significación.) ¿Cuál pudo ser entonces el motivo de que me legara quinientas libras con la única condición de que las gastara en compañía de Melissa? Pensé que quizá hubiera estado enamorado de ella, pero después de madura reflexión llegué a convencerme de que no amaba a Melissa, sino mi amor por ella. De todas mis cualidades sólo envidiaba la capacidad de responder afectuosamente a un cariño cuyo valor reconocía e incluso deseaba, pero del cual lo aislaría eternamente la barrera de repulsión que sentía hacia sí mismo. Y he de decir que esto constituyó un golpe para mi orgullo, porque me hubiera gustado que admirara, si no la obra que he realizado, por lo menos las promesas de lo que todavía me queda por hacer. ¡Qué estúpidos y limitados somos! Un poco de vanidad sobre dos piernas... No nos habíamos visto durante semanas, porque en general no nos frecuentábamos, y el lugar de nuestro encuentro fue la pequeña pissotiére de hojalata de la plaza contigua a la estación de tranvías. Era de noche, y no nos hubiéramos reconocido de no ser por los faros de un auto que rociaron con un chorro de luz blanca el fétido cubículo. --¡Ah! --dijo al reconocerme, con un aire indeciso y preocupado, porque estaba borracho. (Unas pocas semanas antes me había legado quinientas libras; en cierto modo me había resumido, juzgado... aunque ese juicio sólo me llegaría desde el otro lado de la tumba.) La lluvia repiqueteaba sobre el techo de hojalata. Yo no veía el momento de volver a casa, porque había tenido un día agotador, pero me demoré sin

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25 every failure feels for every success; but spite may often see as

clearly as charity. And indeed, running as it were upon a parallel track in my mind went the words which Clea once used about him and which, for some reason, I remembered and reflected upon: `He is unlovely somewhere. Part of the secret is his physical 30 ungainliness. Being wizened his talent has a germ of shyness in it. Shyness has laws: you can only give yourself, tragically, to those who least understand. For to understand one would be to admit pity for one's frailty. Hence the women he loves, the letters he writes to the women he loves, stand as ciphers in his mind for 35 the women he thinks he wants, or at any rate deserves -- CHER AMI.' Clea's sentences always broke in half and ended in that magical smile of tenderness -- `am I my brother's keeper?'... (What I most need to do is to record experiences, not in the

40 order in which they took place -- for that is history -- but in the

order in which they first became significant for me.) What, then, could have been his motive in leaving me five hundred pounds with the sole stipulation that I should spend them 45 with Melissa? I thought perhaps that he may have loved her himself but after deep reflection I have come to the conclusion that he loved, not her, but my love for her. Of all my qualities he envied me only my capacity to respond warmly to endearments whose value he recognized, perhaps even desired, but from which he 50 would be forever barred by self-disgust. Indeed this itself was a blow to my pride for I would have liked him to admire -- if not the work I have done -- at least the promise it shows of what I have yet to do. How stupid, how limited we are -- mere vanities on legs!

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We had not met for weeks, for we did not habitually frequent each other, and when we did it was in the little tin PISSOTIÈRE in the main square by the tram-station. It was after dark and we would never have recognized each other had not the head-lights of 60 a car occasionally drenched the foetid cubicle in white fight like spray. `Ah!' he said in recognition: unsteadily, thoughtfully, for he was drunk. (Some time, weeks before, he had left me five hundred pounds; in a sense he had summed me up, judged me -- though that judgement was only to reach me from the other side of the grave.)

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The rain cropped at the tin roof above us. I longed to g o h o m e , f o r I h a d h a d a v e r y t i r i n g d a y, b u t I f e e b l y

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lingered, obstructed by the apologetic politeness I always feel with people I do not really like. The slightly wavering figure outlined itself upon the darkness before me. `Let me' h e s a i d i n a maudlin t o n e ` c o n f i d e i n y o u t h e s e c r e t o f m y n o v e l i s t 's t r a d e . I a m a s u c c e s s , y o u a f a i l u r e . T h e a n s w e r, old man, is sex and plenty of it.' He raised his voice and his chin as he said, or rather declaimed, the word `sex': tilting his scraggy neck like a chicken drinking and biting off the word with a half-yelp like a drill-serjeant. `Lashings o f s e x ' h e r e p e a t e d m o r e n o r m a l l y, ` b u t r e m e m b e r ' a n d h e a l l o w e d h i s v o i c e t o s i n k t o a c o n f i d e n t i a l m u m b l e , ` S TAY B U T TO N E D U P T I G H T. E t e r n a l g r a n d m a s t r o n g t o s a v e . Yo u m u s t s t a y b u t t o n e d u p a n d s u ff e r i n g . Tr y a n d l o o k a s i f you had a stricture, a book society choice. What is not permissible is rude health, ordure, the natural and the funny. That was all right for Chaucer and the Elizabethans but it won't make the grade today -- buttoned up tightly with stout Presbyterian buttons.' And in the very act of shaking h i m s e l f o ff h e t u r n e d t o m e a f a c e c o m p o s e d t o r e s e m b l e a fly-button -- tight, narrow and grotesque. I thanked him b u t h e w a v e d a s i d e t h e t h a n k s i n a r o y a l m a n n e r. ` I t 's a l l free' he said, and leading me by the hand he piloted me out i n t o t h e d a r k s t r e e t . We w a l k e d t o w a r d s t h e l i g h t e d c e n t r e o f t h e t o w n l i k e bondsmen , f e l l o w w r i t e r s , h e a v y w i t h a sense of different failures. He talked confidentially to himself of matters which interested him in a mumble which I could not interpret. Once as we turned into the Rue des Soeurs he stopped before the lighted door of a house of illf a m e a n d p r o n o u n c e d : `B a u d e l a i r e s a y s t h a t c o p u l a t i o n is the lyric of the mob. Not any more, alas! For sex is dying. In another century we shall lie with our tongues in each other 's mouths, silent and passionless as seafruit. Oh yes! Indubitably so.' And he quoted the Arabic proverb which he uses as an epigraph to his trilogy: `The world is like a c u c u m b e r -- t o d a y i t 's i n y o u r h a n d , t o m o r row up y o u r a r s e . ' We t h e n r e s u m e d o u r s t i t c h i n g , c r a b - l i k e advance in the direction of his hotel, he repeating the word `indubitably' with obvious pleasure at the soft plosive sound of it.

ganas, retenido por esa urbanidad en la que hay en cierto modo una excusa y que me inspira siempre la gente por la que no siento verdadera simpatía. La silueta titubeante se destacaba contra la oscuridad, frente a mí. --Permítame --me dijo con tono quejumbroso-- que le confíe el secreto de mi oficio de novelista. Yo tengo éxito, y usted es un fracaso. La respuesta, viejo, es sexo; mucho sexo. Levantó la voz y el mentón mientras decía, o más bien declamaba, la palabra «sexo», echando hacia atrás el flaco pescuezo como un pollo que bebe, y soltando el término en una especie de fuerte y ronco chillido, como un sargento instructor. Diluvios de sexo --repitió, más tranquilo--. Pero recuerde --y bajó el tono hasta reducirlo a un murmullo confidencial--, siempre correcto, abotonado hasta arriba, ¡Oh María, abuela mía! Siempre abotonado y sufriendo. Trate de dar la impresión de que está constipado, como en los libros que eligen los clubs de lectores. Lo que no se tolera es la perfecta salud, la basura, lo natural y lo divertido. Estaba muy bien para Chaucer y los isabelinos, pero hoy nadie la pega con eso; siempre correcto, abotonado hasta arriba con sólidos botones presbiterianos. Y en el momento mismo en que se sacudía después de orinar, me mostró con una mueca cómo era una bragueta: tirante, estrecha y grotesca. Le di las gracias, pero él hizo un gesto majestuoso. --Es gratis --dijo, y tomándome de la mano me guió por la oscura calleja. Caminamos como colegas hacia el centro de la ciudad lleno de luces, igualmente agobiados por el peso de diferentes fracasos. Iba murmurando frases sobre cuestiones que le interesaban, pero yo no alcanzaba a entenderlas. De pronto, cuando entrábamos en la rue des Soeurs, se detuvo ante la puerta iluminada de un prostíbulo y declaró: --Baudelaire afirma que la cópula es el lirismo del populacho. ¡Ah, ya ni siquiera es así, porque el sexo se está muriendo! Dentro de un siglo meteremos la lengua en la boca de algún otro, tan silenciosos y fríos como las ostras. ¡Oh, sí, indudablemente! Y citó el proverbio árabe que había usado como epígrafe para su trilogía: --El mundo es como un pepino: hoy lo tienes en la mano, mañana en el culo. Reanudamos nuestra marcha indecisa, como de cangrejos, hacia su hotel, mientras él repetía la palabra «indudablemente», gozando de su resonancia, de su suave sonoridad explosiva. No se había afeitado y tenía un aire macilento, pero el paseo le había devuelto un tanto el ánimo y sacó una botella de ginebra que guardaba al lado de su cama. Hice un comentario sobre las dos pesadas valijas que descansaban, ya cerradas, sobre la mesa; en una silla vi su impermeable repleto de periódicos, un pijama, un tubo de dentífrico y otras cosas por el estilo. Me dijo que pensaba tomar el tren nocturno a Gaza. Necesitaba un descanso, y aprovecharía para visitar Petra. Las pruebas de galera de su última novela ya estaban corregidas, empaquetadas y prontas para ser despachadas; vi el paquete sobre el mármol de la mesa de tocador. En el aire huraño y desanimado de Pursewarden reconocí el agotamiento que invade al artista después que ha completado una obra. Son los momentos de depresión en que reanuda una vez más el largo coqueteo con el suicidio. Por desgracia, a pesar de mis obstinados esfuerzos, no recuerdo casi nada de nuestra conversación. El hecho de que fuera nuestra última entrevista le ha dado retrospectivamente una significación que sin duda no tuvo. Para los fines de esta narración Pursewarden no ha dejado de existir; tan sólo ha entrado en el azogue de un espejo como debemos hacerlo todos a fin de que nuestros males, nuestras acciones perversas y el avispero de nuestros deseos sigan actuando, para bien o para mal, en el verdadero mundo, es decir, en el recuerdo de nuestros amigos. Sin embargo, la presencia de la muerte refresca siempre la experiencia, pues tal es su función: ayudarnos a reflexionar sobre esa novedad que es el tiempo. Pero en ese momento ambos estábamos situados en puntos equidistantes de la muerte, o por lo menos así me lo

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He was unshaven and haggard, but in comparatively good spirits after the walk and we resorted to a bottle of gin which he kept in the commode by his bed. I commented on the two bulging 45 suitcases which stood by the dressing-table ready packed; over a chair lay his raincoat stuffed with newspapers, pyjamas, toothpaste, and so on. He was catching the night train for Gaza, he said. He wanted to slack off and pay a visit to Petra. The galley-proofs of his latest novel had already been corrected, wrapped up and 50 addressed. They lay dead upon the marble top of the dressing-table. I recognized in his sour and dejected attitude the exhaustion which pursues the artist after he has brought a piece of work to completion. These are the low moments when the long flirtation with suicide begins afresh.

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Unfortunately, though I have searched my mind, I can recall little of our actual conversation, though I have often tried to do so. The fact that this was our last meeting has invested it, in retrospect, with a significance which surely it cannot have 60 possessed. Nor, for the purposes of this writing, has he ceased to exist; he has simply stepped into the quicksilver of a mirror as we all must -- to leave our illnesses, or evil acts, the hornets' nest of our desires, still operative for good or evil in the real world -- which is the memory of our friends. Yet the presence of death 65 always refreshes experience thus -- that is its function to help us deliberate on the novelty of time. Yet at that moment we were both situated at points equidistant from death -- or so I think. Perhaps

Durrell's Justine

tr. de Aurora Bernárdez

some quiet premeditation blossomed in him even then -- no matter. I cannot tell. It is not mysterious that any artist should desire to end a life which he has exhausted -- (a character in the last volume exclaims: `For years one has to put up with the feeling 5 that people do not care, really care, about one; then one day with growing alarm, one realizes that it is God who does not care: and not merely that he does not CARE, he does not care ONE WAY OR THE OTHER'). But this aside reminds me of one small fragment of that drunken conversation. He spoke derisively of Balthazar, of his preoccupation with religion, of the Cabal (of which he had only heard). I listened without interrupting him and gradually his voice ran down like a time-piece overcome by the weight of seconds. 15 He stood up to pour himself a drink and said: `One needs a tremendous ignorance to approach God. I have always known too much, I suppose.'

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imaginaba. Quizá florecía en él una tranquila premeditación; no importa. No sé. Nada tiene de misterioso que un artista quiera terminar con una vida que ha agotado. (Uno de sus personajes del último volumen dice: «Durante años uno tiene que resignarse al sentimiento de que la gente no se preocupa, lo que en verdad se llama preocuparse, por nuestra persona; un día, alarmados nos damos cuenta de que el que no se preocupa es Dios; no sólo no se preocupa, sino que le somos totalmente indiferentes.») Pero este paréntesis me recuerda un fragmento de nuestra conversación de borrachos. Se refirió con desprecio a Balthazar, a su interés por la religión, a la Cábala (que sólo conocía de oídas). Lo escuché sin interrumpirlo, y poco a poco su voz fue bajando de tono como un reloj aplastado por el peso de los segundos. Poniéndose de pie para servirse otro vaso, me dijo: --Hace falta una inmensa ignorancia para acercarse a Dios. Me temo que yo siempre he sabido demasiado. Fragmentos como éstos hostigan mi pensamiento insomne cuando me paseo en noches ventosas, hasta que termino por regresar al fuego chisporroteante de ramas de olivos que arde en la vetusta chimenea, a cuyo lado duerme Justine en su camita de pino fragante. ¿Hasta qué punto conozco a Pursewarden? Lo que sabemos de una persona se reduce a un aspecto de su carácter. Ofrecemos a cada uno una cara diferente del prisma. Repetidas veces me han asombrado ciertas observaciones que me confirman en esta idea. Por ejemplo, cuando Justine dijo de Pombal que era «uno de los grandes primates del sexo». Mi amigo nunca me había dado una impresión de capacidad; lo encontraba indulgente hacia sí mismo a un punto casi ridículo. Me parecía divertido y digno (te afecto, y su ridiculez esencial me enternecía. Pero Justine debió de ver en él al gran felino de andar silencioso que era (para ella). En cuanto a Pursewarden, recuerdo que en el momento mismo en que se refería a la ignorancia en materia de religión, enderezó el talle y contempló su pálido rostro en el espejo. Tenía la copa a la altura de la boca, e inclinándose escupió un chorro de bebida sobre su reflejo. Me acuerdo muy bien de eso: una imagen licuefacta en el espejo de esa habitación lujosa y raída, que ahora me parece un escenario tan apropiado para la escena que se desarrollaría más tarde, aquella noche.

These are the sort of fragments which tease the waking mind

20 on evenings like these, walking about in the wintry darkness; until

at last I turn back to the crackling fire of olive-wood in the oldfashioned arched hearth where Justine lies asleep in her cot of sweet-smelling pine. How much of him can I claim to know? I realize that each person can only claim one aspect of our character as part of his knowledge. To every one we turn a different face of the prism. Over and over again I have found myself surprised by observations which brought this home to me. As for example when Justine said 30 of Pombal, `one of the great primates of sex.' To me my friend had never seemed predatory; only self-indulgent to a ludicrous degree. I saw him as touching and amusing, faintly to be cherished for an inherent ridiculousness. But she must have seen in him the great, soft-footed cat he was (to her).

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And as for Pursewarden, I remember, too, that in the very act of speaking thus about religious ignorance he straightened himself and caught sight of his pale reflection in the mirror. The glass was raised to his lips, and now, turning his head he squirted out upon 40 his own glittering reflection a mouthful of the drink. That remains clearly in my mind; a reflection liquefying in the mirror of that shabby, expensive room which seems now so appropriate a place for the scene which must have followed later that night.

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***** La plaza Zaglul; platería y palomas enjauladas. Un sótano abovedado, con un cinturón de barriles negros y un olor sofocante de boquerones fritos y de retzinnato. Un mensaje garabateado en el borde de un periódico. Allí derramé vino en su abrigo y, mientras trataba de ayudarla a reparar el daño, rocé accidentalmente sus senos. No hablamos una palabra. Entre tanto Pursewarden discurría brillantemente sobre Alejandría y el incendio de su biblioteca. En el cuarto de arriba gritaba un pobre infeliz, enfermo de meningitis...

Place Zagloul -- silverware and caged doves. A vaulted cave lined with black barrels and choking with the smoke from frying whitebait and the smell of RETZINNATO. A message scribbled 50 on the edge of a newspaper. Here I spilt wine on her cloak, and while attempting to help her repair the damage, accidentally touched her breasts. No word was spoken. While Pursewarden spoke so brilliantly of Alexandria and the burning library. In the room above a poor wretch screaming with meningitis....

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***** Today, unexpectedly, comes a squinting spring shower, stiffening the dust and pollen of the city, flailing the glass roof of 60 the studio where Nessim sits over his CROQUIS for his wife's portrait. He has captured her sitting before the fire with a guitar in her hands, her throat snatched up by a spotted scarf, her singing head bent. The noise of her voice is jumbled in the back of his brain like the sound-track of an earthquake run backwards. 65 Prodigious archery over the parks where the palm-trees have been dragged back taut; a mythology of yellow-maned waves attacking the Pharos. At night the city is full of new sounds, the pulls and

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Hoy, inesperadamente, un chaparrón de primavera aplana el polvo y el polen de la ciudad, agotando los cristales del estudio donde Nessim trabaja en un croquis para el retrato de su mujer. La ha representado sentada junto al fuego, con una guitarra en las manos, un pañuelo moteado al cuello, cantando con la cabeza inclinada. Su voz se confunde en lo profundo de la conciencia de Nessim con la banda de sonido de un terremoto pasada al revés. Prodigioso tiro al arco en los parques, donde las palmeras se doblan lacias; una mitología de olas de amarilla melena atacando el Faro. De noche la ciudad se llena de sonidos nuevos, empujones y tensiones del viento, hasta dar la impre-

stresses of the wind, until you feel it has become a ship, its old timbers groaning and creaking with every assault of the weather. This is the weather Scobie loves. Lying in bed will he fondle

5 his telescope lovingly, turning a wistful eye on the blank wall of

sión de haberse convertido en un barco cuyas viejas cuadernas gimen y crujen a cada asalto de la borrasca. Este es el tiempo que Scobie prefiere. Tendido en la cama, acaricia amorosamente su catalejo, lanzando una mirada anhelante a la pared de estropeados ladrillos de adobe que le oculta la vista del mar. Scobie anda por los setenta, y sigue teniendo miedo de morir; su gran temor es despertarse una mañana y descubrir que está muerto: Teniente de navío Scobie, O. B. E.. Por eso, cada mañana se despierta con un sobresalto al oír el chillido del aguatero debajo de su ventana. Según él, durante un rato no se atreve a abrir los ojos. Manteniéndolos bien apretados (por miedo de que se abran y le revelen el celestial ejército de los querubines cantando), tantea sobre el cajón que le sirve de mesa de noche y aferra su pipa. La ha dejado cargada la noche anterior, y hay una caja de fósforos al lado. La primera bocanada del espeso tabaco de marinero le devuelve la serenidad y la vista al mismo tiempo. Sonríe. Se refocila. Subiendo hasta las orejas la pesada piel de oveja que hace de cobertor, entona su breve himno triunfal de la mañana, con una voz que cruje como papel de estaño: «Taisez-vous, petit babouin: laissez parler votre mère. » Sus mejillas fláccidas de trompetista enrojecen con el esfuerzo. Reflexionando, advierte su inevitable jaqueca. Una lengua espesa de resultas del coñac de la noche anterior. Pero las perspectivas de otro día de vida pesan demasiado por comparación con esas menudas incomodidades. «Taisez--vous, petit babouin», etcétera, con una pausa para ajustarse la dentadura postiza. Posa los arrugados dedos sobre el pecho, y se siente confortado por los latidos de su corazón, que lucha por mantener una circulación vacilante en ese sistema venoso cuyas deficiencias (reales o imaginarias, no lo sé) sólo son compensadas por dosis cotidianas y poco menos que mortales de coñac. Scobie está bastante orgulloso de su corazón. Si se lo va a visitar mientras está en cama, es casi seguro que se apoderará de una mano del visitante para hacerle sentir los latidos de su corazón. --Fuerte como un buey, ¿eh? ¿Verdad que late admirablemente? Así dice, a pesar del coñac. Entonces, tragando saliva metemos la mano bajo el pijama de mala calidad, para sentir esos pequeños y tristes sobresaltos de vida, que parecen venir de muy lejos, como el corazón de un feto en el séptimo mes. Scobie se abotona el pijama con `un orgullo enternecedor, y lanza lo que él cree un rugido de salud animal. --Salto de la cama como un león --suele añadir. No se puede apreciar todo el encanto de ese hombre mientras no se lo haya visto doblado en dos por el reumatismo, deslizándose fuera de las burdas sábanas de algodón como un ser desamparado. Sólo en los meses más cálidos del año sus huesos se deshielan lo bastante como para permitirle marchar erguido. En las tardes estivales se pasea por el parque, el pequeño cráneo reluciente como un sol en miniatura, la pipa apuntando al cielo, la mandíbula proyectada en una violenta mueca de salud lujuriosa. Ninguna mitología de la ciudad estaría completa sin su Scobie, y Alejandría se empobrecerá el día en que su cuerpo macerado por el sol y envuelto en la Unión Jack, baje finalmente a la profunda fosa que lo espera en el cementerio católico contiguo a la línea del tranvía. Su magra pensión le alcanza apenas para pagar un cuartito lleno de cucarachas en los tugurios que se extienden detrás d e Ta t w i g S t r e e t ; l a r e d o n d e a c o n u n s u e l d o i g u a l m e n t e e x i g u o d e l g o b i e r n o e g i p c i o , q u e l e v a l e e l o rg u l l o s o t í t u l o d e Bimbashi de las Fuerzas Policiales. Clea lo ha retratado maravillosamente de uniforme, con el turbante escarlata y el gran cazamoscas, grueso como una cola de caballo, cruzado con elegancia sobre sus huesudas rodillas. Clea le proporciona tabaco, y yo admiración, compañía y, si las circunstancias lo permiten, coñac. Bebemos unas veces en homenaje

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rotting mud-brick which shuts off his view of the sea. Scobie is getting on for seventy and still afraid to die; his one fear is that he will awake one morning and find himself lying dead 10 -- Lieutenant-Commander Scobie. Consequently it gives him a severe shock every morning when the water-carriers shriek under his window before dawn, waking him up. For a moment, he says, he dare not open his eyes. Keeping them fast shut (for fear that they might open on the heavenly host or the cherubims hymning) 15 he gropes along the cake-stand beside his bed and grabs his pipe. It is always loaded from the night before and an open matchbox stands beside it. The first whiff of seaman's plug restores both his composure and his eyesight. He breathes deeply, grateful for the reassurance. He smiles. He gloats. Drawing the heavy sheepskin 20 which serves him as a bedcover up to his ears he sings his little triumphal paean to the morning, his voice crackling like tinfoil. `TAISEZ-VOUS, PETIT BABOUIN: LAISSEZ PARLER VOTRE MÈRE.'

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His pendulous trumpeter's cheeks become rosy with the effort. Taking stock of himself he discovers that he has the inevitable headache. His tongue is raw from last night's brandy. But against these trifling discomforts the prospect of another day in life weighs heavily. `TAISEZ-VOUS, PETIT BABOUIN', and so on, pausing to slip in his false teeth. He places his wrinkled fingers to his chest and is comforted by the sound of his heart at work, maintaining a tremulous circulation in that venous system whose deficiencies (real or imaginary I do not know) are only offset by brandy in daily and ailbut lethal doses. He is rather proud of his heart. If you ever visit him when he is in bed he is almost sure to grasp your hand in a horny mandible and ask you to feel it: `Strong as a bullock, what? Ticking over nicely', is the way he puts it, in spite of the brandy. Swallowing a little you shove your hand inside his cheap nightjacket to experience those sad, blunt, far-away little bumps of life -- like a foetal heart in the seventh month. He buttons up his pyjamas with a touching pride and gives his imitation roar of animal health. `Bounding from my bed like a lion' -- that is another of his phrases. You have not experienced the full charm of the man until you have actually seen him, bent double with rheumatism, crawling out from between his coarse cotton sheets like a derelict. Only in the warmest months of the year do his bones thaw out sufficiently to enable him to stand fully erect. In the summer afternoons he walks the Park, his little cranium glowing like a minor sun, his briar canted to heaven, his jaw set in a violent grimace of lewd health.

No mythology of the city would be complete without its Scobie, and Alexandria will be the poorer for it when his sun-cured body wrapped in a Union Jack is finally lowered into the shallow grave which 55 awaits him at the Roman Catholic cemetery by the tramline. His exiguous nautical pension is hardly enough to pay for the one cockroach-infested room which he inhabits in the slum-area behind Tatwig Street; he ekes it out with an equally exiguous salary 60 from the Egyptian Government which carries with it the proud title of Bimbashi in the Police Force. Clea has painted a wonderful portrait of him in his police uniform with the scarlet tarbush on his head, and the great fly-whisk, as thick as a horse's tail, laid gracefully across his bony knees.

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It is Clea who supplies him with tobacco and I with admiration, company, and weather permitting, brandy. We take it in turns to

Durrell's Justine

tr. de Aurora Bernárdez

applaud his health, and to pick him up when he has struck himself too hard on the chest in enthusiastic demonstration of it. Origins he has none -- his past proliferates through a dozen continents like a true subject of myth. And his presence is so rich with 5 imaginary health that he needs nothing more -- except perhaps an occasional trip to Cairo during Ramadan when his office is closed and when presumably all crime comes to a standstill because of the fast. Youth is beardless, so is second childhood. Scobie tugs tenderly at the remains of a once handsome and bushy torpedo-beard -- but very gently, caressingly, for fear of pulling it out altogether and leaving himself quite naked. He clings to life like a limpet, each year bringing its hardly visible sea-change. It is as if his body 15 were being reduced, shrunk, by the passing of the winters; his cranium will soon be the size of a baby's. A year or two more and we will be able to squeeze it into a bottle and pickle it forever. The wrinkles become ever more heavily indented. Without his teeth his face is the face of an ancient ape; above the meagre beard his 20 t w o c h e r r y r e d c h e e k s k n o w n a f f e c t i o n a t e l y a s ` p o r t ' a n d `starboard', glow warm in all weathers.

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a su salud, y otras para hacerlo reaccionar cuando se golpea con demasiada fuerza el pecho en una demostración entusiasta de su buen estado físico. Scobie no tiene orígenes: su pasado prolifera en una docena de continentes, como un auténtico tema mítico. Y su presencia es tan rica en salud imaginaria que no le hace falta nada más, salvo a veces un viaje a El Cairo durante Ramadán, cuando su oficina está cerrada y cabe presumir que se suspenden los crímenes en razón de la festividad. La segunda infancia es tan imberbe como la primera. Scohie acaricia tiernamente los restos de una barba antaño florida y frondosa; lo hace con mucha suavidad, por miedo de arrancar esos pocos pelos y quedarse completamente des-- nudo. Se aferra a la vida como una lapa; cada año le va trayendo su casi imperceptible transformación, su erosión marina. Es como si su cuerpo se fuera encogiendo y reduciendo al paso de los inviernos; pronto su cráneo tendrá el tamaño del de un niño. Un año o dos más, y estaremos en condicione: de introducirlo en una botella y convertirlo en un encurtido eterno. Las arrugas se van acusando cada vez más. Sin los dientes, tiene la cara de un mono viejo; sobre la barba rala, las dos mejillas rojas como cerezas que él llama afectuosamente «babor» y «estribor», lucen encendidas en todas las estaciones. Desde el punto de vista físico, debe mucho al departamento de accesorios. En mil novecientos, una caída sobre lo alto del palo de mesana le desvió la mandíbula dos puntos al oeste--sudoeste, y le aplastó el seno frontal. Cuando habla, su dentadura se comporta como una escalera rodante, moviéndose hacia arriba y en círculo dentro de la boca como en una espiral espasmódica. Tiene una sonrisa caprichosa que aparece en cualquier lado, como la del Gato de Cheshire. En el ochenta y cuatro miró con buenos ojos a la mujer de otro (por lo menos así dice) y perdió uno de ellos. Salvo Clea, se supone que nadie está enterado de esto pero la sustitución no es demasiado perfecta. No se nota mucho en los momentos de calma, pero apenas Scobie se anima, la diferencia entre ambos ojos es evidente. Se plantea además un pequeño problema técnico: su ojo sano está casi siempre inyectado en sangre. La primera vez que me obsequió con una aflautada versión de «Watchmart, What of the Night?», de pie en un ángulo de la pieza y sosteniendo una vieja bacinilla en la mano, noté que su ojo derecho se movía con más lentitud que el izquierdo. Me pareció entonces una imitación aumentada de los ojos del águila embalsamada que mira lúgubre y amenazadora desde su nicho en la biblioteca pública. En invierno, sin embargo, el que palpita de un modo insoportable es el ojo falso, y Scobie siente mal gusto en la boca y anda malhumorado hasta que bebe un poco de coñac para aplacar el estómago. Es como un perfil de protozoario en la lluvia y la niebla, porque lleva siempre consigo una especie de clima británico y sólo se siente feliz cuando puede instalarse en invierno junto a un microscópico fuego de leña y charlar. Uno tras otro sus recuerdos se van filtrando a través de la defectuosa maquinaria de su mente, hasta que al final no sabe cuáles son los propios y cuáles los ajenos. Tras de él adivino las largas olas grises del Atlántico que rompen sobre sus recuerdos, ahogándolos en espuma y dejándolo ciego. Se refiere al pasado con una serie de telegramas breves y confusos, como si las comunicaciones fueran precarias y las condiciones atmosféricas desfavorables a la transmisión. Los diez que remontaron el río en Dawson City perecieron helados. El invierno les cayó encima como un hacha, dejándolos sin sentido: whisky, oro, asesinatos... una nueva cruzada hacia el norte, hacia la región de la madera. En esa época su Hermano se ahogó en las cataratas de Uganda; en sueños vio su diminuta figura, como una mosca arrebatada por las zarpas amarillentas del agua. No, eso fue más tarde, cuando por la mira de una carabina contemplaba la caja craneana de un boer. Scobie trata de recordar exactamente cuándo ocurrió eso, la cabeza reluciente apoyada en las manos; pero las grandes olas grises están ahí, las vastas mareas patrullan entre él y sus recuerdos. Por eso se me ocurrió hablar de erosión marina mientras pensaba en el viejo pirata; su cráneo parece haber sido mondado y chupado hasta dejar sólo un delgadísimo

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Physically he has drawn heavily on the replacement department; in nineteen-ten a fall from the mizzen threw his jaw two points west by south-west, and smashed the frontal sinus. When he speaks his denture behaves like a moving staircase, travelling upwards and round inside his skull in a jerky spiral. His smile is capricious; it might appear from anywhere, like that of the Cheshire Cat. In ninety-eight he made eyes at another man's wife (so he says) and lost one of them. No one except Clea is supposed to know about this, but the replacement in this case was rather a crude one. In repose it is not very noticeable, but the minute he becomes animated a disparity between his two eyes becomes obvious. There is also a small technical problem -- his own eye is almost permanently bloodshot. On the very first occasion when he treated me to a reedy rendering of `Watchman, What of the Night?', while he stood in the corner of the room with an ancient chamber-pot in his hand, I noticed that his right eye moved a trifle slower than his left. It seemed then to be a larger imitation of the stuffed eagle's eye which lours so glumly from a niche in the public library. In winter, however, it is the false eye and not the true which throbs unbearably making him morose and foul-mouthed until he has applied a little brandy to his stomach. Scobie is a sort of protozoic profile in fog and rain, for he carries with him a sort of English weather, and he is never happier than when he can sit over a microscopic wood-fire in winter and talk. One by one his memories leak through the faulty machinery of his mind until he no longer knows them for his own. Behind him I see the long grey rollers of the Atlantic at work, curling up over his memories, smothering them in spray, blinding him. When he speaks of the past it is in a series of short dim telegrams -- as if already communications were poor, the weather inimical to transmission. In Dawson City the ten who went up the river were frozen to death. Winter came down like a hammer, beating them senseless: whisky, gold, murder -- it was like a new crusade northward into the timberlands. At this time his brother fell over the falls in Uganda; in his dream he saw the tiny figure, like a fly, fall and at once get smoothed out by the yellow claw of water. No: that was later when he was already staring along the sights of a carbine into the very brain-box of a Boer. He tries to remember exactly WHEN it must have been, dropping his polished head into his hands; but the grey rollers intervene, the long effortless tides patrol the barrier between himself and his memory. That is why the phrase came to me: a SEA-CHANGE for the old pirate: his skull looks palped and sucked down until only the thinnest integument separates his smile from the smile of the hidden

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skeleton. Observe the braincase with its heavy indentations: the twigs of bone inside his wax fingers, the rods of tallow which support his quivering shins.... Really, as Clea has remarked, old Scobie is like some little old experimental engine left over from 5 the last century, something as pathetic and friendly as Stephenson's first Rocket. He lives in his little sloping attic like an anchorite. `An anchorite!' that is another favourite phrase; he will pop his cheek vulgarly with his finger as he utters it, allowing his rolling eye to insinuate all the feminine indulgences he permits himself in secret. This is for Clea's benefit, however; in the presence of `a perfect lady' he feels obliged to assume a protective colouring which he sheds the moment she leaves. The truth is somewhat sadder. `I've done quite a bit of scout-mastering' he admits to me SOTTO VOCE `with the Hackney Troop. That was after I was invalided out. But I had to keep out of England, old boy. The strain was too much for me. Every week I expected to see a headline in the NEWS OF THE WORLD, "Another youthful victim of scoutmaster 's dirty wish." Down in Hackney things didn't matter so much. My kids were experts in woodcraft. Proper young Etonians I used to call them. The scoutmaster before me got twenty years. It's enough to make one have Doubts. These things made you think. Somehow I couldn't settle down in Hackney. Mind you, I'm a bit past everything now but I do like to have my peace of mind -- just in case. And somehow in England one doesn't feel free any more. Look at the way they are pulling up clergymen, respected churchmen and so on. I used to lie awake worrying. Finally I came abroad as a private tooter -- Tony Mannering, his father was an M.P., wanted an excuse to travel. They said he had to have a tooter . He wanted to go into the Navy. That's how I fetched up here. I saw at once it was nice and free-and-easy here. Got a job right off with the Vice Squad under Nimrod Pasha. And here I am, dear boy. And no complaints do you see? Looking from east to west over this fertile Delta what do I see? Mile upon mile of angelic little black bottoms.' The Egyptian Government, with the typical generous quixotry

40 the Levant lavishes on any foreigner who shows a little warmth

tegumento entre su sonrisa y la del esqueleto escondido. Basta observar la caja craneana con sus muescas marcadas, los bastoncillos de hueso dentro de los dedos de cera... Como tan bien lo hiciera notar Clea, el viejo Scobie parece una pequeña y antigua máquina experimental del siglo pasado, algo tan patético y enternecedor como la primera locomotora de Stephenson. Vive en su pequeña buhardilla como un anacoreta. «¡Un anacoreta!», es otra de sus expresiones favoritas, y al decirla apoya un dedo en la mejilla, con un chasquido vulgar, mientras su ojo móvil insinúa todas las complacencias femeninas que se permite en secreto. Pero esto no es más que un homenaje a Clea; en presencia de una «perfecta dama» Scobie se siente obligado a adoptar una actitud protectora que desaparece tan pronto ella se ha marchado. La verdad es algo más triste. Durante un tiempo fui instructor de boy scouts --me dice sotto voce-- . Con los chicos de Hackney, después que me retiré del servicio activo por invalidez. Lo malo fue que no podía quedarme en Inglaterra, viejo. La tensión era demasiado grande, a cada momento esperaba encontrarme con los titulares de News of the World: «Otro adolescente víctima de los innobles apetitos de un instructor de boy scouts.» En Hackney todo andaba bastante bien. Los chicos eran muy entendidos en cuestiones forestales. Jóvenes y saludables etonianos, como me gustaba llamarlos. Pero el instructor anterior a mí había cosechado veinte años de cárcel. Era bastante como para que uno se sintiera lleno de dudas. Son cosas que hacen pensar. No sé por qué, no lograba afincarme en Hackney. Observe que ya estoy un poco al margen de todo eso, pero me gusta la tranquilidad... por las dudas. Y en Inglaterra, no sé bien por qué, uno ya no se siente libre. Vea lo que están haciendo con los pastores, con eclesiásticos respetables. No podía dormir pensando en todo eso. Por último me fui al extranjero en calidad de preceptor privado... El padre de Toby Mannering era miembro del parlamento, y Toby buscaba una excusa para viajar. Le dijeron que necesitaba un preceptor. Toby quería entrar en la marina. Así fue como vine a parar aquí. Me di cuenta en seguida de que había la más amplia libertad. Conseguí inmediatamente un empleo en la brigada de represión del vicio, en tiempos de Nimrod Pashá. Y aquí me tiene, querido muchacho. Como ve, no he tenido motivos de queja. Si contemplo de este a oeste toda la extensión del fértil delta, ¿qué veo? Kilómetros y kilómetros de negritos angelicales. El gobierno egipcio, con ese típico y generoso quijotismo que el Levante prodiga a todo extranjero que demuestre un poco de simpatía y amistad, le había proporcionado los me dios de vivir en Alejandría. Se murmuraba que con motivo de su nombramiento en la brigada de represión del vicio, este último había asumido proporciones tan alarmantes que había sido necesario ascender a Scobie y cambiarlo de empleo; pero él sostuvo siempre que su traslado al departamento de investigaciones criminales, donde le esperaba un trabajo de mera rutina, había sido tan sólo un merecido ascenso; yo, por mi parte, nunca tuve el valor de bromear sobre este punto. Sus tareas no son fatigosas. Trabaja dos horas por la mañana en una destartalada oficina de la ciudad alta, en compañía de las pulgas que invaden las maderas carcomidas del viejo escritorio. Almuerza modestamente en el Lutetia y, si sus fondos se lo permiten, compra una manzana y una botella de coñac para cenar en su buhardilla. Las interminables y, ardientes tardes del verano las pasa durmiendo y hojeando los periódicos que le presta un diariero griego que le tiene afecto. (Mientras lee, una vena late suavemente en lo alto de su cráneo.) La madurez es todo. Los muebles de su cuartito revelan un espíritu muy ecléctico; los pocos objetos que ornan la vida del anacoreta tienen un sabor rigurosamente personal, como si en conjunto compusieran la personalidad de su dueño. El retrato de Clea da una sensación de plenitud total, precisamente porque ha pintado como fondo todas las posesiones del viejo. Por ejemplo, el pequeño crucifijo de pésima calidad que cuelga sobre la cabecera del lecho; hace ya algunos años que Scobie decidió aceptar los consuelos de la Iglesia Católica para compensar la vejez y los defectos de carácter que han llegado a ser en él una segunda naturaleza. Cerca del crucifijo hay una pequeña reproducción de Mona Lisa, cuya enigmática sonrisa

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and friendliness, had offered him a means to live on in Alexandria. It is said that after his appointment to the Vice Squad vice assumed such alarming proportions that it was found necessary to up-grade and transfer him; but he himself always maintained that his transfer 45 to the routine C.I.D. branch of the police had been a deserved promotion -- and I for my part have never had the courage to tease him on the subject. His work is not onerous. For a couple of hours every morning he works in a ramshackle office in the upper quarter of the town, with the fleas jumping out of the rotten woodwork of 50 his old-fashioned desk. He lunches modestly at the Lutetia and, funds permitting, buys himself an apple and a bottle of brandy for his evening meal there. The long fierce summer afternoons are spent in sleep, in turning over the newspapers which he borrows from a friendly Greek newsvendor. (As he reads the pulse in the 55 top of his skull beats softly.) Ripeness is all. The furnishing of his little room suggests a highly eclectic spirit; the few objects which adorn the anchorite's life have a severely personal flavour, as if together they composed the 60 personality of their owner. That is why Clea's portrait gives such a feeling of completeness, for she has worked into the background the whole sum of the old man's possessions. The shabby little crucifix on the wall behind the bed, for example; it is some years since Scobie accepted the consolations of the Holy Roman Church 65 against old age and those defects of character which had by this time become second nature. Nearby hangs a small print of the Mona Lisa whose enigmatic smile has always reminded Scobie of his

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mother. (For my part the famous smile has always seemed to me to be the smile of a woman who has just dined off her husband.) However this too has somehow incorporated itself into the existence of Scobie, established a special and private relationship. 5 It is as if his Mona Lisa were like no other; it is a deserter from Leonardo. Then, of course, there is the ancient cake-stand which serves as his commode, bookcase and escritoire in one. Clea has accorded it 10 the ungrudging treatment it deserves, painting it with a microscopic fidelity. It has four tiers, each fringed with a narrow but elegant level. It cost him ninepence farthing in the Euston Road in 1911, and it has travelled twice round the world with him. He will help you admire it without a trace of humour or self-consciousness. `Fetching little 15 thing, what?' he will say jauntily, as he takes a cloth and dusts it. The top tier, he will explain carefully, was designed for buttered toast: the middle for shortbreads: the bottom tier is for `two kinds of cake'. At the moment, however, it is fulfilling another purpose. On the top shelf he his telescope, compass and 20 Bible; on the middle tier lies his correspondence which consists only of his pension envelope; on the bottom tier, with tremendous gravity, lies a chamber-pot which is always referred to as `the heirloom', and to which is attached a mysterious story which he will one day confide to me.

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le ha recordado siempre la de su madre. (Por mi parte, la famosa sonrisa me ha parecido siempre la de una mujer que acaba de comerse a su marido.) Sea como fuere, esa imagen ha terminado por incorporarse en cierto modo a la existencia de Scobie. Parecería que su Mona Lisa fuese diferente de las otras, y que hubiera escapado de Leonardo. También figura, claro está, el viejo aparador que le sirve de cómoda, biblioteca y escritorio. Clea le ha concedido el tratamiento generoso que merece, pintándolo con microscópica fidelidad. Tiene cuatro estantes de elegantes bordes biselados. Lo compró en Euston Road por nueve peniques y un cuarto, en 1911, y ha dado dos veces la vuelta al mundo en su compañía. Scobie lo ofrece a la admiración ajena sin la menor malicia o timidez. --Un mueblecito encantador, ¿no es cierto? --dice garbosamente, mientras le quita el polvo con un trapo. Luego explica en detalle que el estante superior estaba destinado a las tostadas con mantequilla, el del medio a los bizcochos, y el inferior «a dos clases diferentes de pasteles». Por el momento, sin embargo, el mueble cumple otras funciones. En el estante superior descansan el catalejo, la brújula y la Biblia; en el del medio figura la correspondencia, consistente tan sólo en el sobre donde, viene su pensión; y en el inferior reposa con tremendo gravedad una bacinilla a la que Scobie se refiere siempre como «la herencia de familia», y con respecto a la cual existe una historia misteriosa que algún día me confiará. La habitación está iluminada por una débil lamparilla eléctrica y un manojo de bujías de junco, colocadas en un nicho donde hay también una jarra de terracota llena de agua fresca y potable. La única ventana, sin cortina, se abre a ciegas sobre una lúgubre y desollada pared de adobe. Cuando Scobie está en cama, bajo la débil luz humeante de las bujías que se reflejan en el cristal de su brújula y, pasada la medianoche, el coñac palpita en su cabeza, me hace pensar en una vieja torta de cumpleaños a la espera de que alguien se incline y apague las velas... Cuando uno lo ha llevado a la cama por la noche, y lo ha instalado cómodamente, su última frase (aparte de un vulgar «Bésame mucho», que se acompaña siempre con una mueca y un chasquido) es más seria. --Dime la verdad: ¿represento la edad que tengo? Para decirlo francamente, Scobie puede tener cualquier edad; es más viejo que el nacimiento de la tragedia, más joven que la muerte del mundo ateniense. Engendrado en el Arca por el acoplamiento ocasional de un oso y un avestruz; nacido antes de término cuando la quilla crujió ominosamente al encallar en el monte Ararat. Scobie salió del vientre materno en una silla de ruedas con neumáticos, llevando un gorro de cazador y una faja de franela roja. En sus pies de dedos prensiles, un par de resplandecientes botas elásticas. En su mano, una estropeada Biblia de familia con la inscripción: «Joshua Samuel Scobie, 1870. Honrarás a tu padre y a tu madre.» A esas posesiones se agregaban ojos como lunas muertas, una marcada curvatura de la espina dorsal de viejo pirata, y una predilección por las galeras de cinco filas de remos. Por las venas de Scobie no corría sangre sino agua de mar verde y salada, la sustancia de las grandes profundidades. Su andar es lento, ondulante y penoso como el de un santo recorriendo Galilea. Su lenguaje, una jerga recogida en las aguas verdes de cinco océanos, una fabulosa tienda de antigüedades, reluciente de sextantes, astrolabios, puerco espines e isobaras. Cuando canta, y lo hace con frecuencia, logra las resonancias del mismísimo Viejo del Mar. Como un santo patrono, ha ido dejando jirones de su carne en todo el mundo, en Zanzíbar, Colotnbo, Togo, Wu Fu; trocitos perecederos que ha ido desperdigando durante tanto, tanto tiempo, viejas astas, gemelos de camisas, dientes, cabellos... Y ahora el reflujo ha dejado en seco, por encima de las rápidas corrientes del tiempo, a Joshua, el meteorólogo insolvente, el isleño, el anacoreta.

The room is lit by one weak electric-light bulb and a cluster of rush lights standing in a niche which also houses an earthenware jar full of cool drinking water. The one uncurtained window looks blindly out upon a sad peeling wall of mud. Lying in bed with the 30 smoky feeble glare of the night-lights glinting in the glass of his compass -- lying in bed after midnight with the brandy throbbing in his skull he reminds me of some ancient wedding-cake, waiting only for someone to lean forward and blow out the candles!

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His last remark at night, when one has seen him safely to bed and tucked him in -- apart from the vulgar `Kiss Me Hardy' which is always accompanied by a leer and a popped cheek -- is more serious. `Tell me honestly' he says. `Do I look my age?' Frankly Scobie looks anybody's age; older than the birth of tragedy, younger than the Athenian death. Spawned in the Ark by a chance meeting and mating of the bear and the ostrich; delivered before term by the sickening grunt of the keel on Ararat. Scobie came forth from the womb in a wheel chair with rubber tyres, dressed in a deer-stalker and a red flannel binder. On his prehensile toes the glossiest pair of elastic-sided boots. In his hand a ravaged family Bible whose fly-leaf bore the words `Joshua Samuel Scobie 1870. Honour thy father and thy mother'. To these possessions were added eyes like dead moons, a distinct curvature of the pirate's spinal column, and a taste for quinqueremes. It was not blood which flowed in Scobie's veins but green salt water, deepsea stuff. His walk is the slow rolling grinding trudge of a saint walking on Galilee. His talk is a green-water jargon swept up in five oceans -- an antique shop of polite fable bristling with sextants, astrolabes, porpentines and isobars. When he sings, which he so often does, it is in the very accents of the Old Man of the Sea. Like a patron saint he has left little pieces of his flesh all over the world, in Zanzibar, Colombo, Togoland, Wu Fu: the little deciduous morsels which he has been shedding for so long now, old antlers, cuff-links, teeth, hair.... Now the retreating tide has left him high and dry above the speeding currents of time, Joshua the insolvent weather-man, the islander, the anchorite. *****

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Clea, the gentle, lovable, unknowable Clea is Scobie's greatest friend, and spends much of her time with the old pirate;

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Clea, la gentil, encantadora, impenetrable Clea, es la mejor amiga de Scobie, y pasa gran parte de su tiempo junto al viejo pirata.

she deserts her cobweb studio to make him tea and to enjoy those interminable monologues about a life which has long since receded, lost its vital momentum, only to live on vicariously in the labyrinths of memory.

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Abandona su taller de telarañas para ir a prepararle el té y gozar de sus interminables monólogos acerca de una vida que ha periclitado hace mucho, que ha perdido su impulso vital para sobrevivir única y vicariamente en los laberintos del recuerdo. Por lo que toca a Clea, ¿deberá creer que mi imaginación tiene la culpa de que me resulte tan difícil hacer su retrato? Pienso tanto en ella, y sin embargo advierto que en todo lo que llevo escrito hay una especie de resistencia a ocuparme directamente de su persona. Quizá la dificultad esté en que no parece existir una correspondencia entre sus costumbres y su verdadero carácter. Si describo las formas exteriores de su vida, tan sencilla, reservada y llena de gracia, corro el peligro de hacer de ella una monja para quien toda la gama de pasiones humanas ha cedido terreno ante la b ú s q u e d a a b s o r b e n t e d e s u y o m a s p r o f u n d o , o u n a v i rg e n despechada y ensimismada que se ha apartado del mundo a causa de algún desequilibrio psíquico o de alguna herida remota que no ha podido superar. En ella todo es como de miel, dorado y cálido; el cabello rubio y rizado, peinado hacia atrás y sujeto en un sencillo rodete bajo. El peinado realza su fisonomía franca y abierto de musa modesta, cuyos ojos verde--grises sonríen. Sus manos tranquilas poseen una eficacia y unas proporciones que sólo se advierten en el trabajo, cuando sostienen un pincel o entablillan la pata rota de un gorrión con ayuda de unos fósforos. Debería decir algo como esto: que Clea fue vertida, todavía caliente, en el cuerpo de una joven Gracia, es decir, en un cuerpo nacido sin instintos ni deseos. Una gran belleza, dinero suficiente para vivir con independencia, vocación... he ahí los factores que inducen a los envidiosos y los fracasados a considerar inmerecida su suerte. ¿Pero por qué, se preguntan sus críticos y observadores, no ha querido casarse jamás? Vive de una manera modesta, aunque no mezquina, en un confortable estudio situado en una buhardilla, cuyos únicos muebles son una cama de hierro y unas cuantas sillas de playa bastante estropeadas, que durante el verano transporta a su pequeña cabaña a orillas del mar, en Sidi Bishr. El único lujo que se permite es un cuarto de baño de azulejos resplandecientes, en un ángulo del cual ha instalado una minúscula cocina que le permite preparar lo que se le antoje; eso, y una biblioteca cuyos estantes atiborrados prueban que no se priva de nada en ese sentido. Vive sin amantes ni lazos de familia, sin malicia, sin animales domésticos, concentrada exclusivamente en su pintura, que toma en serio aunque no demasiado. La suya es también una obra feliz, porque esas telas audaces y elegantes a la vez irradian indulgencia y humorismo. Están llenas de sentido del juego, como los niños que tanto le gustan. Pero he cometido una tontería al decir que «no ha querido casarse». La frase la enojaría, porque recuerdo que una vez me dijo: --Si hemos de ser amigos, no hable de mí como de alguien que se niega alguna cosa en esta vida. Mi soledad no me priva de nada, ni estoy hecha para ser diferente de como soy. Quiero que comprenda cómo he realizado mi vida, y que no se ponga a imaginar fracasos íntimos. En cuanto al amor en sí, cher ami, ya le dije que me interesa apenas, y los hombres todavía menos. He tenido pocas experiencias; en realidad una sola me marcó para siempre, y fue con una mujer. Todavía vivo en la felicidad de esa relación perfectamente consumada; cualquier sustituto físico me parecería hoy horriblemente vulgar y hueco. Pero no se imagine que mi corazón está desgarrado a la manera que se estila. No. Es curioso, pero en cierto modo pienso que nuestro

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As for Clea herself: is it only my imagination which makes it seem so difficult to sketch her portrait? I think of her so much -- and yet I see how in all this writing I have been shrinking from dealing directly with her. Perhaps the difficulty lies here: 10 that there does not seem to be an easy correspondence between her habits and her true disposition. If I should describe the outward structures of her life -- so disarmingly simple, graceful, selfcontained -- there is a real danger that she might seem either a nun for whom the whole range of human passions had given 15 p l a c e t o a n a b s o r b i n g s e a r c h f o r h e r s u b l i m i n a l s e l f o r a disappointed and ingrown virgin who had deprived herself of the w o r l d b e c a u s e o f s o m e p s y c h i c i n s t a b i l i t y, o r s o m e insurmountable early wound. Everything about her person is honey-gold and warm in tone; the fair, crisply-trimmed hair which she wears rather long at the back, knotting it simply at the downy nape of her neck. This focuses the candid face of a minor muse with its smiling grey-green eyes. The calmly disposed hands have a deftness and shapeliness which 25 one only notices when one sees them at work, holding a paint-brush perhaps or setting the broken leg of a sparrow in splints made from match-ends.

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I should say something like this: that she had been poured, while

30 still warm, into the body of a young grace: that is to say, into a body born

without instincts or desires. To have great beauty; to have enough money to construct an independent life; to have a skill -- these are the factors which 35 persuade the envious, the dispirited to regard her as undeservedly lucky. But why, ask her critics and observers, has she denied herself marriage? She lives in modest though not miserly style, inhabiting a

40 comfortable attic-studio furnished with little beyond an iron bed

and a few ragged beach chairs which in the summer are transferred bodily to her little bathing cabin at Sidi Bishr. Her only luxury is a glittering tiled bathroom in the corner of which she has installed a minute stove to cope with whatever cooking she feels inclined 45 to do for herself; and a bookcase whose crowded shelves indicate that she denies it nothing. She lives without lovers or family ties, without malices or pets, concentrating with single-mindedness upon her painting which she 50 takes seriously, but not too seriously. In her work, too, she is lucky; for these bold yet elegant canvases radiate clemency and humour. They are full of a sense of play -- like children muchbeloved. But I see that I have foolishly spoken of her as `denying herself

55 marriage'. How this would anger her: for I remember her once

saying: `If we are to be friends you must not think or speak about me as someone who is denying herself something in life. My solitude does not deprive me of anything, nor am I fitted to be other than I am. I want you to see how successful I am and not 60 imagine me full of inner failings. As for love itself -- CHER AMI -- I told you already that love interested me only very briefly -- and men more briefly still; the few, indeed the one, experience which marked me was an experience with a woman. I am still living in the happiness of that perfectly ACHIEVED relationship: any 65 physical substitute would seem today horribly vulgar and hollow. But do not imagine me as suffering from any fashionable form of broken heart. No. In a funny sort of way I feel that our love has

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really gained by the passing of the love-object; it is as if the physical body somehow stood in the way of love's true grow t h , i t s s e l f - r e a l i z a t i o n . D o e s t h a t s o u n d c a l a m i t o u s ? ' She laughed.

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amor salió ganando con la pérdida del objeto amado, como si los cuerpos se interpusieran en el camino del verdadero amor, de su auténtica realización. ¿No le parece desastroso? Y se echó a reír. Me acuerdo de que recorríamos la Corniche azotada por la lluvia, en otoño, bajo un cielo nublado que se iba oscureciendo. Mientras hablaba, Clea pasó afectuosamente su brazo por el mío, sonriéndome con tanta ternura que cualquiera hubiera podido confundirse y tomarnos por amantes. --Hay otra cosa --agregó-- que tal vez usted descubrirá por su cuenta. En el amor hay algo que no llamaré imperfecto, porque la imperfección está en nosotros, pero sí algo que no hemos comprendido. Por ejemplo, el amor que usted siente por Justine no es un amor diferente inspirado por un objeto diferente, sino el mismo amor que siente por Melissa y que trata de realizarse por intermedio de Justine. El amor es terriblemente estable, y a cada uno nos toca una sola porción, digamos una ración. Puede presentarse en infinidad de formas, y volcarse en una infinidad de personas. Pero es limitado en su cantidad, se gasta, se aja y estropea antes de haber alcanzado su verdadero objeto. Su meta está en alguna de las regiones más recónditas de la psiquis, donde puede llegar a reconocerse como un amor a sí mismo, fundamento sobre el que alzamos una especie de salud del espíritu. Y no me refiero al egoísmo ni al narcisismo. Conversaciones como ésta, que se prolongaban a veces hasta muy avanzada la noche, empezaron a aproximarme a Clea, mostrándome que podía confiar en la fuerza que ella había sacado de la reflexión y el conocimiento de sí misma nuestra amistad nos permitía compartir nuestros pensamientos más íntimos y confrontarlos en una forma que no hubiera sido posible si hubiésemos estado unidos por vínculos más estrechos que, aunque parezca paradójico, separan más de lo que unen, cosa que la ilusión humana se niega a reconocer. --Es muy cierto --me dijo un día en que yo había aludido a ese hecho tan extraño-- que de alguna manera yo estoy más cerca de usted que Melissa o Justine. El amor de Melissa es demasiado confiado, y la ciega. En cambio la cobarde monomanía de Justine inventa una representación imaginaria de usted, que lo obliga a actuar de un modo demoníaco, como ella. No me mire con enojo, se lo digo sin ninguna malicia. Aparte de la pintura de Clea, no debo dejar de mencionar el trabajo que hace para Balthazar. Es su pintora clínica. Por alguna razón, mi amigo no se contenta con el procedimiento ordinario de registrar fotográficamente las anomalías médicas. Según su teoría personal, en ciertos estadios de las enfermedades que le interesan, tiene suma importancia la pigmentación de la piel. Por ejemplo, Clea ha registrado en una serie de dibujos coloreados de gran tamaño, terriblemente implacables y tiernos, los estragos de la sífilis en todas sus manifestaciones. En cierto sentido se trata de auténticas obras de arte; su propósito utilitario ha liberado al pintor de todo esfuerzo por expresar su propia personalidad; se ha limitado a registrar; y esos cuerpos torturados y condenados que Balthazar escoge a diario en la larga y penosa fila de pacientes que acuden a los servicios externos del dispensario, como quien va sacando de un barril las manzanas podridas, tienen la misma elocuencia que los retratos de seres humanos; vientres reventados como espoletas, pieles arrugadas y desolladas como paredes de yeso, carcinomas estallando a través de las membranas de caucho que los retienen... Recuerdo la primera vez que la vi trabajar; había ido a la clínica para que Balthazar me diera un certificado que me reclamaban en la escuela donde enseñaba. A través de los cristales de la sala de consultas tuve una rápida visión de Clea, a quien entonces no conocía, sentada bajo el peral marchito del arruinado jardín. Tenía puesta una blusa de enfermera, y había ordenado metódicamente los tubos de colores sobre una losa de

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We were walking, I remember, along the rainswept Corniche in autumn, under a darkening crescent of clouded sky; and as she spoke she put her arm affectionately through mine and smiled at me with such tenderness that a passer-by might have been forgiven 10 for imagining that we ourselves were lovers. `And then' she went on `there is another thing which perhaps you will discover for yourself. There is something about love -- I will not say defective for the defect lies in ourselves: but something 15 we have mistaken about its nature. For example, the love you now feel for Justine is not a different love for a different object but the same love you feel for Melissa trying to work itself out through the medium of Justine. Love is horribly stable, and each of us is only allotted a certain portion of it, a ration. It is capable of 20 appearing in an infinity of forms and attaching itself to an infinity of people. But it is limited in quantity, can be used up, become shopworn and faded before it reaches its true object. For its destination lies somewhere in the deepest regions of the psyche where it will come to recognize itself as self-love, the ground upon 25 which we build the sort of health of the psyche. I do not mean egoism or narcissism.' It was conversations like these: conversations lasting sometimes far into the night, which first brought me close to Clea, 30 taught me that I could rely upon the strength which she had quarried out of self-knowledge and reflection. In our friendship we were able to share our private thoughts and ideas, to test them upon one another, in a way that would have been impossible had we been linked more closely by ties which, paradoxically enough, 35 separate more profoundly than they join, though human illusion forbids us to believe this. `It is true' I remember her saying once, when I had mentioned this strange fact, `that in some sense I am closer to you than either Melissa or Justine. You see, Melissa's love is too confiding : it blinds her. While Justine's cowardly 40 monomania sees one through an invented picture of one, and this forbids you to do anything except to be a demoniac like her. Do not look hurt. There is no malice in what I say.' But apart from Clea's own painting, I should not forget to

45 mention the work she does for Balthazar. She is the clinic painter.

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For some reason or other my friend is not content with the normal slipshod method of recording medical anomalies by photographs. He is pursuing some private theory which makes him attach importance to the pigmentation of the skin in certain stages of his pet diseases. The ravages of syphilis, for example, in every degree of anomaly, Clea has recorded for him in large coloured drawings of terrifying lucidity and tenderness. In a sense these are truly works of art; the purely utilitarian object has freed the painter from any compulsion towards self-expression; she has set herself to record; and these tortured and benighted human members which Balthazar picks out daily from the long sad queue in the outpatients' ward (like a man picking rotten apples from a barrel) have all the values of depicted human faces -- abdomens blown like fuses, skin surfaces shrunken and peeling like plaster, carcinomata bursting through the rubber membranes which retain them.... I remember the first time I saw her at work; I had called on Balthazar at the clinic to collect a certificate for some routine matter in connection with the school at which I worked. Through the glass doors of the surgery I caught a glimpse of Clea, whom I did not then know, sitting under the withered pear-tree in the shabby garden. She was dressed in a white medical smock, and her colours were laid out methodically beside her on a slab of

fallen marble. Before her, seated half-crouching upon a wicker chair, was a big-breasted sphinx-faced FELLAH girl, with her skirt drawn up above her waist to expose some choice object of my friend's study. It was a brilliant spring day, and in the distance 5 one could hear the scampering of the sea. Clea's capable and innocent fingers moved back and forth upon the white surface of the paper, surely, deftly, with wise premeditation. Her face showed the rapt and concentrated pleasure of a specialist touching in the colours of some rare tulip.

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mármol. Frente a ella, sentada en una silla de paja, había un muchacha fellah, de enormes senos y cara de esfinge, con la falda recogida hasta la cintura descubriendo la parte de su cuerpo que mi amigo quería estudiar. Era un día brillante de primavera y a lo lejos se escuchaba el galope del mar. Los diestros e inocentes dedos de Clea corrían de un lado a otro del papel, seguros, eficaces, con una serena premeditación. En su cara había el arrobamiento y el placer concentrado del especialista que examina los colores de un tulipán raro. A la hora de su muerte, Melissa preguntó por Clea, y fue Clea quien pasó largas noches a su cabecera, contándole historias y cuidándola. En cuanto a Scobie, no me atrevo a decir que la inversión de ambos constituyera un vínculo secreto, sumergido como un cable submarino que une dos continentes, porque sería una injusticia para los dos. No cabe duda de que el viejo no sospechaba nada de Clea, y en cuanto a ella, tiene demasiado tacto como para darle a entender que sus alusiones a sus proezas amorosas son absolutamente huecas. Los dos congenian a la perfección, y están encantados de su amistad que es como la de un padre y su hija. La única vez que lo escuché reprocharle que no se hubiera casado, el rostro encantador de Clea se puso redondo y lustroso como el de una colegiala, y fingiendo una profunda seriedad que la chispa maliciosa de sus ojos traicionaba, contestó que aún esperaba al hombre de su vida. Entonces Scobie asintió gravemente, y estuvo de acuerdo en que ésa era la conducta más sensata. Entre una cantidad de telas polvorientas amontonadas en un rincón del estudio, encontré un día un retrato de Justine, de tres cuartos, manchado a la manera impresionista y evidentemente inconcluso. Clea contuvo la respiración y lo miró con la misma compasión con que una madre podría mirar a un hijo a quien sabe feo, pero que, sin embargo, es tan hermoso para ella. --Oh, es muy viejo --dijo, y después de mucho pensarlo me lo regaló para mi cumpleaños. Cuelga ahora sobre la vieja y combada repisa de la chimenea, para recordarme la anhelante, incisiva belleza de esa cabeza morena tan querida. Acaba de retirar el cigarrillo de los labios, y está a punto de decir algo que su mente ha formulado pero que sólo se ha asomado a sus ojos. Los labios están separados, a punto de pronunciar las palabras.

When Melissa was dying it was for Clea that she asked; and it was Clea who spent whole nights at her bedside telling her stories and tending her. As for Scobie -- I do not dare to say that their inversion constituted a hidden bond -- sunk like a submarine cable 15 linking two continents -- for that might do an injustice to both. Certainly the old man is unaware of any such matter; and she for her part is restrained by her perfect tact from showing him how hollow are his boasts of love-making. They are perfectly matched, and perfectly happy in their relationship, like a father and daughter. 20 On the only occasion when I heard him rally her upon not being married Clea's lovely face became round and smooth as that of a schoolgirl, and from the depths of an assumed seriousness which completely disguised the twinkle of the imp in her grey eyes, she replied that she was waiting for the right man to come along: at 25 which Scobie nodded profoundly, and agreed that this was the right line of conduct. It was from a litter of dusty canvases in one corner of her studio that I unearthed a head of Justine one day -- a half profile, 30 touched in impressionistically and obviously not finished. Clea caught her breath and gazed at it with all the compassion a mother might show for a child which she recognized as ugly, but which was none the less beautiful for her. `It is ages old' she said; and after much reflection gave it to me for my birthday. It stands now 35 on the old arched mantelshelf to remind me of the breathless, incisive beauty of that dark and beloved head. She has just taken a cigarette from between her lips, and she is about to say something which her mind has already formulated but which has so far only reached the eyes. The lips are parted, ready to utter it in words.

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***** A mania for self-justification is common both to those whose consciences are uneasy and to those who seek a philosophic rationale for their actions: but in either case it leads to strange forms of thinking. The idea is not spontaneous, but VOULUE. In the case of Justine this mania led to a perpetual flow of ideas, speculations on past and present actions, which pressed upon her mind with the weight of a massive current pressing upon the walls of a dam. And for all the wretched expenditure of energy in this direction, for all the passionate contrivance in her selfexamination, one could not help distrusting her conclusions, since they were always changing, were never at rest. She shed theories about herself like so many petals. `Do you not believe that love consists wholly of paradoxes?' she once asked Arnauti. I remember her asking me much the same question in that turbid voice of hers which somehow gave the question tenderness as well as a sort of menace. `Supposing I were to tell you that I only allowed myself to approach you to save myself from the danger and ignominy of falling deeply in love with you? I felt I was saving Nessim with every kiss I gave you.' How could this, for example, have constituted the true motive for that extraordinary scene on the beach? No rest from doubt, no rest from doubt. On another occasion she dealt with the problem from another angle, not perhaps less truthfully: `The moral is -- what is the moral? We were not simply gluttons, were we? And how completely this love-affair has repaid all the promises it held out for us -- at least for me. We met and

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La manía de justificarse a sí mismo se da tanto en los que tienen la conciencia intranquila como en los que buscan un fundamento filosófico para sus acciones, pero en ambos casos lleva a extrañas formas de pensamiento. Sus ideas no son espontáneas, sino voulues. En el caso de Justine, esa manía provocaba una corriente perpetua de ideas, de especulaciones sobre actos cometidos o por cometer, que ejercían sobre su espíritu la presión que ejerce la masa líquida en un dique. Y a pesar del lamentado desgaste de energías y del apasionado ingenio con que se examinaba a sí misma, era imposible no desconfiar de sus conclusiones, puesto que cambiaban continuamente, sin descanso. Iba rechazando teorías acerca de sí misma como quien arroja los pétalos de una flor. «¿No te parece que el amor consiste esencialmente en paradojas?», preguntó una vez a Arnauti. Recuerdo que también a mí me hizo la pregunta, con esa voz velada en que la ternura se mezclaba a veces a la amenaza. --¿Y si te dijera que sólo he consentido en ser tuya para salvarme del peligro y la ignominia de enamorarme verdaderamente de ti? Sentía que estaba salvando a Nessim con cada beso que te daba. Pero ése, por ejemplo, ¿podía haber sido el auténtico motivo de aquella extraordinaria escena en la playa? La duda, la duda constante y sin descanso. En otra ocasión aludió al problema desde un ángulo diferente, y quizá no menos cierto: --La moral es... ¿qué es la moral? No era pura avidez la nuestra, ¿verdad? ¿Hasta qué punto esta aventura ha cumplido todas sus promesas... por lo menos en mi caso? Nos encon-

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tr. de Aurora Bernárdez

the worst befell us, but the best part of us, our lovers. Oh! please do not laugh at me.' For my part I remained always stupefied and mumchance at

5 all the avenues opened up by these thoughts; and afraid, so strange

tramos y nos sucedió lo peor, pero sin afectar a lo mejor de nosotros mismos, es decir, a nuestros amantes. ¡Oh, no te rías, por favor! Yo me quedaba invariablemente estupefacto y mudo frente a las perspectivas que abrían semejantes rumbos del pensamiento; y también sentía miedo, tan raro me parecía emplear esos términos necrológicos para hablar de lo que estábamos viviendo. A veces me sentía al borde de gritar, como Arnauti en una ocasión parecida: «¡Por el amor de Dios, acaba con esa manía de infelicidad, o será la catástrofe! Estás agotando nuestras vidas antes de haber tenido la oportunidad de vivirlas.» Sabía muy bien lo inútil de semejante exhortación. En este mundo hay seres condenados a la autodestrucción, y ningún argumento racional influye en ellos. Justine me hacía pensar siempre en una sonámbula que avanza peligrosamente por la cornisa de una torre; si se le grita para despertarla, hay el peligro de que se desplome. Lo único que sabía hacer era seguirla en silencio, confiando en alejarla poco a poco de los negros precipicios que flanqueaban su camino. Por una curiosa paradoja, esos mismos defectos de carácter, esas vulgaridades de la psiquis, constituían para mí la máxima atracción de un personaje tan misterioso y en continuo movimiento. Presumo que en cierto modo esas falencias correspondían a otras debilidades de mi propio carácter, que yo tenía la suerte de ocultar mejor que ella. Sé muy bien que hacer el amor sólo era para nosotros una pequeña parte de la imagen total que se desprendía de una intimidad espiritual y que se multiplicaba y ramificaba diariamente en torno de nosotros. ¡Cuánto hablábamos! Noche tras noche, en los miserables cafés de la avenida costanera (tratando en vano de ocultar a Nessim y a otros amigos comunes una relación de la que nos sentíamos culpables). A medida que hablábamos nos íbamos acercando insensiblemente, hasta tomarnos de las manos o caer casi uno en brazos del otro; y no por esa sensualidad que suele afligir a los enamorados, sino como si esperáramos que el contacto físico pudiera aliviar el dolor de esa exploración de nuestras conciencias. Sí, ésta es la más desdichada de las relaciones amorosas que puede mantener un ser humano, una relación agobiada por algo tan desgarrador como la tristeza que sigue al coito, que se aferra a todas las caricias y permanece como un sedimento en las claras aguas de un beso. «Es fácil escribir sobre los besos --dice Arnauti--, pero allí donde la pasión hubiera debido estar llena de signos y de claves, sólo servían para saciar nuestros pensamientos. No aportaban un conocimiento nuevo, como ocurre por lo común. Había tantas otras cosas de por medio.» En efecto, mientras hacía el amor con ella, también yo empecé a darme plena cuenta de lo que Arnauti había querido decir al describir el Impedimento como «la sensación agostadora de yacer con una estatua deliciosa, incapaz de devolver los besos y las caricias de la carne que la toca. Había algo extenuante y corruptor en el hecho de amar tan bien y sin embargo tan poco.» El dormitorio, por ejemplo, con su luz cobriza y fosforescente, los sahumerios ardiendo en la verde urna tibetana y difundiendo un aroma de rosas en la habitación. Junto a la cama, el olor capitoso de sus polvos, que impregnan las colgaduras. Una mesa de tocador, con sus potes de cremas y ungüentos. En la cabecera de la cama... ¡el Universo de Ptolomeo! Lo ha mandado dibujar sobre pergamino, y le ha puesto un marco magnífico. Allí colgará eternamente sobre el lecho, sobre los iconos en sus nichos de cuero sobre la marcial formación de los filósofos. Kant con su gorro de dormir, subiendo la escalera. Júpiter tonante. Hay algo fútil en esa acumulación de grandes hombres, entre los cuales ha permitido la presencia de Pursesvarden. Pueden verse allí cuatro de sus novelas, aunque no sé si las ha puesto para esa ocasión (estamos cenando todos juntos). Justine rodeada de sus filósofos me hace pensar en una inválida rodeada de medicinas: cápsulas vacías, botellas y jeringas. «Cuando uno la besa --escribe Arnauti--, se da cuenta de que sus ojos no se cierran sino que se van abriendo cada vez más, con una duda, una locura que va en aumento. Su conciencia está tan despierta que la entrega del cuerpo no puede ser más que parcial; la domina un pánico

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did it seem to talk about what we were actually experiencing in such obituary terms. At times I was almost provoked like Arnauti, on a similar occasion, to shout: `For the love of God, stop this mania for unhappiness or it will bring us to disaster. You are 10 exhausting our lives before we have a chance to live them.' I knew of course the uselessness of such an exhortation. There are some characters in this world who are marked down for self-destruction, and to these no amount of rational argument can appeal. For my part Justine always reminded me of a somnambulist discovered 15 treading the perilous leads of a high tower; any attempt to wake her with a shout might lead to disaster. One could only follow her silently in the hope of guiding her gradually away from the great shadowy drops which loomed up on every side. But by some curious paradox it was these very defects of character -- these vulgarities of the psyche -- which constituted for me the greatest attraction of this weird kinetic personage. I suppose in some way they corresponded to weaknesses in my own character which I was lucky to be able to master more thoroughly than she could. I 25 know that for us love-making was only a small part of the total picture projected by a mental intimacy which proliferated and ramified daily around us. How we talked! Night after night i n shabby sea-front cafés (trying ineffectually to conceal from Nessim and other common friends an attachment for 30 which we felt guilty). As we talked we insensibly drew nearer and nearer to each other until we were holding hands, or all but in each other 's arms: not from the customary sensuality which afflicts lovers but as if the physical contact could ease the pain of self-exploration.

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Of course this is the unhappiest love-relationship of which a human being is capable -- weighed down by something as heartbreaking as the post-coital sadness which clings to every endearment, which lingers like a sediment in the clear waters of a 40 kiss. `It is easy to write of kisses' says Arnauti, `but where passion should have been full of clues and keys it served only to slake our thoughts. It did not convey information as it usually does. There was so much else going on.' And indeed in making love to her I too began to understand fully what he meant in describing the 45 Check as `the parching sense of lying with some lovely statue which was unable to return the kisses of the common flesh which it touches. There was something exhausting and perverting about loving so well and yet loving so little.' The bedroom for example with its bronze phosphorous light, the pastels burning in the green Tibetan urn diffusing a smell of roses to the whole room. By the bed the rich poignant scent of her powder hanging heavy in the bed-curtains. A dressing-table with its stoppered cream and salves. Over the bed the Universe of 55 Ptolemy! She has had it drawn upon parchment and handsomely framed. It will hang forever over her bed, over the ikons in their leather cases, over the martial array of philosophers. Kant in his nightcap feeling his way upstairs. Jupiter Tonans. There is somehow a heavy futility in this array of great ones -- among 60 whom she has permitted Pursewarden an appearance. Four of his novels are to be seen though whether she has put them there specially for the occasion (we are all dining together) I cannot say. Justine surrounded by her philosophers is like an invalid surrounded by medicines -- empty capsules, bottles and syringes. 65 `Kiss her' says Arnauti `and you are aware that her eyes do not close but open more widely, with an increasing doubt and madness. The mind is so awake that it makes any gift of the body partial --

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a panic which will respond to nothing less than a CURETTE. At night you can hear her brain ticking like a cheap alarm-clock.' On the far wall there is an idol the eyes of which are lit from

5 within by electricity, and it is to this graven mentor that Justine

que sólo podría corresponder al que provocaría la curette. De noche se oye latir su cerebro como un despertador barato.» En la pared del fondo hay un ídolo cuyos ojos se ilumina con luz eléctrica desde dentro, y para ese esculpido mentor Justine representa su papel privado. Imagínese una lámpara colocada en el hueco de la garganta de un esqueleto, que proyecte su luz en la bóveda craneana donde meditan las órbitas vacías. Las sombras palpitan en su prisión de hueso. Cuando falta la corriente eléctrica, la lámpara es sustituida por un cabo de vela; entonces, desnuda y de puntillas, Justine introduce un fósforo encendido en el ojo del dios. Instantáneamente cobran relieve los surcos de la mandíbula, el hueso frontal pelado, la arista rectilínea de la nariz. Justine no se sentiría tranquila si ese visitante de una lejana mitología no velara sobre sus pesadillas. Debajo del ídolo se ven algunos juguetes baratos: una muñeca de celuloide, un marinero, sobre los cuales nunca he tenido el valor de interrogarla. Ha compuesto para el ídolo sus diálogos más maravillosos. Afirma que puede hablar en sueños y entonces la escucha la sabía y comprensiva máscara que ha llegado a representar lo que ella denomina «su Yo Noble». Tristemente, con una sonrisa incrédula, agrega: «Sabes, existe de verdad.» Las páginas de Arnauti se abren en mi mente mientras la observo y hablo con ella. «Un rostro demacrado por la luz interna de su terrores. En la oscuridad, después que me he dormido, ella despierta para meditar sobre alguna cosa que he dicho acerca de nuestra relación. Cada vez que abro los ojos la encuentro preocupada por algo, sentada ante el espejo, desnuda, fumando y golpeando la lujosa alfombra con su pie descalzo.» Es extraño, pero cada vez que evoco a Justine la veo en ese dormitorio que ella no pudo conocer antes de que Nessim se lo diera. Allí la veo siempre, entregándose a esas terribles intimidades de las que Arnauti escribe: «No hay dolor comparable al de amar a una mujer que nos ofrece su cuerpo y, sin embargo, es incapaz de darnos su verdadero ser, porque no sabe dónde está.» Cuántas veces, tendido a su lado, he rumiado esas observaciones que, para el lector común, podrían pasar inadvertidas en el flujo y reflujo de las ideas que componen Moeurs. Justine no resbala de los besos al sueño --una puerta que da a un jardín privado-- como lo hace Melissa. En la luz cálida, bronceada, su piel parece aun más pálida, y en sus mejillas se abren rojas flores sabrosas que absorben la luz y la conservan. Se levanta la falda y baja un poco una de sus medias para mostrarme la oscura cicatriz sobre la rodilla, entre las dos marcas del portaligas. No puedo describir lo que siento al contemplar esa herida --como un personaje al margen del libro-- y recordar su terrible origen. En el espejo, la morena cabeza, más joven y graciosa que el original al que ha sobrevivido, restituye una imagen que es el vestigio de una Justine joven, como la huella de un helecho fósil en la caliza: la juventud que ella cree haber perdido. No puedo admitir que haya vivido de una manera tan plena en cualquier otra habitación, que el ídolo colgara en otra parte, en otro ambiente. La veo siempre subiendo la gran escalera, atravesando la galería con sus putti y sus helechos, y pasando por la puerta baja para entrar en la más privada de las habitaciones. La sigue la doncella negra Fatma, la etíope. Invariablemente Justine se reclina en la cama y tiende las manos llenas de sortijas; con un aire casi alucinado, la negra va retirando los anillos de los largos dedos y los guarda en un cofrecito sobre la mesa de tocador. La noche en que Pursewarden y yo cenamos a solas con ella, nos invitó a recorrer la gran residencia, pero después de mirar las frías salas de recepción, giró de golpe sobre sus talones y nos guió escaleras arriba, en busca de un ambiente capaz de serenar a mi amigo, a quien ella admiraba y temía muchísimo. Durante toda la velada Pursewarden había estado enfurruñado, como

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acts her private role. Imagine a torch thrust through the throat of a skeleton to light up the vault of the skull from which the eyeless sockets ponder. Shadows thrown on the arch of the cranium flap there in imprisonment. When the electricity is out of order a stump 10 of candle is soldered to the bracket: Justine then, standing naked on tip-toes to push a lighted match into the eyeball of the God. Immediately the furrows of the jaw spring into relief, the shaven frontal bone, the straight rod of the nose. She has never been tranquil unless this visitant from distant mythology is watching 15 over her nightmares. Under it he a few small inexpensive toys, a celluloid doll, a sailor, about which I have never had the courage to question her. It is to this idol that her most marvellous dialogues are composed. It is possible, she says, to talk in her sleep and be overheard by the wise and sympathetic mask which has come to 20 represent what she calls her Noble Self -- adding sadly, with a smile of misgiving, `It does exist you know.' The pages of Arnauti run through my mind as I watch her and talk to her. `A face famished by the inward light of her terrors. In 25 the darkness long after I am asleep she wakes to ponder on something I have said about our relationship. I am always waking to find her busy with something, preoccupied; sitting before the mirror naked, smoking a cigarette, and tapping with her bare foot on the expensive carpet.' It is strange that I should always see 30 Justine in the context of this bedroom which she could never have known before Nessim gave it to her. It is always here that I see her undergoing those dreadful intimacies of which he writes. `There is no pain compared to that of loving a woman who makes her body accessible to one and yet who is incapable of delivering her 35 true self -- because she does not know where to find it.' How often, lying beside her, I have debated these observations which, to the ordinary reader, might pass unnoticed in the general flux and reflux of ideas in MOEURS. She does not slide from kisses into sleep -- a door into a private garden -- as Melissa does. In the warm bronze light her pale skin looks paler -- the red eatable flowers growing in the cheeks where the light sinks and is held fast. She will throw back her dress to unroll her stocking and show you the dark cicatrice 45 above the knee, lodged between the twin dimples of the suspender. It is indescribable the feeling I have when I see this wound -- like a character out of the book -- and recall its singular origin. In the mirror the dark head, younger and more graceful now than the original it has outlived, gives back a vestigial image of a young 50 Justine -- like the calcimined imprint of a fern in chalk: the youth she believes she has lost.

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I cannot believe that she existed so thoroughly in some other room; that the idol hung elsewhere, in another setting. Somehow I 55 always see her walking up the long staircase, crossing the gallery with its PUTTI and ferns, and then entering the low doorway into this most private of rooms. Fatma, the black Ethiopian maid, follows her. Invariably Justine sinks on to the bed and holds out her ringed fingers as with an air of mild hallucination the negress 60 draws them off the long fingers and places them in a small casket on the dressing-table. The night on which Pursewarden and I dined alone with her we were invited back to the great house, and after examining the great cold reception rooms Justine suddenly turned and led the way upstairs, in search of an ambience which might 65 persuade my friend whom she greatly admired and feared, to relax. Pursewarden had been surly all evening, as he often was,

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and had busied himself with the drinks to the exclusion of anything else. The little ritual with Fatma seemed to free Justine from constraint ; she was free to be natural, to move about with `that insolent unbalanced air, cursing her frock for catching in 5 the cupboard door ', or pausing to apostrophize herself in the great spade-shaped mirror. She told us of the mask, adding sadly: `It sounds cheap and rather theatrical, I know. I turn my face to the wall and talk to it. I forgive myself my trespasses as I forgive those who trespass against me. Sometimes I rave a 10 little and beat on the wall when I remember the follies which mu s t s e e m i n s i g n i f i c a n t t o o t h e r s o r t o G o d -- i f t h e r e i s a God. I speak to the person I always imagine inhabiting a green and q u i e t p l a c e l i k e t h e 2 3 r d P s a l m . ' T h e n coming to r e s t h e r h e a d u p o n m y s h o u l d e r a n d 15 p u t h e r a r m s r o u n d m e , ` T h a t i s w h y s o o f t e n I a s k you to be a little tender with me. The edifice feels as if it had cracked up here. I need little strokes and endearments like you give Melissa; I know it is she you love. Who could love me?'

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le sucedía muchas veces, dedicándose a beber con exclusión de toda otra actividad. El pequeño ritual con Fatma pareció librar a Justine de su timidez; ahora podía mostrarse natural, ir de un lado a otro con «ese aire insolente y errático, maldiciendo su vestido que acababa de engancharse en la puerta del aparador», o detener la marcha para apostrofarse a sí misma en el gran espejo en forma de corazón. Nos habló de la máscara y añadió tristemente: --Suena a algo barato y teatral, ya lo sé. Me vuelvo hacia la pared y hablo con el ídolo. Me perdono a mí misma todas mis ofensas, así como perdono a los que me ofenden. A veces rabio un poco y golpeo la pared pensando en locuras que han de parecer insignificantes a los demás o a Dios, si lo hay. Hablo a la persona a quien siempre he imaginado habitando un lugar verde y tranquilo, como el Salmo 23. Después se acercó y puso su cabeza sobre mi hombro, mientras me ceñía entre sus brazos. --Por eso te pido tantas veces que seas tierno conmigo. Parecía como si la casa se hubiera resquebrajado; necesito palmaditas y mimos como los que haces a Melissa. Sé muy bien que estás enamorado de ella. ¿Quién podría estarlo de mí? Pienso que Pursewarden no era insensible a la naturalidad y al encanto del tono con que dijo esas palabras, porque se fue a un rincón del cuarto y empezó a mirar los anaqueles de libros. A la vista de sus propias obras se puso pálido, y después muy rojo, aunque no sé si de vergüenza o de cólera. Volviéndose a nosotros estuvo a punto de decir algo, pero cambió de idea. Una vez más giró sobre los talones con un aire de pena culpable, para examinar el terrible anaquel. Justine dijo: --Si no lo toma como una impertinencia, me gustaría que me dedicara uno de sus libros. Pursewarden no contestó. Inmóvil, con el vaso en la mano, contemplaba los libros. Luego giró bruscamente y de pronto dio la impresión de que estaba borracho; en tono feroz respondió: --¡La novela moderna! El grumus merdae que dejan los criminales en el escenario de sus fechorías. Y resbalando tranquilamente de costado, de manera que su vaso quedara bien posado en el piso, se hundió en seguida en un sueño perfecto. Gran parte del coloquio siguiente se desarrolló junto a su tendido cuerpo. Yo lo creía dormido, pero en realidad no debía de estarlo porque después aprovechó gran parte de la conversación de Justine para escribir un cuento satírico muy cruel, que por alguna razón divirtió a Justine aunque a mí me hizo mucho daño. Describía sus ojos negros donde brillaban las lágrimas no derramadas (sentada ante el espejo, el peine deslizándose por sus cabellos, crujiendo y crepitando como su voz) --La primera vez que oí a Nessim y supe que iba a enamorarme de él, traté de salvarlo y de salvarme. Escogí a propósito un amante, un sueco brutal y torpe, esperando herirlo y obligarlo a que renunciara a sus sentimientos. La mujer del sueco lo había abandonado, y lo le dije (¡todo antes de oírlo lloriquear!): «Díme cómo se comporta ella, y la imitaré. En la oscuridad todas somos igualmente carne y traición, por diferente que sea nuestro pelo o el olor de nuestra piel. Dímelo, y yo sonreiré con la sonrisa de la boda y caeré en tus brazos como una montaña de seda.» Y todo el tiempo pensaba: «Nessim, Nessim.» De esa época recuerdo también una observación de Pursewarden que resumía su actitud hacia nuestros amigos. --¡Alejandría! --exclamó, en uno de nuestros paseos a la luz de la luna--. Esos judíos con su misticismo de cafetería. ¿Cómo explicarlo con palabras? El lugar, la gente, ¿cómo? Quizá estaba tramando ya su cuento tan--cruel, y buscando la mejor manera de retratamos. --Justine y su ciudad se parecen --agregó-- en que ambos tienen un sabor intenso a la vez que les falta todo carácter auténtico.

Pursewarden was not, I think, proof against the naturalness and charm of the tones in which she said this, for he went to the corner of the room and gazed at her bookshelf. The sight of his own books made him first pale 25 and then red, though whether with shame or anger I could n o t t e l l . Tu r n i n g b a c k h e s e e m e d a t f i r s t a b o u t t o s a y something, but changed his mind. He turned back once more with an air of guilty chagrin to confront that tremendous shelf. Justine said: `If you wouldn't consider it an 30 impertinence I should so like you to autograph one for me' but he did not reply. He stayed quite still, staring at the shelf, with his glass in his hand. Then he wheeled about and all of a sudden he appeared to have become completely drunk; he said in a fierce ringing tone: `The modern novel! The 35 GRUMUS MERDAE left behind by criminals upon the scene of their misdeeds.' And quietly falling sideways, but taking care to place his glass upright on the floor he passed immediately into a profound sleep. The whole of the long colloquy which ensued took place over this prostrate body. I took him to be asleep, but in fact he must have been awake for he subsequently reproduced much of Justine's conversation in a cruel satirical short story, which for some reason amused Justine though it caused me great pain. He described her 45 black eyes shining with unshed tears as she said (sitting at the mirror, the comb travelling through her hair, crackling and sputtering like her voice). `When I first met Nessim and knew that I was falling in love with him I tried to save us both. I deliberately took a lover -- a dull brute of a Swede, hoping to wound him and 50 force him to detach himself from his feeling for me. The Swede's wife had left him and I said (anything to stop him snivelling): "Tell me how she behaves and I will imitate her. In the dark we are all meat and treacherous however our hair kinks or skin smells. Tell me, and I will give you the wedding-smile and fall into your arms 55 like a mountain of silk." And all the time I was thinking over and over again: "Nessim. Nessim." '

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I remember in this context, too, a remark of P u r s e w a r d e n 's w h i c h s u m m e d u p h i s a t t i t u d e t o o u r 60 f r i e n d s . ` A l e x a n d r i a ! ' h e s a i d ( i t w a s o n o n e o f t h o s e l o n g moonlit walks). `Jews with their cafeteria mysticism! How could one deal with it in words? Place and people?' Perhaps then he was meditating this cruel short story and casting about for ways and means to deal with us. `Justine 65 a n d h e r c i t y a r e a l i k e i n t h a t t h e y b o t h h a v e a s t r o n g f l a v o u r w i t h o u t h a v i n g a n y r e a l c h a r a c t e r. '

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I am recalling now how during that last spring (forever) we walked together at full moon, overcome by the soft dazed air of the city, the quiet ablutions of water and moonlight that polished it like a great casket. An aerial lunacy among the 5 deserted trees of the dark squares, and the long dusty roads reaching away from midnight to midnight, bluer than oxygen. The passing faces had become gem-like, tranced -- the baker at his machine making the staff of tomorrow's life, the lover hurrying back to his lodging, nailed into a silver helmet of 10 p a n i c , t h e s i x - f o o t c i n e m a p o s t e r s b o r r o w i n g a g h a s t l y magnificence from the moon which seemed laid across the nerves like a bow. We turn a corner and the world becomes a pattern of arteries,

15 splashed with silver and deckle-edged with shadow. At this far

Recuerdo ahora que aquella última primavera (la última) paseábamos juntos bajo la luna llena, agobiados por el aire suavemente embriagador de la ciudad, por las silenciosas abluciones del agua y de la luna que la pulían como a un enorme cofre. Una demencia lunar en los árboles solitarios de las plazas en sombra, y las largas rutas polvorientas alejándose de medianoche en medianoche, más azules que el oxígeno. Los rostros de los que pasaban eran como gemas, rostros en trance: el panadero en su homo, fabricando la materia para la vida de mañana, el amante apresurándose a volver a su casa, cubierto con un argentado casco de pánico, los enormes carteles cinematográficos de una magnificencia fantasmal robada a la luna, la luna que parecía deslizarse sobre los nervios, tensa como un arco. Damos vuelta en la esquina y el mundo se convierte en una red de arterias salpicadas de plata y flanqueadas de sombra. En otra lejana punta de Kom el Dick no se ve ni un alma, salvo a veces la figura obsesionante de un policía que merodea como un deseo culpable en la conciencia de la ciudad. Nuestras pisadas resuenan con la precisión de un metrónomo en el pavimento desierto: dos hombres, en su tiempo y su ciudad, remotamente alejados del mundo, caminando como si recorrieran alguno de los lúgubres canales de la luna. Pursewarden habla del libro que siempre ha querido escribir, y de las dificultades que acosan a un hombre de la ciudad cuando se enfrenta con la obra de arte. --Si usted se imagina a sí mismo como una ciudad dormida, por ejemplo... Puede quedarse quieto y oír todo lo que sucede, todo lo que está ocurriendo: volición, deseo, voluntad, cognición, pasión, resolución. Como las cien patas de la escolopendra que arrastran el cuerpo incapaz de impedir ese movimiento. Uno se agota tratando de circunnavegar esos inmensos campos de experiencia. Los escritores no estamos nunca libres. Podría explicárselo con mucha mayor claridad si ya hubiera amanecido. Sueño con ser musical en cuerpo y alma. Quiero estilo, armonía. No los chorritos mentales que se escapan del teletipo de la mente. Es el mal de la época, ¿no es cierto? Y explica las grandes olas de ocultismo que chapotean en derredor de nosotros. La Cábala, Balthazar... Balthazar no comprenderá jamás que con Dios debemos tener la máxima prudencia, puesto que es Él quien determina el poderoso atractivo de todo lo más bajo de la naturaleza humana: nuestro sentimiento de insuficiencia, él miedo a lo desconocido, los fracasos personales, y sobre todo nuestro monstruoso egotismo que en la corona del mártir ve el premio de una proeza atlética difícil de lograr. La auténtica y sutil naturaleza de Dios no admite distinciones: una copa de agua pura, insípida e inodora, que solamente refresca; y no hay duda de que sólo pocos, muy pocos seres verdaderamente contemplativos pueden sentir su atracción. Para la mayoría está incluido en esa parte de su naturaleza que menos desean admitir o examinar. No creo que exista ningún sistema que no desnaturalice la idea esencial. Y todas esas tentativas por circunscribir a Dios con palabras o ideas... No hay nada que pueda explicarlo todo, aunque todo puede servir para iluminar alguna cosa. Dios mío, debo de estar borracho. Si Dios fuera alguna cosa, sería un arte. Escultura o medicina. Pero el inmenso desarrollo del conocimiento en nuestra época, la aparición de nuevas ciencias, hacen que nos resulte imposible condensar los aromas disponibles y utilizarlos. «Quiero decir que si usted tiene una vela en la mano, puede proyectar la sombra de los vasos sanguíneos de la retina en la pared. No es lo bastante silencioso. Nunca hay allí una inmovilidad absoluta; nunca hay el silencio suficiente para alimentar al trimegisto. De noche puede oír la carrera de la sangre en las arterias cerebrales. Los lomos del pensar. Lo hace retroceder a uno a través de los engranajes de la acción histórica: causas y efectos. Imposible descansar, imposible detenerse y empezar a mirar en la bola de cristal. Hay que trepar por el cuerpo físico, separando suavemente las masas musculares para abrirse paso, los músculos lisos y los estriados; hay que examinar el sistema de alum67

end of Kom El Dick not a soul abroad save an occasional obsessive policeman, lurking like a guilty wish in the city's mind. Our footsteps run punctually as metronomes along the deserted pavements: two men, in their own time and city, remote from the 20 world, walking as if they were treading one of the lugubrious canals of the moon. Pursewarden is speaking of the book which he has always wanted to write, and of the difficulty which besets a cityman when he faces a work or art. `If you think of yourself as a sleeping city for example ... what? You can sit quiet and hear the processes going on, going about their business; volition, desire, will, cognition, passion, conation. I mean like the million legs of a centipede carrying on with the body powerless to do anything about it. One gets 30 e x h a u s t e d t r y i n g t o c i r c u m n a v i g a t e t h e s e h u g e f i e l d s o f experience. We are never free, we writers. I could explain it much more clearly if it was dawn. I long to be musical in body and mind. I want style, consort. Not the little mental squirts as if through the ticker-tape of the mind. It is the age's disease, is it 35 not? It explains the huge waves of occultism lapping round us. The Cabal, now, and Balthazar. He will never understand that it is with God we must be the most careful; for He makes such a powerful appeal to what is LOWEST in human nature -- our feeling of insufficiency, fear of the unknown, personal failings; above all 40 our monstrous egotism which sees in the martyr's crown an athletic prize which is really hard to attain. God's real and subtle nature must be clear of distinctions: a glass of spring-water, tasteless, odourless, merely refreshing: and surely its appeal would be to the few, the very few, real contemplatives?

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`As for the many it is already included in the part of their nature which they least wish to admit or examine. I do not believe that there is any system which can do more than pervert the essential idea. And then, all these attempts to circumscribe God in 50 words or ideas.... No one thing can explain everything: though everything can illuminate something. God, I must be still drunk. If God were anything he would be an art. Sculpture or medicine. But the immense extension of knowledge in this our age, the growth of new sciences, makes it almost impossible for us to digest the 55 available flavours and put them to use. `Holding a candle in your hand, I mean, you can throw the shadow of the retinal blood-vessels on the wall. It isn't silent enough. It's never dead still in there: never quiet enough for the 60 trismegistus to be fed. All night long you can hear the rush of blood in the cerebral arteries. The loins of thinking. It starts you going back along the cogs of historical action, cause and effect. You can't rest ever, you can't give over and begin to scry. You c l i m b t h r o u g h t h e p h y s i c a l b o d y, s o f t l y p a r t i n g t h e 65 muscleschemes to admit you -- muscle striped and unstriped; you examine the coil ignition of the guts in the abdomen, the sweetbreads, the liver choked with refuse like a sink-filter, the

Durrell's Justine

tr. de Aurora Bernárdez

bag of urine, the red unbuckled belt of the intestines, the soft horny corridor of the oesophagus, the glottis with its mucilage softer than the pouch of a kangaroo. What do I mean? You are searching for a co-ordinating scheme, the syntax of a Will which 5 might stabilize everything and take the tragedy out of it. The sweat breaks out on your face, a cold panic as you feel the soft contraction and expansion of the viscera busy about their job, regardless of the man watching them who is yourself. A whole city of processes, a factory for the production of excrement, my 10 goodness, a daily sacrifice. An offering to the toilet for every one you make to the altar. Where do they meet? Where is the correspondence? Outside in the darkness by the railway bridge the lover of this man waits for him with the same indescribable maggotry going on in her body and blood; wine swilling the 15 c o n d u i t s , t h e p y l o r u s d i s g o r g i n g l i k e a s u c k e r , t h e incommensurable bacteriological world multiplying in every drop of semen, spittle, sputum, musk. He takes a spinal column in his arms, the ducts flooded with ammonia, the meninges exuding their pollen, the cornea glowing in its little crucible....'

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brado de las tripas en el abdomen, el páncreas, el hígado atascado de basura como un sifón de lavabo, la bolsa de orina, el rojo cinturón desabrochado de les intestinos, el suave y córneo pasillo del esófago, la glotis con su mucílago más aterciopelado que la bolsa de un canguro. ¿Qué quiero decir con eso? Que uno busca el esquema coordinador, la sintaxis de una Voluntad capaz de lograr la estabilización total y suprimir su tragedia. El sudor inunda la cara, el pánico nos invade al sentir las suaves contracciones y dilataciones de las vísceras que cumplen su tarea sin tener en cuenta para nada al hombre que las está observando y que es uno mismo. Una ciudad completa con sus actividades, una fábrica productora de excrementos, Dios mío, un sacrificio cotidiano. Una ofrenda al retrete por cada ofrenda al altar. ¿Pero dónde se encuentran? ¿Dónde está la correspondencia? Ahí en la oscuridad, junto al puente del ferrocarril, la amante de ese hombre lo está esperando con la misma gusanera indescriptible en su cuerpo y en su sangre; el vino fermenta en sus conductos, el píloro se desborda como un tubo, el inconmensurable mundo bacteriológico se multiplica en cada gota de semen, de saliva, de gargajo, de moco. Y el amante toma una columna vertebral en sus brazos, los tubos rebalsan de amoníaco, las meninges exudan su polen, la córnea brilla en su pequeño crisol...» Lanza su risa desagradable y pueril, echando la cabeza hacia atrás hasta que la luz de la luna juega sobre sus dientes blanquísimos y perfectos, debajo del breve y triste bigote rubio. En una noche como esa nuestros pasos nos llevaron hasta la casa de Balthazar, y al ver que había luz llamamos a la puerta. Esa misma noche, frente a la bocina de un viejo gramófono (y con una emoción tan profunda que era casi horror) oí la grabación, hecha por un aficionado, de la voz del viejo poeta recitando los versos que comienzan: Voces ideales, tan amadas, de aquellos que murieron, y de aquellos perdidos hoy para nosotros como si estuvieran muertos; a veces, en lo hondo de un sueño, nos hablan, en el cerebro palpitante un pensamiento los resucita... Estos recuerdos fugitivos no explican nada, no iluminan nada; y sin embargo retornan una y otra vez cuando pienso en mis amigos, como si todo lo que rodeaba nuestras costumbres se hubiera impregnado de lo que ellos sentían, de los papeles que todos representábamos. El roce de los neumáticos en las olas del desierto, bajo un cielo azul y escarchado de invierno; o, en verano, el aterrador bombardeo de la luna que convertía el mar en fósforo, los cuerpos brillantes como latón, transformados en burbujas eléctricas; o la caminata hasta la última lengua de arena, cerca de Montaza, deslizándonos en la densa oscuridad verdosa de los Jardines del Rey; dejando atrás al amodorrado centinela, hasta llegar allí donde la fuerza del mar se paralizaba bruscamente y las olas se arrastraban cojeando sobre la arena. O bien me veo andando, con ella del brazo, a lo largo de la dilatada galería, que una insólita niebla amarillenta ha oscurecido. Tiene la mano fría y la mete en mi bolsillo. Hoy, como no siente la menor emoción, me dice que está enamorada de mí, cosa que siempre se había negado a hacer. La lluvia se pone a sisear bruscamente en los grandes ventanales. En sus ojos negros hay frialdad y diversión. En las cosas, un centro de tinieblas que tiembla y se transforma. --Nessim me da miedo. Ha cambiado. Nos detenemos frente a las pinturas chinas del Louvre. --El sentido del espacio --dice con repugnancia. Ya no hay forma, ni pigmento, ni lente: tan sólo un agujero por donde el infinito rezuma lentamente en la sala; un golfo azul donde estaba el cuerpo del tigre, vaciándose en la atmósfera inquieta de los talleres. Más tarde subimos la oscura escalera hasta el piso alto, para visitar a Sveva, poner un disco en el gramófono y bailar. La pequeña modelo pretende que su corazón se ha desgarrado porque Pombal ya no la quiere, después de un «torbellino romántico» que ha durado casi un mes. Por su parte, mi amigo está un poco sorprendido de haber podido

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He begins now that shocking boyish laughter, throwing back his head until the moonlight plays upon his perfect white teeth under the trimmed moustache.

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It was on such a night that our footsteps led us to Balthazar's door, and seeing his light on, we knocked. The same night, on the old horn gramophone (with an emotion so deep that it was almost horror) I heard some amateur's recording of the old poet reciting the lines which begin:

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IDEAL VOICES AND MUCH BELOVED OF THOSE WHO DIED, OF THOSE WHO ARE NOW LOST FOR US LIKE THE VERY DEAD; SOMETIMES WITHIN A DREAM THEY SPEAK OR IN THE TICKING BRAIN A THOUGHT REVIVES 35 THEM.... These fugitive memories explain nothing, illuminate nothing: yet they return again and again when I think of my friends as if the very circumstances of our habits had become impregnated with what we then felt, the parts we then acted. The slither of tyres across the waves of the desert under a sky blue and frostbound in winter; or in summer a fearful lunar bombardment which turned the sea to phosphorus -- bodies shining like tin, crushed in electric bubbles; or walking to the last spit of sand near Montaza, sneaking through the dense green darkness of the King's gardens, past the drowsy sentry, to where the force of the sea was suddenly crippled and the waves hobbled over the sand-bar. Or walking arm-in-arm down the long gallery, already gloomy with an unusual yellow winter fog. Her hand is cold so she has slipped it in my pocket. Today because she has no emotion whatsoever she tells me that she is in love with me -- something she has always refused to do. At the long w i n d o w s t h e r a i n h i s s e s d o w n s u d d e n l y. T h e d a r k e y e s a r e c o o l a n d a m u s e d . A centre of blackness in things which trembles and c h a n g e s s h a p e . `I am afraid of Nessim these days. He has changed.' We are standing before the Chinese paintings from the Louvre. `The meaning of space' she says with disgust. There is no form, no pigment, no lens any more -- simply a gaping hole into which the infinite drains slowly into the room: a blue gulf where the tiger's body was, emptying itself into the preoccupied atmosphere of the studios. Afterwards we walk up the dark staircase to the top floor to see Sveva, to put on the gramophone and dance. The little model pretends that she is heartbroken because Pombal has cast her off after a `whirlwind romance' lasting nearly a month. My friend himself is a little surprised at the force of an

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attachment which could make him think of one woman for so long a time. He has cut himself while shaving and his face looks grotesque with a moustache of surgical tape stuck to it. `It is a city of aberrations' he repeats angrily. `I very nearly married her. It is 5 infuriating. Thank God that the veil lifted when it did. It was seeing her naked in front of the mirror. All of a sudden I was disgusted -- though I mentally admitted a sort of Renaissance dignity in the fallen breasts, the waxy skin, the sunken belly and the little peasant paws. All of a sudden I sat up in bed and said 10 to myself "My God! She is an elephant in need of a coat of whitewash!" ' Now Sveva is quietly sniffing into her handkerchief as she recounts the extravagant promises which Pombal has made her, 15 and which will never be fulfilled. `It was a curious and dangerous a t t a c h m e n t f o r a n e a s y - g o i n g m a n ' ( h e a r P o m b a l 's v o i c e explaining). `It felt as if her cool murderous charity had eaten away my locomotive centres, paralysed my nervous system. Thank God I am free to concentrate on my work once more.'

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mantener esa relación con una sola mujer durante tanto tiempo. Se ha cortado mientras se afeitaba, y su bigote de esparadrapo le da un aire grotesco. --Es una ciudad aberrante --dice furioso--. Estuve a punto de casarme con esa mujer. Es para enloquecer de rabia. Menos mal que el velo se levantó a tiempo. Ocurrió mientras la miraba; ella estaba desnuda frente al espejo. De golpe me dio asco, aunque admitía mentalmente que había cierta dignidad Renacimiento en esos pechos caídos, la piel cerosa, el vientre hundido y las pequeñas manos de campesina. Me senté en la cama y me dije: «¡Dios mío! ¡Es un elefante que necesita un lechada de cal!» Sveva llora en silencio tapándose con el pañuelo, mientras nos cuenta las promesas extravagantes de Pombal, que jamás se cumplirán. --Era una relación extraña y peligrosa para un hombre que no toma las cosas en serio (oigo la voz de Pombal explicando). Como si su fría y sanguinaria caridad me hubiera devorado los centros locomotores y paralizado el sistema nervioso. Gracias a Dios estoy libre para concentrarme otra vez en mi trabajo. Su trabajo lo preocupa. Al Consulado han empezado a llegar rumores sobre sus costumbres y opiniones. Tirado en la cama, planea una campaña gracias a la cual, además de obtener la cruz, ascenderá a un puesto donde gozará de mayor libertad de acción. --He decidido que debo conseguir esa cruz. Voy a ofrecer una serie de fiestas, cuidadosamente graduadas. Cuento contigo, pues al principio necesitaré unas cuantas personas corrientes para que mi patrón crea que está socialmente por encima de mí. Claro que es un perfecto parvenu, y que ha hecho su carrera gracias a la fortuna de su mujer y a la adulación metódica de personajes poderosos. Lo peor de todo es que mi origen y mis antecedentes familiares le han provocado un innegable complejo de inferioridad. Todavía no ha decidido si me va a liquidar o no, pero ha estado sondeando el Quai d'Orsay para averiguar si estoy bien respaldado. Lo malo es esto: desde que murió mi tío, y que mi padrino el obispo se vio envuelto en el tremendo escándalo de los burdeles de Reims, no me siento tan seguro como antes. Tendré que arreglármelas para que el maldito se sienta superior a mí, y crea que necesito su patronazgo para ascender en la escala social. ¡Puah! Primero ofreceré una velada corriente, en la que sólo habrá una celebridad. ¡Ah!, ¿por qué habré entrado en la carrera? ¿Por qué no tendré una pequeña fortuna? Todo esto lo oía yo en las lágrimas artificiales de Sveva, y después bajábamos otra vez la escalera ventosa, tomados del brazo, y yo no pensaba ni en Sveva ni en Pombal, sino en el pasaje donde Arnauti dice de Justine: «Como las mujeres que piensan por imperativos biológicos y sin ayuda de la razón. Qué error fatal entregarse a mujeres así: lo único que se oye es un suave ruido de masticación, como cuando el gato deshace el espinazo del ratón.» Las calles empapadas están resbaladizas, y el aire se ha puesto denso de humedad, una humedad ardientemente deseada por los árboles de los paseos públicos, las estatuas y otros visitantes. Justine ha cambiado de rumbo una vez más y camina despacio, la cabeza gacha, con su maravilloso vestido de seda y su capa bordeada de negro. Se detiene ante una vitrina iluminada y me toma de los brazos para mirarme de frente, en los ojos. --Creo que voy a marcharme --dice con voz tranquila y perpleja--. Algo le pasa a Nessim, pero todavía no sé qué es. Bruscamente las lágrimas inundan sus ojos, y añade: --Es la primera vez que tengo miedo, y no sé por qué.

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He is troubled about his work. Rumours of his habits and general outlook have begun to get back to the Consulate. Lying in bed he plans a campaign which will get him crucified and promoted to a post with more scope. `I have decided that I simply must get my cross. I am going to give several skilfully graded parties. I shall count on you: I shall need a few shabby people at first in order to give my boss the feeling that he can patronize me socially. He is a complete PARVENU of course and rose on his wife's fortune and judicious smarming of powerful people. Worst of all he has a distinct inferiority complex about my own birth and family background. He has still not quite decided whether to do me down or not; but he has been taking soundings at the Quai D'Orsay to see how well padded I am there. Since my uncle died, of course, and my godfather the bishop was involved in that huge scandal over the brothel in Reims, I find myself rather less steady on my feet. I shall have to make the brute feel protective, feel that I need encouraging and bringing out. Pouagh! First a rather shabby party with one celebrity only. Oh, why did I join the service? Why have I not a small fortune of my own?'

Hearing all this in Sveva's artificial tears and then walking down the draughty staircase again arm in arm thinking not of Sveva, not of Pombal, but of the passage in Arnauti where he says 45 of Justine: `Like women who think by biological precept and without the help of reason. To such women how fatal an error it is to give oneself; there is simply a small chewing noise, as when the cat reaches the backbone of the mouse.' The wet pavements are slick underfoot from the rain, and the air has become dense with the moisture so ardently longed for by the trees in the public gardens, the statues and other visitants. Justine is away upon another tack, walking slowly in her glorious silk frock with the dark lined cape, head hanging. She stops in 55 front of a lighted shop-window and takes my arms so that I face her, looking into my eyes: `I am thinking about going away' she says in a quiet puzzled voice. `Something is happening to Nessim and I don't know what it is as yet.' Then suddenly the tears come into her eyes and she says: `For the first time I am afraid, and I 60 don't know why.'

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Durrell's Justine

tr. de Aurora Bernárdez

PART III That second spring the khamseen was worse than I have ever known it before or since. Before sunrise the skies of the desert turned brown as buckram, and then slowly darkened, swelling like a bruise and at last releasing the outlines of cloud, giant octaves of ochre which massed up from the Delta like the drift of ashes under a volcano. The city has shuttered itself tightly, as if against a gale. A few gusts of air and a thin sour rain are the forerunners of the darkness which blots out the light of the sky. And now unseen in the darkness of shuttered rooms the sand is invading everything, appearing as if by magic in clothes long locked away, books, pictures and teaspoons. In the locks of doors, beneath fingernails. The harsh sobbing air dries the membranes of throats and noses, and makes eyes raw with the configurations of conjunctivitis. Clouds of dried blood walk the streets like prophecies; the sand is settling into the sea like powder into the curls of a stale wig. Choked fountain-pens, dry lips -- and along the slats of the Venetian shutters thin white drifts as of young snow. The ghostly feluccas passing along the canal are crewed by ghouls with wrapped heads. From time to time a cracked wind arrives from directly above and stirs the whole city round and round so that one has the illusion that everything -- trees, minarets, monuments and people have been caught in the final eddy of some great whirlpool and will pour softly back at last into the desert from which they rose, reverting once more to the anonymous wave-sculptured floor of dunes....

TERCERA PARTE Aquella segunda primavera, el khamsin fue el peor que jamás haya conocido. Antes de salir el sol, el cielo del desierto se tornaba de un marrón de arpillera, se iba oscureciendo lentamente, hinchándose como una magulladura, y dejando asomar por fin los relieves de las nubes, gigantescas octavas de color ocre que se apilaban sobre el delta como capas de ceniza al pie de un volcán. La ciudad se repliega en sí misma como si esperara la llegada de un huracán. Unas pocas ráfagas de viento, y una lluvia agria son los heraldos de la oscuridad que borra toda luz en el cielo. Y ahora, invisible en la tiniebla de las habitaciones cerradas, la arena empieza su invasión, aparece como por arte de magia entre las ropas cuidadosamente guardadas, entre los libros, sobre los cuadros y las cucharillas de té. Se mete en la cerradura, debajo de las uñas. El aire áspero solloza, reseca las mucosas de la garganta y la nariz, inyecta los ojos como en el comienzo de la conjuntivitis. Nubes de sangre seca recorren las calles como profecías; la arena se posa en el mar como los polvos en los rizos de una vieja peluca. Las estilográficas se tapan, los labios se agrietan., en las tablillas de las persianas se depositan finas películas blancas, como nieve reciente. Los faluchos fantasmales que recorren el canal van tripulados por espectros de cabeza vendada. C a d a t a n t o , una ráfaga cae verticalmente sobre la ciudad haciéndola girar y girar, hasta que todo, árboles, minaretes, monumentos y habitantes, parecen haber caído en el vórtice definitivo de una tromba gigantesca, que al final los devolverá suavemente al desierto de donde salieron, para retornar a la anónima superficie esculpida por las olas de las dunas... No puedo negar que en ese momento los dos sentíamos un agotamiento espiritual que nos desesperaba, nos volvía temerarios y ávidos de descubrimientos. La culpa se apresura siempre hacia su complemento, el castigo, y sólo allí encuentra satisfacción. Un oculto deseo de expiación dictaba la locura de Justine, más intensa que la mía; quizá ambos sentíamos oscuramente que, atados como estábamos de pies y manos uno contra el otro, sólo alguna catástrofe podría devolvernos a nuestra condición normal y vulgar. Eran días llenos de presagios y premoniciones, y nuestra ansiedad se alimentaba de ellos. El tuerto Hamid me dijo un día que un misterioso visitante le había aconsejado que velara cuidadosamente por su amo, a quien amenazaba un grave peligro encarnado en un personaje importante. La descripción del hombre podía corresponder a Selim, el secretario de Nessim, pero también se aplicaba a cualquiera de los cincuenta mil habitantes de la provincia. Entre tanto la actitud del propio Nessim había cambiado, transformándose en una amabilidad solícita y pegajosa. Había abandonado su antigua reserva, se dirigía a mí en términos cariñosos que jamás había empleado, y me tomaba afectuosamente del brazo. A veces, mientras hablábamos, se ruborizaba de pronto, o bien se le llenaban los ojos de lágrimas y tenía que desviar el rostro para ocultarlas. Justine observaba todo eso con una preocupación que me resultaba penosísima. Pero la misma humillación y los reproches que cada uno de nosotros se hacía por herirlo en esa forma, sólo servían para reforzar nuestra complicidad. Alguna vez Justine habló de marcharse; otra vez fui yo quien lo dijo. Pero ninguno de los dos podía moverse. Estábamos obligados a esperar el desenlace con un sentimiento de fatalidad y fatiga verdaderamente horrible. Nuestras locuras no disminuían a pesar de esas advertencias, sino que, por el contrario, se multiplicaban. Una aterradora imprudencia regía nuestros actos, y nos conducíamos con la mayor despreocupación. Ni siquiera (y en esto me daba cuenta de que yo había perdido todo dominio de mí mismo) teníamos la esperanza de escapar al destino que nos aguardaba. Lo único que nos preocupaba locamente era no compartirlo juntos, vernos separados a la hora de la expiación... Me daba cuenta de que en esa sed de martirio nuestro amor se mostraba en su aspecto más hueco e imperfecto. --Pienso que a veces debe repugnarte --me dijo una vez Justine-- mi impura mezcla de ideas contradictorias, mi preocupación enfermi70

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I cannot deny that by this time we had both been seized by an exhaustion of spirit which had made us desperate, reckless, 30 i m p a t i e n t o f d i s c o v e r y. G u i l t a l w a y s h u r r i e s t o w a r d s i t s complement, punishment: only there does its satisfaction lie. A hidden desire for some sort of expiation dictated Justine's folly which was greater than mine; or perhaps we both dimly sensed that, bound as we were hand and foot to each other, only an 35 upheaval of some sort could restore each to his vulgar right mind. These days were full of omens and warnings upon which our anxiety fed. One-eyed Hamid told me one day of a mysterious caller who

40 had told him that he must keep careful watch on his master as

he was in great danger from some highly-placed personage. His description of the man might have been that of Selim, Nessim's secretary: but it also might have been any of the 150,000 inhabitants of the province. Meanwhile Nessim's own attitude 45 to me had changed, or rather deepened into a solicitous and cloying sweetness. He shed his former reserve. When he spoke to me he used unfamiliar endearments and took me affectionately by the sleeve. At times as we spoke he would flush suddenly: or tears would come into his eyes and he would 50 turn aside his head to hide them. Justine watched this with a concern which was painful to observe. But the very humiliation and self-reproach we felt at wounding him only drove us closer together as accomplices. At times she spoke of going away: at times I did the same. But neither of us could move. We were 55 forced to await the outcome with a fatality and exhaustion that was truly fearful to experience. Nor were our follies diminished by these warnings; rather did they multiply. A dreadful inadvertency reigned over our actions, 60 an appalling thoughtlessness marked our behaviour. Nor did we (and here I realized that I had lost myself completely) even hope to avert whatever fate might be in store for us. We were only foolishly concerned lest we might not be able to share it -- lest it might separate us! In this plain courting of martyrdom I realized 65 that we showed our love at its hollowest, its most defective. `How disgusting I must seem to you' said Justine once `with my obscene jumble of conflicting ideas: all this sickly preoccupation with God

and a total inability to obey the smallest moral injunction from my inner nature like being faithful to a man one adores. I tremble for myself, my dear one, I tremble. If only I could escape from the tiresome classical Jewess of neurology.... If only I could peel it 5 off.' During this period, while Melissa was away in Palestine on a cure (I had borrowed the money from Justine in order for her to go) we had several narrow escapes. For example, one day we were 10 talking, Justine and I, in the great bedroom of the house. We had come in from bathing and had taken cold showers to get the salt off our skins. Justine sat on the bed naked under the bathroom towel which she had draped round her like a chiton. Nessim was away in Cairo where he was supposed to make a radio broadcast 15 on behalf of some charity or other. Outside the window the trees nodded their dusty fronds in the damp summer air, while the faint huddle of traffic on Rue Fuad could be heard. Nessim's quiet voice came to us from the little black radio by

20 the bed, converted by the microphone into the voice of a man

za por Dios y mi total incapacidad para obedecer a la más mínima orden moral de mi naturaleza, como por ejemplo la de ser fiel al hombre a quien adoro. Tiemblo por mí misma, querido mío. Si pudiera escapar a la aburridora y clásica judía histérica... Si pudiera salirme de su piel... En esa época, mientras Melissa seguía un tratamiento en Palestina (para el cual yo había pedido dinero prestado a Justine), escapamos varias veces por muy poco. Cierto día Justine y yo conversábamos en el gran dormitorio de su casa. Volvíamos de bañamos en el mar, y nos habíamos metido bajo la ducha fría para quitamos la sal de la piel. Justine estaba sentada en la cama, desnuda bajo la toalla de baño que la envolvía como una túnica. Nessim se había ido a El Cairo, donde debía pronunciar por radio una alocución en beneficio de una obra de caridad. Más allá de la ventana, los árboles movían sus polvorientas copas en el aire húmedo del estío, y se escuchaba el rumor apagado de la circulación en la Rue Fund. Desde el pequeño receptor negro instalado junto a la cama nos llegaba la voz tranquila de Nessim convertida por el micrófono en la voz de un hombre prematuramente envejecido. Las frases hueras perduraban en el silencio hasta atestar el aire de lugares comunes. Pero la voz era hermosa, era la voz de alguien que se ha despojado deliberadamente de todo sentimiento. A espaldas de Justine se abría la puerta que daba al cuarto de baño. Más atrás, en una pared blanca como de clínica, había otra puerta que daba a una escala de incendio, pues la casa había sido diseñada en torno a un patio circular, de manera que sus cuartos de baño y sus cocinas se conectaban mediante una red de escalerillas de hierro como las que se ven en la sala de máquinas de un navío. Súbitamente, mientras la voz seguía hablando y nosotros escuchábamos, nos llegó un ruido de pasos leve y juvenil en la escalera exterior al baño, unos pasos que eran sin duda los de Nessim.. o los de cualquiera de los cincuenta mil habitantes de la provincia. Mirando por encima de los hombros de Justine, vi que en los vidrios esmerilados de la puerta se dibujaban la cabeza y los hombros de un hombre pequeño y esbelto, con un sombrero blando cuya ala le bajaba sobre los ojos. La imagen iba precisándose como se precisa una fotografía en la cubeta de revelar. Se detuvo, con una mano apoyada en la falleba. Viendo la dirección de mi mirada, Justine volvió la cabeza. Su brazo desnudo me rodeó los hombros mientras observábamos, con una calma absoluta cuyo centro, semejante a un corazón que late precipitado, era una afiebrada e importante excitación sexual, la negra figura detenida ahí entre dos mundos, proyectándose como en una pantalla de radioscopia. Nos hubiera descubierto en una actitud insensata, como si fueran a fotografiarnos, y con una expresión que no era de miedo sino de alivio inocente. La figura permaneció allí largo rato, como sumida en profunda meditación, quizá escuchando. Luego meneó despacio la cabeza, y tras una pausa giró sobre sí misma con aire de perplejidad, para desaparecer lentamente de los cristales. Tuve la impresión de que, al volverse, deslizaba algo en el bolsillo derecho de la chaqueta. Oímos sus pasos que se iban perdiendo poco a poco, en una triste escala descendente, mientras bajaba por la escalerilla hasta el patio. Ninguno de los dos dijo una palabra, pero nos volvimos con profunda atención hacia el pequeño receptor negro desde donde la voz de Nessim seguía fluyendo con una gentileza y una cortesía imperturbables. Parecía imposible que pudiera estar en dos lugares a la vez. Sólo cuando el locutor anunció que se trataba de una emisión previamente grabada, comprendimos. ¿Por qué no había abierto la puerta? La verdad es que era presa de la vertiginosa incertidumbre que, en una naturaleza apacible, sigue a la decisión de obrar. Algo se había ido acumulando en él durante ese tiempo, poco a poco, hasta que su peso se había vuelto insoportable. Tenía conciencia del profundo cambio interior que acabaría por arrancarlo a esa larga parálisis de amor impotente que hasta entonces había guiado sus actos. La idea de una acción repentina y con71

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prematurely aged. The mentally empty phrases lived on in the silence they invaded until the air seemed packed with commonplaces. But the voice was beautiful, the voice of someone who had elaborately isolated himself from feeling. Behind Justine's back the door into the bathroom was open. Beyond it, a pane of clinical whiteness, lay another door leading to an iron fire-escape -- for the house had been designed round a central well so that its bathrooms and kitchens could be connected by a cobweb of iron staircases such as span the engine-room of a ship. Suddenly, while the voice was still talking and while we listened to it, there came the light youthful patter of footsteps on the iron staircase outside the bathroom: a step unmistakably that of Nessim -- or of any of the 150,000 inhabitants of the province. Looking over Justine's shoulder I saw developing on the glass panel of the frosted door, the head and shoulders of a tall slim man, with a soft felt hat pulled down over his eyes. He developed like a print in a photographer's developing-bowl. The figure paused with outstretched hand upon the knob of the door. Justine, seeing the direction of my glance, turned her head. She put one naked arm round my shoulders as both of us, with a feeling of complete calm whose core, like a heart beating, was a feverish impotent sexual excitement watched the dark figure standing there between two worlds, depicted as if on an X-ray screen. He would have found us absurdly posed, as if for a photograph, with an expression, not of fear but of guiltless relief upon our faces.

For a long time the figure stood there, as if in deep thought, perhaps listening. Then it shook its head once, slowly, and after a moment turned away with an air of perplexity to 50 dissolve slowly on the glass. As it turned it seemed to slip something into the right-hand pocket of its coat. We heard the steps slowly diminishing -- a dull descending scale of notes -- on the iron ladder in the well. We neither of us spoke, but turned as if with deepened concentration to the little black 55 r a d i o f r o m w h i c h t h e v o i c e o f N e s s i m s t i l l f l o w e d w i t h uninterrupted urbanity and gentleness. It seemed impossible that he could be in two places at once. It was only when the announcer informed us that the speech had been recorded that we understood. Why did he not open the door?

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I suppose the truth is that he had been seized by the vertiginous uncertainty which, in a peaceable nature, follows upon a decision to act. Something had been building itself up inside him all this time, grain by grain, until the weight of it had become 65 insupportable. He was aware of a profound interior change in his nature which had at last shaken off the long paralysis of impotent love which had hitherto ruled his actions. The thought of some

Durrell's Justine

tr. de Aurora Bernárdez

sudden concise action, some determining factor for good or evil, presented itself to him as an intoxicating novelty. He felt (or so I divined it) like a gambler about to stake the meagre remains of a lost fortune upon one desperate throw. But the nature of his 5 action had not yet been decided upon. What form should it take? A mass of uneasy fantasies burst in. Let us suppose that two major currents had reached their confluence in this desire to act; on the one hand the dossier which 10 his agents had collected upon Justine had reached such proportions that it could not be ignored; on the other he was haunted by a new and fearful thought which for some reason had not struck him before -- namely that Justine was really falling in love at last. The whole temper of her personality seemed to be changing; for 15 the first time she had become reflective, thoughtful, and full of the echoes of a sweetness which a woman can always afford to spend upon the man she does not love. You see, he too had been dogging her steps through the pages of Arnauti. `Originally I believed that she must be allowed to struggle towards me through the jungle of the Check. Whenever the wounding thought of her infidelity came upon me I reminded myself that she was not a pleasure-seeker, but a hunter of pain in search of herself -- and me. I thought that if one man could release 25 her from herself she would then become accessible to all men, and so to me who had most claim upon her. But when I began to see her melting like a summer ice-cap, a horrible thought came to me: namely that he who broke the Check must keep her forever, since the peace he gave her was precisely that for which she was hunting 30 so frantically through our bodies and fortunes. For the first time my jealousy, helped forward by my fear, mastered me.' He might have explained it thus.

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creta, de un factor que se tradujera en el bien o en el mal, se le había presentado como una novedad embriagadora. Se sentía (me lo dijo más tarde) como un jugador que arriesga todo lo último que le queda de su fortuna en un solo golpe desesperado. Pero la naturaleza de su acción no estaba aún decidida. ¿Qué forma asumiría? Una maraña de atormentadas fantasías lo acosaba. Dos corrientes principales habían concluido en ese deseo de obrar; por una parte, los informes de sus agentes acerca de Justine habían alcanzado tales proporciones que no podía seguir ignorándolos; por otra parte, lo torturaba una idea nueva y horrible que por algún motivo no se le ocurriera hasta entonces: la de que Justine había terminado por enam o r a r s e . To d a s u p e r s o n a l i d a d p a r e c í a c a m b i a d a ; p o r p r i m e ra vez se había vuelto reflexiva, meditabunda, y llena de ésos ecos de ternura que una mujer puede permitirse dedicar al h o m b r e a q u i e n n o a m a . Ta m b i é n é l , c o m o s e v e , h a b í a e s t a do recorriendo las páginas de Arnauti. «En un principio creí que debía dejarla que luchara por avanzar hacia mí a través de la jungla del Impedimento. Cada vez que me asaltaba la idea lacerante de su infidelidad, hacía lo posible por recordar que Justine no era una buscadora de placer sino una cazadora de dolor en busca de sí misma... y de mí. Si alguien lograba liberarla de sí misma llegaría a ser accesible a todos los hombres, y por consiguiente a mí que era quien tenía el máximo derecho sobre ella. Pero cuando empecé a ver que se fundía como un sorbete en pleno verano, se me ocurrió algo horrible: que aquél que anulara el Impedimento debería quedarse con ella para siempre, pues le daría la paz que precisamente ella buscaba con frenesí a través de nuestros cuerpos y nuestros destinos. Por primera vez los celos, multiplicados por el temor, me dominaron sin tregua.» Siempre me resultó fantástico que incluso en aquel momento Nessim estuviera celoso de todo el mundo, salvo del verdadero objeto de la preocupación de Justine, es decir de mí. A pesar de las pruebas abrumadoras, no se atrevía a sospechar de mí. No es el amor el ciego, sino los celos. Pasó mucho tiempo antes de que Nessim se decidiera a creer en la frondosa documentación que sus espías habían reunido en torno a nosotros, en torno a nuestras citas y nuestra conducta. Pero a esa altura, los hechos se presentaban con una claridad tal que no quedaba la menor posibilidad de error. El problema estaba en saber lo que haría conmigo. «No me refiero tan sólo a la carne; usted se había convertido en una mera imagen interpuesta entre mi luz y yo mismo. A veces lo imaginaba agonizando, a veces marchándose. No estaba seguro. La misma incertidumbre era tan excitante que me embriagaba.» Pero paralelamente a esas preocupaciones había otras, los problemas póstumos que Arnauti había sido incapaz de resolver y que Nessim había estudiado durante años con una curiosidad típicamente oriental. Estaba muy cerca del hombre con el parche negro en el ojo, mucho más cerca que ninguno de nosotros. Y esa constituía otra situación frente a la cual Nessim no sabía con certeza cómo proceder. Si Justine estaba tratando realmente de liberarse de aquel hombre, ¿qué sentido tenía que él, Nessim, se vengara en la persona de ese ser misterioso? Y por otro lado, ¿qué hacer si yo me preparaba a ocupar el lugar que dejaría libre la imagen del otro? Pregunté a Selim, sin andarme con rodeos, si había estado en mi departamento para prevenir al tuerto Hamid. No contestó en seguida, pero luego, agachando la cabeza, murmuró: --Mi amo no está en sus cabales estos días. Entre tanto, mis propios asuntos habían tomado un giro absurdo e inesperado. Una noche llamaron a la puerta. Era un gallardo oficial del ejército egipcio, de botas resplandecientes y turbante, que llevaba un gigantesco matamoscas con mango de ébano bajo el brazo. Yussuf

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Yet it has always seemed fantastic to me that even now he was

35 jealous of everyone except the true author of Justine's present

concern -- myself. Despite the overwhelming mass of evidence he hardly dared to allow himself to suspect me. It was not love that is blind, but jealousy. It was a long time before he could bring himself to trust the mass of documentation his agents had piled up 40 around us, around our meetings, our behaviour. But by now the facts had obtruded themselves so clearly that there was no possibility of error. The problem was how to dispose of me -- I do not mean in the flesh so much. For I'd become merely an image standing in his light. He saw me perhaps dying, perhaps going 45 away. He did not know. The very uncertainty was exciting to the pitch of drunkenness. Of course I am only supposing this. But side by side with these preoccupations were others -- the posthumous problems which Arnauti had been unable to solve and 50 which Nessim had been following up with true Oriental curiosity over a period of years. He was now near to the man with the black patch over one eye -- nearer than any of us had ever been. Here was another piece of knowledge which as yet he could not decide how best to use. If Justine was really ridding herself of him, 55 however, what good would there be in revenging himself upon the true person of the mysterious being? On the other hand if I was about to step into the place vacated by the image? ... I asked Selim point-blank whether he had ever visited my

60 flat to warn one-eyed Hamid. He did not reply but lowered

his head and said under his breath, `My master is not himself these days.' Meanwhile my own fortunes had taken an absurd and

65 unexpected turn. One night there came a banging on the door

and I opened it to admit the dapper figure of an Egyptian Army officer clad in resplendent boots and tarbush, carrying under his

arm a giant fly-whisk with an ebony handle. Yussouf Bey spoke nearly perfect English, allowing it to fall negligently from his lips, word by well-chosen word, out of an earnest coal-black face fitted with a dazzle of small perfect teeth like seed-pearls. He 5 had some of the endearing solemnity of a talking water-melon just down from Cambridge. Hamid brought him habitual coffee and a sticky liqueur, and over it he told me that a great friend of mine in a high position very much wished to see me. My thoughts at once turned to Nessim; but this friend, the water-melon 10 asserted, was an Englishman, an official. More he could not say. His mission was confidential. Would I go with him and visit my friend? I was full of misgivings. Alexandria, outwardly so peaceful, was not really a safe place for Christians. Only last week Pombal had come home with a story of the Swedish vice-consul whose car had broken down on the Matrugh road. He had left his wife alone in it while he walked to the nearest telephone-point in order to ring up the consulate and ask them to send out another car. He had arrived back to find her body sitting normally on the back seat -- without a head. Police were summoned and the whole district was combed. Some Bedouin encamped nearby were among those interrogated. While they were busy denying any knowledge of the accident, out of the apron of one of the women rolled the missing head. They had been trying to extract the gold teeth which had been such an unpleasant feature of her party-smile. This sort of incident was not sufficiently uncommon to give one courage in visiting strange quarters of the town after dark, so it was with no feeling of jauntiness that I followed the soldier into the back of a staff-car behind a uniformed driver and saw myself being whirled towards the seedier quarters of the town. Yussouf Bey stroked his neat little brush-stroke moustache with the anticipatory air of a musician tuning an instrument. It was useless to question him further: I did not wish to betray any of the anxiety I felt. So I made a sort of inner surrender to the situation, lit a cigarette, and watched the long dissolving strip of the Corniche flow past us. Presently the car dropped us and the soldier led me on foot through a straggle of small streets and alleys near the Rue Des Soeurs. If the object here was to make me lose myself it succeeded almost immediately. He walked with a fight self-confident step, humming under his breath. Finally we debouched into a suburban street full of merchants' stores and stopped before a great carved door which he pushed open after having first rung a bell. A courtyard with a stunted palm-tree; the path which crossed it was punctuated by a couple of feeble lanterns standing on the gravel. We crossed it and ascended some stairs to where a frosted electric light bulb gleamed harshly above a tall white door. He knocked, entered and saluted in one movement. I followed him into a large, rather elegant and warmlylighted room with neat polished floors enhanced by fine Arab carpets. In one corner seated at a high inlaid desk with the air of a man riding a penny-farthing sat Scobie, with a scowl of self-importance overlapping the smile of welcome with which he greeted me. `My God' I said. The old pirate gave a Drury Lane chuckle and said: `At last, old man, at last.' He did not rise however but sat on in his uncomfortable high-backed chair, tarbush on head, whisk on knee, with a vaguely impressive air. I noticed an extra pip on his shoulder, betokening heaven knows what increase of rank and power. `Sit down, old man' he said with an awkward sawing movement of the hand which bore a faint resemblance to a Secon d E m p i r e g e s t u r e . The soldier was dismissed and departed grinning. It seemed to me that Scobie did not look very much at ease in these opulent surroundings. He had a slightly d e f e n s i v e a i r. ` I a s k e d t h e m t o g e t h o l d o f y o u ' h e said, sinking his voice to a theatrical whisper `for a very special reason.' There were a number of green files on his desk and a curiously disembodied-looking

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Bey hablaba un inglés casi perfecto, que dejaba caer con descuido, eligiendo cada palabra de la manera más impecable; en su rostro negro como el carbón, lucían unos dientes pequeños y perfectos como perlas. Tenía el aire conmovedor y solemne de una sandía parlante que acabara de salir de Cambridge. Hamid trajo el tradicional café y una copa de licor pegajoso, y mientras bebíamos, el oficial me dijo que un gran amigo mío, que ocupaba un puesto importantísimo, deseaba verme lo antes posible. Pensé en seguida en Nessim, pero la sandía me aseguró que mi amigo era inglés y funcionario. No estaba en condiciones de revelar nada más. Su misión era confidencial. ¿Quería yo acompañarlo y visitar a mi amigo? Una gran desconfianza me invadió. Alejandría, en apariencia tan pacífica, no era en realidad un sitio seguro para los cristianos. La semana anterior Pombal me había contado la historia del vicecónsul sueco, cuyo automóvil había sufrido un desperfecto en la carretera de Matrugh. El vicecónsul había dejado a su mujer en el auto mientras iba a pie hasta el teléfono más cercano para pedir que le enviaran otro coche desde el consulado. A su regreso, la había encontrado sentada en el mismo lugar donde la había dejado... pero sin cabeza. Acudió la policía, y se hicieron investigaciones prolijas en el distrito. Entre los interrogados había algunos beduinos acampados en las inmediaciones. Mientras negaban acaloradamente toda relación con lo sucedido, la cabeza perdida cayó del delantal de una de las mujeres. Los beduinos habían tratado de arrancarle los dientes de oro que afeaban la sonrisa oficial de la señora. Este tipo de incidente no era tan raro como para que resultase agradable recorrer los barrios desconocidos de la ciudad al anochecer, y no me sentía nada contento cuando subí con el oficial a un automóvil militar conducido por un chófer uniformado, y vi que íbamos hacia los barrios peor afamados de la ciudad. Yussuf Bey acariciaba su bigotillo bien recortado con el aire de un músico que afina su instrumento. Era inútil insistir en hacerle preguntas, y yo no quería traicionar mi ansiedad. Acabé por rendirme en secreto, encendí un cigarrillo y observé cómo fluía a nuestro paso la cinta cambiante de la Corniche. El auto se detuvo y el oficial me llevó a pie por un dédalo de callejuelas y atajos próximos a la Rue Des Soeurs. Si su propósito era el de extraviarme, lo logró casi en seguida. Marchaba con paso liviano y seguro, canturreando en voz baja. Por último desembocamos en una calle suburbana llena de tiendas, y nos detuvimos frente a una gran puerta tallada que el oficial empujó después de hacer sonar la campanilla. Un patio con una palmera raquítica; el sendero que lo atravesaba estaba iluminado por dos débiles linternas posadas en el suelo. Lo cruzamos y subimos unas escaleras hasta quedar debajo de una lamparilla esmerilada que arrojaba una cruda luz sobre una puerta alta y blanca. El oficial llamó, entró y saludó con un solo movimiento. Lo seguí a. una habitación muy grande, bastante elegante y cálidamente iluminada, con el piso bien lustrado y cubierto por hermosas alfombras árabes. En un ángulo, ante un escritorio lleno de incrustaciones, vi a Scobie que parecía montado en una bicicleta anticuada e incómoda, y cuyo gesto de suficiencia e importancia se superponía a la sonrisa de bienvenida con que me acogió. --Dios mío --exclamé. El viejo pirata soltó un cloqueo de mal actor, y dijo: --¡Por fin, hombre, por fin! No se levantó para recibirme; siguió instalado en su incómoda silla de respaldo alto, el turbante en el cráneo, el cazamoscas sobre las rodillas, y un aire bastante impresionante. Observé una nueva estrella en su hombro, testimonio de vaya a saber qué ascenso de categoría y de poder. --Siéntese --me dijo, con un torpe movimiento de la mano que hacía pensar en un gesto del Segundo Imperio. El oficial se marchó sonriendo. Me daba la impresión de que Scobie no se sentía demasiado cómodo en ese ambiente tan lujoso. Se hubiera dicho que estaba a la defensiva. --Les pedí que lo trajeran --me dijo, bajando la voz hasta convertirla en un susurro teatral-- por una razón especialísima. Sobre el escritorio había una pila de ficheros verdes, y un cubretetera con

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tea-cosy. I sat down. H e n o w r o s e q u i c k l y a n d o p e n e d t h e d o o r. T h e r e w a s n o b o d y o u t s i d e . H e o p e n e d t h e w i n d o w. T h e r e w a s n o o n e standing on the sill. He placed the tea-cosy over the desk telephone and reseated himself. Then, leaning forward and s p e a k i n g c a r e f u l l y, h e r o l l e d h i s g l a s s e y e a t m e a s w i t h a conspiratorial solemnity he said: `Not a word to anyone, o l d m a n . S w e a r y o u w o n 't s a y a w o r d ' . I s w o r e . ` T H E Y ' V E M A D E M E H E A D O F T H E S E C R E T S E RV I C E . ' T h e w o r d s fairly whistled in his dentures. I nodded in amazement. He drew a deep sucking breath as if he had been delivered of a w e i g h t a n d w e n t o n . ` O l d b o y, t h e r e 's g o i n g t o b e a w a r. Inside information.' He pointed a long finger at his own t e m p l e . ` T h e r e 's g o i n g t o b e a w a r. T h e e n e m y i s w o r k i n g n i g h t a n d d a y, o l d b o y, r i g h t h e r e a m o n g u s . ' I c o u l d n o t dispute this. I could only marvel at the new Scobie who c o n f r o n t e d m e l i k e a b a d magazine i l l u s t r a t i o n . ` Yo u c a n help us scupper them, old man' he went on with a d e v a s t a t i n g a i r o f a u t h o r i t y. ` We w a n t t o t a k e y o u o n o u r strength.' This sounded most agreeable. I waited for details. `The most dangerous gang of all is right here, in Alexandria' t h e o l d m a n c reaked a n d b o o m e d , ` a n d y o u a r e i n t h e c e n t r e of it. All friends of yours.'

un curioso aspecto espectral. Me senté. Scobie se levantó entonces rápidamente y abrió la puerta. Del otro lado no había nadie. Puso el cubretetera sobre la mesita del teléfono, y volvió a sentarse. Echándose hacia adelante, eligió las palabras, revolvió su ojo de vidrio con un aire solemne de conspirador y me dijo: --Ni una palabra a nadie, viejo. Jure que no dirá nada. Juré. --Me han nombrado jefe del Servicio Secreto. Las palabras silbaban un poco entre los dientes postizos. Asentí, estupefacto. Scobie respiró profundamente, como si le quitaran un gran peso de encima, y prosiguió: --Está por estallar una guerra, viejo. Información interna. Apoyó su largo dedo índice en la sien. --Está por estallar una guerra. El enemigo trabaja noche y día, amigo mío, infiltrado entre nosotros. No podía discutir sus afirmaciones. Sólo cabía maravillarse ante el nuevo Scobie que estaba viendo, tan parecido a la ilustración de una revista escandalosa. --Usted puede ayudarnos a liquidarlos --prosiguió con aire perentorio--. Queremos que se ponga de nuestro lado. Sonaba muy bien, y esperé más detalles. --La pandilla más peligrosa está aquí, en Alejandría --dijo el viejo, con una voz sonora y crujiente a la vez--, y usted se halla justamente en el medio. Todos son amigos suyos. A través de las cejas fruncidas y del ojo de vidrio que se revolvía excitado, entreví de pronto la imagen de Nessim en una súbita intuición, Nessim sentado ante su gran escritorio en la fría oficina de muebles de acero, mirando un teléfono que sonaba, la frente cubierta de gotas de sudor. Esperaba un mensaje referente a Justine... una nueva puñalada. Scobie meneó la cabeza. --No es tanto él --dijo--. Desde luego también está complicado, pero el jefe es un tal Balthazar. Mire lo que ha encontrado la censura. Sacó una ficha de una de las cajas verdes y me la alcanzó. Balthazar tiene una letra bellísima, y la tarjeta era evidentemente suya, pero no pude dejar de sonreír y ver que al dorso figuraba tan sólo el pequeño diagrama del bustrofedón, en forma de tablero de ajedrez. En las casillas había caracteres griegos. --El maldito está tan seguro que envía sus mensajes por correo -- dijo Scobie. Estudié el diagrama, tratando de recordar lo poco que había aprendido sobre la escritura secreta. --Es un sistema basado en la enésima potencia. Imposible leerlo --dijo Scobie en un susurro--. Se reúnen regularmente para intercambiar sus informaciones. Lo sabemos con toda certeza. Mientras sostenía delicadamente la tarjeta entre los dedos, me pareció que escuchaba la voz de Balthazar diciendo: «La misión del pensador es sugerir; la del santo, callar su descubrimiento.» Scobie se había reclinado en su asiento con evidente satisfacción. Se pavoneaba como un palomo con el buche hinchado. Quitándose el turbante, lo examinó con una superioridad llena de complacencia, y lo puso sobre el cubretetera. Luego se rascó el cráneo hendido con los dedos huesudos. --Imposible descifrar el código --dijo--. Tenemos docenas de tarjetas como esas --agregó, mostrándome un fichero lleno de copias fotostáticas--. Todos los especialistas en códigos secretos se han estrellado contra ellas, incluso los especialistas de la universidad. No hay nada que hacer, viejo. Sus palabras no me sorprendían. Deposité la tarjeta entre las copias fotostáticas, y lo miré. --Aquí es donde usted interviene --me dijo con una mueca--, siempre que esté de acuerdo. Queremos que descifre el código, aunque le lleve años. Huelga decir que la recompensa será más que generosa. ¿Qué le parece? ¿Qué podía parecerme? La idea era demasiado deliciosa para de74

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I saw through the knotted eyebrows and the rolling excited eye the sudden picture of Nessim, a brief flash, as of intuition, sitting at his huge desk in the cold steel-tube offices watching a telephone ring while the beads of sweat stood out on his forehead. 30 He was expecting a message about Justine -- one more twist of the knife. Scobie shook his head. `Not him so much' he said. `He's in it, of course. The leader is a man called Balthazar. Look what the censorship have been picking up.' He extracted a card from a file and passed it to me. Balthazar writes an exquisite hand and the writing was obviously his; but I could not help smiling when I saw that the reverse of the postcard contained only the little chessboard diagram of the BOUSTROPHEDON. Greek 40 l e t t e r s f i l l e d u p t h e l i t t l e s q u a r e s . ` H e 's g o t s o m u c h d a m n cheek he sends them through the open post.' I studied the diagram and tried to remember the little I had learned from m y f r i e n d o f t h e c a l c u l u s . ` I t 's a n i n e - p o w e r s y s t e m . I can't read this one' I said. Scobie added breathlessly: 45 ` T h e y h a v e r e g u l a r m e e t i n g s , o l d m a n , t o p o o l i n f o r m a t i o n . We k n o w t h i s f o r a f a c t . ' I h e l d t h e p o s t c a r d l i g h t l y i n m y fingers and seemed to hear the voice of Balthazar saying: ` T h e t h i n k e r 's j o b i s t o b e s u g g e s t i v e : t h a t o f t h e s a i n t t o b e s i l e n t a b o u t h i s d i s c o v e r y. '

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Scobie was leaning back in his chair now with unconcealed s e l f s a t i s f a c t i o n . H e h a d p u ff e d h i m s e l f o u t l i k e a p o u t e rpigeon. He took his tarbush off his head, looked at it with an air of complaisant patronage, and placed it on the tea-cosy. 55 Then he scratched his fissured skull with bony fingers and went on -- `We simply can't break the code' he said. `We've got dozens of them' -- he indicated a file full of photostatic reproductions of similar postcards. `They've been round the code-rooms: even to the Senior Wranglers in the Universities. 60 No good, old man.' This did not surprise me. I laid the postcard on the pile of photostats and returned to the contemplation of Scobie. `That is where you come in' he said with a grimace, `if you will come in, old man. We want you to break the code however long it takes you. We'll put you on a damn good 65 screw, too. What do you say?' What could I say? The idea was too delightful to be allowed

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to melt. Besides during the last months my schoolwork had fallen off so much that I was sure my contract was not going to be renewed at the end of the present term. I was always arriving late from some meeting with Justine. I hardly bothered to correct papers any 5 more. I had become irritable and surly with my colleagues and directors. Here was a chance to become my own man. I heard Justine's voice in my head saying: `Our love has become like some fearful misquotation in a popular saying' as I leaned forward once more and nodded my head. Scobie expelled a breath of relieved 10 pleasure and relaxed once more into the pirate. He confided his office to an anonymous Mustapha who apparently dwelt somewhere in the black telephone -- Scobie always looked into the mouthpiece as he spoke, as if into a human eye. We left the building together and allowed a staff car to take us down towards the sea. Further 15 details of my employment could be discussed over the little bottle of brandy in the bottom of the cake-stand by his bed. We allowed ourselves to be dropped on the Corniche and walked together the rest of the way by a brilliant bullying moonlight, watching the old city dissolve and reassemble in the graphs of evening mist, heavy with the inertia of its surrounding desert, of the green alluvial Delta which soaked into its very bones, informing its values. Scobie talked inconsequently of this and that. I remember him bemoaning the fact that he had been left an orphan at an early age. His parents had been killed together under dramatic circumstances which gave him much food for reflection. `My father was an early pioneer of motoring, old man. Early road races, flat out at twenty miles an hour -- all that sort of thing. He had his own landau. I can see him now sitting behind the wheel with a big moustache. Colonel Scobie, M.C. A Lancer he was. My mother sat beside him, old man. Never left his side, not even for road races. She used to act as his mechanic. The newspapers always had pictures of them at the start, sitting up there in bee-keeper's veils -- God knows why the pioneers always wore those huge veils. Dust, I suppose.'

jarla pasar. Además, mi trabajo en la escuela había sido tan irregular en los últimos meses que estaba seguro de que no me renovarían el contrato. Siempre llegaba tarde, después de una cita con Justine, y no me preocupaba por corregir los trabajos de los alumnos. Me había vuelto irritable y malhumorado con los colegas y las autoridades. Ahora se me presentaba la oportunidad de independizarme. Oí en mi recuerdo la voz de Justine diciendo: «Nuestro amor se ha convertido en una cita terriblemente inexacta de un proverbio popular», en el mismo momento en que me inclinaba hacia adelante y hacía un gesto de asentimiento. Scobie soltó un suspiro de alivio y alegría, y una vez mas entró en la piel del pirata. Confió la oficina a un tal Mustafá, que parecía vivir en algún rincón del negro teléfono (Scobie miraba siempre el receptor mientras hablaba, como si fuera un ojo humano). Salimos juntos, y un auto de la policía nos llevó hacia el mar. Los restantes detalles de mi empleo podían discutirse frente a la botellita de coñac que esperaba oculta en el aparador, junto a la cama de Scobie. Decidimos bajar del auto en la Corniche, y seguir a pie el resto del trayecto bajo una luna agresiva y brillante, observando cómo la ciudad vieja se disolvía y volvía a armarse en los jeroglíficos de la niebla, aplastada por la inercia del desierto que la rodeaba, del verde delta aluvional que impregnaba sus huesos y creaba su escala de valores. Scobie charlaba como una cotorra. Me acuerdo que lamentaba haber quedado huérfano a una edad tan temprana. Sus padres habían muerto en circunstancias dramáticas, que le daban gran motivo de reflexión. --Mi padre fue uno de los promotores del automovilismo, viejo. Las primeras competiciones en carretera, a un máximo de veinte millas por hora... imagínese el resto. Tenía un landó, me--parece verlo sentado al volante, con sus grandes bigotes. El coronel Scobie, Comandante del regimiento de lanceros. Mi madre iba a su lado, viejo. No lo abandonaba nunca, ni siquiera en las carreras. Le servía de mecánico. Los periódicos los fotografiaban siempre a la salida, envueltos en velos como los colmeneros. Sólo Dios sabe por qué los primeros automovilistas usaban siempre esos velos; el polvo, supongo. P e r o l o s v e l o s h a b í a n s i d o s u p e r d i c i ó n . A l t o m a r u n a c u rva en la tradicional carrera Londres--Brighton, el velo de su padre se había soltado, enredándose en el eje delantero del auto y arrastrándolo consigo hasta arrojarlo por tierra, mientras su compañera se estrellaba de frente contra un árbol. --El único consuelo es que ese era el modo de terminar que hubiera preferido. Llevaban un cuarto de milla de ventaja. Siempre me han encantado las muertes ridículas, y me costaba una enormidad contener la risa mientras Scobie describía esa desgracia haciendo girar prodigiosamente su ojo de vidrio. Pero mientras hablaba y yo lo escuchaba, una parte de mi pensamiento seguía un camino paralelo, y se ocupaba de la nueva tarea que iba a emprender, calculando la libertad que me ofrecía. Esa misma noche Justine se encontraría conmigo cerca de Montaza; el lujoso automóvil zumbaría como una falena en la penumbra de la carretera que las palmeras refrescaban. ¿Qué diría Justine de la novedad? Estaría encantada, por supuesto, al verme libre de los grilletes de mis trabajos habituales. Pero una parte de su ser se lamentaría en secreto al pensar que esa liberación sólo serviría para darnos mayores oportunidades de concretar, de definir plenamente nuestra autenticidad, de entregarnos sin disimulo a nuestros jueces. Esa era otra paradoja del amor: lo que había servido para aproximarnos más --el bustrofedón--, nos hubiera separado para siempre si hubiésemos tenido las virtudes que esa escritura simbolizaba, enclaustrándonos en nuestra individualidad que se cernía sobre la imagen apasionada del otro. --Entre tanto --como habría de decir Nessim con ese tono tranquilo, lleno del sombrío recato que trasunta la voz de quienes han amado de verdad y no han sido correspondidos--, entre tanto yo me hallaba en el vórtice de una vertiginosa excitación que sólo podía encontrar remedio en la acción; pero aún no alcanzaba a discernir la manera de actuar. A los

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The veils had proved their undoing. Rounding a hairpin in the old London-Brighton road-race his father's veil had been sucked into the front axle of the car they were driving. He had been 40 dragged into the road, while his companion had careered on to smash headlong into a tree. `The only consolation is that that is just how he would have liked to go out. They were leading by quarter of a mile.' I have always been very fond of ludicrous deaths and had great difficulty in containing my laughter as Scobie described this misadventure to me with portentous rotations of his glass eye. Yet as he talked and I listened to this, half my thoughts were running upon a parallel track, busy about the new job I was to undertake, 50 assessing it in terms of the freedom it offered me. Later that night Justine was to meet me near Montaza -- the great car purring like a moth in the palm-cooled dusk of the road. What would she say to it? She would be delighted of course to see me freed from the shackles of my present work. But a part of her would groan inwardly 55 at the thought that this relief would only create for us further chances to consort, to drive home our untruth, to reveal ourselves more fully than ever to our judges. Here was another paradox of love; that the very thing which brought us closer together -- the BOUSTROPHEDON -- would, had we mastered the virtues which 60 it illustrated, have separated us forever -- I mean in the selves which preyed upon each other's infatuated images.

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`Meanwhile' as Nessim was to say in those gentle tones so full of the shadowy sobriety which comes into the voice of those 65 w h o h a v e l o v e d t r u l y a n d f a i l e d t o b e l o v e d i n r e t u r n , `meanwhile I was dwelling in the midst of a vertiginous excitement for which there was no relief except through an

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action the nature of which I could not discern. Tremendous bursts of self-confidence were succeeded by depressions so deep that it seemed I would never recover from them. With a vague feeling that I was preparing myself for a contest -- as an athlete 5 does -- I began to take fencing lessons and learned to shoot with a pocket automatic. I studied the composition and effects of poisons from a manual of toxicology which I borrowed from Dr Fuad Bey.' (I am inventing only the words.)

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arrebatos de confianza en mí mismo sucedían depresiones tan profundas que me parecía imposible arrancarme de ellas. Co n l a v a g a s e n s a c i ó n d e q u e m e e s t a b a p r e p a r a n d o p a r a una prueba, como un atleta, empecé a tomar lecciones de esgrima y aprendí a tirar con pistola automática. Estudiaba la composición y los efectos de los venenos en un manual de t o x i c o l o g í a q u e m e h a b í a p r e s t a d o e l d o c t o r F u a d B e y. _________ ___________ Los sentimientos que se acumulaban en él ya no admitían ningún análisis. Los períodos de embriaguez y arrebato fueron seguidos de otros en que se sentía agobiado, como la primera vez, por el peso de su soledad; para ese profundo sufrimiento espiritual no encontraba todavía una expresión, ya fuese en la pintura o en sus propios actos. Rumiaba incesantemente sus aros de juventud, plenos de una riqueza que lo acosaba; la sombría casa de su madre entre las palmeras y las poinsettias de Abukir; el agua resbalando y deslizándose junto a las murallas del viejo fuerte, los días de su primera infancia sintetizados en emociones singulares que surgían de sus recuerdos visuales. Se aferraba a esos recuerdos con un terror y una lucidez que jamás había experimentado antes. Y todo el tiempo, detrás de la pantalla de la depresión nerviosa --pues la acción incompleta que meditaba le producía la misma impresión que un coitus interruptus-- palpitaba el germen de una exaltación deliberada e irrefrenable. Era como si se sintiera impulsado a acercarse cada vez más... ¿a qué? No podía decirlo; pero en ese punto lo invadía su viejo temor de volverse loco, perturbando su equilibrio físico al punto de acometerle crisis de vértigo que lo obligaban a andar a tientas como un ciego, buscando un sillón o un sofá donde dejarse caer. Se quedaba así, jadeando un poco mientras el sudor le cubría la frente, sintiendo a la vez el alivio de que su lucha interior no fuera perceptible para quienes lo miraban por casualidad. También entonces empezó a descubrirse repitiendo en voz alta ciertas frases que su conciencia se negaba a escuchar. «Muy bien --le oyó decir Justine delante del espejo--, ¡de manera que te estás poniendo neurasténico!» Y más tarde, cuando salía bajo un cielo constelado, con su smoking de corte perfecto, Selim que esperaba en el volante del auto le oyó agregar: «Creo que esa zorra judía me ha devorado la vida « A veces llegaba a alarmarse al punto de buscar, si no la ayuda, por lo menos el aplazamiento que significaba el contacto con otros seres humanos: un médico que le recetó un tónico a base de fósforo y un régimen que no siguió. El espectáculo de un grupo de carmelitas, tonsurados como mandriles, cruzando Nebi Daniel, lo incitó a reanudar su interrumpida amistad con el padre Paul, que le había parecido en otro tiempo un hombre profundamente feliz, metido en su religión como una navaja en un estuche. Pero los consuelos verbales que ahora podía ofrecerle esa especie de bestia feliz, afortunada y desprovista de toda imaginación, le dieron náuseas. Una noche se arrodilló junto a su cama --no lo hacía d e s d e l o s d o c e a ñ o s -- c o n l a d e l i b e r a d a i n t e n c i ó n d e r e z a r. S e q u e d ó a s í l a rg o r a t o , m e n t a l m e n t e a t u r d i d o , l a l e n g u a t r a bada, incapaz de formar una sola palabra, un solo pensamiento. Lo dominaba una horrorosa inhibición, una especie de parálisis mental. Se quedó así hasta no poder más, hasta sentir que estaba a punto de ahogarse. Entonces se tiró en l a c a m a y s e c u b r i ó l a c a b e z a c o n l a s s á b a n a s m i e n t r a s m u rmuraba juramentos entrecortados y quejas involuntarias, sin saber de qué región de su ser brotaban. No obstante, en su apariencia exterior no se advertían señales de esa lucha; sus palabras seguían siendo secas y mesuradas a pesar de la fiebre que quemaba su pensamiento. El médico lo felicitó por sus excelentes reflejos, y le aseguró que en su orina no había exceso de albúmina. Alguna jaqueca de vez en cuando sólo era indicio del petit mal, o de cualquiera de las otras indisposiciones características de los ricos y los

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He had begun to harbour feelings which would not yield to analysis. The periods of intoxication were followed by others in which he felt, as if for the first time, the full weight of his loneliness: an inner agony of spirit for which, as yet, he could find no outward expression, either in paint or in action. He mused now incessantly upon his early years, full of a haunting sense of richness : his mother 's shadowy house among the palms and poinsettias of Aboukir: the waters pulling and slithering among the old fort's emplacements, compiling the days of his early childhood in single condensed emotions born from visual memory. He clutched at these memories with a terror and clarity he had never experienced before. And all the time, behind the screen of nervous depression -- for the incomplete action which he meditated lay within him like a COITUS INTERRUPTUS -- there lived the germ of a wilful and uncontrolled exaltation. It was as if he were being egged on, to approach nearer and nearer ... to what exactly? He could not tell; but here his ancient terror of madness stepped in and took possession of him, disturbing his physical balance, so that he suffered at times from attacks of vertigo which forced him to grope around himself like a blind man for something upon which to sit down -- a chair or sofa. He would sit down, panting slightly and feeling the sweat beginning to start out on his forehead; but with relief that nothing of his interior struggle was visible to the casual onlooker. Now too he noticed that he involuntarily repeated phrases aloud to which his conscious mind refused to listen. `Good' she heard him tell one of his mirrors, `so you are falling into a neurasthenia!' And later as he was stepping out into the brilliant starlit air, dressed in his wellcut evening clothes Selim, at the wheel of the car, heard him add: `I think this Jewish fox has eaten my life.'

At times, too, he was sufficiently alarmed to seek, if not the help, at least the surcease of contact with other human beings: a doctor who left him with a phosphorous tonic and a regimen he did not follow. The sight of a column of marching Carmelites, tonsured like mandrils, crossing Nebi Daniel drove him to renew 45 his lapsed friendship with Father Paul who in the past had seemed so profoundly happy a man, folded into his religion like a razor into its case. But now the kind of verbal consolations offered him by this lucky, happy, unimaginative brute only filled him with nausea.

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One night he knelt down beside his bed -- a thing he had not done since his twelfth year -- and deliberately set himself to pray. He stayed there a long time, mentally spellbound, tongue-tied, with no words or thoughts shaping themselves in his mind. He was filled 55 by some ghastly inhibition like a mental stroke. He stayed like this until he could stand it no longer -- until he felt that he was on the point of suffocating. Then he jumped into bed and drew the sheets over his head murmuring broken fragments of oaths and involuntary pleadings which he did not recognize as emanating 60 from any part of himself. Outwardly however there were no signs of these struggles to be seen; his speech remained dry and measured despite the fever of the thoughts behind it. His doctor complimented him on his 65 excellent reflexes and assured him that his urine was free from excess albumen. An occasional headache only proved him to be a victim of PETIT MAL -- or some other such customary disease of

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the rich and idle. For his own part he was prepared to suffer thus as long as the suffering remained within the control of his consciousness. What 5 terrified him only was the sensation of utter loneliness -- a reality which he would never, he realized, be able to communicate either to his friends or to the doctors who might be called in to pronounce upon anomalies of behaviour which they would regard only as symptoms of disorder.

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holgazanes. Por su parte, Nessim aceptaba ese sufrimiento mientras fuera gobernado por su conciencia. Lo único que lo aterraba era la sensación de total soledad, una soledad real pero que, bien lo sabía, jamás podría transmitir a sus amigos o a los médicos, para quienes esas anomalías del comportamiento no eran más que síntomas de una afección corporal. Trató febrilmente de dedicarse otra vez a la pintura, pero sin resultado. La conciencia de sí mismo actuaba como un veneno que se mezclaba a los colores, haciendo de sus pinturas algo muerto y apagado. Cada vez que tomaba los pinceles tenía la penosa impresión de que una mano invisible le tiraba de la manga todo el tiempo, frenándolo, quitándole toda libertad y soltura de movimientos. Asediado por ese amenazador crepúsculo de los sentimientos, y en un vano esfuerzo por recobrar el equilibrio y la compostura, reanudó una vez más la tarea de terminar el Palacio de Verano, como llamaba en broma al conjunto de cabañas y caballerizas de estilo árabe situadas en Abusir. Tiempo atrás, en el curso de una cabalgata a Benghazi por la costa vacía, había descubierto una ondulación del desierto a menos de una milla del mar, donde surgía un manantial entre las espesas arenas, deslizándose rumbo a las playas desoladas antes de ser absorbido y tragado por las dunas. Los beduinos, con esa aridez de verdor que se ocultaba en el corazón de todos los amantes del desierto, habían plantado allí una palmera y una higuera, cuyas raíces se habían afianzado en las rocas de donde surgía el hilo de agua. Mientras daba descanso a los caballos a la sombra de aquellos árboles jóvenes, Nessim contempló maravillado el panorama lejano del viejo fuerte árabe y la gran cicatriz blanca de la playa solitaria donde las olas golpeaban noche y día. Las dunas formaban allí un largo valle que su imaginación empezó a poblar de palmeras susurrantes e higueras verdes cuya sombra espesa, como ocurre siempre cerca de los manantiales, parece envolver la cabeza con un lienzo húmedo. Durante un año dejó que el lugar madurara en su imaginación; solía cabalgar hasta allí para estudiar el terreno en diferentes épocas y climas, hasta conocer perfectamente sus características. No había dicho ni una palabra a nadie, pero abrigaba la secreta idea de levantar una casa de verano para Justine, un oasis en miniatura donde ella pudiera guardar sus tres caballos árabes y pasar la época de los grandes calores entregada a sus diversiones favoritas: los baños de mar y la equitación. El manantial había sido ahondado y canalizado; el agua llenaba la cisterna de mármol en el centro del pequeño patio pavimentado de áspera arenisca, en torno al cual se alzaban la casa y las caballerizas. A medida que crecía el caudal de agua aumentaba también el verdor; la sombra engendró las formas erizadas y abstractas de los cactos y la exuberancia silvestre del maíz. Con el tiempo llegaron a cultivarse melones, que eran allí como exquisitos desterrados de Persia. Una caballeriza de severo estilo árabe daba la espalda a los vientos invernales, y una serie de depósitos y pequeños salones con ventanas enrejadas y persianas de hierro negro se disponían en forma de L. Dos o tres dormitorios exiguos, no más grandes que las celdas de los monjes medievales, daban directamente a una hermosa habitación central oblonga, de techo bajo, que servía de salón y comedor; en el fondo se alzaba la chimenea maciza y blanca, decorada en su dintel con los motivos de los ceramistas árabes. En la parte opuesta había una mesa y bancos de piedra que recordaban los refectorios de los antiguos monjes del desierto. Desmentían la severidad de la estancia las lujosas alfombras persas y los enormes cofres tallados y dorados, de cerraduras curvadas y aplicaciones de cuero lustrado. En todo se advertía esa estudiada simpli77

He tried feverishly to take up his painting again, but without result. Self-consciousness like a poison seemed to eat into the very paint, making it sluggish and dead. It was hard even to manipulate the brush with an invisible hand pulling at one's sleeve the whole 15 time, hindering, whispering, displacing all freedom and fluidity of movement. Surrounded as he was by this menacing twilight of the feelings he turned once more, in a vain effort to restore his balance and composure, to the completion of the Summer Palace -- as it was jokingly called; the little group of Arab huts and stables at Abousir. Long ago, in the course of a ride to Benghazi along the lonely shoreline, he had come upon a fold in the desert, less than a mile from the sea, where a fresh spring suddenly burst through the thick sand pelt and hobbled a little way down towards the desolate beaches before it was overtaken and smothered by the dunes. Here the Bedouin, overtaken by the involuntary hunger for greenness which lies at the heart of all desert-lovers, had planted a palm and a fig whose roots had taken a firm subterranean grip upon the sandstone from which the pure water ran. Resting with the horses in the shade of these young trees, Nessim's eye had dwelt with wonder upon the distant view of the old Arab fort, and the longdrawn white scar of the empty beach where the waves pounded night and day. The dunes had folded themselves hereabouts into a long shapely valley which his imagination had already begun to people with clicking palm-trees and the green figs which, as always near running water, offer a shade so deep as to be like a wet cloth pressed to the skull. For a year he had allowed the spot to mature in his imagination, riding out frequently to study it in every kind of weather, until he had mastered its properties. He had not spoken of it to anyone, but in the back of his mind had lurked the idea of building a summer pleasure house for Justine -- a miniature oasis where she could stable her three Arab thoroughbreds and pass the hottest season of the year in her favourite amusements, bathing and riding.

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The spring had been dug out, channelled and gathered into the marble cistern which formed the centre-piece to the little courtyard, paved with rough sandstone, around which the house 50 and stables were to stand. As the water grew so the green grew with it; shade created the prongy abstract shapes of cactus and the bushy exuberance of Indian corn. In time even a melon-bed was achieved -- like some rare exile from Persia. A single severe stable in the Arab style turned its back upon the winter sea-wind, 55 while in the form of an L grew up a cluster of storerooms and small livingrooms with grilled windows and shutters of black iron. Two or three small bedrooms, no larger than the cells of medieval monks, gave directly into a pleasant oblong central room 60 with a low ceiling, which was both living and dining-room; at one end a fireplace grew up massive and white, and with decorated lintels suggested by the designs of Arab ceramics. At the other end stood a stone table and stone benches reminiscent of some priory refectory used by desert fathers perhaps. The severity of 65 the room was discountenanced by rich Persian rugs and some tremendous carved chests with gilt ornamentation writhing over their hooked clasps and leather-polished sides. It was all of a

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controlled simplicity which is the best sort of magnificence. On the severe white-washed walls, whose few grilled windows offered sudden magnificent slotted views of beach and desert, hung a few old trophies of hunting or meditation, like: an Arab lance-pennon, 5 a Buddhist MANDALA, a few assegais in exile, a longbow still used for hunting of hares, a yacht-burgee. There were no books save an old Koran with ivory covers and tarnished metal clasps, but several packs of cards lay about on the sills, including the Grand Tarot for amateur divination and a set of Happy Families. 10 In one corner, too, there stood an old samovar to do justice to the one addiction from which they both suffered -- tea-drinking. The work went forward slowly and hesitantly, but when at last, unable to contain his secret any longer, he had taken Justine out to 15 see it, she had been unable to contain her tears as she walked about it, from window to window of the graceful rooms, to snatch now a picture of the emerald sea rolling on the sand, now a sudden whorled picture of the dunes sliding eastward into the sky. Then she sat down abruptly before the thorn fire in her habit and listened 20 to the soft clear drumming of the sea upon the long beaches mingled with the cough and stamp of the horses in their new stalls beyond the courtyard. It was late autumn, then, and in the moist gathering darkness the fireflies had begun to snatch fitfully, filling them both with pleasure to think that already their oasis had begun to support 25 other life than their own. What Nessim had begun was now Justine's to complete. The small terrace under the palm-tree was extended towards the east and walled in to hold back the steady sand-drift which, after a 30 winter of wind, would move forward and cover the stones of the courtyard in six inches of sand. A windbreak of junipers contributed a dull copper humus of leaf-mould which in time would become firm soil nourishing first bushes and later other and taller trees. She was careful, too, to repay her husband's thoughtfulness by paying a tribute to what was then his ruling passion -- astronomy. At one corner of the L-shaped block of buildings she laid down a small observatory which housed a telescope of thirty magnifications. Here Nessim would sit night after night in the 40 winter, dressed in his old rust-coloured ABBA, staring gravely at Betelgeuse, or hovering over books of calculations for all the world like some medieval soothsayer. Here too their friends could look at the moon or by altering the angle of the barrel catch sudden smoky glimpses of the clouds of pearl which the city always seemed 45 to exhale from afar.

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cidad que constituye el más alto refinamiento del gusto. En las severas paredes enjalbegadas, cuyas ventanas con rejas ofrecían extraordinarias vistas de la playa y el desierto, colgaban algunos trofeos de caza o de la vida contemplativa: un pendón de lanza árabe, un mandala búdico, algunas azagayas en exilio, un arco que todavía se usaba para cazar liebres, un gallardete de yate. No había libros, salvo un viejo Corán con tapas de marfil y broches de metal deslustrado, pero sí varios juegos de cartas en el alféizar de las ventanas, incluyendo el Gran Tarot para aficionados a la adivinación y un juego de paciencia. En un ángulo, un viejo samovar satisfacía el único gusto que Justine y Nessim compartían: el té. Los trabajos avanzaron lentamente y con muchas vacilaciones, hasta que Nessim, incapaz de seguir guardando su secreto, llevó a Justine a visitar la casa. Ella no había podido contener las lágrimas mientras recorría las hermosas habitaciones, asomándose a las ventanas para apresar, ya una imagen del mar de esmeralda rompiendo en la playa, ya una visión atormentada de las dunas que se perdían hacia el este en la línea del horizonte. Se sentó luego bruscamente junto al fuego de ramas espinosas, vestida todavía de amazona, y escuchó el nítido y suave tamborileo del mar en las dilatadas playas, mezclado con los relinchos y el golpear de cascos de los caballos del otro lado del patio. Moría el otoño, en la penumbra húmeda empezaban a brillar las luciérnagas, y les alegró pensar que aquel oasis albergaría otras vidas además de las suyas. Nessim había comenzado la obra, y a Justine le tocaba terminarla. La pequeña terraza bajo la palmera fue ampliada hacia el este y protegida por una pared a fin de atajar el avance implacable de las arenas que durante el invierno ventoso sepultarían bajo una capa de seis pulgadas las piedras del patio. Un seto de enebros proporcionó una capa de humus cobrizo, que con el tiempo se convertiría en suelo firme y permitiría el desarrollo de los arbustos y más tarde de los árboles. Justine tuvo buen cuidado, además, de recompensar las atenciones de su marido favoreciendo lo que constituía entonces su pasatiempo preferido: la astronomía. En un ángulo del cuerpo de edificios en forma de L hizo instalar un pequeño observatorio con un telescopio de treinta aumentos. Nessim pasaba allí las noches de pleno invierno con su vieja abba de color herrumbre, contemplando gravemente a Betelgeuse o examinando tablas astronómicas como un astrólogo medieval. Sus amigos podían contemplar la luna desde allí, o bien, modificando la posición del tubo, percibir vagamente las nubes nacaradas que la ciudad parecía exhalar a lo lejos. Como era lógico, pronto hubo que pensar en un guardián, y nadie se sorprendió cuando Panayotis hizo su aparición y se instaló en un cuartito contiguo a las caballerizas. Aquel viejo, con su barba de pope y sus ojillos penetrantes, había sido maestro en Damanhur durante veinte años. Luego se ordenó y pasó nueve años en el monasterio de Santa Catalina, en el Sinaí. Era imposible saber el motivo que lo había llevado al oasis, porque en algún momento de su vida aparentemente monótona le habían cortado la lengua. A juzgar por los signos con que respondió a las preguntas, cabía deducir que había iniciado una peregrinación a pie al pequeño santuario de San Menas, que se alzaba más al oeste, y que en el curso de su viaje había pasado por el oasis. Como quiera que fuese, su decisión de quedarse allí no parecía fortuita. Era exactamente lo que Nessim necesitaba, y a cambio de un modesto salario se quedó todo un año como guardián y jardinero. Era un viejecito muy vigoroso, activo como una hormiga, terriblemente celoso de todo el verdor nacido de su trabajo y de su ingenio. A él se debió la plantación de melones, y hasta llegó a persuadir a una parra de que se enroscara en las jambas de la puerta principal. Su risa era un cloqueo inarticulado, y escondía la cara, por timidez, en las mangas andrajosas de su vieja sotana de muñidor. Su locuacidad griega, no pudiendo manifestarse por la

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All this, of course began to stand in need of a guardian, and it came as no surprise to them when Panayotis arrived and took up his residence in a tiny room near the stables. This old man with his spade beard and gimlet-eyes had been for twenty years a secondary school teacher at Damanhur. He had taken orders and spent nine years at the monastery of St Catherine in Sinai. What brought him to the oasis it was impossible to tell for at some stage in his apparently unadventurous life he had had his tongue cut out of his head. From the signs he made in response to questions it might seem that he had been making a pilgrimage on foot to the little shrine of St Menas situated to the west when he had stumbled upon the oasis. At any rate there seemed nothing fortuitous about his decision to adopt it. He fitted it to perfection, and for a small salary stayed there all the year round as watchman and gardener. He was an able-bodied little old man, active as a spider, and fearfully jealous of the green things which owed their life to his industry and care. It was he who coaxed the melon-bed into life and at last persuaded a vine to start climbing beside the lintel of the central doorway. His laughter was an inarticulate clucking, and he had a shy habit of hiding his face in the tattered sleeve of his old beadle's soutane. His Greek loquacity, dammed up behind his

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disability, had overflowed into his eyes where it sparkled and danced at the slightest remark or question. What more could anyone ask of life, he seemed to say, than this oasis by the sea? What more indeed? It was the question that Nessim asked himself repeatedly as the car whimpered towards the desert with hawkfeatured Selim motionless at the wheel. Some miles before the Arab fort the road fetches away inland from the coast and to reach the oasis one must swerve aside off the tarmac along 10 an outcrop of stiff flaky dune -- like beaten white of egg, glittering and micashafted. Here and there where the swaying car threatens to sink its driving-wheels in the dune they always find purchase again on the bed of friable sandstone which forms the backbone to the whole promontory. It was exhilarating to 15 feather this sea of white crispness like a cutter travelling before a following wind.

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vía ordinaria, confluía en sus ojos donde chispeaba y danzaba a la menor observación o pregunta. ¿Qué más se podía pedir a la vida, parecía decir, que ese oasis junto al mar? ¿Qué más, en efecto? Tal era la pregunta que Nessim se repetía mientras el automóvil avanzaba zumbando hacia el desierto, y Selim, el de cara de halcón, permanecía impasible en el volante. Pocas millas antes del fuerte árabe, la ruta se aparta de la costa para penetrar en el interior, y antes de llegar al oasis hay que salir del macadam y flanquear la línea de dunas rígidas y escamosas, como claras de huevo batidas a punto de nieve, sembradas de centelleantes fragmentos de mica. Cada vez que las ruedas delanteras del auto amenazan hundirse en las dunas, el lecho de arenisca friable que sirve de espina dorsal al promontorio les proporciona un nuevo punto de apoyo. Nessim sentía la embriaguez de avanzar cortando ese mar de crepitante blancura, como un cúter con viento en popa. Desde hacía tiempo Nessim pensaba --aunque la sugestión la hubiera hecho Pursewarden-- recompensar la abnegación del viejo Panayotis con el único regalo que el anciano podía comprender y aceptar. Traía ahora en su portafolios una dispensa del Patriarca de Alejandría para que Panayotis pudiera erigir en su casa una capilla consagrada a San Arsenio. La elección del santo había sido casual, como debería serlo siempre. En una tienducha de El Cairo, Clea había encontrado entre montones de trastos viejos un icono del siglo dieciocho de excelente calidad, que representaba a San Arsenio, y lo había regalado a Justine para su cumpleaños. Tales eran los tesoros que desempaquetaron ante los ojos inquietos y calculadores del viejo. Les llevó tiempo hacerle comprender lo que le traían, porque entendía mal el árabe y Nessim no sabía griego. Por fin, después de mirar una vez más la dispensa, el viejo juntó las manos y levantó la cabeza sonriendo; parecía a punto de derrumbarse bajo el peso de la emoción que lo embargaba. Comprendía todo. Sabía ahora por qué Nessim se había pasado horas estudiando los fondos de las caballerizas y trazando planos en un papel. Le estrechó calurosamente las manos, profiriendo cloquos inarticulados. Nessim contemplaba emocionado y con cierta envidia maliciosa la plenitud de alegría que provocaba esa recompensa. Desde lo más profundo de la cámara oscura de su mente, estudiaba al viejo muñidor como si concentrándose pudiera sorprender la simplicidad de espíritu que le daban esa felicidad y esa paz. «Por lo menos --pensaba Nessim--, trabajar aquí con mis propias manos me devolverá el equilibrio, me impedirá pensar.» Y estudiaba las viejas manos apergaminadas del griego, lleno de admirativa envidia al pensar en el tiempo que habían matado para su benenficio, en los pensamientos que le habían ahorrado. Leía en ellas años y años de sana actividad corporal que encarcela los pensamientos y neutraliza el exceso de reflexión. Y sin embargo... ¿quién podía saber? Todos los años de enseñanza, luego la temporada en el monasterio, y ahora la larga soledad invernal que envolvía el oasis, cuando sólo la resonancia y el chapoteo del mar, los crujidos de las palmeras, acompañaban los pensamientos... Pensó que siempre había tiempo para las crisis espirituales, y siguió mezclando empecinadamente el cemento y la arena en un mortero de madera. Pero ni siquiera allí conocería la soledad, pues Justine, con esa exasperante solicitud culpable que sentía ahora por el hombre a quien quería y sin embargo trataba de destruir, apareció con su trío de caballos árabes y plantó sus cuarteles de verano en el oasis. Un demonio familiar vivo, inquieto, caprichoso. Entonces, impulsado por la terrible angustia que me producía su ausencia, le envié a escondidas unas líneas diciéndole que volviera o si no que convenciera a Nessim de que me invitase al Palacio de Verano. Selim llegó puntualmente con el coche y me condujo al Palacio, sumido en un silencio comprensivo en el cual no se animó a

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It had been in Nessim's mind for some time past -- the suggestion had originally been Pursewarden's -- to repay the 20 devotion of old Panayotis with the only kind of gift the old man would understand and find acceptable: and he carried now in his polished brief-case a dispensation from the Patriarch of Alexandria permitting him to build and endow a small chapel to St Arsenius in his house. The choice of saint had been, as it always should be, 25 fortuitous. Clea had found an eighteenth-century ikon of him, in pleasing taste, lying among the lumber of a Muski stall in Cairo. She had given it to Justine as a birthday present. These then were the treasures they unpacked before the restless

30 bargaining eye of the old man. It took them some time to make

him understand for he followed Arabic indifferently and Nessim knew no Greek. But looking up at last from the written dispensation he clasped both hands and threw up his chin with a smile; he seemed about to founder under the emotions which beset him. 35 Everything was understood. Now he knew why Nessim had spent such hours considering the empty end-stable and sketching on p a p e r. H e s h o o k h i s h a n d s w a r m l y a n d m a d e i n a r t i c u l a t e cluckingnoises. Nessim's heart went out to him with a kind of malicious envy to see how wholehearted his pleasure was at this 40 act of thoughtfulness. From deep inside the CAMERA OBSCURA of the thoughts which filled his mind he studied the old beadle carefully, as if by intense scrutiny to surprise the single-heartedness which brought the old man happiness, peace of mind. Here at least, thought Nessim, building something with my own hands will keep me stable and unreflective -- and he studied the horny old hands of the Greek with admiring envy as he thought of the time they had killed for him, of the thinking they had saved him. He read into them years of healthy bodily 50 activity which imprisoned thought, neutralized reflection. And yet ... who could say? Those long years of school-teaching: the years in the monastery: and now the long winter solitude which closed in around the oasis, when only the boom and slither of t h e s e a a n d t h e w h a c k i n g o f p a l m - f ro n d s w e r e t h e r e t o 55 accompany one's thoughts.... There is always time for spiritual crises, he thought, as he doggedly mixed cement and dry sand in a wooden mortar.

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But even here he was not to be left alone for Justine, with that

60 maddening guilty solicitude which she had come to feel for the

man whom she loved, and yet was trying to destroy, appeared with her trio of Arabs and took up her summer quarters at the oasis. A restless, moody, alert familiar. And then I, impelled by the fearful pangs her absence created in me, smuggled a note to her telling 65 her either that she must return to the city or persuade Nessim to invite me out to the Summer Palace. Selim duly arrived with the car and motored me out in a sympathetic silence into which he did

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not dare to inject the slightest trace of contempt. For his part Nessim received me with a studied tenderness; in fact, he was glad to see us again at close quarters, to detach us 5 from the fictitious framework of his agents' reports and to judge for himself if we were ... what am I to say? `In love?' The word implies a totality which was missing in my mistress, who resembled one of those ancient goddesses in that her attributes proliferated through her life and were not condensed about a single quality of 10 heart which one could love or unlove. `Possession' is on the other hand too strong: we were human beings not Bronte cartoons. But English lacks the distinctions which might give us (as Modern Greek does) a word for passion-love. Apart from all this, not knowing the content and direction of Nessim's thoughts I could in no way set his inmost fears at rest: by telling him that Justine was merely working out with me the same obsessive pattern she had followed out in the pages of Arnauti. She was creating a desire of the will which, 20 since it fed secretly on itself, must be exhausted like a lamp -- or blown out. I knew this with only a part of my mind: but there I detected the true lack in this union. It was not based on any repose of the will. And yet how magically she seemed to live -- a mistress so full of wit and incantation that one 25 wondered how one had ever managed to love before and be content in the quality of the loving.

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insinuar la menor traza de desprecio. Por su parte Nessim me recibió con estudiado afecto; en realidad se alegraba de tenernos cerca, de separarnos de la trama ficticia creada por los informes de sus espías, de juzgar por sí mismo si estábamos... ¿qué decir? «¿Enamorados?". La palabra implica una totalidad que faltaba a un amante; Justine se parecía a una diosa antigua en el sentido de que sus tributos proliferaban en el curso de su vida sin condensarse en una cualidad singular que pudiera ser objeto de amor o de odio. «Posesión», por otro lado, es una palabra demasiado fuerte: éramos seres humanos, no caricaturas a la manera de la Bronté. Pero no hay en nuestra lengua una palabra (como la tiene el griego moderno) capaz de expresar los matices del amor--pasión. Además, como yo ignoraba el giro de los pensamientos de Nessim, era incapaz de apaciguar sus temores más íntimos, diciéndole que Justine estaba tejiendo conmigo la misma trama obsesiva que yo había seguido en las páginas de Arnauti. Justine se estaba creando un deseo alimentado secretamente de sí mismo, y que acabaría por gastarse como la mecha de una lámpara o apagarse de golpe. Esto lo sabía sólo una parte de mi yo, pero allí descubrí lo que realmente faltaba a nuestra unión. No se fundaba en un sosiego de la voluntad. Y sin embargo, Justine parecía vivir por obra de magia, era una amante tan llena de ingenio y de encanto que uno se preguntaba cómo había podido enamorarse de otra mujer antes que ella y haber quedado satisfecho con ese amor. Al mismo tiempo me asombraba comprobar que aquella parte de mí mismo que seguía unida a Melissa vivía su propia existencia autónoma y le pertenecía con tanta calma como seguridad, aunque no deseaba que volviera. Sus cartas eran largas y alegres, sin una sombra de reproche o de queja; todas sus palabras demostraban que tenía cada vez más confianza en sí misma. Me describía el pequeño sanatorio donde estaba internada con vivacidad y sentido del humor, y hablaba de los médicos y los demás pacientes como si estuviera pasando sus vacaciones en un hotel. Por las cartas se hubiera dicho que había crecido, que se había transformado en otra mujer. Yo le contestaba lo mejor que podía pero me era difícil disimular la negligencia y la confusión que reinaban en mi vida; me resultaba igualmente imposible aludir a la obsesión que era para mí Justine: nos movíamos en un mundo distinto de flores, libros o ideas, un mundo completamente ajeno a Melissa. Las circunstancias, no la falta de sensibilidad, le habían cerrado las puertas de acceso a ese mundo. «La pobreza excluye --decía Justine-- y la riqueza aísla.» Pero ella había logrado entrar en ambos mundos, el de la privación y el de la abundancia; por eso tenía la posibilidad de vivir con naturalidad. Allí por lo menos, en el oasis, teníamos la ilusión de una felicidad que la vida de la ciudad nos negaba. Nos levantábamos temprano y trabajábamos en la capilla hasta que comenzaba el calor; entonces Nessim se retiraba al pequeño observatorio para ocuparse de sus negocios mientras Justine y yo nos dirigíamos a través de aquellas dunas como de plumas en dirección al mar donde pasábamos largo rato nadando y conversando. A una milla aproximadamente del oasis, la fuerza de las olas había levantado un circo de arena que rodeaba una laguna poco profunda, y a un costado, apoyada en el pecho de la duna, una choza de cañas, cubierta de hojas, ofrecía al bañista sombra y lugar para cambiarse. Pasábamos allí la mayor parte del día. Recuerdo que acabábamos de enterarnos de la muerte de Pursewarden y hablábamos de él con ardor y espanto, como si por primera vez intentáramos seriamente valorar un personaje cuyas características habían encubierto su verdadera naturaleza. Se hubiera dicho que al morir había abandonado su personaje terreno para asumir en cierto modo las grandiosas proporciones de su obra, que adquiría más relieve a medida que se iba desvaneciendo el recuerdo del hombre. La muerte proporcionaba un nuevo criterio y daba una nueva estatura intelectual al hombre brillante, ineficaz y a menudo tedioso con quien nos habíamos enfrentado. En adelante sólo podría80

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At the same time I was astonished to realize that the side of me which clave to Melissa was living its own autonomous existence, quietly and surely belonging to her yet not wishing her back. The letters she wrote me were gay and full and unmarred by any shadow of reproof or self-pity; I found in all she wrote an enlargement of her self-confidence. She described the little sanatorium where she was lodged with humour and a nimble eye, describing the doctors and the other patients as a holidaymaker might. On paper she seemed to have grown, to have become another woman. I answered her as well as I was able but it was hard to disguise the shiftless confusion which reigned in my life; it was equally impossible to allude to my obsession with Justine -- we were moving through a different world of flowers and books and ideas, a world quite foreign to Melissa. Environment had closed the gates to her, not lack of sensibility. `Poverty is a great cutter-off ' said Justine once, `and riches a great shutter-off.' But she had gained admittance to both worlds, the world of want and the world of plenty, and was consequently free to live naturally. But here at least in the oasis one had the illusion of a beatitude which eluded one in town life. We rose early and worked on the chapel until the heat of the day began, when Nessim retired to his business papers in the little observatory and Justine and I rode down the feathery dunes to the sea to spend our time in swimming and talking. About a mile from the oasis the sea had pushed up a great coarse roundel of sand which formed a shallow-water lagoon beside which, tucked into the pectoral curve of a dune, stood a reed hut roofed with leaves, which offered the bather shade and a changing-place. Here we spent most of the day together. The news of Pursewarden's death was still fresh, I remember, and we discussed him with a warmth and awe, as if for the first time we were seriously trying to evaluate a character whose qualities had masked its real nature. It was as if in dying he had cast off from his earthly character, and taken on some of the grandiose proportions of his own writings, which swam more and more into view as the memory of the man itself faded. Death provided a new critical referent, and a new mental stature to the tiresome, brilliant, ineffectual and often tedious man with whom we had had to cope. He was only to be seen now through the distorting mirror of

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anecdote or the dusty spectrum of memory. Later I was to hear people ask whether Pursewarden had been tall or short, whether he had worn a moustache or not: and these simple memories were the hardest to recover and to be sure of. Some who had known him 5 well said his eyes had been green, others that they had been brown.... It was amazing how quickly the human image was dissolving into the mythical image he had created of himself in his trilogy GOD IS A HUMORIST. Here, in these days of blinding sunlight, we talked of him like people anxious to capture and fix the human memory before it quite shaded into the growing myth; we talked of him, confirming and denying and comparing, like secret agents rehearsing a cover story, for after all the fallible human being 15 had belonged to US, the myth belonged to the world. It was now too that I learned of him saying, one night to Justine, as they watched Melissa dance: `If I thought there were any hope of success I would propose marriage to her tomorrow. But she is so ignorant and her mind is so deformed by poverty and bad 20 luck that she would refuse out of incredulity.'

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mos verlo a través del espejo deformante de la anécdota o del prisma polvoriento del recuerdo. Tiempo después oí preguntar si Pursewarden era alto o bajo, si usaba o no bigote, y esos simples recuerdos eran los más difíciles de recobrar, los más inseguros. Entre quienes le habían conocido bien, unos aseguraban que tenía los ojos verdes, otros que los tenía castaños... Era pasmoso ver con qué rapidez la imagen se disolvía en la figura mítica que él mismo se había forjado en su trilogía Dios es un humorista. Durante aquellos días de sol enceguecedor, hablábamos de él ansiosamente como si quisiéramos apresar y fijar el recuerdo del hombre antes de que se lo tragara el mito; hablábamos de él, confirmábamos y negábamos, comparábamos nuestras versiones como agentes secretos comunicando lo que sabíamos de una historia oculta, porque después de todo ese ser humano y falible nos había pertenecido, y el mito pertenecía al mundo. Entonces supe también que una noche, viendo bailar a Melissa, Pursewarden le había dicho: «Si creyera que tengo alguna probabilidad de éxito le propondría casarme con ella mañana mismo. Pero es tan ignorante y está tan de formada por la pobreza y la mala suerte que no me creerá y dirá que no.» Detrás de nosotros, paso a paso, Nessim nos seguía con sus temores. Un día encontré la palabra «Cuidado» escrita con un palo en la arena junto a la laguna. La palabra griega me hizo pensar que había sido trazada por Panayotis, pero Selim también conocía el griego. Poco después se produjo otro incidente que confirmó esa advertencia; un día que necesitaba una hoja de papel para escribir a Melissa, entré en el pequeño observatorio de Nessim y me puse a buscar en su escritorio. Advertí entonces que el telescopio ya no apuntaba al cielo sino a las dunas, allí donde la ciudad dormitaba entre las brumas de sus nubes perladas. Esto no tenía nada de raro, pues uno de nuestros pasatiempos favoritos era contemplar los minaretes más altos en la atmósfera condensada y variable de Alejandría. Me senté en el trípode y pegando el ojo al lente, traté de enfocar la débil imagen temblorosa y vibrátil del paisaje. A pesar de la firme base de piedra en que se asentaba el trípode, el gran aumento de los lentes y la bruma caliente daban una liviana vibración a la imagen, como si el paisaje respirara suavemente, sin ritmo. Me quedé pasmado al ver --temblorosa, saltarina, pero perfectamente nítida-- la choza de caña donde menos de una hora antes nos habíamos abrazado, habíamos hablado de Pursewarden. Esa mancha de color amarillo brillante en la duna era la cubierta de una edición de bolsillo del Rey Lear que yo había dejado olvidada; de no haber temblado tanto la imagen seguramente hubiera podido leer el título en la tapa. Me quedé mirando aquella escena largo rato, sin respirar, y empecé a sentir miedo. Era como si de pronto, en una habitación oscura pero familiar que creemos vacía, una mano se tendiera para posarse en nuestro hombro. Salí del observatorio sigilosamente, con el papel y el lápiz, y me s e n t é e n u n s i l l ó n f r e n t e a l m a r, p r e g u n t á n d o m e q u é p o d í a decir a Melissa.

But step by step behind us Nessim followed with his fears. One day I found the word `Beware' (?????O??) written in the sand with a stick at the bathing-place. The Greek word suggested the 25 hand of Panayotis but Selim also knew Greek well. This further warning was given point for me by an incident which occurred very shortly afterwards when, in search of a sheet of notepaper on which to write to Melissa, I strayed into Nessim's little observatory and rummaged about on his desk for what I needed. I happened to notice that the telescope barrel had been canted downwards so that it no longer pointed at the sky but across the dunes towards where the city slumbered in its misty reaches of pearl cloud. This was not unusual, for trying to catch glimpses of the highest minarets as the airs condensed and shifted was a favourite pastime. I sat on the three-legged stool and placed my eye to the eye-piece, to allow the faintly trembling and vibrating image of the landscape to assemble for me. Despite the firm stone base on which the tripod stood the high magnification of the lens and the heat haze between them contributed a feathery vibration to the image which gave the landscape the appearance of breathing softly and irregularly. I was astonished to see -- quivering and jumping, yet pin-point clear -- the little reed hut where not an hour since Justine and I had been lying in each other 's arms, talking of Pursewarden. A brilliant yellow patch on the dune showed up the cover of a pocket KING LEAR which I had taken out with me and forgotten to bring back; had the image not trembled so I do not doubt but that I should have been able to read the title on the cover. I stared at this image breathlessly for a long moment and became afraid. It was as if, all of a sudden, in a dark but familiar room one believed was empty a hand had suddenly reached out and placed itself on one's shoulder. I tip-toed from the observatory with the writing pad and pencil and sat in the arm-chair looking out at the sea, wondering what I could say to Melissa. ***** That autumn, when we struck camp and returned to the city

60 for its winter season, nothing had been decided; the feeling of

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crisis had even diminished. We were all held there, so to speak, in the misty solution of everyday life out of which futurity was to crystallize whatever drama lay ahead. I was called upon to begin my new job for Scobie and addressed myself helplessly to 65 t h e w r e t c h e d B O U S T R O P H E D O N u p o n w h i c h B a l t h a z a r continued to instruct me, in between bouts of chess. I admit that I tried to allay my pangs of conscience in the matter by trying at

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Aquel otoño, cuando levantamos campamento y volvimos a la ciudad para pasar el invierno, no había nada resuelto, y la sensación de crisis se había incluso debilitado. Allí estábamos todos suspendidos, por así decirlo, en la solución brumosa de la vida cotidiana donde el futuro terminaría por cristalizarse en el drama que nos aguardaba. Tuve que hacerme cargo de mi nuevo trabajo para Scobie, y me puse a estudiar desesperadamente el detestable bustrofedón que Balthazar continuaba enseñándome entre dos partidas de ajedrez. Debo reconocer que traté de calmar mis escrúpulos de conciencia intentan-

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first to tell Scobie's office the truth -- namely that the Cabal was a harmless sect devoted to Hermetic philosophy and that its activities bore no reference to espionage. In answer to this I was curtly told that I must not believe their obvious cover-story but 5 must try to break the code. Detailed reports of the meetings were called for and these I duly supplied, typing out Balthazar 's discourses on Ammon and Hermes Trismegistus with a certain peevish pleasure, imagining as I did so the jaded government servants who have to wade through the stuff in damp basements 10 a thousand miles away. But I was paid and paid well; for the first time I was able to send Melissa a little money and to make some attempt to pay Justine what I owed her. It was interesting, too, to discover which of my acquaintances

15 were really part of the espionage grape-vine. Mnemjian, for

do primero decir la verdad al Servicio que dirigía Scobie, esto es, que la Cábala era una secta inofensiva dedicada a la filosofía hermética, y que sus actividades nada tenían que ver con el espionaje. La respuesta seca fue que no debía creer en lo que era evidentemente una fachada, y que me limitara a descifrar el código. Me pidieron informes detallados (le las reuniones, que presenté oportunamente, donde figuraban las disertaciones de Balthazar sobre Amón y Termes Trimegisto, imaginando con cierto placer malhumorado a los funcionarios que tenían que abrirse paso en aquel fárrago, a mil millas de distancia, en húmedos subsuelos. Pero me pagaban con generosidad; por primera vez pude enviar un poco de dinero a Melissa y hacer algunas tentativas de cancelar mi deuda con Justine. Era interesante también descubrir quiénes, entre nuestros conocidos, formaban parte de la red de espionaje. Mnemjian, por ejemplo, era uno de ellos; su barbería era un centro general de información sobre la ciudad, y la elección era excelente. Cumplía sus funciones con extrema cautela y discreción, e insistía en afeitarme gratis; me descorazonó, mucho más tarde. enterarme de que preparaba pacientemente sus informes por triplicado para venderlos a otros servicios de espionaje. Otro aspecto interesante del trabajo era nuestra facultad de ordenar allanamientos en las casas de nuestros aminos. Me divertí muchísimo haciendo allanar el departamento de Potn bal. El pobre tenía la calamitosa costumbre de llevarse a su casa los ficheros oficiales para trabajar durante la noche. Confiscamos toda una serie de documentos que deleitaron a Scobie, pues contenían informes detallados sobre la influencia francesa en Siria y una lista de los agentes de Francia en la ciudad. En una de esas listas encontré el nombre de Cohen, el viejo peletero. Pombal quedó muy afectado por el allanamiento y durante casi un mes anduvo por las calles con recelo, mirando hacia atrás, convencido de que lo seguían. Además terminó por persuadirse de que alguien había pagado a Hamid para que lo envenenara, y en casa sólo comía los platos que yo había probado primero. Todavía esperaba que lo cambiaran de puesto y lo condecoraran, y tenía mucho miedo de que la pérdida de los ficheros perjudicara las dos gestiones, pero como habíamos tenido la precaución de dejarle las carpetas de los legajos, pudo incluirlas en la colección con una nota en la que se indicaba que los ficheros habían sido quemados «de acuerdo con las instrucciones recibidas». En los últimos tiempos, sus cocktail--parties cuidadosamente graduados a los que invitaba en algunos casos a representantes de las esferas más humildes de la Sociedad, como la prostitución y las artes, habían tenido mucho éxito. Pero los gastos y el hastío de esas reuniones eran un tormento para él; recuerdo que una vez me explicó, con tono doliente, el origen de esas funciones: --El cocktail--party, como su nombre lo indica, fue inventado por los perros. No es más que la costumbre de olisquearse el trasero, elevada a la categoría de ceremonia mundana. Sin embargo, perseveró y al fin obtuvo como recompensa los favores de su Cónsul General que, a pesar de despreciarlo, le tenía cierto temor infantil. Incluso convenció a Justine, después de rogárselo varias veces en broma, de que hiciera una aparición en una de las reuniones para ayudarlo en sus planes de condecoración. Así fue como tuvimos ocasión de observar a Pordre y el pequeño círculo diplomático de Alejandría, gentes que en su mayoría daban la impresión de haber sido pintadas con soplete, tan anodinas y difusas eran sus personalidades oficiales. El mismo Pordre era más un fantoche que un hombre, el modelo perfecto para un caricaturista. Tenía una cara larga, pálida, desencajada, y una espléndida cabellera plateada con la que solía presumir. Sin embargo, parecía un lacayo. La falsedad de sus gestos (su solicitud y las muestras exageradas de amistad que prodigaba a simples conocidos) eran insoportables,

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example, was one; his shop was a clearing-post for general intelligence concerning the city, and was admirably chosen. He performed his duties with tremendous care and discretion, and insisted on shaving me free of charge; it was disheartening to learn 20 much later on that he patiently copied out his intelligence summaries in triplicate and sold copies to various other intelligence services. Another interesting aspect of the work was that one had the

25 power to order raids to be made on the house of one's friends. I

enjoyed very much having Pombal's apartment raided. The poor fellow had a calamitous habit of bringing official files home to work on in the evening. We captured a whole set of papers which delighted Scobie for they contained detailed memoranda upon 30 French influence in Syria, and a list of French agents in the city. I noticed on one of these lists the name of the old furrier, Cohen. Pombal was badly shaken by this raid and went about looking over his shoulder for nearly a month afterwards, convinced that 35 he was being shadowed. He also developed the delusion that oneeyed Hamid had been paid to poison him and would only eat food cooked at home after I had first tasted it. He was still waiting for his cross and his transfer and was very much afraid that the loss of the files would prejudice both, but as we had thoughtfully 40 left him the classification-covers he was able to return them to their series with a minute to say that they had been burnt `according to instructions'. He had been having no small success lately with his

45 c a r e f u l l y g r a d u a t e d c o c k t a i l - p a r t i e s -- i n t o w h i c h h e

occasionally introduced guests from the humbler spheres of life like prostitution or the arts. But the expense and boredom were excruciating and I remember him explaining to me once, in tones of misery, the origin of these functions . 50 `The cocktail-party -- as the name itself indicates -- was originally invented by dogs. They are simply bottomsniffings raised to the rank of formal ceremonies.' Nevertheless he persevered in them and was rewarded by the favours of his ConsulGeneral whom, despite his contempt, he still regarded with 55 a certain childish awe. He even persuaded Justine, after much humorous pleading, to put in an appearance at one of these functions in order to further his plans for crucifixion. This gave us a chance to study Pordre and the small diplomatic circle of Alexandria -- for the most part people who gave the impression 60 of being painted with an air-brush, so etiolated and diffused did their official personalities seem to me. Pordre himself was a whim rather than a man. He was b o r n t o b e a c a r t o o n i s t 's b u t t . H e h a d a l o n g p a l e s p o i l e d 65 f a c e , s e t o f f b y a s p l e n d i d h e a d o f s i l v e r h a i r w h i c h h e u s e d t o a f f e c t . B u t i t w a s a l a c k e y 's c o u n t e n a n c e . T h e falseness of his gestures (his exaggerated solicitude and

Durrell's Justine

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friendship for the merest acquaintances) grated disagreeably and enabled me to understand both the motto m y f r i e n d h a d c o m p o s e d f o r t h e F r e n c h F o r e i g n O ff i c e and also the epitaph which he once told me should be 5 placed on the tomb of his Chief. (`His mediocrity was his salvation.') Indeed, his character was as thin as a single skin of gold leaf -- the veneer of culture which diplomats are in a better position to acquire than most men.

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y me permitieron comprender el lema que mi amigo había compuesto para el Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia, y que según él serviría también de epitafio para la tumba de su representante («Su mediocridad fue su salvación»). Todo esto, claro está, ocurría algunos años antes de que Pordre alcanzara la celebridad gracias a sus negociaciones sobre la flota francesa. Pero me cuesta creer que hubiera cambiado, en lo más mínimo; su personalidad, débil como una lámina de oro, estaba dada por ese mero barniz de cultura que los diplomáticos llegan a adquirir con más facilidad que el resto de los mortales. La fiesta resultó perfecta, y cuando Nessim lo invitó a cenar en su casa, el viejo diplomático tuvo un auténtico arrebato de entusiasmo. Nadie ignoraba que el Rey era con frecuencia huésped de Nessim, y el viejo estaba ya meditando los términos de un mensaje que empezaría: «Mientras cenaba con el Rey la semana pasada, hice girar la conversación en torno a... El Rey dijo... Yo contesté...» Sus labios empezaron a agitarse, mientras los ojos se le iban poniendo bizcos, y cayó en uno de esos trances públicos que lo habían hecho célebre y de los que despertaba con un sobresalto y una sonrisa de pescado a modo de excusa, para estupefacción de sus interlocutores. Por mi parte me parecía extraño volver a visitar el minúsculo departamento donde había pasado casi dos años, y recordar que allí, en esa misma habitación, había encontrado por primera vez a Melissa. El departamento había sufrido grandes transformaciones a manos de la última amante de Pombal. Gracias a ella había ahora paneles de madera pintados de blanco y zócalos de color castaño. Los viejos sillones que habían ido perdiendo poco a poco la estopa a través de sus desgarrones, tenían un nuevo tapizado de gruesa tela adamascada con un motivo de fleur--de--lis, y los tres viejos sofás habían sido desterrados para dejar más espacio. Sin duda los habían vendido o roto en pedazos. «En alguna parte --pensé citando un poema del viejo poeta-- esos trastos destartalados seguirán viviendo...» ¡Qué avara es la memoria, y con cuánta amargura se aferra a la materia primera de su tarea cotidiana! El dormitorio anodino de Pombal había tomado un vago aire fin de siécle, y brillaba de limpieza. Oscar Wilde lo hubiera aceptado como escenario para el primer acto de una comedia. Mi habitación había vuelto a convertirse en desván, pero todavía estaba allí la cama contra la pared, junto al lavabo de hierro. Naturalmente, la cortina amarilla había desaparecido, reemplazada por una tela blanca, mortecina. Apoyé la mano en la herrumbrada cabecera de hierro de la vieja cama, y me apuñaleó en pleno corazón el recuerdo de Melissa volviendo hacia mí sus cándidos ojos en la penumbra del cuartito. Mi dolor me avergonzó y me sorprendió. Y cuando Justine entró en la pieza tras de mí, cerré violentamente la puerta y empecé a besarla en la boca, en el cabello y la frente, aprentándola entre mis brazos hasta quitarle el aliento, para que no sorprendiera las lágrimas en mis ojos. Pero se dio cuenta al instante y, devolviéndome los besos con ese maravilloso ardor que sólo la amistad puede infundir a nuestras acciones, murmuró: «Ya sé, ya sé...» Después, liberándose suavemente, me hizo salir del cuarto y cerró la puerta tras de nosotros. --Tengo que hablarte de Nessim --murmuró--. El miércoles, la víspera del día en que volvimos del Palacio de Verano, salí a pasear sola a caballo por la orilla del mar. Había grandes bandadas de gaviotas, y de pronto vi el auto a lo lejos, que corría a tumbos entre las dunas. Selim conducía. Al principio no alcancé a darme cuenta de lo que estaban haciendo. Nessim iba sentado atrás. Pensé que el auto se atascaría en la arena, pero no: siguieron a toda velocidad hasta cl borde del agua, donde la arena es firme, y empezaron a acelerar a lo largo de la playa, acercándose a mí. Yo no estaba en la playa sino en una hondonada, a unos cincuenta metros del mar. Cuando pasaron a toda carrera a mi lado y las gaviotas alzaron el vuelo, vi que Nessim llevaba en la mano la vieja carabina de repetición. La levantó y disparó varias veces

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The party went off to perfection, and a dinner invitation from Nessim threw the old diplomat into a transport of pleasure which was not feigned. It was well known that the King was a frequent guest at Nessim's table and the old man was already writing a 15 despatch in his mind which began with the words: `Dining with the King last week I brought the conversation round to the question of .... He said ... I replied....' His lips began to move, his eyes to unfocus themselves, as he retired into one of those public trances for which he was famous, and from which he would awake with a 20 start to astonish his interlocutors with a silly cod's smile of apology. For my part I found it strange to revisit the little tank-like flat where I had passed nearly two years of my life; to recall that it 25 was here, in this very room, that I had first encountered Melissa. It had undergone a great transformation at the hands of Pombal's latest mistress. She had insisted upon its being panelled and painted offwhite with a maroon skirting-board. The old arm-chairs whose stuffing used to leak slowly out of the rents in their sides had been 30 re-upholstered in some heavy damask material with a pattern of FLEUR-DE-LIS while the three ancient sofas had been banished completely to make floor-space. No doubt they had been sold or broken up. `Somewhere' I thought in quotation from a poem by the old poet, `somewhere those wretched old things must still be 35 knocking about.' How grudging memory is, and how bitterly she clutches the raw material of her daily work. Pombal's gaunt bedroom had become vaguely FIN DE SIÈCLE and was as clean as a new pin. Oscar Wilde might have 40 admitted it as a set for the first act of a play. My own room had reverted once more to a box-room, but the bed was still there standing against the wall by the iron sink. The yellow curtain had of course disappeared and had been replaced by a drab piece of white cloth. I put my hand to the rusted frame of the old bed 45 and was stabbed to the heart by the memory of Melissa turning her candid eyes upon me in the dusky half-light of the little room. I was ashamed and surprised by my grief. And when Justine came into the room behind me I kicked the door shut and immediately began to kiss her lips and hair and forehead, squeezing her almost 50 breathless in my arms lest she should surprise the tears in my eyes. But she knew at once, and returning my kisses with that wonderful ardour that only friendship can give to our actions, she murmured: `I know. I know.' Then softly disengaging herself she led me out of the room and closed the door behind us. `I must tell you about Nessim' she said in a low voice. `Listen to me. On Wednesday, the day before we left the Summer Palace, I went for a ride alone by the sea. There was a big flight of herring-gulls over the shoreline and all 60 of a sudden I saw the car in the distance rolling and scrambling down the dunes towards the sea with Selim at the wheel. I couldn't make out what they were doing. Nessim was in the back. I thought she would surely get stuck, but no: they raced down to the water's edge where the sand was firm and began to speed along the shore 65 towards me. I was not on the beach but in a hollow about fifty yards from the sea. As they came racing level with me and the gulls rose I saw that Nessim had the old repeating-gun in his hands.

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He raised it and fired again and again into the cloud of gulls, until the magazine was exhausted. Three or four fell fluttering into the sea, but the car did not stop. They were past me in a flash. There must have been a way back from the long beach to the sandstone 5 and so back on to the main road because when I rode in half an hour later the car was back. Nessim was in his observatory. The door was locked and he said he was busy. I asked Selim the meaning of this scene and he simply shrugged his shoulders and pointed at Nessim's door. "He gave me the orders" was all he said. But, my 10 dear, if you had seen Nessim's face as he raised the gun....' And thinking of it she involuntarily raised her long fingers to her own cheeks as if to adjust the expression on her own face. `He looked mad.' In the other room they were talking politely of world politics and the situation in Germany. Nessim had perched himself gracefully on Pordre's chair. Pombal was swallowing yawns which kept returning distressingly enough in the form of belches. My mind was still full of Melissa. I had sent her 20 some money that afternoon and the thought of her buying herself some fine clothes -- or even spending it in some foolish way -- warmed me. `Money' Pombal was saying playfully to an elderly woman who had the appearance of a contrite camel. `One should always make sure of a supply. For only with money can 25 one make more money. Madame certainly knows the Arabic proverb which says: "Riches can buy riches, but poverty will scarcely buy one a leper 's kiss." '

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contra la bandada de gaviotas, hasta agotar la carga. Tres o cuatro pájaros cayeron en el mar, pero el auto no se detuvo. Un segundo después había desaparecido. Supongo que había un camino que llevaba de la playa a los senderos más firmes, y de ahí a la carretera principal, porque cuando regresé media hora más tarde el auto ya estaba allí. Nessim había ido al observatorio; la puerta estaba cerrada con llave, y cuando llamé respondió que estaba ocupado. Pregunté a Selim cuál era el significado de lo que acababa de ver, pero se limitó a encogerse de hombros y señalar la puerta de Nessim. «Sus órdenes eran esas», fueron sus únicas palabras. Pero mi querido, si hubieras visto la cara de Nessim cuando apuntó la carabina... Al recordarlo, alzó sus largos dedos hasta posarlos en sus mejillas, como si quisiera modificar la expresión de s u r o s t r o . ________________ En la habitación contigua se hablaba amablemente de la política mundial y de la situación en Alemania. Nessim se había instalado con gracia en la silla de Pordre. Pombal se tragaba los bostezos, que volvían a salir desagradablemente convertidos en eructos. Mi pensamiento estaba todavía colmado por el recuerdo de Melissa. Aquella misma tarde le había enviado algún dinero, y me reconfortaba la idea de que podría comprarse algunas ropas elegantes, o gastarlo de la manera más absurda. --El dinero --decía Pombal en tono travieso a una señora de cierta edad extraordinariamente parecida a un camello afligido--. Sí, hay que asegurarse una fuente de ingresos, porque sólo con dinero puede hacerse dinero. Sin duda madame conoce el proverbio árabe que dice: «Con la riqueza se puede comprar riqueza, pero la pobreza alcanza apenas para comprar el beso del leproso.» --Tenemos que irnos --dijo Justine. Clavando la mirada en sus cálidos ojos negros, sentí al despedirme que ella adivinaba hasta qué punto el recuerdo de Melissa se había posesionado de mí; su apretón de manos me transmitió su simpatía y su consuelo. Supongo que fue esa misma noche, mientras Justine se vestía para ir a cenar, cuando Nessim entró en su cuarto y se dirigió a su imagen en el espejo. --Justine --dijo con tono firme--, no quiero que pienses que me estoy volviendo loco, o algo por el estilo, pero... ¿ha sido Balthazar algo más que un amigo para ti? Justine estaba colocándose una cigarra de oro en el lóbulo de la oreja. Lo miró largo rato antes de contestarle con el mismo tono ecuánime y sereno: --No, querido. --Gracias. Nessim miró largo rato su propia imagen, de frente, sin reservas. Después suspiró, y extrajo del bolsillo del chaleco de su smoking una llavecita de oro en forma de ankh. --No alcanzo a imaginarme cómo ha podido llegar a mis manos -- dijo, enrojeciendo intensamente y tendiéndole el objeto para que lo viera. Era la llave del reloj, cuya pérdida tanto había preocupado a Balthazar. Justine la contempló, y miró luego a su marido con un leve aire de sorpresa. --¿Dónde estaba? --preguntó. --En el estuche de los gemelos de camisa. Justine siguió arreglándose lentamente, mirando con curiosidad a su marido, que a su vez seguía escrutando su rostro con la misma fría y deliberada precisión. --Tengo que encontrar la manera de devolvérsela. Quizá la dejó caer en alguna ocasión. Pero lo más raro es... Vo l v i ó a s u s p i r a r. --No me acuerdo. Para ambos era evidente que Nessim la había robado. Girando sobre sus talones, él agregó: -- Te e s p e r o a b a j o . Mientras la puerta se cerraba sin ruido, Justine exami84

` We m u s t g o ' s a i d J u s t i n e , a n d s t a r i n g i n t o h e r w a r m

30 d a r k e y e s a s I s a i d g o o d - b y e I k n e w t h a t s h e d i v i n e d h o w

full of Melissa my mind was at the moment; it gave her h a n d s h a k e a n a d d e d w a r m t h a n d s y m p a t h y. I suppose it was that night, while she was dressing for

35 dinner that Nessim came into her room and addressed her

reflection in the spade-shaped mirror. `Justine' he said firmly, `I must ask you not to think that I am going mad or anything like that but -- has Balthazar ever been more than a friend to you?' Justine was placing a cigale made of gold on the lobe of 40 her left ear; she looked up at him for a long second before answering in the same level, equable tone: `No, my dear.' `Thank you.' Nessim stared at his own reflection for a long time, boldly, c o m p r e h e n s i v e l y. T h e n h e s i g h e d o n c e a n d t o o k f r o m t h e waistcoatpocket of his dress-clothes a little gold key, in the form of an ankh. `I simply cannot think how this came into my possession' he said, blushing deeply and holding it up for 50 her to see. It was the little w a t c h - k e y w h o s e l o s s h a d caused Balthazar so much concern. Justine stared at it and then at her husband with a somewhat startled a ir. `Where was it?' she said.

45 55

`In my stud-box.'

Justine went on with her toilette at a slower pace, looking curiously at her husband who for his part went on studying his own features with the same deliberate 60 r a t i o n a l s c r u t i n y. ` I m u s t f i n d a w a y o f r e t u r n i n g i t t o him. Perhaps he droppe d i t a t a m e e t i n g . B u t t h e s t r a n g e t h i n g i s ... . ' H e s i g h e d a g a i n . ` I d o n ' t r e m e m b e r. ' I t w a s clear to them both that he had stolen 65 i t . N e s s i m t u r n e d o n h i s h e e l a n d s a i d : `I shall wait for you downstairs.' As the door closed softly b ehind him Justine examined

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t h e l i t t l e k e y w i t h c u r i o s i t y. ***** At this time he had already begun to experience that great cycle of historical dreams which now replaced the dreams of his childhood in his mind, and into which the City now threw itself -- as if at last it had found a responsive subject through which to express the collective desires, the collective wishes, which 10 informed its culture. He would wake to see the towers and minarets printed on the exhausted, dust-powdered sky, and see as if en MONTAGE on them the giant footprints of the historical memory which lies behind the recollections of individual personality, its mentor and guide: indeed its inventor, since man is only an 15 extension of the spirit of place.

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nó con curiosidad la llavecita.

En aquella época Nessim había empezado ya a recorrer el gran ciclo de sueños históricos que venían a reemplazar en su espíritu los sueños de infancia, y en los que la Ciudad se precipitaba como si hubiera encontrado por fin un sujeto sensible a través del cual pudiera expresar los deseos y anhelos colectivos que constituían lo más profundo de su cultura. Veía al despertar las torres y los minaretes impresos contra el cielo agotado y polvoriento, y sobre ellos, como en montage, las huellas gigantescas de la memoria histórica que yace detrás de los recuerdos de la personalidad individual, y es su mentor, su guía; más aún, su inventora, puesto que el hombre es tan sólo una extensión del espíritu del lugar. Todo eso lo perturbaba, pues no tenía nada que ver con los sueños de las horas nocturnas. Las visiones se superponían a la realidad e irrumpían en su espíritu al despertar, como si la membrana de su conciencia se desgarrara de pronto para dejarlos entrar. Paralelamente a esas construcciones gigantescas --galerías semejantes a las de Palladio, extraídas de sus lecturas y meditaciones sobre su propio pasado y el de la ciudad--, lo dominaban las crisis cada vez más agudas de su odio irracional contra la verdadera Justine a quien tan poco había conocido, la amiga consoladora y la amante abnegada. Eran muy breves pero tan violentas que, considerándolas justamente como el reverso del amor que sentía por Justine, empezó a tener miedo de lo que pudiera ocurrirle no a ella sino a sí mismo. Por la mañana, en el estéril y blanco cuarto de baño, tenía miedo de que lo afeitaran. Muchas veces, al inclinarse sobre él para ajustarle la toalla blanca, el pequeño barbero advirtió que los ojos de Nessim estaban llenos de lágrimas. Pero mientras la galería de sueños históricos ocupaba el primer plano de su espíritu, las imágenes de sus amigos y relaciones, palpables y reales, deambulaban por ella entre las ruinas de la Alejandría clásica, poblando un asombroso espacio--tiempo histórico como personajes vivientes. Laboriosamente, a la manera de un pasante de escribano, registraba en su diario todo lo que veía y sentía, y ordenaba al impasible Selim que lo copiara a máquina. Vio el Museion, por ejemplo, con sus artistas hoscos, espléndidamente pagados, que trabajaban para crear los figurines mentales de sus fundadores; y más tarde, entre los solita rios y los sabios, el filósofo, anhelando pacientemente que el mundo asumiera una modalidad especial y privada, inútil para cualquiera salvo para él... pues en cada etapa de su desarrollo el hombre resume el entero universo y lo ajusta a su propia naturaleza profunda, mientras cada pensador, cada pensamiento, fecunda nuevamente la totalidad de ese universo. Las inscripciones de los mármoles del Museion murmuraban como labios, a medida que avanzaba entre ellas. Balthazar y Justine estaban allí, esperándolo. Había ido a su en cuentro, deslumbrado por el claro de luna y las sombras que caían como chorros de las columnatas. Oía sus voces y pensaba, mientras emitía el suave silbido que Justine no dejaría de reconocer: «Hay una especie de vulgaridad mental en vivir convencido de los primeros principios, como lo está Balthazar.» Oyó la voz del viejo que decía: «Y la moralidad no es nada si se limita a ser una forma de la buena conducta.» Avanzó lentamente bajo las arcadas, acercándose a ellos. Las losas de mármol estaban rayadas de luna y de sombra como una cebra. Justine y Balthazar se habían sentado sobre la tapa de un sarcófago de mármol, mientras más allá, en las tinieblas inexorables de un patio exterior, Pursewarden iba y venía por el césped elástico silbando una frase de Donizetti. Las cigarras de oro en las orejas de Justine la transformaron de pronto en la proyección de uno de sus sueños, y Nessim los vio a ambos envueltos vagamente

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These disturbed him for they were not at all the dreams of the night-hours. They overlapped reality and interrupted his waking mind as if the membrane of his consciousness had been suddenly 20 torn in places to admit them. Side by side with these giant constructions -- Palladian galleries of images drawn from his reading and meditation on his own past and the city's -- there came sharper and sharper 25 attacks of unreasoning hatred against the very Justine he had so seldom known, the comforting friend and devoted lover. They were of brief duration but of such fierceness that, rightly regarding them as the obverse of the love he felt for her, he began to fear not for her safety but for his own. He became afraid of 30 shaving in the sterile white bathroom every morning. Often the little barber noticed tears in the eyes of his subject as he noiselessly spread the white apron over him. But while the gallery of historical dreams held the foreground

35 of his mind the figures of his friends and acquaintances, palpable

and real, walked backwards and forwards among them, among the ruins of classical Alexandria, inhabiting an amazing historical spacetime as living personages. Laboriously, like an actuary's clerk he recorded all he saw and felt in his diaries, ordering the 40 impassive Selim to type them out. He saw the Mouseion, for example, with its sulky, heavilysubsidized artists working to a mental fashion-plate of its founders: and later among the solitaries and wise men the 45 philosopher), patiently wishing the world into a special private state useless to anyone but himself -- for at each stage of development each man resumes the whole universe and makes it suitable to his own inner nature: while each thinker, each thought fecundates the whole universe anew.

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The inscriptions on the marbles of the Museum murmured to him as he passed like moving lips. Balthazar and Justine were there waiting for him. He had come to meet them, dazzled by the moonlight and drenching shadow of the colonnades. He could 55 hear their voices in the darkness and thought, as he gave the low whistle which Justine would always recognize as his: `It is mentally vulgar to spend one's time being so certain of first principles as Balthazar is.' He heard the elder man saying: `And morality is nothing if it is merely a form of good behaviour.'

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He walked slowly down through the arches towards them. The marble stones were barred with moonlight and shadow like a zebra. They were sitting on a marble sarcophagus-lid while somewhere in the remorseless darkness of the outer court 65 someone was walking up and down on the springy turf lazily whistling a phrase from an aria of Donizetti. The gold cigales at Justine's ears transformed her at once into a projection from

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one of his dreams and indeed he saw them both dressed vaguely in robes carved heavily of moonlight. Balthazar in a voice tortured by the paradox which lies at the heart of all religion was saying: `Of course in one sense even to preach the gospel is 5 evil. This is one of the absurdities of human logic. At least it is not the gospel but the preaching which involves us with the powers of darkness. That is why the Cabal is so good for us; it posits nothing beyond a science of Right Attention.'

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en túnicas de profundos pliegues esculpidos por la luz de la luna. Con una voz torturada por la paradoja que duerme en el corazón de todas las reliáiones, Balthazar estaba diciendo: --En un sentido, claro está, hasta la prédica del Evangelio es un mal. He ahí uno de los absurdos de la lógica humana. Por lo menos puede afirmarse que no es el Evangelio sino la prédica lo que nos pone en contacto con las potencias de las tinieblas. Y por eso la Cábala vale tanto para nosotros, pues lo único que propone es una ciencia de la Atención Justa. Le habían hecho lugar sobre el asiento de mármol, pero una vez más, antes de que pudiera llegar hasta ellos, el punto de apoyo de su visión se alteró y se interpusieron otras escenas incongruentes, inoportunas, al margen del tiempo histórico y la verosimilitud ordinaria. Vio con perfecta claridad el santuario que la infantería había elevado en honor de Afrodita de las Palomas en esa desolada costa aluvional. Estaban hambrientos, y la marcha los había extenuado, agudizando la visión de la muerte que habita el alma del soldado hasta que surge ante él, brillante, con una exactitud y una magnificencia insoportables. Las bestias de carga sucumbían por falta de pienso, y los hombres por falta de agua. No se atrevían a detenerse en las fuentes y manantiales envenenados. Los onagros, que rondaban fuera del alcance de las flechas, los exasperaban con la promesa de una carne que jamás conseguirían, mientras la columna marchaba a través de la vegetación rala de aquellas riberas espinosas. A pesar de los presagios desfavorables, debían seguir avanzando hacia la ciudad. La infantería marchaba semidesnuda, aunque nadie dudaba de que fuera una locura. Sus armas los seguían en carros que se retrasaban siempre. La columna dejaba tras de sí el agrio olor de los cuerpos sucios: sudor, orina de bueyes, los honderos macedonios ventoseaban como machos cabríos. Sus enemigos eran de una elegancia que los dejaba sin aliento: jinetes de blancas armaduras, que aparecían y desaparecían como nubes en su camino. De más cerca se veía que eran hombres envueltos en mantos purpúreos, con túnicas bordadas y estrechos pantalones de seda. Llevaban cadenas de oro en torno a los cuellos morenos y pulseras en el brazo que lanza la jabalina. Eran deseables como mujeres. Tenían voces agudas y frescas. ¡Qué contraste con los honderos, veteranos insensibilizados por las campañas, conscientes tan sólo de los inviernos que les helaban las sandalias, o de los veranos en que el sudor endurecía las suelas hasta volverlas como de mármol! La promesa del oro y no la pasión los había arrastrado a esa aventura, que soportaban con el estoicismo de todos los mercenarios. La vida se había convertido en una correa sin sexo que se hincaba cada vez más en la carne. El sol los había resecado y agotado, el polvo enronquecía sus voces. Los gallardos cascos emplumados se recalentaban demasiado a mediodía. África, que en cierto modo habían imaginado como una prolongación de Europa --una extensión de términos, de referencias a un pasado definitivo-- no había tardado en manifestarse como algo diferente: una tierra aborrecible y tenebrosa donde el graznido de los cuervos competía con las secas exclamaciones de los hombres agotados, y la risa asomaba a los labios como un chillido de babuino. A veces tomaban algún prisionero --un solitario y aterrado cazador de liebres-- y se asombraban al ver que era humano como ellos. Lo despojaban de sus andrajos, y contemplaban sus órganos genitales con interés obstinado, sin entender nada. A veces saqueaban un pueblo o la propiedad de algún rico en las colinas; entonces comían carne de delfín conservada en tinajas (soldados borrachos en un establo, comiendo entre los bueyes, tambaleándose, adornados con guirnaldas de ortigas y bebiendo en copas de oro o de cuerno). Todo eso ocurría antes de que llegaran al desierto... En el cruce de los caminos habían ofrecido un sacrificio a Heracles (y de paso habían asesinado a los dos guías, para sentirse más seguros);

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They had made room for him on their marble perch but here again, before he could reach them the fulcrum of his vision was disturbed and other scenes gravely intervened, disregarding congruence and period, disregarding historic time and common probability.

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He saw so clearly the shrine the infantry built to Aphrodite of the Pigeons on that desolate alluvial coast. They were hungry. The march had driven them all to extremities, sharpening the vision of death which inhabits the soldier's soul until it shone before them 20 with an unbearable exactness and magnificence. Baggageanimals dying for lack of fodder and men for lack of water. They dared not pause at the poisoned spring and wells. The wild asses, loitering so exasperatingly just out of bowshot, maddened them with the promise of meat they would never secure as the column evolved 25 across the sparse vegetation of that thorny coast. They were supposed to be marching upon the city despite the omens. The infantry marched in undress though they knew it to be madness. Their weapons followed them in carts which were always lagging. The column left behind it the sour smell of unwashed bodies -- 30 sweat and the stale of oxen: Macedonian slingers-of-theline farting like goats. Their enemies were of a breath-taking elegance -- cavalry in white armour which formed and dissolved across the route of their march like clouds. At close range one saw they were men in purple cloaks, embroidered tunics and narrow silk trousers. They wore gold chains round their intricate dark necks and bracelets on their javelin-arms. They were as desirable as a flock of women. Their voices were high and fresh. What a contrast they offered to the slingers, case-hardened veterans of the line, conscious only of winters which froze their sandals to their feet or summers whose sweat dried the leather underfoot until it became as hard as dry marble. A gold bounty and not passion had entrained them in this adventure which they bore with the stoicism of all wage-earners. Life had become a sexless strap sinking deeper and ever deeper into the flesh. The sun had parched and cured them and the dust had rendered them voiceless. The brave plumed helmets with which they had been issued were too hot to wear at midday. Africa, which they had somehow visualized as an extension of Europe -- an extension of terms, of references to a definitive past -- had already asserted itself as something different: a forbidding darkness where the croaking ravens matched the dry exclamations of spiritless men, and rationed laughter fashioned from breath simply the chittering of baboons.

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Sometimes they captured someone -- a solitary frightened man out hunting hares -- and were amazed to see that he was human like themselves. They stripped his rags and stared at human genitals with an elaborate uncomprehending interest. Sometimes they 60 despoiled a township or a rich man's estate in the foothills, to dine on pickled dolphin in jars (drunken soldiers feasting in a barn among the oxen, unsteadily wearing garlands of wild nettles and drinking from captured cups of gold or horn). All this was before they even reached the desert....

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Where the paths had crossed they had sacrificed to Heracles (and in the same breath murdered the two guides, just to be on the

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safe side); but from that moment everything had begun to go wrong. Secretly they knew they would never reach the city and invest it. And God! Never let that winter bivouac in the hills be repeated. The fingers and noses lost by frostbite! The raids! In his memory's 5 memory he could still hear the squeaking munching noise of the sentry's footsteps all winter in the snow. In this territory the enemy wore fox-skins on their heads in a ravenous peak and long hide tunics which covered their legs. They were silent, belonging uniquely as the vegetation did to these sharp ravines and breath10 stopping paths of the great watershed. With a column on the march memory becomes an industry, manufacturing dreams which common ills unite in a community of ideas based on privation. He knew that the quiet man there was thinking of the rose found in her bed on the day of the Games. Another could not forget the man with the torn ear. The wry scholar pressed into service felt as dulled by battle as a chamberpot at a symposium. And the very fat man who retained the curious personal odour of a baby: the joker, whose sallies kept the vanguard in a roar? He was thinking of a new depilatory from Egypt, of a bed trade-marked Heracles for softness, of white doves with clipped wings fluttering round a banqueting table. All his life he had been greeted at the brothel door by shouts of laughter and a hail of slippers. There were others who dreamed of less common pleasures -- hair dusty with white lead, or else schoolboys in naked ranks marching two abreast at dawn to the school of the Harpmaster, through falling snow as thick as meal. At vulgar country Dionysia they carried amid roars the giant leather phallus, but once initiated took the proffered salt and the phallus in trembling silence. Their dreams proliferated in him, and hearing them he opened memory to his consciousness royally, prodigally, as one might open a major artery. It was strange to move to Justine's side in that brindled autumn

35 moonlight across such an unwholesome tide of memories: he felt

pero a partir de ese momento todo ha bía empezado a andar mal. Sabían en lo más hondo de sí mismos que jamás llegarían a la ciudad para ponerle sitio. ¡Ah, Dioses, y que jamás se repitiera el vivac invernal en las colinas! ¡Dedos y narices gangrenados por el frío! ¡Y las razzias! En la memoria de su memoria, Nessim escuchaba todavía el crujido de los pasos del centinela yendo y viniendo en la nieve a lo largo de todo el invierno. En ese territorio los enemigos llevaban altos gorros de piel de zorro, y túnicas de cuero que les cubrían las piernas. Eran silenciosos y formaban parte, al igual que la vegetación, de los abismos vertiginosos y los aterradores senderos de la gran vertiente. Con una columna en marcha, la memoria se vuelve una industria, fabrica sueños que los males comunes unen en una comunidad de ideas nacida de la privación. Nessim sabía que ese hombre silencioso estaba pensando en la rosa que había encontrado en su lecho el día de los Juegos. Aquel otro no podía olvidar al hombre de la oreja rota. El sarmentoso erudito incorporado a las filas, se sentía tan fuera de lugar en la guerra como una bacinilla en un banquete. Y el soldado gordo, que conservaba ese curioso olor a bebé, el bromista cuyas salidas hacían estallar de risa a la vanguardia... Estaba pensando en un nuevo depilatorio egipcio, en una cama que llevaba la marca «Heracles» como garantía de suavidad, en palomas blancas de alas recortadas, revoloteando en torno a la mesa del banquete. Siempre lo habían recibido en la puerta del prostíbulo con grandes carcajadas y una lluvia de babuchas. Había otros que soñaban con placeres menos comunes: cabelleras empolvadas con albayalde, o bien colegiales desnudos, marchando en doble fila al amanecer, rumbo a la escuela del maestro de cítara, mientras la nieve caía espesa como harina. En las groseras lupercales campesinas, llevaban entre los rugidos de la multitud el gigantesco falo de cuero, pero una vez iniciados tomaban en silencio, temblando, la ofrenda de sal y el falo. Sus sueños proliferan en él, y al escucharlos abría su memoria a su conciencia, magnífica y pródigamente, como quien se abre una arteria. Era extraño caminar junto a Justine en ese abigarrado claro de luna otoñal, vadeando tan enfermizo flujo de recuerdos; sentía que su cuerpo físico los desplazaba y alejaba por obra de su peso y su densidad. Balthazar se había apartado para que él pudiera sentarse, y seguía hablando a Justine en voz baja. (Bebieron solemnemente el vino, y salpicaron sus túnicas con las heces. Los generales acababan de decirles que no llegarían nunca, que jamás encontrarían la ciudad.) Y recordó vívidamente cómo Justine, después de hacer el amor, se sentaba en la cama con las piernas cruzadas y empezaba a echar las cartas del tarot, siempre a mano en el anaquel de los libros, como si quisiera calcular la buena suerte que aún les quedaba después de la última zambullida en el helado río subterráneo de la pasión que ella no podía dominar ni saciar. («Los espíritus desmembrados por el sexo», había dicho una vez Balthazar, «no alcanzan la paz hasta que la vejez y la impotencia los persuaden de que el silencio y la tranquilidad no tienen nada de hostiles».) Toda la discordancia de sus vidas, ¿daba la medida de la ansiedad que habían heredado de la ciudad o de la época? «¡Oh, Dios mío! -- estuvo a punto de exclamar--. ¿Por qué no abandonamos esta ciudad, Justine, y buscamos una atmósfera menos impregnada de desarraigo y de fracaso?» Las palabras del viejo poeta acudieron a su espíritu, sofocadas como por el pedal de un piano, para hervir y resonar en torno a la frágil esperanza que su pensamiento había arrancado de un oscuro sueño. No hay tierra nueva, amigo mío, ni mar nuevo, pues la ciudad te seguirá. En las mismas calles te enredarás interminablemente, los mismos suburbios del espíritu irán pasando de la juventud a la vejez, y en la misma casa acabarás lleno de canas... La ciudad es una jaula. Ningún puerto te espera mejor que éste, ningún barco habrá de llevarte... ¡Ah! ¿No comprendes que al arruinar tu vida entera

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his physical body displacing them by its sheer weight and density. Balthazar had moved to give him room and he was continuing to talk to his wife in low tones. (They drank the wine solemnly and sprinkled the lees on their garments. The generals had just told 40 them they would never get through, never find the city.) And he remembered so vividly how Justine, after making love, would sit cross-legged on the bed and begin to lay out the little pack of Tarot cards which were always kept on the shelf among the books -- as if to compute the degree of good fortune left them after this latest 45 plunge into the icy underground river of passion which she could neither subdue nor slake. (`Minds dismembered by their sexual part' Balthazar had said once `never find peace until old age and failing powers persuade them that silence and quietness are not hostile.')

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Was all the discordance of their lives a measure of the anxiety which they had inherited from the city or the age? `Oh my God' he almost said. `Why don't we leave this city, Justine, and seek an atmosphere less impregnated with the sense of deracination and 55 failure?' The words of the old poet came into his mind, pressed down like the pedal of a piano, to boil and reverberate around the frail hope which the thought had raised from its dark sleep.*

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en este sitio, la has malogrado en cualquier parte de este mundo?

`My problem' he said to himself quietly, feeling his forehead to see if he had a fever `is that the woman I loved brought me a faultless satisfaction which never touched her own happiness': and he thought over all the delusions which were now confirming themselves in physical signs. I mean: he had beaten Justine, beaten 10 her until his arm ached and the stick broke in his hands. All this was a dream of course. Nevertheless on waking he had found his whole arm aching and swollen. What could one believe when reality mocked the imagination by its performance?

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«Mi problema --se dijo serenamente Nessim, mientras se tocaba la frente para ver si tenía fiebre-- es que la mujer a quien amé me dio una satisfacción perfecta que jamás tuvo nada que ver con su propia felicidad.» Y pensó en todos los engaños e ilusiones que se confirman ahora a través de manifestaciones físicas. Quiero decir que había castigado a Justine, le había pegado hasta que le dolió el brazo y el bastón se le rompió en la mano. Todo eso era un sueño, por supuesto. Sin embargo, al despertarse había sentido el brazo dolorido e hinchado. ¿Qué se podía creer cuando la realidad se burlaba de la imaginación en esa forma? Al mismo tiempo, claro está, reconoció que el sufrimiento, como cualquier enfermedad, era una forma aguda de la presunción, y las enseñanzas de la Cábala se sumaron como un viento de popa para henchir el desprecio que sentía por sí mismo. Como los ecos distantes de la memoria de la ciudad, podía oír la voz de Plotino que no hablaba de una fuga de las intolerables contingencias temporales, sino de un avance hacia una nueva luz, una nueva ciudad de la Luz. «Pero ese viaje no lo harán los pies. Mira en ti mismo, retírate en ti mismo y mira.» Ese era el único acto del que ahora se sabía absolutamente incapaz. Me asombra, al redactar estos pasajes, que toda esa transformación interior fuese apenas visible en la zona superficial de su vida, incluso para aquellos que lo conocían íntimamente. No había ningún punto de apoyo, apenas una sensación de algo hueco, como una melodía muy conocida tocada por instrumentos que desafinan ligeramente. Verdad es que en esa época Nessim había empezado a dar fiestas con una prodigalidad hasta entonces desconocida en la ciudad, incluso entre las familias más ricas. La gran residencia no estaba jamás vacía. La vasta cocina desierta y polvorienta, donde tantas veces habíamos ido a cocer un huevo o beber un vaso de leche después de un concierto o una pieza de teatro, estaba ocupada ahora por una legión permanente de cocineros que parecían cirujanos o actores con sus gorros inmaculados. Las salas del piso alto, la gran escalinata, las galerías y salones que antes se devolvían los ecos del lúgubre latir de los relojes, estaban patrullados por esclavos negros que ejecutaban sus importantes tareas con la majestad de los cisnes. Llevaban ropas blancas e impecables, con olor a plancha, ceñidas por cinturones escarlatas y broches de oro en forma de cabeza de tortuga --el emblema de Nessim. Los convencionales turbantes rojos coronaban sus blandos ojos de marsopas y sus manos de gorilas se perdían en los guantes blancos. Eran silenciosos como la muerte misma. Si Nessim no hubiera sobrepasado en prodigalidad a los principales personajes de la sociedad egipcia, se habría podido pensar que luchaba por abrirse camino. La casa estaba perpetuamente atenta al dibujo preciso, semejante a un helecho, de un cuarteto de cuerdas, o a las zambullidas de náufragos de los saxofones que gemían en la noche como maridos engañados. Las vastas y magníficas salas de recepción se abrían a recintos y rincones inesperados que aumentaban su capacidad ya considerable, y en algunas ocasiones hubo cenas tan refina das como absurdas a las cuales asistieron doscientos o trescientos comensales, que observaban al huésped perdido en la contemplación de una rosa puesta en una fuente. Pero su distracción no era de las que se notan, pues a los lugares comunes de la conversación podía responder con una sonrisa tan sorprendente como un ejemplar entomológico raro cuyo nombre científico se desconoce, y que alguien descubre al levantar un vaso colocado boca abajo. ¿Qué más puedo agregar? Las menudas extravagancias de su vestimenta eran apenas perceptibles en un hombre cuyo destino había sido siempre extrañamente adverso al gusto por los viejos pantalones de franela y las chaquetas de tweed. Con su smoking de piel de tiburón frío

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At the same time, of course, he fully recognized that suffering, indeed all illness, was itself an acute form of self-importance, and all the teachings of the Cabal came like a following wind to swell his self-contempt. He could hear, like the distant reverberations of the city's memory, the voice of Plotinus speaking, not of flight 20 away from intolerable temporal conditions but towards a new light, a new city of Light. `This is no journey for the feet, however. Look into yourself, withdraw into yourself and look.' But this was the one act of which he now knew himself for ever incapable.

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It is astonishing for me, in recording these passages, to recall how little of all this interior change was visible on the surface of his life -- even to those who knew him intimately. There was little to put one's finger on -- only a sense of hollowness in the familiar -- as of a well-known air played slightly out of key. It is true that at this period he had already begun to entertain with a prodigality hitherto unknown to the city, even among the richest families. The great house was never empty now. The great kitchen-quarters where we so often boiled ourselves an egg or a glass of milk after a concert or a play -- dusty and deserted then -- were now held, by a permanent garrison of cooks, surgical and histrionic, capped in floury steeples. The upper rooms, tall staircase, galleries and salons echoing to the mournful twining of clocks were patrolled now by black slaves who moved as regally as swans about important tasks. Their white linen, smelling of the goose-iron, was spotless -- robes divided by scarlet sashes punctuated at the waist by clasps of gold fashioned into turtles' heads: the rebus Nessim had chosen for himself. Their soft porpoise eyes were topped by the conventional scarlet flower-pots, their gorilla hands were cased in white gloves. They were as soundless as death itself.

If he had not so far outdone the great figures of Egyptian society in lavishness he might have been thought to be competing with them for advancement. The house was perpetually alive to 50 the cool fern-like patterns of a quartet, or to the foundering plunge of saxophones crying to the night like cuckolds. The long beautiful reception-rooms had been pierced with alcoves and unexpected corners to increase their already great 55 seating-capacity and sometimes as many as two or three hundred guests sat down to elaborate and meaningless dinners -- observing their host lost in the contemplation of a rose lying upon a n e m p t y p l a t e b e f o r e h i m . Ye t h i s w a s n o t a r e m a r k a b l e distraction for he could offer to the nonentities of common 60 conversation a smile -- surprising as one who removes an upturned glass to show, hidden by it, some rare entomological creature whose scientific name he had not learned. What else is there to add? The small extravagances of his dress

65 were hardly noticeable in one whose fortune had always seemed

oddly matched against a taste for old flannel trousers and tweed coats. Now in his ice-smooth sharkskin with the scarlet

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cummerbund he seemed only what he should always have been -- the richest and most handsome of the city's bankers: those true foundlings of the gut. People felt that at last he had come into his own. This was how someone of his place and fortune should live. 5 Only the diplomatic corps smelt in this new prodigality a run of hidden motives, a plot perhaps to capture the King, and began to haunt his drawing-room with their studied politenesses. Under the slothful or foppish faces one was conscious of curiosity stirring, a desire to study Nessim's motives and designs, for nowadays the 10 King was a frequent visitor to the great house. Meanwhile all this advanced the central situation not at all. It was as if the action which Nessim had been contemplating grew with such infinite slowness, like a stalactite, that there was time 15 for all this to fill the interval -- the rockets ploughing their furrows of sparks across the velvet sky, piercing deeper and ever deeper into the night where Justine and I lay, locked in each other's arms and minds. In the still water of the fountains one saw the splash of human faces, ignited by these gold and scarlet 20 stars as they rose hissing into heaven like thirsty swans. In the darkness, the warm hand on my arm, I could watch the autumn sky thrown into convulsions of coloured light with the calm of someone for whom the whole unmerited pain of the human world had receded and diffused itself -- as pain does when it goes on 25 too long, spreading from a specific member to flood a whole area of the body or the mind. The lovely grooves of the rockets upon the dark sky filled us only with the sense of a breath-taking congruence to the whole nature of the world of love which was soon to relinquish us.

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como el hielo y su kamarband escarlata ceñido a la cintura, parecía lo que hubiera debido ser siempre: el banquero más rico y apuesto de la ciudad, el auténtico hijo del arroyo. Todos se daban cuenta de que por fin había asumido su verdadero papel. Así debía vivir alguien de su condición y fortuna. El cuerpo diplomático era el único que olía en esa repentina prodigalidad alguna razón oculta, un complot, quizá el secuestro del Rey, y se precipitaba a sus salones con estudiada amabilidad. Por debajo de los rostros displicentes o afectados de los invitados se sentía latir la curiosidad, el deseo de estudiar los motivos e intenciones de Nessim, pues el Rey se había vuelto un asiduo visitante de su casa. Pero nada de eso hacía avanzar la situación central. Parecía como si la acción que Nessim había estado premeditando creciera como una estalactita, con una lentitud tan extraor dinaria que quedaba tiempo de sobra para que todo el resto llenara los intervalos, para que los cohetes trazaran sus surcos de chispas en el cielo de terciopelo, penetrando cada vez más en la noche donde yacíamos Justine y yo, encerrados en nuestro abrazo y en nuestro espíritu. En el agua serena de las fuentes se distinguía la salpicadura de los rostros humanos, incendiados por esas estrellas áureas y escarlatas que ascendían al cielo silbando como cisnes sedientos. En la sombra, su mano caliente en la mía, yo observaba el cielo otoñal convulsionado por los destellos de colores, con la calma de alguien para quien hubieran cesado todos los inmerecidos dolores de este mundo, como ocurre con el dolor físico cuando se prolonga demasiado y acaba por expandirse desde un lugar determinado a una vasta zona del cuerpo o de la mente. Los bellísimos surcos de los cohetes en el cielo oscuro nos llenaban de un sentimiento de acuerdo absoluto con la naturaleza de ese mundo del amor que bien pronto iba a abandonarnos. Aquella noche estuvo llena de extraños relámpagos, y apenas habían terminado los fuegos artificiales cuando desde el desierto, hacia el este, resonó lejanamente un trueno que envolvió con su caparazón el melodioso silencio. Empezó una llovizna joven y refrescante, y de golpe la oscuridad se llenó de siluetas que corrían a refugiarse en los salones iluminados, con las faldas recogidas hasta las rodillas y exclamaciones de gozo. Durante un segundo las luces imprimieron sus cuerpos desnudos contra los materiales transparentes que los cubrían. Por nuestra parte nos volvimos en silencio a la glorieta detrás de los fragantes setos, y nos sentamos en el banco de piedra en forma de cisne. La riente y locuaz muchedumbre pasaba junto a la glorieta, buscando la luz; nosotros permanecíamos mecidos por la oscuridad, sintiendo en la cara el suave picoteo de la lluvia. Los últimos cohetes fueron encendidos a manera de desafío por hombres vestidos de smoking, y a través de los cabellos de Justine miré cómo los pálidos cometas ascendían reluciendo en las tinieblas. Envuelto en el placer de los colores, saboreé la cálida, inocente presión de su lengua en la mía, de sus brazos en los míos. La inmensidad de esa dicha... No podíamos hablar, pero nos mirábamos intensamente, los ojos llenos de lágrimas contenidas. Desde la casa llegó el estallido seco de las botellas de champaña y las risas de los invitados. --Ahora no pasa ni una velada a solas. --¿Qué le ocurre a Nessim? --No lo sé. Cuando tenemos algo que esconder, nos convertimos en actores y obligamos a actuar a todos los que nos rodean. En verdad, en la superficie de su vida en común, seguía moviéndose el hombre de siempre, el mismo hombre gentil, afable y puntual. Pero de alguna manera horrible, todo había cambiado, y él ya no estaba allí. --Nos hemos abandonado uno al otro --murmuró Justine con voz apenas inteligible, mientras se apretaba aún más contra mí, y nuestros besos, en el límite extremo de los sentidos, eran como resúmenes de todo lo que habíamos compartido y que aún reteníamos precariamente en nuestras manos, antes de que volara a las tinieblas circundantes y

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This particular night was full of a rare summer lightning: and hardly had the display ended when from the desert to the east a thin crust of thunder formed like a scab upon the melodious silence. A light rain fell, youthful and refreshing, and all at once the 35 darkness was full of figures hurrying back into the shelter of the lamplit houses, dresses held ankle-high and voices raised in shrill pleasure. The lamps printed for a second their bare bodies against the transparent materials which sheathed them. For our part we turned wordlessly into the alcove behind the sweet-smelling box40 hedges and lay down upon the stone bench carved in the shape of a swan. The laughing chattering crowd poured across the entrance of the alcove towards the light; we lay in the cradle of darkness feeling the gentle prickle of the rain upon our faces. The last fuses were being defiantly lit by men in dinner-jackets and through her 45 hair I saw the last pale comets gliding up into the darkness. I tasted, with the glowing pleasure of the colour in my brain, the warm guiltless pressure of her tongue upon mine, her arms upon mine. The magnitude of this happiness -- we could not speak but gazed abundantly at each other with eyes full of unshed tears.

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From the house came the dry snap of champagne-corks and the laughter of human beings. `Never an evening alone now.'

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`What is happening to Nessim?' `I no longer know. When there is something to hide one becomes an actor. It forces all the people round one to act as well.'

The same man, it was true, walked about on the surface of their common life -- the same considerate, gentle punctual man: but in a horrifying sense everything had changed, he was no longer there. `We've abandoned each other' she said in a small expiring whisper and drawing herself closer pressed to the very hilt of sense 65 and sound the kisses which were like summaries of all we had shared, held precariously for a moment in our hands, before they should overflow into the surrounding darkness and forsake us. And

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yet it was as if in every embrace she were saying to herself: `Perhaps through this very thing, which hurts so much and which I do not want ever to end -- maybe through this I shall find my way back to Nessim.' I was filled suddenly by an intolerable 5 depression. Later, walking about in the strident native quarter with its jabbing lights and flesh-wearing smells, I wondered as I had always wondered, where time was leading us. And as if to test the validity 10 of the very emotions upon which so much love and anxiety could base themselves I turned into a lighted booth decorated by a strip o f c i n e m a p o s t e r -- t h e h u g e h a l f - f a c e o f a s c r e e n - l o v e r, meaningless as the belly of a whale turned upwards in death -- and sat down upon the customer's stool, as one might in a barber's 15 shop, to wait my turn. A dirty curtain was drawn across the inner door and from behind it came faint sounds, as of the congress of creatures unknown to science, not specially revolting -- indeed interesting as the natural sciences are for those who have abandoned any claims of cultivating a sensibility. I was of course 20 drunk by this time and exhausted -- drunk as much on Justine as upon the thinpaper-bodied POL ROGET. There was a tarbush lying upon the chair beside me and absently I put it on my head. It was faintly warm and sticky inside and the thick leather lining clung to my forehead. `I want to know what it really means' I told myself in a mirror whose cracks had been pasted over with the trimmings of postage stamps. I meant of course the whole portentous scrimmage of sex itself, the act of penetration which could lead a man to despair for the sake of a creature with two breasts and LE CROISSANT as the picturesque Levant slang has it. The sound within had increased to a sly groaning and squeaking -- a combustible human voice adding itself to the jostling of an ancient wooden-slatted bed. This was presumably the identical undifferentiated act which Justine and I shared with the common world to which we belonged. How did it differ? How far had our feelings carried us from the truth of the simple, devoid beast-like act itself? To what extent was the t r e a c h e r o u s m i n d -- w i t h i t s i n t e r m i n a b l e C ATA L O G U E RAISONNÉ of the heart -- responsible? I wished to answer an unanswerable question; but I was so desperate for certainty that it seemed to me that if I surprised the act in its natural state, motivated by scientific money and not love, as yet undamaged by the idea, I might surprise the truth of my own feelings and desires. Impatient to deliver myself from the question I lifted the curtain and stepped softly into the cubicle which was fitfully lighted by a buzzing staggering paraffin lamp turned down low. The bed was inhabited by an indistinct mass of flesh moving in many places at once, vaguely stirring like an ant-heap. It took me some moments to define the pale and hairy limbs of an elderly man from those of his partner -- the greenish-hued whiteness of convex woman with a boa constrictor's head -- a head crowned with spokes of toiling black hair which trailed over the edges of the filthy mattress. My sudden appearance must have suggested a police raid for it was followed by a gasp and complete silence. It was as if the ant-hill had suddenly become deserted. The man gave a groan and a startled half-glance in my direction and then as if to escape detection buried his head between the immense breasts of the woman. It was impossible to explain to them that I was investigating nothing more particular than the act upon which they were engaged. I advanced to the bed firmly, apologetically, and with what must have seemed a vaguely scientific air of detachment I took the rusty bed-rail in my hands and stared down, not upon them for I was hardly conscious of their existence, but upon myself and Melissa, myself and Justine. The woman turned a pair of large gauche charcoal eyes upon me and said something in Arabic.

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nos olvidara para siempre. Y sin embargo era como si a cada nuevo abrazo ella se estuviera diciendo: «Quizá a través de esto, que me hace tanto daño y que ojalá no termine nunca... quizá a través de esto encontraré otra vez el camino que me llevará hasta Nessim.» Una intolerable depresión me invadió de pronto. Más tarde, recorriendo el estridente barrio indígena con sus luces brutales y su olor a carne y a mugre, me pregunté, como siempre me había preguntado, adónde nos llevaba el tiempo. Y como para poner a prueba la validez de las emociones en las que tanto amor y tanta ansiedad podían sustentarse, penetré en una barraca iluminada que tenía por decoración un pedazo de cartel de propaganda cinematográfica, una enorme mitad de cara de alguna actriz, tan desprovista de sentido como la panza de una ballena muerta, y me instalé en el banquillo destinado al cliente para esperar mi turno, como si estuviera en la peluquería. Una cortina sucia me separaba de la habitación interior, y desde allí me llegaban sonidos sofocados, como de criaturas desconocidas para la ciencia no precisamente repulsivas sino incluso bastante interesantes, como ocurre con las ciencias naturales para aquel que ha renunciado a toda pretensión de cultivar su sensibilidad. Por supuesto, estaba borracho y cansado; tan borracho de Justine como del Pol Roget de cuerpo de papel de seda. Había un turbante en una silla, y sin darme cuenta me lo puse. Estaba tibio y pegajoso, y el tafilete interior se me pegó en la frente. «Quiero saber lo que eso significa», me dije mirándome en un espejo rajado y pegado con bordes de sellos postales. Me refería, claro está, al fenomenal entrelazamiento del sexo, a ese acto de penetración que puede llevar a un hombre a desesperarse por causa de una criatura dotada de dos senos y de un croissant, para emplear el término pintoresco del Levante. Allá adentro, el ruido había aumentado hasta convertirse en un gemido y un crujido, una ardiente voz humana sumándose a los estremecimientos de una cama desvencijada de madera. Tal era presumiblemente el mismo acto indiferenciado que Justine y yo compartíamos con el resto del mundo. ¿Dónde estaba la diferencia? ¿Hasta qué punto nuestros sentimientos nos habían distanciado de la verdad' de ese acto simple, libre, bestial? ¿Hasta qué punto era responsable la traidora inteligencia, con su interminable catalogue raisonné del corazón? Deseaba contestar a una pregunta sin respuesta posible, pero en mi ansia de certidumbre me parecía que sorprendiendo el acto en su forma natural, motivado científicamente por dinero y no por amor, aún no contaminado por la reflexión, quizá lograra descubrir la verdad de mis propios sentimientos y deseos. Impaciente por librarme del peso de la pregunta, alcé la cortina y entré silenciosamente en el cubículo apenas alumbrado por la llama baja de una vacilante lámpara de kerosene. En la cama había una confusa masa de carne moviéndose en varias partes al mismo tiempo, ondulando vagamente como un hormiguero. Me llevó algún tiempo identificar las piernas blancuzcas y velludas de un hombre ya viejo, y distinguirlas de las de su compañera: una blancura verdosa, una convexidad femenina con cabeza de boa constrictor, coronada por mechones de enredado pelo negro que se derramaba por los bordes del colchón mugriento. Mi súbita aparición debió de darles la impresión de un allanamiento policial, pues fue seguida de un jadeo de sorpresa y un silencio absoluto. Era como si el hormiguero se hubiera quedado vacío de golpe. El hombre gimió, miró sorprendido hacia donde yo estaba y después, como para evitar que lo reconociera, sepultó la cara entre los senos enormes de la mujer. Imposible explicarles que lo único que yo había venido a investigar era precisamente el acto que estaban cumpliendo. Me adelanté resueltamente hacia la cama y aparentando un vago aire de objetividad científica, me apoyé con las manos en el herrumbrado borde inferior de la cama y me puse a contemplar, no a la pareja, pues apenas si percibía su existencia, sino a mí mismo y Melissa, a mí mismo y Justine. La mujer volvió hacia mí sus grandes ojos negros, azorados, y murmuró algo en árabe.

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They lay there like the victims of some terrible accident, clumsily engaged, as if in some incoherent experimental fashion they were the first partners in the history of the human race to 5 think out this peculiar means of communication. Their posture, so ludicrous and ill-planned, seemed the result of some early trial which might, after centuries of experiment, evolve into a disposition of bodies as breathlessly congruent as a ballet-position. But nevertheless I recognized that this had been fixed immutably, 10 for all time -- this eternally tragic and ludicrous position of engagement. From this sprang all those aspects of love which the wit of poets and madmen had used to elaborate their philosophy of polite distinctions. From this point the sick, the insane started growing; and from here too the disgusted and dispirited faces of 15 the long-married, tied to each other back to back, so to speak, like dogs unable to disengage after coupling. The peal of soft cracked laughter I uttered surprised me, but it reassured my specimens. The man raised his face a few inches 20 and listened attentively as if to assure himself that no policeman could have uttered such a laugh. The woman re-explained me to herself and smiled. `Wait one moment' she cried, waving a white blotched hand in the direction of the curtain, `I will not be long.' And the man, as if reprimanded by her tone, made a few convulsive 25 movements, like a paralytic attempting to walk -- impelled not by the demands of pleasure but by the purest courtesy. His expression betrayed an access of politeness -- as of someone rising in a crowded tram to surrender his place to a MUTILÉ DE LA GUERRE. The woman grunted and her fingers curled up at the 30 edges. Leaving them there, fitted so clumsily together, I stepped laughing out into the street once more to make a circuit of the quarter which still hummed with the derisive, concrete life of men 35 and women. The rain had stopped and the damp ground exhaled the tormentingly lovely scent of clay, bodies and stale jasmine. I began to walk slowly, deeply bemused, and to describe to myself in words this whole quarter of Alexandria for I knew that soon it would be forgotten and revisited only by those whose memories 40 had been appropriated by the fevered city, clinging to the minds of old men like traces of perfume upon a sleeve: Alexandria, the capital of Memory. The narrow street was of baked and scented terra cotta, soft

45 now from rain but not wet. Its whole length was lined with the

Yacían allí, como las víctimas de un terrible accidente, torpemente ensamblados, como si de una manera incoherente, experimental, fueran la primera pareja de la historia humana que ensayara ese medio especial de comunicación. Su postura, tan ridícula y grotesca, parecía el resultado de una primera tentativa que quizá, después de siglos de experiencias y ensayos, evolucionaría hacia una actitud de los cuerpos tan maravillosa y armónica como un paso de ballet. Y sin embargo yo sabía que esa postura, la trágica y ridícula postura de la penetración, había sido fijada para siempre, inmutablemente. De ella surgían todos los aspectos del amor que el ingenio de los poetas y los locos había utilizado para destilar las sutiles distinciones de sus filosofías. De ella surgían los enfermos y los maniáticos, de ella también el asco y el desaliento de los viejos cónyuges, atados espalda contra espalda, por así decirlo, como perros que no consiguen separarse después de la cópula. Mi carcajada convulsa y sofocada me sorprendió, pero tranquilizó a mis especimenes. El hombre levantó el rostro y escuchó atentamente, como para asegurarse de que ningún policía era capaz de reír en esa forma. La mujer volvió a explicar y sonrió. --Espere un momento --dijo, señalando la cortina con una mano blancuzca y manchada--. No tardaré mucho. Como si su tono fuera una reprimenda, el hombre, impulsado no por el placer sino por la mera cortesía, inició algunos movimientos convulsivos a la manera de un paralítico que tratara de caminar. Su expresión era la de quien en un acceso de amabilidad se levanta en un tranvía atestado para ceder su asiento a un mutilé de la guerre. La mujer gruñó y sus dedos se aferraron a los bordes del colchón. Dejándolos ahí, torpemente acoplados, salí riendo a la calle para continuar la recorrida del barrio donde zumbaba la vida ridícula y concreta de hombres y mujeres. Había cesado de llover y la tierra húmeda exhalaba el delicioso, torturante perfume del barro, los cuerpos y el jazmín. Eché a andar despacio, profundamente perturbado, describiéndome a mí mismo todo ese barrio de Alejandría, pues estaba seguro de que pronto quedaría olvidado y sólo volvería a visitarlo aquel cuyos recuerdos hubieran pasado a ser propiedad de la ciudad febril, y perduraran en el espíritu de los viejos como rastros de perfume en la manga de un traje. Alejandría, capital del Recuerdo. La callejuela era de una terracota cocida y perfumada, húmeda ahora por la lluvia pero no empapada. La bordeaban en toda su longitud las barracas pintarrajeadas de las prostitutas cuyos excitantes cuerpos de mármol se exponían modestamente frente a cada casa de muñecas, como delante de un altar. Se sentaban en plena calle, en trípodes como las sibilas, calzando pantuflas de colores. La originalidad de la iluminación daba al conjunto de la escena una tonalidad de fábula eterna, pues en vez de estar alumbradas desde lo alto por bombillas eléctricas, las lámparas de carburo posadas en tierra proyectaban hacia arriba un juego de ávidas y fascinantes sombras violáceas en los huecos y aleros de las casas de muñecas, en las narices y ojos de sus habitantes, en la irresistible suavidad de aquella tiniebla como de pieles. Caminé muy despacio entre esos extraordinarios capullos humanos, diciéndome que una ciudad, lo mismo que una persona, colecciona sus predisposiciones, sus apetitos y sus temores. Llega a la madurez, lanza sus profetas, y declina hacia la inanidad, la vejez, o peor aún, la soledad. Sin darse cuenta de que su ciudad natal se estaba muriendo, los vivos se sentaban ahí en mitad de la calle, como cariátides que soportaran las tinieblas, los dolores del futuro sobre sus párpados; vigías insomnes, cazadores de inmortalidad a lo largo del fatídico transcurso del tiempo. Había allí una barraca pintarrajeada, íntegramente decorada con flores de lis dibujadas minuciosamente, con exactitud, sobre un fondo de color durazno. Sentada a la puerta, una negra gigantesca de unos dieciocho

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coloured booths of prostitutes whose thrilling marble bodies were posed modestly each before her doll's house, as before a shrine. They sat on three-legged stools like oracles wearing coloured slippers, out in the open street. The originality of the lighting gave 50 the whole scene the colours of deathless romance, for instead of being lit from above by electric light the whole street was lit by a series of stabbing carbide-lamps standing upon the ground: throwing thirsty, ravishing violet shadows upwards into the nooks and gables of the dolls' houses, into the nostrils and eyes of its inhabitants, 55 into the unresisting softness of that furry darkness. I walked slowly among these extraordinary human blooms, reflecting that a city like a human being collects its predispositions, appetites and fears. It grows to maturity, utters its prophets, and declines into hebetude, old age or the loneliness which is worse than either. Unaware that 60 their mother city was dying, the living still sat there in the open street, like caryatids supporting the darkness, the pains of futurity upon their very eyelids; sleeplessly watching, the immortalityhunters, throughout the whole fatidic length of time.

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Here was a painted booth entirely decorated by FLEUR-DELIS carefully and correctly drawn upon a peach-coloured ground in royal blue. At its door sat a giant bluish child of a negress,

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perhaps eighteen years of age, clad in a red flannel nightgown of a vaguely mission-house ALLURE. She wore a crown of dazzling narcissus on her black woollen head. Her hands were gathered humbly in her lap -- an apron full of chopped fingers. She 5 resembled a heavenly black bunny sitting at the entrance of a burrow. Next door a woman fragile as a leaf, and next her one like a chemical formula rinsed out by anaemia and cigarette smoke. Everywhere on these brown flapping walls I saw the basic talisman of the country -- imprint of a palm with outspread fingers, seeking 10 to ward off the terrors which thronged the darkness outside the lighted town. As I walked past them now they uttered, not human monetary cries, but the soft cooing propositions of doves, their quiet voices filling the street with a cloistral calm. It was not sex they offered in their monotonous seclusion among the yellow flares, 15 but like the true inhabitants of Alexandria, the deep forgetfulness of parturition, compounded of physical pleasures taken without aversion. The dolls' houses shivered and reeled for a second as

20 t h e w i n d o f t h e s e a i n t r u d e d , p r e s s i n g u p o n l o o s e f r a g m e n t s

años, vestida con una bata de franela roja que le daba un vago aire de pupila de una escuela misionera. Llevaba sobre la negra, encrespada cabellera, una corona de narcisos deslumbrantes. Las manos humildemente recogidas en el regazo formaban un racimo de dedos sobre el delantal. Era como un conejo negro y sobrenatural, instalado a la entrada de su cueva. Al lado había una mujer frágil como un pétalo, y más allá otra que parecía el resultado de una fórmula química, desteñida por la anemia y el humo del tabaco. En todos los frágiles tabiques parduscos aparecía la huella de una mano con los dedos separados, el talismán destinado a alejar los terrores que acechan en las tinieblas, más allá del barrio iluminado. Al pasar entre las barracas iba escuchando sus invitaciones, que no eran gritos humanos, sino suaves arrullos de palomas, voces apacibles que vertían en la calle la serenidad y la calma del claustro. No era el sexo lo que ofrecían desde su monótona reclusión entre los amarillentos resplandores de las lámparas, sino que, como auténticas moradoras de Alejandría, proponían el olvido profundo de la procreación, a través del placer físico asumido sin repugnancia. Las casas de muñecas temblaron y oscilaron un segundo bajo el empuje de una ráfaga de viento marino que invadió la calle y se aplastó contra, los frágiles tabiques y las ropas en desorden. Una de las casas no tenía siquiera una cortina que separara la entrada del interior, y mirando hacia adentro se alcanzaba a divisar un patio con una palmera raquítica. Al resplandor de un fuego de virutas que ardía en un balde, tres muchachas sentadas en taburetes, envueltas en quimonos andrajosos, hablaban en voz baja y tendían sus manos hacia el mortecino calor de la llama. Parecían tan ausentes, tan remotas como si hubieran estado sentadas en tomo a un vivac en las estepas. (En lo más hondo de mi mente podía ver al mismo tiempo las grandes barras de hielo que enfriaban las botellas de champaña de Nessim, entre resplandores de un azulado verdoso, como viejas carpas en un estanque familiar. Y como si quisiera vigorizar mi memoria, me puse a oler la manga de mi chaqueta buscando la huella del perfume de Justine.) Entré por último en un café vacío y bebí una taza de café servida por un saidi cuyo grotesco estrabismo parecía duplicar todos los objetos sobre los cuales se posaban sus ojos. En un rincón, acurrucada sobre un baúl y tan inmóvil que al principio resultaba invisible, había una mujer muy vieja que fumaba un narguile y de cuando en cuando emitía una burbuja de sonido, semejante al arrullo de una paloma. En ese café me puse a pensar en toda la historia, desde el principio hasta el final, empezando por la época anterior a mi encuentro con Melissa, y terminando en una muerte cercana, absurda y prosaica, en alguna ciudad que me era ajena. He dicho que me puse a pensar toda la historia, pero por raro que parezca no la pensaba como una historia personal, individual, sino más bien unida a la trama de la historia del lugar. Me la describía a mí mismo como un fragmento del comportamiento de la ciudad en perfecta armonía con todo lo que había sucedido antes y todo lo que sucedería después. Era como si el ambiente de la ciudad hubiera envenenado sutilmente mi imaginación, y no pudiera responder a los acentos personales e individuales. Había llegado a perder la capacidad de sentir el acicate del peligro. Mi mayor preocupación, cosa bastante típica, era el manojo de notas manuscritas que quedaría abandonado a mis espaldas. Siempre había detestado lo incompleto y lo fragmentario. Decidí que por lo menos debería destruirlas antes de dar otro paso adelante. Me levanté... y en ese mismo instante me di cuenta bruscamente de que el hombre que había visto en la barraca era Mnemjian. ¿Cómo no reconocer sus espaldas contrahechas? La idea me persiguió mientras atravesaba el barrio buscando las calles principales rumbo al mar. Atravesé ese espejismo de callejuelas entrecruzadas, como quien cruza un campo de batalla en el que hubieran sucumbido todos los amigos de su juventud; y sin embargo no podía dejar de percibir con delicia cada perfume y cada sonido; un deleite de sobreviviente. En un ángulo había un tragador de fuego con la cara vuelta hacia el cielo, echando por la boca una columna de llamas que se iba volviendo negra de humo en los bordes y parecía abrir un agujero en la tiniebla. De tiempo en tiempo

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of cloth, unfastened partitions. One house lacked any backcloth whatever and staring through the door one caught a g l i m p s e o f a c o u r t y a r d w i t h a stunted p a l m - t r e e . B y t h e light thrown out from a bucket of burning shavings three girls 25 s a t o n s t o o l s , d r e s s e d i n t o r n k i m o n o s , t a l k i n g i n l o w t o n e s and extending the tips of their fingers to the elf-light. They seemed as rapt, as remote as if they had been sitting around a c a m p f i r e o n t h e steppes .

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(In the back of my mind I could see the great banks o f i c e -- s n o w d r i f t s i n w h i c h N e s s i m 's c h a m p a g n e b o t t l e s l a y, g l e a m i n g b l u i s h - g r e e n l i k e a g e d c a r p i n a familiar pond. And as if to restore my memory I smelt my sleeves for traces of Justine's perfume.) I turned at last into an empty café where I drank coffee served by a Saidi whose grotesque squint seemed to double every object he gazed upon. In the far corner, curled up on a trunk and so still that she was invisible at first sat a very old lady smoking a NARGUILEH which from time to time uttered a soft air-bubble of sound like the voice of a dove. Here I thought the whole story through from beginning to end, starting in the days before I ever knew Melissa and ending somewhere soon in an idle pragmatic death in a city to which I did not belong; I say that I thought it through, but strangely enough I thought of it not as a personal history with an individual accent so much as part of the historical fabric of the place. I described it to myself as part and parcel of the city's behaviour, completely in keeping with everything that had gone before, and everything that would follow it. It was as if my imagination had become subtly drugged by the ambience of the place and could not respond to personal, individual assessments. I had lost the capacity to feel even the thrill of danger. My sharpest regret, characteristically enough, was for the jumble of manuscript notes which might be left behind. I had always hated the incomplete, the fragmentary. I decided that they at least must be destroyed before I went a step further. I rose to my feet -- only to be struck by a sudden realization that the man I had seen in the little booth had been Mnemjian. How was it possible to mistake that misformed back? This thought occupied me as I recrossed the quarter, moving towards the larger thoroughfares in the direction of the sea. I walked across this mirage of narrow intersecting alleys as one might walk across a battlefield which had swallowed up all the friends of one's youth; yet I could not help in delighting at every scent and sound -- a survivor 's delight. Here at one corner stood a flame-swallower with his face turned up to the sky, spouting a column of flame from his mouth which turned black with flapping fumes at the edges and bit a hole in the sky. From time to time he

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took a swig at a bottle of petrol before throwing back his head once more and gushing flames six feet high. At every corner the violet shadows fell and foundered, striped with human experience -- at once savage and tenderly lyrical. I took it as a measure of 5 my maturity that I was filled no longer with despairing self-pity but with a desire to be claimed by the city, enrolled among its trivial or tragic memories -- if it so wished. It was equally characteristic that by the time I reached the

10 little flat and disinterred the grey exercise books in which my notes

tomaba un trago de una botella de petróleo, alzaba nuevamente la cabeza y arrojaba llamas de dos metros de altura. En todos los rincones las sombras violáceas caían y naufragaban, preñadas de experiencia humana, salvajes y a la vez tiernamente líricas. Y tuve una prueba de mi madurez al comprobar que ya no sentía esa desesperante compasión de mí mismo, sino el deseo de ser reclamado por la ciudad, de inscribirme en sus recuerdos triviales o trágicos, si tal era su voluntad. También era típico que, una vez en mi departamento y habiendo desenterrado los cuadernos de ejercicios de tapas grises donde había garabateado mis notas, no tuviera ya el menor interés en destruirlas. Muy por el contrario, me instalé bajo la lámpara y me puse a escribir otras, mientras Pombal, desde la otra mecedora, peroraba acerca de la vida. «Una vez en mi cuarto me quedo callado, escuchando las profundas resonancias de su perfume: un olor compuesto quizá de carne, heces y hierbas, todo ello entretejido en el espeso brocado de su ser. Mi amor es de una índole muy peculiar, porque no siento que poseo a Justine, y ni siquiera aspiro a desear esa posesión. Es como si sólo nos uniéramos a través de la autoposesion, asociándonos en una etapa común de nuestro desarrollo. En realidad ultrajamos el amor, pues hemos probado que los lazos de la amistad eran todavía más fuertes. Estas notas, cualquiera que sea el ánimo con que se las lea, sólo aspiran a ser un comentario obstinado y tierno sobre un mundo en el que he nacido para compartir mis momentos de mayor soledad --los del coito-- con Justine. Imposible acercarme más a la verdad. «Hace poco, cuando por una razón u otra me resultaba difícil verla, llegué a tener tal nostalgia de su presencia que hice todo el recorrido hasta Pietrantoni para comprar un frasco de su perfume. En vano. La amable vendedora me humedeció las manos con todas las marcas que había en la tienda, y una o dos veces me pareció que lo había identificado. Pero no. Siempre faltaba algo... la carne supongo, que el perfume se limitaba a vestir. La resaca del cuerpo, ése era el elemento que faltaba. Cuando, desesperado, mencioné el nombre de Justine, la muchacha me señaló en seguida el primero de los perfumes que habíamos probado. `¿Por qué no me lo dijo antes?', se quejó en tono de reproche profesional; parecía querer decir que todo el mundo salvo yo conocía el perfume que usaba Justine. Pero no pude reconocerlo, y descubrí con sorpresa que Jamais de la vie no era uno de los perfumes más caros o exóticos. «(Cuando llevé a casa el frasquito que había aparecido en el bolsillo del chaleco de Cohen, el alma en pena de Melissa estaba aún prisionera en él. Aún se la podía percibir.)» Pombal estaba leyendo en voz alta ese extenso y terrible pasaje de Moeurs que se titula El maniquí habla. «En todos mis choques fortuitos con el animal macho, jamás había te nido tregua, cualesquiera que fuesen las experiencias a las que sometiera mi cuerpo. Veo siempre en el espejo la imagen de una fur i a e n v e j e c i d a , g r i t a n d o : j ' a i r a t é m o n p ro p re a m o u r -- m o n amour á moi. Mon amour--propre, mon propre amour. Je l'ai raté. Je n'ai jamais souffert, jamais eu de folie simple. et candide.» Se interrumpió para decirme tan sólo: --Si eso es verdad, te estás aprovechando de una simple enfermedad para ser su amante. Su observación me golpeó como si fuera el filo de un hacha descargada con una inmensa fuerza inconsciente.

had been scribbled I thought no longer of destroying them. Indeed I sat there in the lamp-light and added to them while Pombal discoursed on life from the other easy chair. `Returning to my room I sit silent, listening to the heavy tone of her scent: a smell perhaps composed of flesh, faeces and herbs, all worked into the dense brocade of her being. This is a peculiar type of love for I do not feel that I possess her -- nor indeed would wish to do so. It is as if we joined each other 20 only in self-possession, became partners in a common stage of growth. In fact we outrage love, for we have proved the bonds of friendship stronger. These notes, however they may be read, are intended only as a painstaking affectionate commentary on a world into which I have been born to share my most solitary 25 moments -- those of coitus -- with Justine. I can get no nearer to the truth.

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`Recently, when it had been difficult to see her for one reason or another, I found myself longing so much for her that I went all 30 the way down to Pietrantoni to try and buy a bottle of her perfume. In vain. The good-tempered girl-assistant dabbed my hands with every mark she had in stock and once or twice I thought that I had discovered it. But no. Something was always missing -- I suppose the flesh which the perfume merely costumed. The undertow of 35 the body itself was the missing factor. It was only when in desperation I mentioned Justine's name that the girl turned immediately to the first perfume we had tried. "Why did you not say so at first?" she asked with an air of professional hurt; everyone, her tone implied, knew the perfume Justine used except 40 myself. It was unrecognizable. Nevertheless I was surprised to discover that JAMAIS DE LA VIE was not among the most expensive or exotic of perfumes.' (When I took home the little bottle they found in Cohen's

45 waistcoat-pocket the wraith of Melissa was still there, imprisoned.

She could still be detected.) Pombal was reading aloud the long terrible passage from MOEURS which is called `The Dummy Speaks'. `In all these 50 fortuitous collisions with the male animal I had never known release, no matter what experience I had submitted my body to. I always see in the mirror the image of an ageing fury crying: "J'AI RATÉ MON PROPRE AMOUR -- MON AMOUR À MOI. MON AMOUR-PROPRE, MON PROPRE AMOUR. JE L'AI RATÉ. JE 55 N'AI JAMAIS SOUFFERT, JAMAIS EU DE JOIE SIMPLE ET CANDIDE." ' H e p a u s e d o n l y t o s a y : ` If t h i s i s t r u e you are only taking advantage of an illness in 60 l o v i n g h e r , ' a n d t h e r e m a r k s t r u c k m e l i k e t h e e d g e of an axe wielded by someone of enormous and unconscious strength. *****

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When the time for the great yearly shoot on Lake Mareotis came round Nessim began to experience a magical sense of relief.

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Cuando se aproximó la época de las grandes cacerías anuales en el lago Mareotis, Nessim empezó a sentir un alivio extraordina-

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He recognized at last that what had to be decided would be decided at this time and at no other. He had the air of a man who has fought a long illness successfully. Had his judgement indeed been so faulty even though it had not been conscious? During 5 the years of his marriage he had repeated on every day the words, `I am so happy' -- fatal as the striking of a grandfather-clock upon which silence is forever encroaching. Now he could say so no longer. Their common life was like some cable buried in the sand which, in some inexplicable way, at a point impossible to 10 discover, had snapped, plunging them both into an unaccustomed and impenetrable darkness. The madness itself, of course, took no account of circumstances. It appeared to superimpose itself not upon 15 personalities tortured beyond the bounds of endurance but purely upon a given situation. In a real sense we all shared it, though only Nessim acted it out, exemplified it in the flesh, as a person. The short period which preceded the great shoot on Mareotis lasted for perhaps a month -- certainly for very little more. Here again 20 to those who did not know him nothing was obvious. Yet the delusions multiplied themselves at such a rate that in his own records they give one the illusion of watching bacteria under a microscope -- the pullulation of healthy cells, as in cancer, which have gone off their heads, renounced their power to repress 25 themselves. The mysterious series of code messages transmitted by the street names he encountered showed definite irrefutable signs of a supernatural agency at work full of the threat of unseen 30 punishment -- though whether for himself or for others he could not tell. Balthazar 's treatise lying withering in the window of a bookshop and the SAME DAY coming upon his father 's grave in the Jewish cemetery -- with those distinguishing names engraved upon the stone which echoed all the melancholy of European 35 Jewry in exile. Then the question of noises in the room next door: a sort of heavy breathing and the sudden simultaneous playing of three pianos. These, he knew, were not delusions but links in an occult 40 chain, logical and persuasive only to the mind which had passed beyond the frame of causality. It was becoming harder and harder to pretend to be sane by the standards of ordinary behaviour. He was going through the DEVASTATIO described by Swedenborg.

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rio y como sobrenatural. Se daba cuenta por fin de que su decisión debía tomarla entonces o nunca. Tenía el aire de un hombre que ha conseguido sobrevivir a una grave enfermedad. ¿Había podido equivocarse hasta ese punto, aunque lo hiciera inconscientemente? Durante siete largos años de matrimonio se había repetido cada día: «Soy muy feliz», y sus palabras habían resonado con la fatalidad de un reloj sobre el que se cierne el silencio. Ahora ya no podía seguir repitiéndolas. Su vida en común era semejante a la de un cable eléctrico enterrado en la arena que, inexplicablemente, se rompe en un punto imposible de ubicar, sumiéndolos en una insólita e impenetrable oscuridad. En sí misma, esa locura tenía poca cuenta de las circunstancias. Parecía superponerse, no a personas torturadas más allá de los límites de lo soportable, sino tan sólo a una situación determinada. De una manera muy real todos la padecíamos, aunque sólo Nessim la ponía en acción, ejemplificándola en su propia persona de carne y hueso. El breve intervalo que precedió a la gran cacería en el lago Mareotis duró quizá un mes, a lo sumo un poco más. Para aquellos que no conocían íntimamente a Nessim, su comportamiento continuó siendo normal. Y sin embargo las alucinaciones se multiplicaban a un punto tal que, leyendo sus notas, se tiene la impresión de estar mirando bacterias a través de un microscopio: pululación de células sanas que, como en el cáncer, han perdido toda lucidez y renuncian a su poder de mantenerse dentro de sus propios límites. La misteriosa serie de mensajes cifrados transmitidos por los hombres de las calles que encontraba a su paso, eran para él signos irrefutables de una intervención sobrenatural, cargada de amenazas de castigos invisibles... aunque no hubiera podido decir si esos castigos caerían sobre él o sobre otros. El tratado de Balthazar, con sus páginas amarillentas en el escaparate de una librería: y ese mismo día, tropezar con la tumba de su padre en el cementerio judío, lleno de esos nombres característicos grabados en las lápidas y que son como el eco de toda la melancolía de los judíos europeos en exilio. Después, la cuestión de los ruidos en el cuarto de al lado: algo como una respiración jadeante, y de pronto la resonancia simultánea de tres pianos. Sabía que ésas no eran alucinaciones sino eslabones de una cadena oculta, sólo lógica y persuasiva para una inteligencia que hubiera transcendido los límites de la causalidad. Cada vez era más difícil pretender que estaba cuerdo, por lo menos con arreglo a los criterios de la conducta normal y corriente. Pasaba por esa Devastatio que ha descrito Swedenborg. El fuego había empezado a producir extraordinarias imágenes. Para probarlo bastaba encender una y otra vez el carbón y descubrir paisajes y rostros aterradores en las brasas. También lo obsesionaba el lunar en la muñeca de Justine. Durante las comidas, luchaba de tal manera contra el deseo de tocarlo, que palidecía, a punto de desmayarse. Una tarde, una sábana arrugada empezó a respirar y siguió así durante media hora, tomando la forma del cuerpo que cubría. Una noche Nessim despertó al oír un susurro de alas, y vio una criatura semejante a un murciélago, con la cabeza en forma de violín, posada a los pies de la cama. Pero también contaban los contraataques de los poderes benéficos: un mensaje traído por una coccinela que se había paseado por su cuaderno de apuntes; la música de Pan, de Weber, ejecutada diariamente entre las tres y cuatro en un piano de la casa contigua. Sintió que su espíritu se había convertido en el campo de batalla entre las fuerzas del bien y del mal, y que su obligación consistía en mantener sus nervios en extrema tensión a fin de reconocerlas; pero no era una tarea fácil. El mundo de los fenómenos había empezado a hacerle tales jugarretas que incluso sus sentidos tendían a negar la realidad, a creerla ilusoria. Es94

The coal fires had taken to burning into extraordinary shapes. This could be proved by relighting them over and over again to verify his findings -- terrifying landscapes and faces. The mole on Justine's wrist was also troubling. At meal times he fought 50 against his desire to touch it so feverishly that he turned pale and almost fainted. One afternoon a crumpled sheet began breathing and continued for a space of about half an hour, assuming the shape of the body 55 it covered. One night he woke to the soughing of great wings and saw a bat-like creature with the head of a violin resting upon the bedrail. Then the counter-agency of the powers of good -- a message

60 brought by a ladybird which settled on the notebook in which he

was writing; the music of Weber's PAN played EVERY DAY between three and four on a piano in an adjoining house. He felt that his mind had become a battle-ground for the forces of good and evil and that his task was to strain every nerve to recognize 65 them, but it was not easy. The phenomenal world had begun to play tricks on him so that his senses were beginning to accuse reality itself of inconsistency. He was in peril of a mental

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overthrow. Once his waistcoat started ticking as it hung on the back of a chair, as if inhabited by a colony of foreign heartbeats. But when 5 investigated it stopped and refused to continue for the benefit of Selim whom he had called into the room. The same day he saw his initials in gold upon a cloud reflected in a shop-window in the Rue St Saba. EVERYTHING SEEMED PROVED BY THIS. That same week a stranger was seated in the corner always reserved for Balthazar in the Café Al Aktar sipping an ARAK -- the ARAK he had intended to order. The figure bore a strong yet distorted resemblance to himself as he turned in the mirror, unfolding his lips from white teeth in a smile. He did not wait but 15 hurried to the door.

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taba amenazado de colapso mental. Una vez su chaleco empezó a latir, colgado en el respaldo de una silla, como si lo habitaran corazones ajenos. Apenas se le acercó, los latidos cesaron, negándose a continuar delante de Selim a quien entre tanto había llamado. Ese mismo día vio sus iniciales grabadas en oro contra una nube que se reflejaba en la vitrina de una tienda de la Rue St. Saba. Todo parecía quedar probado. Esa misma semana descubrió a un desconocido en el café At Aktar, en la mesa del rincón habitualmente reservada a Balthazar. Bebía una copa de arak... la misma que él había tenido intención de pedir. El hombre se le parecía extraordinariamente, pero como si fuese una caricatura; se volvió hacia el espejo y sonrió dejando al descubierto sus blancos dientes. Nessim se apresuró a salir del café. Mientras recorría la Rue Fuad, sintió que el pavimento se convertía en `una masa esponjosa bajo sus pies; se había hundido ya hasta la cintura cuando la alucinación cesó. A las dos y media de esa tarde despertó de un sueño afiebrado, se vistió y salió a la calle para confirmar la irresistible intuición de que tanto Pastrudi como el café Dordali estaban vacíos. Así era, y el descubrimiento lo llenó de un sentimiento de alivio y de triunfo, pero duró poco, pues al volver a su cuarto sintió de golpe como si le arrancaran el corazón del pecho con ayuda de una bomba neumática. Había terminado por odiar y temer esa habitación. Se quedaba allí largo tiempo escuchando hasta que volvían a empezar los ruidos: el roce de alambres desenrollados sobre el piso, y las quejas de un animal muy pequeño, sus chillidos sofocados mientras lo metían en un saco. Luego, claramente, el golpe seco de una maleta al cerrarse, y la respiración de alguien parado contra la pared, junto a la puerta, escuchando el menor sonido. Nessim se quitó los zapatos y fue de puntillas hasta el balcón, tratando de distinguir algo en el cuarto contiguo. Le pareció que el amenazador intruso era un hombre ya viejo, flaco y de cara alargada, con los ojos hinchados y rojizos de un oso. Le resultó imposible comprobar esas presunciones. Pero al despertar la misma mañana en que debía enviar las invitaciones para la gran cacería, vio con horror desde el balcón que dos individuos sospechosos, vestidos con ropas árabes, ataban una soga a una especie de polea en el tejado. Al ver a Nessim, lo señalaron con el dedo y se hablaron en secreto. Luego empezaron a bajar a la calle algo muy pesado, envuelto en un abrigo de pieles. Las manos de Nessim temblaban mientras escribía con su letra suelta los nombres en las grandes tarjetas de cartulina, escogiéndolos de una larga lista mecanografiada que Selim había dejado en el escritorio. A pesar de todo se sonrió al recordar cuánto espacio dedicaba la prensa local al memorable acontecimiento, la gran cacería en al lago Mareotis. No obstante sus preocupaciones, no quería dejar nada librado a la casualidad, y aunque el solícito Selim estaba allí para ayudarlo, apretó los labios e insistió en escribir todas las invitaciones de su puño y letra. La mía, cargada con todos los presagios del desastre, me miraba ahora desde la repisa de la chimenea. A mi vez yo la contemplaba con una atención disminuida por la nicotina y el vino, reconociendo que ahí, de alguna manera indefinible, estaba la resolución hacia la cual todos habíamos estado avanzando. («Donde acaba la ciencia, empiezan los nervios.» Moeurs.) --Me imagino que no aceptarás. ¿Verdad que no irás? Justine empleó un tono tan brusco que me di cuenta de que sus ojos habían seguido la dirección de los míos. Se me acercó en la débil luz del alba, y mientras me hablaba mantenía la vista clavada en la puerta, tras de la cual Hamid respiraba pesadamente. --No tentarás a la Providencia, ¿verdad? Dímelo. Y como para completar su persuasión, se quitó la falda y los zapatos, y se tendió suavemente a mi lado, tibios el cabello y la boca, insinuantes los nerviosos movimientos de un cuerpo que se apretaba contra mí como si estuviera herido, como si necesitara aliviar sus llagas incurables. Y pensé entonces, sin fanfarronería, que ya no podía seguir privando a Nessim de la satisfacción que esperaba de mí, de la

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As he walked the length of the Rue Fuad he felt the entire pavement turn to sponge beneath his feet; he was foundering waistdeep in it before the illusion vanished. At two-thirty that afternoon he rose from a feverish sleep, dressed and set off to confirm an overpowering intuition that both Pastroudi and the Café Dordali were empty. They were, and the fact filled him with triumphant relief; but it was short-lived, for on returning to his room he felt all of a sudden as if his heart were being expelled from his body by the short mechanical movements of an air-pump. He had come to hate and fear this room of his. He would stand for a long time listening until the noise came again -- the slither of wires being uncoiled upon the floor and the noise of some small animal, its shrieks being stifled, as it was bundled into a bag. Then distinctly the noise of suitcase-hasps being fastened with a snap and the breathing of someone who stood against the wall next door, listening for the least sound. Nessim removed his shoes and tiptoed to the bay-window in an attempt to see into the room next door. His assailant, it seemed to him, was an elderly man, gaunt and sharpfeatured, with the sunk reddish eyes of a bear. He was unable to confirm this. Then, waking early on the very morning upon which the invitations for the great shoot must be issued he saw with horror from the bedroom window two suspicious-looking men in Arab dress tying a rope to a sort of windlass on the roof. They pointed to him and spoke together in low tones. Then they began to lower something heavy, wrapped in a fur coat, into the open street below. His hands trembled as he filled in the large white squares of pasteboard with that flowing script, selecting his names from the huge typewritten list which Selim had left on his desk. Nevertheless he smiled as well when he recalled how large a space was devoted in the local press each year to this memorable event -- the great shoot on Mareotis. With so much to occupy him he felt that nothing should be left to chance and though the solicitous Selim hovered near, he pursed his lips and insisted on attending to all the invitations himself. My own, charged with every presage of disaster, stared at me now from the mantelpiece. I gazed at it, my attention scattered by nicotine and wine, recognizing that here, in some indefinable way, was the solution towards which we a l l h a d m o v e d . ( ` W h e r e s c i e n c e l e a v e s o ff n e r v e s b e g i n . ' MOEURS.)

`Of course you will refuse. You will not go?' Justine spoke so sharply that I understood that her gaze followed mine. She stood over me in the misty early morning light, and between sentences 60 cocked an ear towards the heavily-breathing wraith of Hamid behind the door. `You are not to tempt providence. Will you? Answer me.' And as if to make persuasion certain she slipped off her skirt and shoes and fell softly into bed beside me -- warm hair and mouth, and the treacherous nervous movements of a body 65 which folded against one as if hurt, as if tender from unhealed wounds. It seemed to me then -- and the compulsion had nothing of bravado in it -- it seemed to me then that I could no longer

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deprive Nessim of the satisfaction he sought of me, or indeed the situation of its issue. There was, too, underneath it all a vein of relief which made me fell almost gay until I saw the grave sad expression of my companion-in-arms. She lay, staring out of those 5 wonderfully expressive dark eyes, as if from a high window in her own memory. She was looking, I knew, into the eyes of Melissa -- into the troubled candid eyes of one who, with every day of increasing danger, moved nearer and nearer to us. After all, the one most to be wounded by the issue Nessim might be 10 contemplating was Melissa -- who else? I thought back along the iron chain of kisses which Justine had forged, steadily back into memory, hand over fist, like a mariner going down an anchorchain into the darkest depths of some great stagnant harbour, memory.

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resolución final de su problema. Por debajo de ese sentimiento corría una sensación de alivio que llegó casi a alegrarme, hasta que vi la triste y grave expresión de mi compañera. Yacía junto a mí, toda ella resumida en la mirada de sus ojos negros tan maravillosamente expresivos, como si estuviera asomada a la ventana más alta de sus recuerdos. Supe que estaba mirando los ojos de Melissa, los turbados y cándidos ojos de aquella que, al ir creciendo el peligro que nos amenazaba diariamente, se acercaba cada vez más a nosotros. Después de todo, la más perjudicada por la solución que premeditaba Nessim sería Melissa. ¿Quién, si no ella? Me puse a reflexionar, siguiendo la férrea cadena de besos forjada por Justine, retrocediendo en mi recuerdo, paso a paso, como un marinero que baja por la cadena del ancla hasta alcanzar las más negras profundidades en la memoria de un gran puerto de aguas estancadas... Entre muchos fracasos, cada cual escoge aquel que menos compromete su orgullo. Los más tenían que ver con el arte, la religión y las gentes. Había fracasado en el arte (se me ocurrió en ese mismo momento) porque no creía en la discontinuidad de la personalidad humana. (Pursewarden anota; «Una persona, ¿es continuamente ella misma, o lo es una y otra vez de una manera consecutiva, a una velocidad tal que produce la ilusión de una estructura continua, como el parpadeo de las viejas películas mudas?») No creía lo bastante en la autenticidad de la gente, y por lo tanto no podía retratarla con éxito. ¿Y la religión? No me interesaba ninguna religión en la que hubiera la más mínima huella propiciatoria ¿y en cuál no la había? Mal que le pesara a Balthazar, me parecía que en el mejor de los casos las iglesias }` las sectas eran escuelas donde se aprendía a luchar contra el miedo. Pero el último, el peor fracaso (hundí la boca en el negro y viviente cabello de Justine) era el fracaso con la gente, nacido de un desasimiento espiritual cada vez mayor que si bien me dejaba en libertad de simpatizar, me vedaba la posesión. De una manera tan progresiva como inexplicable mi capacidad de amar disminuía mientras aumentaba en proporción contraria mi abnegación, mi capacidad de entrega que es la mejor parte del amor. Comprendí horrorizado que en eso se basaba el dominio que ejercía ahora sobre Justine. Como mujer, naturalmente deseosa de posesión, estaba condenada a perseguir y tratar de apoderarse de esa parte de mí mismo que estaría por siempre fuera de su alcance, el último y penoso refugio que eran para mí la risa y la amistad. Esa especie de amor la desesperaba, en un cierto sentido, porque yo no dependía de ella; y la necesidad de poseer, en caso de no ser satisfecha, transforma en poseído al propio espíritu. ¡Qué difícil resulta analizar estas relaciones que se ocultan bajo la piel de nuestras acciones! Porque amar es un mero lenguaje epidérmico, y el sexo no es más que terminología. Y para definir mejor esa triste vinculación que tanto dolor me había causado, vi que el dolor mismo es el único alimento de la memoria; porque el placer termina en sí mismo, y todo lo que me había legado era una fuente de continua salud, un desasimiento pródigo en vida. Yo era como una batería de pilas secas. Sin compromiso alguno, era libre de circular en el mundo de los hombres y las mujeres como el guardián de los verdaderos derechos del amor, que no es ni pasión ni costumbre --que sólo sirven para calificarlo--, sino la divina intromisión de un inmortal entre los mortales, Afrodita con todas sus armas. Así sitiado, me definía y realizaba por obra de aquella cualidad que, claro está, me hería más a fondo: la abnegación. Eso era lo que Justine amaba en mí, y no mi personalidad. Las mujeres son ladronas sexuales, y ella quería robarme ese tesoro de desasimiento, la piedra preciosa escondida en la cabeza del sapo. Veía la marca de ese desprendimiento a lo largo de toda mi vida, con sus discordancias, sus casualidades, su desorden. Mi valor no residía en nada de lo que llevaba a cabo o de lo que poseía. Jústine me amaba porque yo era para ella algo indestructible, un ser humano ya formado y que no podía quebrar. La obsesionaba el sentimiento de que incluso mientras estaba haciendo el amor con ella mi deseo más grande era morir. Y eso le resultaba insoportable.

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From among many sorts of failure each selects the one which least compromises his self-respect: which lets him down the lightest. Mine had been in art, in religion, and in people. In art I had failed (it suddenly occurred to me at this moment) because I did not believe in the discrete human personality. (`Are people' writes Pursewarden `continuously themselves, or simply over and over again so fast that they give the illusion of continuous features -- the temporal flicker of old silent film?') I lacked a belief in the true authenticity of people in order to successfully portray them. In religion? Well, I found no religion worth while which contained the faintest grain of propitiation -- and which can escape the charge? PACE Balthazar it seemed to me that all churches, all sects, were at the best mere academies of selfinstruction against fear. But the last, the worst failure (I buried my lips in the dark living hair of Justine), the failure with people: it had been brought about by a gradually increasing detachment of spirit which, while it freed me to sympathize, forbade me possession. I was gradually, inexplicably, becoming more and more deficient in love, yet better and better at self-giving -- the best part of loving. This, I realized with horror, was the hold I now had over Justine. As a woman, a natural possessive, she was doomed to try and capture the part of myself which was forever beyond reach, the last painful place of refuge which was for me laughter and friendship. This sort of loving had made her, in a way, desperate for I did not depend on her; and the desire to possess can, if starved, render one absolutely possessed in the spirit oneself. How difficult it is to analyse these relationships which lie under the mere skin of our actions; for loving is only a sort of skin-language, sex a terminology merely. And further to render down this sad relationship which had caused me so much pain -- I saw that pain itself was the only food of memory: for pleasure ends in itself -- all they had bequeathed me was a fund of permanent health -- life-giving detachment. I was like a dry-cell battery. Uncommitted, I was free to circulate in the world of men and women like a guardian of the true rights of love -- which is not passion, nor habit (they only qualify it) but which is the divine trespass of an immortal among mortals -- Aphrodite-in-arms. Beleaguered thus, I was nevertheless defined and realized in myself by the very quality which (of course) hurt me most: selflessness. THIS is what Justine loved in me -- not my personality. Women are sexual robbers, and it was this treasure of detachment she hoped to steal from me -- the jewel growing in the toad's head. It was the signature of this detachment she saw written across my life with all its haphazardness, discordance, disorderliness. My value was not in anything I achieved or anything I owned. Justine loved me because I presented to her something which was indestructible -- a person already formed who could not be broken. She was haunted by the feeling that even while I was loving her I was wishing at the same time only to die! This she found unendurable.

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And Melissa? She lacked of course the insight of Justine into my case. She only knew that my strength supported her where she was at her weakest -- in her dealings with the world. She treasured every sign of my human weakness -- disorderly habits, 5 i n c a p a c i t y o v e r m o n e y a ff a i r s , a n d s o o n . S h e l o v e d m y weaknesses because there she felt of use to me; Justine brushed all this aside as unworthy of her interest. She had detected another kind of strength. I interested her only in this one particular which I could not offer her as a gift nor she steal from me. This is what 10 is meant by possession -- to be passionately at war for the qualities in one another to contend for the treasures of each other's personalities. But how can such a war be anything but destructive and hopeless? And yet, so entangled are human motives: it would be Melissa herself who had driven Nessim from his refuge in the world of fantasy towards an action which he knew we would all bitterly regret -- our death. For it was she who, overmastered by the impulse of her unhappiness one night, approached the table at 20 which he sat, before an empty champagne-glass, watching the cabaret with a pensive air: and blushing and trembling in her false eyelashes, blurted out eight words, `YOUR WIFE IS NO LONGER FAITHFUL TO YOU' -- a phrase which stood quivering in his mind from then on, like a thrown knife. It is true that for a long 25 time now his dossiers had been swollen with reports of this dreaded f a c t b u t t h e s e r e p o r t s w e r e l i k e n e w s p a p e r- a c c o u n t s o f a catastrophe which had occurred a long way off, in a country which one had not visited. Now he was suddenly face to face with an eye-witness, a victim, a survivor.... The resonance of this one 30 phrase refecundated his powers of feeling. The whole dead tract of paper suddenly rose up and screeched at him.

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¿Y Melissa? Como es natural, carecía de la intuición de Justine en lo que a mí se refería. Sólo sabía que mi fuerza la sostenía allí donde ella era más débil, en sus contactos con el mundo. Atesoraba cualquier manifestación de mis debilidades humanas: costumbres desordenadas, incapacidad en materia de dinero, y cosas por el estilo. Amaba mis debilidades porque entonces podía serme útil, mientras que Justine las dejaba completamente de lado, como algo desprovisto de todo interés. Había adivinado otro tipo de fortaleza. Sólo le interesaba lo que yo no podía ofrecerle como regalo ni ella podía robarme. Lo que se entiende por posesión no es más que eso: guerrear apasionadamente para conquistar cualidades ajenas, luchar por apoderarse de los tesoros de la personalidad del contrincante. ¿Pero qué otro fin puede tener esa guerra que no sea la destrucción y la desesperanza? Y sin embargo, cuán intrincadas son las razones que mueven a los hombres: Melissa había de ser quien arrancara a Nessim de su refugio en el mundo de la fantasía, para arras trarlo a una acción que, bien lo sabía él, todos lamentaríamos amargamente, puesto que nos llevaba la vida. Sí, fue ella quien, impulsada por la violencia de su propia infelicidad, se acercó una noche a la mesa de Nessim, que frente a una copa de champaña vacía observaba el cabaret con aire pensativo, y ruborizándose, temblándole las pestañas artificiales, murmuró aquellas cinco palabras: «Su mujer le es infiel», que desde entonces quedaron vibrando en su mente como un cuchillo recién clavado. Desde luego, hacía tiempo que recibía nutridos informes sobre ese hecho tan temido, pero las páginas que leía eran como noticias periodísticas de una catástrofe acaecida muy lejos, en un país desconocido. Ahora se enfrentaba con un testigo ocular, una víctima, un sobreviviente... La resonancia de esa breve frase estimuló su capacidad d e s e n t i r. To d o s l o s i n f o r m e s e s c r i t o s s e a l z a r o n b r u s c a m e n te ante él, aullando. El camarín de Melissa era un cubículo maloliente, lleno d e t u b o s d e d e s a g ü e d e l a s l e t r i n a s . Te n í a u n m í s e r o p e d a z o d e espejo y un pequeño estante forrado con puntilla de papel blanc o d o n d e g u a r d a b a l a s e r i e d e c a j a s d e p o l v o s ____ ______ ___________ _______________ y de lápices que tan mal utilizaba para maquillarse. La imagen de Selim, reflejada en ese espejo, se deformaba y parpadeaba bajo la luz de gas como un espectro de las profundidades. Habló con una claridad incisiva, reflejo de la de su amo, pero en esa voz parodiada Melissa adivinó algo de la ansiedad que sentía el secretario por el único ser humano a quien realmente adoraba, y ante cuyos problemas reaccionaba como la copa en la mesa de espiritismo. Melissa empezaba a tener miedo, porque sabía que con arreglo a la ley no escrita de la ciudad, las ofensas a los poderosos eran castigadas rápida y horriblemente. Se espantó de lo que acababa de hacer, y mientras procuraba disimular las ganas de soltar el llanto, empezó a quitarse las pestañas artificiales con dedos temblorosos. Pero no había manera de rechazar la invitación. Acabó por ponerse las pobres ropas i que eran todo su lujo, y arrastrando la fatiga como un pesado paquete, siguió a Selim hasta el gran automóvil que esperaba en la sombra y se sentó junto a Nessim que esperaba en el volante. El auto echó a andar lentamente en la densa noche crepuscular de Alejandría cuyas calles, tanto era su pánico, no alcanzaba a reconocer. Costearon un mar de zafiro, y se desviaron hacia el interior, dejando atrás los arrabales, rumbo al lago Mareotis y las aglomeraciones bituminosas de Mex, en las que el haz de los faros iba arrancando capas sucesivas de tinieblas, poniendo en descubierto las menudas escenas íntimas de la vida egipcia: un borracho cantando, una figura bíblica montada en una mula, huyendo con dos niños de la furia de Herodes, un estibador ordenando sacos rápidamente, como quien distribuye naipes. Melissa miraba emocionada esas escenas, porque detrás empezaba el desierto, su vacío resonante como una caracola. En todo ese tiempo su compañero no había dicho una palabra, y ella no se había atrevido ni siquiera a mirar en su dirección.

Melissa's dressing-room was an evil-smelling cubicle full of the coiled pipes which emptied the lavatories. She had a single 35 poignant strip of cracked mirror and a little shelf dressed with the kind of white paper upon which wedding-cakes are built. Here she always set out the jumble of powders and crayons which she misused so fearfully. In this mirror the image of Selim blistered and flickered in the dancing gas-jets like a spectre from the underworld. He spoke with an incisive finish which was a copy of his master's; in this copied voice she could feel some of the anxiety the secretary felt for the only human being he truly worshipped, and to whose 45 anxieties he reacted like a planchette.

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Melissa was afraid now, for she knew that offence given to the great could, by the terms of the city, be punished swiftly and dreadfully. She was aghast at what she had done and fought back a desire to cry as she picked off her eyelashes with trembling hands. There was no way of refusing the invitation. She dressed in her shabby best and carrying her fatigue like a heavy pack followed Selim to the great car which stood in deep shadow. She was helped in beside Nessim. They moved off slowly into the dense crepuscular evening of an Alexandria which, in her panic, she no longer recognized. They scouted a sea turned to sapphire and turned inland, folding up the slums, towards Mareotis and the bituminous slag-heaps of Mex where the pressure of the headlights now peeled off layer after layer of the darkness, bringing up small intimate scenes of Egyptian life -- a drunkard singing, a biblical figure on a mule with two children escaping from Herod, a porter sorting sacks -- swiftly, like someone dealing cards. She followed these familiar sights with emotion, for behind lay the desert, its emptiness echoing like a seashell. All this time her companion had not spoken, and she had not dared to risk so much as a glance in his direction.

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Now when the pure steely lines of the dunes came up under the late moon Nessim drew the car to a standstill. Groping in his pocket for his cheque-book he said in a trembling voice, his eyes full of tears: `What is the price of 5 your silence?' She turned to him and, seeing for the first time the gentleness and sorrow of that dark face, found her fear replaced by an overwhelming shame. She recognized in his expression the weakness for the good which could never render him an enemy of her kind. She put a timid hand on 10 his arm and said: ` I a m s o a s h a m e d . P l e a s e f o r g i v e m e . I d i d n o t know what I was saying.' And her fatigue overcame her so that her emotion which threatened her with tears turned to a yawn. Now they stared at one another with a new understanding, recognizing each other as innocents. For 15 a m i n u t e i t w a s a l m o s t a s i f t h e y h a d f a l l e n i n l o v e w i t h each other from sheer relief. The car gathered momentum again like their silence -- and soon they were racing across the desert towards the steely glitter 20 of stars, and a horizon stained black with the thunder of surf. Nessim, with this strange sleepy creature at his side, found himself thinking over and over again: `Thank God I am not a genius -- for a genius has nobody in whom he can confide.'

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Cuando las líneas puras y aceradas de los médanos surgieron bajo la luna, Nessim detuvo el automóvil. Buscando la libreta de cheques en el bolsillo, se dirigió a ella con voz temblorosa y los ojos preñados de lágrimas. --¿Cuánto cuesta su silencio? Melissa se volvió hacia él, y al distinguir por primera vez la bondad y la tristeza de su rostro moreno, sintió que su miedo era reemplazado por una vergüenza infinita. En la expresión de Nessim reconocía esa debilidad en favor del bien que jamás podría convertirlo en un enemigo de alguien como ella. Apoyó una mano tímida en su brazo, y dijo: -- E s t o y t a n a v e rg o n z a d a . . . P e r d ó n e m e , p o r f a v o r, n o s a bía lo que decía. Y su fatiga la dominó de tal manera, que la emoción que amenazaba trocarse en lágrimas acabó en un bostezo. Entonces ambos se miraron como si se comprendieran por primera vez, y. reconocieran mutuamente su inocencia. Durante un minuto fue casi como si acabaran de enamorarse el uno del otro a fuerza de puro alivio. El auto volvió a tomar velocidad, al igual que su silencio, y pronto corrió por el desierto hacia donde lucían aceradamente las estrellas y se alzaba un horizonte teñido de negro por el trueno de la resaca. Con esa extraña criatura soñolienta a su lado, Nessim pensó una y otra vez: «Gracias a Dios no soy un genio, porque un genio no tiene a nadie en quien confiar.» Las miradas furtivas que le lanzaba le permitían estudiarla, y por lo tanto estudiarme a mí en ella. Su belleza debió de desarmarlo y perturbarlo, como me había ocurrido a mí, pues más tarde, hablando de ella, dijo que su belleza era de las que hacían presentir terriblemente que Melissa había nacido para ser blanco de las fuerzas más destructoras. Recordó sobresaltado una anécdota de Pursewarden en la que figuraba Melissa, pues aquél la había encontrado, al igual que Nessim, en el mismo cabaret mortecino. Pero esa noche ella estaba sentada en un círculo de bailarinas, vendiendo billetes para los bailes. Pursewarden, que estaba admirablemente borracho, la invitó a bailar y después de un momento de silencio, se dirigió a ella con su tono melancólico y autoritario a la vez: --Comment vous défendez--vous contre la solitude? Melissa lo miró con ojos en los que se acumulaba todo el candor de la experiencia, y repuso suavemente: --Monsieur, je suis devenue la solitude méme. Pursewarden quedó lo bastante impresionado como para recordar y repetir luego la frase a sus amigos, añadiendo: --En ese momento pensé que muy bien podía uno enamorarse de una mujer así. Sin embargo, se cuidó de volver a encontrarse con ella, porque el libro que escribía marchaba muy bien, y en ese despertar de una simpatía le pareció descubrir una añagaza de la parte de su carácter menos dispuesta a trabajar. En esa época escribía acerca del amor, y no quería perturbar las ideas que se había formado al respecto. («No puedo enamorarme», le hace decir a un personaje, «pues pertenezco a una antigua sociedad secreta... la de los comodines.» Y en otro pasaje, hablando de su matrimonio: «Descubrí que además de fastidiar a otra persona, me fastidiaba a mí mismo; en cambio ahora que estoy solo no fastidio a nadie más que a mí. ¡Oh alegría!») Justine seguía inclinada sobre mí, observando mi expresión mientras yo recomponía mentalmente esas escenas abrasadoras. --Encontrarás algún pretexto --repitió con voz ronca. No irás. Selim había insistido particularmente en eso, y había abandonado la habitación sofocando un sollozo. Me parecía imposible encontrar una salida a la situación. --Cómo quieres que me niegue? --dije--. ¿No ves que es imposible? El auto había corrido por el desierto en la noche cálida y sin viento. Invadidos por una súbita simpatía, Nessim y Melissa seguían sin hablar. En el último declive, antes de Burg El Arab, Nessim cortó el contacto y dejó que el auto saliera del camino.

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The glances he snatched at her enabled him to study her, and to study me in her. Her loveliness must have disarmed and disturbed him as it had me. It was a beauty which filled one with the terrible premonition that it had been born to be a target for the forces of destruction. Perhaps he remembered an anecdote of Pursewarden's in which she figured, for the latter had found her as Nessim himself had done, in the same stale cabaret; only on this particular evening she had been sitting in a row of dance-hostesses selling dance-tickets. Pursewarden, who was gravely drunk, took her to the floor and, after a moment's silence, addressed her in his sad yet masterful way: `COMMENT VOUS DÉFENDEZ-VOUS CONTRE LA SOLITUDE?' he asked her. Melissa turned upon him an eye replete with all the candour of experience and replied softly: `MONSIEUR, JE SUIS DEVENUE LA SOLITUDE MÊME.' Pursewarden was sufficiently struck to remember and repeat this passage later to his friends, adding: `I suddenly thought to myself that here was a woman one might very well love.' Yet he did not, as far as I know, take the risk o f r e v i s i t i n g h e r, f o r t h e b o o k w a s g o i n g w e l l , a n d h e recognized in the kindling of this sympathy a trick being played on him by the least intent part of his nature. He was writing about love at the time and did not wish to disturb the ideas he had formed on the subject. (`I cannot fall in love' he made a character exclaim `for I belong to that ancient secret society -- the Jokers!'; and elsewhere speaking about his marriage he wrote: `I found that as well as displeasing another I also displeased myself; now, alone, I have only myself to displease. Joy!')

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Justine was still standing over me, watching my face as I composed these s c o r c h i n g s c e n e s i n m y m i n d . ` Yo u will make some excuse' she repeated hoarsely. `You will not go.' It seemed 60 t o m e i m p o s s i b l e t o f i n d a w a y o u t o f t h i s p r e d i c a m e n t . ` H o w C A N I refuse?' I said. `How can you?' They had driven across that warm, tideless desert night,

65 Nessim and Melissa, consumed by a sudden sympathy for

each other, yet speechless. On the last scarp before Bour g El Arab he switched off the engine and let the car roll off

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t h e r o a d . ` C o m e ' h e s a i d . ` I w a n t t o s h o w y o u J u s t i n e 's Summer Palace.' Hand in hand they took the road to the little house. The

5 caretaker was asleep but he had the key. The rooms smelt damp

-- Ve n g a -- d i j o -- . Q u i e r o m o s t r a r l e e l P a l a c i o d e Ve rano de Justine. Tomados de la mano recorrieron el camino hasta la casa. El guardián dormía, pero Nessim tenía la llave. Aunque las habitaciones olían a humedad, a abandono, estaban ilumi nadas por los reflejos de las dunas blancas. Nessim no tardó en encender un fuego en la gran chimenea, y luego de sacar su viejo abba de un armario, se envolvió en él, se sentó junto a las llamas y preguntó: --Melissa, ¿quién la mandó perseguirme? Era una broma, pero se olvidó de sonreír y Melissa se puso roja de vergüenza y se mordió los labios. Largo rato permanecieron gozando del calor del fuego y de la sensación de estar compartiendo algo... su desesperanza. (Justine apagó el cigarrillo y se levantó lentamente de la cama. Echó a andar por la alfombra, de un lado al otro. El miedo la dominaba, y me di cuenta de que sólo con un esfuerzo lograba reprimir uno de sus característicos arranques.) --He hecho muchas cosas en la vida -- dijo a su imagen en el espejo--. Cosas malas, quizá. Pero nunca las hice despreocupadamente, nunca las derroché. Los actos me han parecido siempre mensajes, deseos del pasado que se proyecta hacia el futuro, que invitan a descubrirse a uno mismo. ¿Me habré equivocado? ¿Me habré equivocado? No era a mí a quien dirigía la pregunta, sino a Nessim. Resulta mucho más fácil hacer al amante las preguntas destinadas al marido. --En cuanto a los muertos --agregó poco después--, siempre he creído que para ellos los muertos somos nosotros. Ellos se han reunido con los vivos, después de esta absurda excursión por la casi vida. Hamid había empezado a moverse y Justine, aterrada, se apresuró a vestirse. --De manera que tienes que ir --me dijo tristemente--, y yo también. Sí, tienes razón, debemos ir. Y volviéndose hacia el espejo para completar su arreglo, agregó: «Otra cana...», mientras estudiaba atentamente su rostro refinado y maligno. Observándola así, presa por un instante en un rayo de sol que se colaba a través del vidrio sucio, no pude dejar de decirme una vez más que nada había en ella capaz de gobernar o modificar el lado meramente intuitivo de su naturaleza, resultado de su apasionada introspección. No tenía ni la educación ni la inteligencia suficiente para batallar contra los imperativos de su violento corazón. Sus dones eran los que podemos encontrar a veces en los videntes analfabetos. En ella, todo lo que parecían ideas era material prestado: incluso su observación sobre los muertos, que aparece en un pasaje de Moeurs. Había extraído lo más significativo de los libros, no a través de la lectura sino escuchando los incomparables discursos de Balthazar, Arnauti y Pursewarden cuando hablaban de ellos. Era una condensación de todos los escritores y pensadores que había amado y admirado. Pero, ¿qué mujer inteligente hace otra cosa? Nessim había tomado ahora las manos de Melissa entre las suyas (unas manos sin fuerza, frías, como hostias), y empezó a interrogarla acerca de mí con avidez, como si su verdadera pasión fuera yo y no Justine. Siempre nos enamoramos de la persona elegida por el ser que amamos. ¿Qué no daría yo por saber todo lo que le dijo, ella ganándose cada vez más su simpatía con su candor, sus inesperadas reservas? Todo lo que sé es que concluyó con una observación estúpida: «Ni siquiera ahora son felices; se pelean horriblemente, Hamid me lo dijo la última vez que lo vi.» Me imagino que tenía suficiente experiencia como para darse cuenta de que esas peleas eran la verdadera esencia de nuestro amor; sin embargo, creo que sólo era capaz de sentir el egoísmo de Justine, esa falta casi monstruosa de interés por los demás que caracterizaba a mi déspota. Carecía por completo de caridad espiritual, condición indispensable para merecer la buena opinión de Melissa. En realidad, no era humana: nadie que se dedique enteramente a su ego lo es. ¿Qué podía

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and uninhabited, but were full of light reflected from the white dunes. It was not long before he had kindled a fire of thorns in the great fireplace, and taking his old ABBA from the cupboard he clothed himself in it and sat down before it saying: `Tell me 10 now, Melissa, who sent you to persecute me?' He meant it as a joke but forgot to smile, and Melissa turned crimson with shame and bit her lip. They sat there for a long time enjoying the firelight and the sensation of sharing something -- their common hopelessness.

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(Justine stubbed out her cigarette and got slowly out of bed. She began to walk slowly up and down the carpet. Fear had overcome her and I could see that it was only with an effort that she overcame the need for a characteristic outburst. `I have done so many things in m y l i f e ' s h e s a i d t o t h e m i r r o r. ` E v i l t h i n g s , p e r h a p s . B u t n e v e r i n a t t e n t i v e l y, n e v e r w a s t e f u l l y. I ' v e a l w a y s t h o u g h t of acts as messages, wishes from the past to the future, w h i c h i n v i t e d s e l f d i s c o v e r y. Wa s I w r o n g ? Wa s I w r o n g ? ' It was not to me she addressed the question now but to Nessim. It is so much easier to address questions intended f o r o n e 's h u s b a n d t o o n e 's l o v e r. ` A s f o r t h e d e a d ' s h e went on after a moment, `I have always thought that the dead think of us as dead. They have rejoined the living after this trifling excursion into quasi-life.' Hamid was stirring now and she turned to her clothes in a panic. `So y o u m u s t g o ' s h e s a i d s a d l y, ` a n d s o m u s t I . Yo u a r e r i g h t . We m u s t g o . ' A n d t h e n t u r n i n g t o t h e m i r r o r t o c o m p l e t e her toilet she added: `Another grey hair ' studying that wicked fashionable face.

Watching her thus, trapped for a moment by a rare sunbeam on the dirty window-pane, I could not help reflecting once more that in her there was nothing to control or modify the intuition 40 w h i c h s h e h a d d e v e l o p e d o u t o f a n a t u r e g o r g e d u p o n introspection: no education, no resources of intellection to battle against the imperatives of a violent heart. Her gift was the gift one finds occasionally in ignorant fortune-tellers. Whatever passed for thought in her was borrowed -- even the 45 remark about the dead which occurs in MOEURS; she had picked out what was significant in books not by reading them but by listening to the matchless discourses of Balthazar, Arnauti, Pursewarden, upon them. She was a walking abstract of the writers and thinkers whom she had loved or admired -- but what 50 clever woman is more?) Nessim now took Melissa's hands between his own (they lay there effortless, cool, like wafers) and began to question her about me with an avidity which might have easily suggested 55 that his passion was not Justine, but myself. One always falls in love with the love-choice of the person one loves. What would I not give to learn all that she told him, striking ever more deeply into his sympathies with her candours, her unexpected reserves? All I know is that she concluded stupidly, `Even now 60 they are not happy: they quarrel dreadfully: Hamid told me so when last I met him.' Surely she was experienced enough to recognize in these reported quarrels the very subject-matter of our love? I think she saw only the selfishness of Justine -- that almost deafening lack of interest in other people which 65 characterized my tyrant. She utterly lacked the charity of mind upon which Melissa's good opinion alone could be grounded. She was not really human -- nobody wholly dedicated to the

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ego is. What on earth could I see in her? -- I asked this question of myself for the thousandth time. Yet Nessim, in beginning to explore and love Melissa as an extension of Justine, delineated perfectly the human situation. Melissa would hunt in him for 5 the qualities which she imagined I must have found in his wife. The four of us were unrecognized complementaries of one another, inextricably bound together. (`We who have travelled much and loved much: we who have -- I will not say suffered for we have always recognized through suffering our own self10 s u f f i c i e n c y -- o n l y w e a p p r e c i a t e t h e c o m p l e x i t i e s o f tenderness, and understand how narrowly love and friendship are related.' MOEURS.) They talked now as a doomed brother and sister might,

15 renewing in each other the sense of relief which comes to those

yo encontrar en ella? Me lo pregunté por milésima vez. Y sin embargo Nessim, al empezar a explorar y a amar a Melissa como una prolongación de Justine, recortaba perfectamente la situación desde el punto de vista humano. Melissa buscaría en él las cualidades que, según imaginaba, yo debía de haber encontrado en su mujer. Los cuatro, aunque no lo reconociéramos, nos complementábamos recíprocamente, estábamos inextricablemente atados. («Los que hemos viajado mucho y amado mucho; los que hemos... no diré sufrido, pues a través del sufrimiento hemos alcanzado siempre la autonomía, sólo nosotros apreciamos el complejo mundo de la ternura, y comprendemos el estrecho vínculo que existe entre el amor y la amistad.» Moeurs.) Hablaban ahora como podrían hacerlo dos hermanos condenados, transmitiéndose el sentimiento de alivio que experimentan aquellos que hallan a alguien capaz de compartir preocupaciones inconfesadas. En mitad de esa simpatía, una inesperada sombra de deseo empezó a agitarse, apenas un espectro de deseo, hijo bastardo de la confesión y el alivio. En cierto sentido prefiguraba su propio amor, que llegaría más adelante y sería mucho menos horrible que el nuestro --el mío y de Justine--. El amor es tanto más auténtico cuando nace de la simpatía y no del deseo, porque sólo así no deja heridas. Amanecía ya cuando cesaron de hablar, rígidos y helados, pues el fuego se había apagado mucho rato antes, y recorrieron el sendero húmedo hasta el automóvil, avanzando bajo el pálido amanecer color de lavanda. Melissa había encontrado un amigo y un protector, y en cuanto a Nessim, estaba transfigurado. La sensación de contar con una nueva simpatía lo transformaba mágicamente en el hombre de antes, es decir, en un hombre capaz de actuar (por ejemplo, de asesinar al amante de su mujer si se le antojaba). Recorriendo aquella costa tan pura, a la que pertenecían tan entrañablemente, vieron tenderse los primeros rayos del sol de horizonte a horizonte, por encima del oscuro y poderoso Mediterráneo, cuyos bordes tocaban simultáneamente y en ese mismo instante Cartago, la santa, la perdida, y Salamina en Chipre. Allí donde el camino se abre paso entre las dunas rumbo al mar, Nessim disminuyó la velocidad y, sin darse bien cuenta de lo que decía, propuso que tomaran un baño. En su repentina metamorfosis sentía el súbito deseo de que Melissa lo viera desnudo y aprobara su belleza, durante tanto tiempo olvidada como un traje bien cortado en un armario. Desnudos, riendo, chapotearon en el agua tomados de la mano hasta entrar en el mar helado, mientras la suave luz del sol matinal les entibiaba al mismo tiempo las espaldas. Era como la primera mañana del mundo. También Melissa había arrojado junto con sus ropas la última carga fatigosa de la carne, y se había vuelto la bailarina que era; la desnudez le daba siempre plenitud y equilibrio, cualidades que le faltaban en el cabaret. Así estuvieron largo rato, tendidos uno junto al otro en perfecto silencio, buscando el futuro a través de las tinieblas de sus sentimientos. Nessim comprendió que acababa de ganar la obediencia total de Melissa, y que ella era desde ahora su amante en el más amplio sentido de la palabra. Reanudaron el regreso a la ciudad, felices e incómodos al mismo tiempo, pues sentían un hueco en el corazón mismo de su felicidad. Y como no tenían ningún deseo de reintegrarse a la vida que cada uno llevaba por su lado, prolongaban el momento, el auto avanzaba despacio, y hasta el silencio parecía alargarse entre sus palabras de cariño. Nessim acabó por recordar un café de barrio en Mex, donde podrían comer un huevo duro y beber café. Aunque era muy temprano, el propietario griego estaba despierto y dispuso unas sillas debajo de una higuera seca, en un patio lleno de gallinas y de sus magros excremen100

who find someone to share the burden of unconfessed preoccupations. In all this sympathy an unexpected shadow of desire stirred within them, a wraith merely, the stepchild of confession and release. It foreshadowed, in a way, their own love20 making, which was to come, and which was so much less ugly than ours -- mine and Justine's. Loving is so much truer when sympathy and not desire makes the match; for it leaves no wounds. It was already dawn when they rose from their conversation, stiff and cramped, the fire long since out, and marched across the damp 25 sand to the car, scouting the pale lavender light of dawn. Melissa had found a friend and patron; as for Nessim, he was transfigured. The sensation of a new sympathy had enabled him, magically, to become his own man again -- that is to say, a man who could act (could murder his wife's lover if he so wished)!

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Driving along that pure and natal coastline they watched the first tendrils of sunlight uncoil from horizon to horizon across the dark self-sufficient Mediterranean sea whose edges were at one and the same moment touching lost hallowed Carthage and 35 Salamis in Cyprus. Presently, where the road dips down among the dunes to the seashore Nessim once more slowed down and involuntarily suggested a swim. Changed as he was he felt a sudden desire that 40 Melissa should see him naked, should approve the beauty which for so long had lain, like a suit of well-cut clothes in an attic cupboard, forgotten. Naked and laughing, they waded out hand in hand, into the

45 icy water feeling the tame sunlight glowing on their backs as they

did so. It was like the first morning since the creation of the world. Melissa, too, had shed with her clothes the last residual encumbrance of the flesh, and had become the dancer she truly was; for nakedness always gave her fulness and balance: the craft 50 she lacked in the cabaret. They lay together for a long time in perfect silence, seeking through the darkness of their feelings for the way forward. He realized that he had won an instant 55 c o m p l i a n c e f r o m h e r -- t h a t s h e w a s n o w h i s m i s t r e s s in everything. They set off together for the city, feeling at the same time happy and ill-at-ease -- for both felt a kind of hollowness at the 60 heart of their happiness. Yet since they were reluctant to surrender each other to the life which awaited them they lagged, the car lagged, their silence lagged between endearments. At last Nessim remembered a tumbledown café in Mex

65 where one could find a boiled egg and coffee. Early though it

was the sleepy Greek proprietor was awake and set chairs for them under a barren fig-tree in a backyard full of hens and

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their meagre droppings. All around them towered corrugated iron wharves and factories. The sea was present only as a dank and resonant smell of hot iron and tar.

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tos. Más allá del patio no se veían más que las chapas de zinc de los depósitos y las fábricas. La única presencia del mar era un olor rancio y sonoro de hierro recalentado y alquitrán. Nessim dejó por fin a Melissa en la esquina que ella le había señalado, y se despidió de una manera «perfectamente seca», temeroso quizá de que algún empleado de su oficina pudiera verlo. (Eso último se me ocurre a mí, pues la expresión «perfectamente seca» que usa en su diario parece un tanto fuera de lugar.) El rumor inhumano de la ciudad lo rodeó una vez más, devolviéndolo a sus antiguos sentimientos y preocupaciones. En cuanto a Melissa, bostezando, muerta de sueño, y con su absoluta naturalidad, se alejó de Nessim para entrar en la capilla griega y encender una vela al santo. Se persignó de izquierda a derecha, como hacen los ortodoxos, y echó hacia atrás un mechón de pelo mientras se inclinaba sobre el icono, encontrando en el sabor de bronce de su beso todo el consuelo de un hábito que le venía de la olvidada infancia. Guando se volvió, cansada, vio que Nessim estaba a su lado. Su rostro tenía una palidez mortal, y la miraba fijo, con una curiosidad suave y ardiente a la vez. De pronto Melissa comprendió todo. Se abrazaron con una especie de angustia, sin besarse, apretando simplemente sus cuerpos uno contra el otro, y de golpe Nessim empezó a temblar de fatiga. Le castañeteaban los dientes. Melissa lo llevó hasta una silla del coro donde permaneció un momento profundamente perturbado, luchando por hablar y pasándose la mano por la frente como quien ha estado a punto de ahogarse. No tenía nada que decir, pero su incapacidad para articular las palabras hicieron temer a Melissa que estuviera al borde de un ataque. Alcanzó a murmurar: «Es terriblemente tarde, casi las seis y media.» Apretando la mano de Melissa contra su mejilla, donde empezaba a asomar la barba, se levantó y, titubeando como un viejo, buscó su camino hasta el pórtico y el sol, mientras ella, desde adentro, lo seguía con los ojos. Nunca la luz del alba había parecido tan hermosa a Nessim. La ciudad brillaba como una piedra preciosa. Los estridentes teléfonos, cuya resonancia llenaba los grandes edificios de piedra donde los hombres de negocios vivían realmente, llegaban a sus oídos como el canto de grandes y fecundos pájaros mecánicos. Una inesperada lluvia matinal había lavado los árboles del parque. Resplandecientes, pare cían enormes g a t o s f e l i c e s e n t r e g a d o s a l a t a r e a d e a c i c a l a r s e. Mientras subía al quinto piso en el ascensor y hacía algunas torpes tentativas por mostrarse presentable (tocándose el mentón ennegrecido por la barba, ajustándose la corbata), Nessim miró su imagen en el mal espejo, sorprendido por los nuevos sentimientos y creencias que aquellas breves escenas habían suscitado en él. Pero debajo de todo ello, doliendo como un diente o un dedo infectados, seguían presentes aquellas cinco palabras con que Melissa lo había apuñalado. Vagamente se daba cuenta de que Justine había muerto para él; su imagen interior había pasado a ser un grabado, un relicario que se podía llevar eternamente sobre el corazón. Siempre resulta amargo abandonar la vida de antes por una nueva, y toda mujer es una nueva vida, compacta, autónoma y su¡ generis. Como persona, Justine se había desdibujado. Ya no deseaba poseerla más, sino liberarse de ella. De mujer que había sido, acababa de transformarse en una situación. Llamó a Selim, y le dictó algunas monótonas cartas de negocios con una calma tan sorprendente, que la mano del joven secretario tembló mientras estenografiaba pulcramente las palabras. Quizá Nessim nunca pareció tan aterrador a Selim como en ese momento, sentado ante su gran escritorio lustrado, frente a la serie de resplandecientes teléfonos. Después de ese episodio, Nessim no vio a Melissa durante cierto tiempo, pero le escribió largas cartas que arrojó al excusado en vez de enviarlas. Por alguna razón fantástica le parecía necesario

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He set her down at last on the street-corner she named and said good-bye in a `wooden perfunctory' sort of way -- afraid perhaps that some of his own office employees might oversee him. (This last is my own conjecture as the words `wooden' and `perfunctory', which smell of literature, seem somehow out of place.) The inhuman bustle of the city intervened once more, committing them to past feelings and preoccupations. For her part, yawning, sleepy and utterly natural as she was, she left him only to turn into the little Greek church and set a candle to the saint. She crossed herself from left to right as the orthodox custom is and brushed back a lock of hair with one hand as she stooped to the ikon, tasting in its brassy kiss all the consolation of a forgotten childhood habit. Then wearily she turned to find Nessim standing before her. He was deathly white and staring at her with a sweet burning curiosity. She at once understood everything. They embraced with a sort of anguish, not kissing, but simply pressing their bodies together, and he all at once began to tremble with fatigue. His teeth began to chatter. She drew him to a choir stall where he sat for some abstracted moments, struggling to speak, and drawing his hand across his forehead like someone who is recovering from drowning. It was not that he had anything to say to her, but this speechlessness made him fear that he was experiencing a stroke. He croaked: `It is terribly late, nearly half past six.' Pressing her hand to his stubbled cheek he rose and like a very old man groped his way back through the great doors into the sunlight, leaving her sitting there gazing after him.

Never had the early dawn-light seemed so good to Nessim. The city looked to him as brilliant as a precious stone. The shrill telephones whose voices filled the great stone buildings in which 35 the financiers really lived, sounded to him like the voices of great fruitful mechanical birds. They glittered with a pharaonic youthfulness. The trees in the park had been rinsed down by an unaccustomed dawn rain. They were covered in brilliants and looked like great contented cats at their toilet.

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Sailing upwards to the fifth floor in the lift, making awkward attempts to appear presentable (feeling the dark stubble on his chin, retying his tie) Nessim questioned his reflection in the cheap mirror, puzzled by the whole new range 45 of feelings and beliefs these brief scenes had given him. Under everything, however, aching like a poisoned tooth or finger, lay the quivering meaning of those eight words which Melissa had lodged in him. In a dazed sort of way he recognized that Justine was dead to him -- from a mental picture she had become an 50 engraving, a locket which one might wear over one's heart for ever. It is always bitter to leave the old life for the new -- and every woman is a new life, compact and self-contained and SUI GENERIS. As a person she had suddenly faded. He did not wish to possess her any longer but to free himself from her. From a 55 woman she had become a situation. He rang for Selim and when the secretary appeared he dictated to him a few of the duller business letters with a calm so surprising that the boy's hand trembled as he took them down in his 60 meticulous crowsfoot shorthand. Perhaps Nessim had never been more terrifying to Selim than he appeared at this moment, sitting at his great polished desk with the gleaming battery of telephones ranged before him.

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Nessim did not meet Melissa for some time after this episode but he wrote her long letters, all of which he destroyed in the lavatory. It seemed necessary to him, for some fantastic reason, to

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explain and justify Justine to her and each of these letters began with a long painful exegesis of Justine's past and his own. Without this preamble, he felt, it would be impossible ever to speak of the way in which Melissa had moved and captivated him. He was 5 defending his wife, of course, not against Melissa, who had uttered no criticism of her (apart from the one phrase) but against all the new doubts about her which emerged precisely from his experience with Melissa. Just as my own experience of Justine had illuminated and re-evaluated Melissa for me so he looking into Melissa's grey 10 eyes saw a new and unsuspected Justine born therein. You see, he was now alarmed at the extent to which it might become possible to hate her. He recognized now that hate is only unachieved love. He felt envious when he remembered the single-mindedness of Pursewarden who on the flyleaf of the last book he gave Balthazar 15 had scribbled the mocking words: PURSEWARDEN ON LIFE N.B. Food is for eating Art is for arting

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explicar y justificar a Justine ante Melissa, y cada una de sus cartas empezaba con una larga y penosa exégesis del pasado de Justine y del suyo propio. Sentía que sin ese preámbulo le sería imposible referirse a la forma en que Melissa lo había cautivado. Desde luego, no defendía a su mujer ante Melissa, que no le había hecho la menor crítica (fuera de aquella frase), sino ante todas las nuevas dudas sobre Justine que se le presentaban después de su experiencia con Melissa. Así como mi propia experiencia con Justine había iluminado y revalorado a Melissa, de la misma manera a Nessim le bastaba mirar los ojos grises de Melissa para ver nacer una Justine nueva e insospechada. La verdad era que empezaba a asustarlo la latitud que podía llegar a tener su odio. Comprendía que el odio no es más que el amor irrealizado. Envidiaba la unilateralidad del juicio de Pursewarden, quien en la guarda del último libro que había dado a Balthazar había escrito aquellas burlonas palabras: Lo que piensa Pursewarden de la vida N. B. La comida es para comer El arte es para artear Las mujeres son para... Fin RIP Y cuando volvieron a encontrarse, en circunstancias muy diferentes... Pero no tengo el valor de continuar. He analizado profundamente a Melissa en el fondo de mi inteligen cia y de mi corazón, y me resulta insoportable el recuerdo de lo que Nessim encontró en ella, esas páginas cubiertas de borrones y modificaciones. Los celos sexuales son una bestia extraña, capaz de alojarse en cualquier parte, incluso en la memoria. Aparto el rostro a la sola idea de los tímidos besos de Nessim, de los de Melissa que elegían en Nessim la boca más cercana a la mía... Extraje de un paquete una tarjeta de cartulina en la cual, después de no pocas dificultades, había conseguido que un impresor de mala muerte estampara mi nombre y dirección. Escribí en ella: E l s e ñ o r. . . . . . . . . . . . . . . a c e p t a c o m p l a c i d o l a a m a b l e i n v i t a c i ó n d e l s e ñ o r. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . a u n a c a c e r í a d e p a t o s e n e l l a g o Mareotis. Se me ocurrió que era la oportunidad de aprender algunas verdades importantes sobre el comportamiento humano.

Women for ------------ Finish RIP And when next they met, under very different circumstances

25 ... But I have not the courage to continue. I have explored Melissa

deeply enough through my own mind and heart and cannot bear to recall what Nessim found in her -- pages covered with erasures and emendations. Pages which I have torn from my diaries and destroyed. Sexual jealousy is the most curious of animals and can 30 take up a lodgement anywhere, even in memory. I avert my face from the thought of Nessim's shy kisses, of Melissa's kisses which selected in Nessim only the nearest mouth to mine.... From a crisp packet I selected a strip of pasteboard on which,

35 after so many shame-faced importunities, I had persuaded a local

jobbing printer to place my name and address, and taking up my pen wrote: mr ------------ accepts with pleasure the kind invitation of mr ------------ to a duck shoot on Lake Mareotis. It seemed to me that now one might learn some important truths about human behaviour.

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***** Autumn has settled at last into the clear winterset. High seas flogging the blank panels of stone along the Corniche. The 50 migrants multiplying on the shallow reaches of Mareotis. Waters moving from gold to grey, the pigmentation of winter. The parties assemble at Nessim's house towards twilight -- a prodigious collection of cars and shooting-brakes. Here begins the 55 long packing and unpacking of wicker baskets and gun-bags, conducted to the accompaniment of cocktails and sandwiches. Costumes burgeon. Comparison of guns and cartridges, conversation inseparable from a shooter 's life, begin now, rambling, inconsequent, wise. The yellowish moonless dusk settles: 60 the angle of the sunlight turns slowly upwards into the vitreous lilac of the evening sky. It is brisk weather, clear as waterglass. Justine and I are moving through the spiderweb of our preoccupations like people already parted. She wears the familiar 65 velveteen costume -- the coat with its deeply cut and slanted pockets: and the soft velours hat pulled down over her brows -- a schoolgirl's hat: leather jack-boots. We do not look directly at each El otoño ha cedido por fin paso al claro escenario del invierno. Un mar bramante se estrella en las defensas de piedra a lo largo de la Corniche. Las aves migratorias se multiplican en las aguas superficiales del lago Mareotis. El agua pasa del dorado al gris, asume su pigmentación de invierno. Los invitados se reúnen al atardecer en casa de Nessim: prodigiosa colección de automóviles y trajes de caza. Empieza entonces el largo empacar y desempacar de cestos de mimbre y estuches de carabinas, con el correspondiente acompañamiento de cocteles y emparedados. Se inicia la comparación de escopetas y cartuchos, conversación inseparable de la vida del cazador; frases sueltas, sin importancia, llenas de ciencia. El amarillento atardecer sin luna se va ahondando; el sol se pone lentamente en el lila vidrioso del cielo. El aire está fresco, claro como hielo cristalino. Justine y yo nos movemos en la tela de araña de nuestras preocupaciones como dos personas ya separadas. Ella lleva un traje de amazona de terciopelo, chaqueta de bolsillos profundos y en diagonal, sombrero de suave velours caído sobre la frente: un sombrero de colegiala, botas de cuero. No nos miramos de frente, y nos hablamos

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other any more, but talk with a hollow impersonality. I have a splitting headache. She has urged upon me her own spare gun -- a beautiful stout twelve by Purdey, ideal for such an unpractised hand and eye as mine.

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con un tono impersonal, hueco. Me duele horriblemente la cabeza. Justine me ha prestado su arma de repuesto, una magnífica y liviana escopeta Purdy perfectamente adecuada para alguien tan inexperto como yo. Se oyen risas y aplausos cuando se echan las suertes para formar los distintos grupos de cazadores. Deberemos apostarnos en diversas zonas del lago, y aquellos a quienes les toque la parte más occidental tendrán que hacer un largo rodeo en auto a través de Mex y las orillas del desierto. Los jefes de cada grupo van sacando de un sombrero los nombres de los invitados escritos en tiras de papel. Nessim ha extraído ya el de Capodistria, que lleva una elegante chaqueta de cuero con puños de pana, pantalones de gabardina kaki y calcetines a cuadros. Usa un viejo sombrero de tweed con una pluma de faisán, y una bandolera llena de cartuchos. Le toca luego a Ralli, el viejo general griego con sus bolsas cenicientas bajo los ojos y zurcidos pantalones de montar; a Pallis, el encargado de negocios de Francia, que se ha puesto una chaqueta canadiense, y finalmente a mí. Justine y Pombal deberán reunirse con el grupo de Lord Errol. Ya no cabe la menor duda de que estaremos separados. Bruscamente, por primera vez, me da miedo el resplandor inexpresivo de los ojos de Nessim. Nos instalamos en los vehículos. Selim está sujetando las correhuelas de un pesado estuche de escopetas de piel de cerdo. Le tiemblan las manos. Una vez tomadas todas las disposiciones, arrancan los motores de los automóviles y, a esa señal, sale de la casa una nube de criados trayendo las copas de champaña de la despedida. Ese instante de distracción permite a Justine cruzar hasta nuestro auto y, con el pretexto de alcanzarme un paquete de cartuchos, oprimirme el brazo con todas sus fuerzas, clavarme durante un segundo sus ojos negros y brillantes con una expresión que muy bien podría tomar por alivio. Hago lo que puedo por sonreír. Salimos sin prisa, con Nessim en el volante, y vemos los últimos rayos del sol cuando salimos de la ciudad para correr a lo largo de las dunas en dirección de Abukir. Todo el mundo está de muy buen humor; Ralli habla hasta por los codos, y Capodistria nos entretiene con anécdotas de su padre que era increíblemente chiflado. («Lo primero que hizo al volverse loco fue presentar una demanda contra sus dos hijos, acusándolos de ilegitimidad deliberada y pertinaz.») De cuando en cuando alza un dedo para tocar la compresa de algodón que un parche negro mantiene sujeta al ojo. ¿Cómo puede ser que hasta entonces no hubiera yo reconocido en Capodistria al autor de la infelicidad de Justine, al hombre del parche negro en el ojo? Pallis acaba de ponerse un gorro de cazador con grandes orejeras, que le dan un aire de conejo galo pensativo. De cuando en cuando sorprendo los ojos de Nessim en el espejo del parabrisas; me sonríe. Cuando llegamos a orillas del lago es ya el crepúsculo. El viejo hidrodeslizador zumba y ruge esperándonos. Está atestado de señuelos para la cacería. Nessim escoge un par de escopetas de caza de caño muy largo y dos trípodes antes de reunirse con nosotros en el barquichuelo de fondo plano; pronto surcamos la desolada extensión del lago circulando por los cañaverales, para llegar a la aislada cabaña donde hemos de pasar la noche. El horizonte va ____ desapareciendo a medida que avanzamos por la penumbra de los canales en nuestro ruidoso hidrodeslizador, perturbando a los habitantes del lago con el rugido de los motores; por todas partes asoman como escabeles los islotes cubiertos de juncos, con su promesa de refugio. Una o dos veces se abre ante nosotros una larga perspectiva de agua libre, y vislumbramos la agitación de las aves que levantan el vuelo, de los patos que parecen arrastrarse sobre la superficie. Más cerca, los zigzagueantes cormoranes semejan criaturas de una tienda de antiguallas, con sus picos ávidos llenos de juncos. En la vasta extensión que nos rodea, las prolíficas colonias del lago empiezan a posarse para pasar la noche. Apenas callan los motores del hidrodeslizador, el silencio se llena del silbo y el graznido de los patos. Una suave brisa se levanta y riza el agua en torno a la pequeña caba103

There is laughter and clapping as lots are drawn for the makeup of the various parties. We will have to take up widely dispersed positions around the lake, and those who draw the western butts will have to make a long detour by road through Mex and the desert 10 fringes. The leaders of each party draw paper strips in turn from a hat, each with a guest's name written upon it. Nessim has already drawn Capodistria who is clad in a natty leather jerkin with velvet cuffs, khaki gaberdine plus-fours and check socks. He wears an old tweed hat with a cock-pheasant's feather in it, and is festooned 15 with bandoliers full of cartridges. Next comes Ralli the old Greek general, with ash-coloured bags under his eyes and darned ridingbreeches; Pallis the French Chargé d'Affaires in a sheepskin coat; lastly myself. Justine and Pombal are joining Lord Errol's party. It is clear now that we are to be separated. All of a sudden, for the first time, I feel real fear as I watch the expressionless glitter of Nessim's eyes. We take our various places in the shooting-brakes. Selim is doing up the straps of a heavy pigskin gun-case. His hands tremble. 25 With all the dispositions made the cars start up with a roar of engines, and at this signal a flock of servants scamper out of the great house with glasses of champagne to offer us a stirrup-cup. This diversion enables Justine to come across to our car and under the pretext of handing me a packet of smokeless cartridges to press 30 my arm once, warmly, and to fix me for a half-second with those expressive black eyes shining now with an expression I might almost mistake for relief. I try to form a smile with my lips.

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We move off steadily with Nessim at the wheel and catch

35 the last rays of the sunset as we clear the town to run along

t h e s h a l l o w d u n e l a n d s t o w a r d s A b o u k i r. E v e r y o n e i s i n excellent spirits, Ralli talking nineteen to the dozen and Capodistria keeping us entertained with anecdotes of his fabulous mad father. (`His first act on going mad was to file 40 a s u i t a g a i n s t h i s t w o s o n s a c c u s i n g t h e m o f w i l f u l a n d persistent illegitimacy.') From time to time he raises a finger to touch the cotton compress which is held in position over his left eye by the black patch. Pallis has produced an old deerstalker with large ear-flaps which make him look like a 45 speculative Gallic rabbit. From time to time in the driving mirror I catch Nessim's eye and he smiles. The dusk has settled as we come to the shores of the lake. The old hydroplane whimpers and roars as it waits for us. It is piled high with decoys. Nessim assembles a couple of tall duck-guns and tripods before joining us in the shallow punt to set off across the reed-fringed wilderness of the lake to the desolate lodge where we are to spend the night. All horizons have been abruptly cut off now as we skirt the darkening channels in our noisy craft, disturbing the visitants of the lake with the roar of our engines; the reeds tower over us, and everywhere the sedge hassocks of islands rise out, of the water with their promise of cover. Once or twice a long vista of water opens before us and we catch sight of the flurry of birds rising -- mallard trailing their webs across the still surface. Nearer at hand the hither-and-thithering cormorants keep a curiosity-shop with their long slave-to-appetite beaks choked with sedge. All round us now, out of sight the teeming colonies of the lake are settling down for the night. When the engines of the hydroplane are turned off the silence is suddenly filled with groaning and gnatting of duck. A faint green wind springs up and ruffles the water round the

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little wooden hut on the balcony of which sit the loaders waiting for us. Darkness has suddenly fallen, and the voices of the boatmen sound hard, sparkling, gay. The loaders are a wild crew; they scamper from island to island with shrill cries, their GALABEAHS 5 tucked up round their waists, impervious to the cold. They seem black and huge, as if carved from the darkness. They pull us up to the balcony one by one and then set off in shallow punts to lay their armfuls of decoys while we turn to the inner room where paraffin lamps have already been lit. From the little kitchen comes 10 the encouraging smell of food which we sniff appreciatively as we divest ourselves of our guns and bandoliers, and kick off our boots. Now the sportsmen fall to backgammon or tric-trac and bagandshot talk, the most delightful and absorbing masculine conversation in the world. Ralli is rubbing pigsfat into his old 15 much-darned boots. The stew is excellent and the red wine has put everyone in a good humour. By nine however most of us are ready to turn in; Nessim is busy in the darkness outside giving his last instructions to the loaders and setting the rusty old alarm clock for three. Capodistria alone shows no disposition to sleep. He sits, as if plunged in reflection, sipping his wine and s m o k i n g a cheroot. We speak for a while about trivialities; and then all of a sudden he launches into a critique of Pursewarden's third volume which has just appeared in the bookshops. `What is astonishing' he says `is that he presents a series of spiritual problems as if they were commonplaces and illustrates them with his characters. I have been thinking over the character of Parr the sensualist. He resembles me so closely. His apology for a voluptuary's life is fantastically good -- as in the passage where he says that people only see in us the contemptible skirt-fever which rules our actions but completely miss the beautyhunger underlying it. To be so struck by a face sometimes that one wants to devour it feature by feature. Even making love to the body beneath it gives no surcease, no rest. What is to be done with people like us?' He sighs and abruptly begins to talk about Alexandria in the old days. He speaks with a new resignation and gentleness about those far-off days across which he sees himself moving so serenely, so effortlessly as a youth and a young man. `I have never got to the bottom of my father. His view of things was mordant, and yet it is possible this his ironies concealed a wounded spirit. One is not an ordinary man if one can say things so pointed that they engage the attention and memory of others. As once in speaking of marriage he said "In marriage they legitimized despair," and "Every kiss is the conquest of a repulsion." He struck me as having a coherent view of life but madness intervened and all I have to go on is the memory of a few incidents and sayings. I wish I could leave behind as much.' I lie awake in the narrow wooden bunk for a while thinking

50 over what he has been saying: all is darkness now and silence save

ña de madera, en cuya galería se han sentado los cargadores que nos esperan. La oscuridad se ha acentuado bruscamente, y en las voces de los boteros resuenan inflexiones secas, chispeantes y alegres. Los cargadores son seres primitivos que vagabundean de isla en isla lanzando gritos salvajes, la galabeah atada por arriba de la cintura como si fuesen insensibles al frío. Se los ve moverse en la penumbra, grandes y negros, como tallados en la oscuridad. Nos ayudan a subir uno por uno hasta la galería, y luego se marchan en sus barcas de fondo plano para instalar los señuelos, mientras entramos en la habitación interna donde ya se han encendido las lámparas de petróleo. Llega de la cocina : el perfume estimulante de la comida, que olemos apreciativamente a tiempo que nos despojamos de escopetas, bandoleras y botas. Los deportistas se entregan luego al tric--trac, al chaquete y a las charlas de cazadores, la conversación' masculina más fascinante y absorbente del mundo. Ralli unta sus remendadas botas con grasa de cerdo. El guiso es excelente, y el vino tinto nos ha puesto a todos de buen humor. Hacia las nueve, todos estamos dispuestos a dormir. Nessim va y viene en la oscuridad, dando las últimas instrucciones a los cargadores y preparando el viejo reloj herrumbrado para que nos despierte a las tres de la madrugada. El único que no parece dispuesto a dormir es Capodistria. Sigue allí sentado, sumido en sus reflexiones, mientras paladea el vino y fuma un cigarro. Hablamos todavía un rato de cosas sin importancia, hasta que de pronto Capodistria empieza a criticar el tercer volumen de la obra de Pursewarden, que acaba de aparecer en las librerías. --Lo que más me asombra --dice--, es que presenta una serie de problemas espirituales como si fueran la cosa mas corriente, y los ilustra por medio de sus personajes. He esta do reflexionando sobre Parr, el personaje sensualista. ¡Cómo se me parece! Su panegírico de la vida voluptuosa es extraordinario, como en ese pasaje donde dice que la gente sólo ve en nosotros al mujeriego despreciable que rige nuestros actos, pero ignora la sed de belleza que corre por debajo. El sentirse como fulminado por un rostro que quisiéramos devorar rasgo por rasgo. Ni siquiera hacer el amor con el cuerpo que prolonga hacia abajo ese rostro nos da respiro o descanso. ¿Qué se puede hacer con seres como nosotros? Suspira, y bruscamente se pone a hablar de la Alejandría de otros tiempos. Se refiere ahora en tono de resignación y bondad a esos lejanos días en los que se ve a sí mismo viviendo con la serenidad y la soltura de un joven. --Nunca conocí íntimamente a mi padre. Su espíritu era mordaz, pero quizá esa ironía disimulaba las heridas de su alma. Cuando se es capaz de decir cosas tan agudas que fuerzan la atención y el recuerdo ajenos, no se es un hombre vulgar. Una vez, hablando del matrimonio, dijo: «Con la institución del matrimonio se ha legitimizado la desesperanza.» Y esto: «Cada beso es la conquista de una repulsión.» Su concepción de la vida me parecía muy coherente, pero después se volvió loco y todo lo que queda de él son unas pocas anécdotas, algunas palabras. Ojalá yo pudiera dejar tanto como él. Me quedo un rato despierto en la estrecha tarima de madera, pensando en lo que ha dicho Capodistria. Todo es oscuridad y silencio, salvo la voz baja y rápida de Nessim que habla en la galería con los cargadores. No alcanzo a entender sus palabras. Capodistria permanece unos instantes más en la oscuridad, terminando su cigarro, y después trepa pesadamente a la tarima del lado de la ventana. A juzgar por los ronquidos de Ralli, los otros ya están durmiendo. Mi temor ha cedido una vez más a la resignación; al borde del sueño, pienso todavía un instante en Justine antes de que su recuerdo se deslice en un limbo poblado solamente por lejanas voces soñolientas y el chapoteo quejumbroso de las aguas del gran lago. Reina completa oscuridad cuando la mano de Nessim me sacude suavemente por los hombros. El reloj despertador ha fallado, pero la habitación ya está llena de siluetas que se desperezan, bostezan y bajan de las tarimas. Los cargadores, que han dormido acurrucados como perros en la galería exterior, sé apresuran a encender las lámparas de petróleo, a cuya luz espectral tomamos un frugal desayuno de café y emparedados. Bajo hasta el embarcadero y me lavo la

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for the low rapid voice of Nessim on the balcony outside talking to the loaders. I cannot catch the words. Capodistria sits for a while in the darkness to finish his cheroot before climbing heavily into the bunk under the window. The others are already asleep to 55 judge by the heavy snoring of Ralli. My fear has given place to resignation once more; now at the borders of sleep I think of Justine again for a moment before letting the memory of her slide into the limbo which is peopled now only with far-away sleepy voices and the rushing sighing waters of the great lake.

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It is pitch-dark when I awake at the touch of Nessim's gentle hand shaking my shoulder. The alarm clock has failed us. But the room is full of stretching yawning figures climbing from their bunks. The loaders have been curled up asleep like sheep-dogs on 65 the balcony outside. They busy themselves in lighting the paraffin lamps whose unearthly glare is to light our desultory breakfast of coffee and sandwiches. I go down the landing stage and wash

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tr. de Aurora Bernárdez

my face in the icy lake water. Utter blackness all around. Everyone speaks in low voices, as if weighed down by the weight of the darkness. Snatches of wind make the little lodge tremble, built as it is on frail wooden stilts over the water.

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cara en el agua helada del lago. En torno de nosotros se cierne la oscuridad mas completa. Todo el mundo habla en voz baja, como si se sintiera el agobio de esas tinieblas. Las ráfagas de viento hacen temblar la cabaña, construida sobre frágiles pilotes. Cada uno de nosotros dispone de una barca y un auxiliar para cargar las armas. --Faraj irá con usted --me dice Nessim--. Es el más experimentado y digno de confianza de todos. Le doy las gracias, y miro ese rostro bárbaro y negro debajo del turbante sucio, un rostro serio, inexpresivo. Faraj toma mis escopetas y mi equipo y se dirige en silencio hacia la barca negra. Despidiéndome con un susurro, me embarco a mi vez. Faraj da un golpe de remo para entrar en el canal, y súbitamente penetramos en el corazón de un diamante negro. El agua está cuajada de estrellas, Orión muy baja, Capella emitiendo regueros de chispas. Durante largo rato nos deslizamos sobre ese diamantino tapiz de estrellas en el más absoluto silencio, roto tan sólo por la succión del lodo en la pértiga. Viramos luego bruscamente para entrar en un canal más ancho, una franja de pequeñas olas viene a chapotear en nuestra proa, y las ráfagas de viento traen gusto de sal del mar invisible. En el aire hay ya una sospecha de alborada mientras surcamos la oscuridad de este mundo perdido. Al acercarnos a un paraje más abierto se ve el imperceptible dibujo de las islas como una barba de juncos y cañas brotando del agua. Y ya nos llega de todas partes a la vez la múltiple algarabía de los patos y el agudo chillido de las gaviotas que vuelan hacia el mar. Faraj gruñe y orienta la barca hacia la isla más próxima. Tendiendo las manos en la oscuridad, alcanzo a aferrar el borde helado del tonel más cercano, en el que me introduzco trabajosamente. El puesto consiste en dos barriles atados uno contra el otro y envueltos en altos juncos para disimularlos. El cargador mantiene quieta la barca mientras lo libero de todos mis avíos. Ahora lo único que queda es esperar el alba, que empieza a alzarse lentamente en alguna parte y se abre camino en esas tinieblas inanes. El frío muerde cruelmente, y ni siquiera mi grueso abrigo me protege lo suficiente. He dicho a Faraj que me ocuparé yo mismo de cargar las armas, pues no quiero que tenga la escopeta de repuesto y los cartuchos en el otro barril. No puedo dejar de sentirme avergonzado mientras le hablo, pero mis nervios se tranquilizan. Faraj asiente con un gesto de su cara inexpresiva y va a meterse con la barca en el cañaveral contiguo, camuflado como un espantapájaro. Nos quedamos a la espera, mirando hacia la parte más alejada del lago; el tiempo dura siglos. De pronto, en el extremo del largo corredor, mi visión se ahonda en algo que empieza a separarse con un pálido estremecimiento: una lista de un amarillo de ranúnculo se va espesando gradualmente hasta convertirse en un rayo que va cayendo despacio a través de las espesas masas de nubes acumuladas en oriente-- A nuestro alrededor crecen el vaivén y la agitación de las colonias de pájaros. Con lentitud, con dificultad, como una puerta que se entreabre, el amanecer se cierne sobre nosotros mientras las tinieblas se repliegan. Un instante más, y como una escalinata de delicados botones de oro desciende suavemente del cielo para tocar el horizonte, y orientar los ojos y los espíritus perdidos en un espacio informe. Faraj bosteza ruidosamente y se rasca. Un rosa intenso, un oro viejo cálido. Las nubes viran al verde y al amarillo. El lago empieza a despertar. Las negras siluetas de las cercetas cortan mi campo visual hacia el este. --Ya es la hora --murmura Faraj, pero mi reloj pulsera me dice que todavía debemos esperar cinco minutos. Tengo los huesos empapados de oscuridad. El suspenso y la inercia luchan por la posesión de mi adormilada inteligencia. Se ha convenido en que la cacería no empezará antes de las cuatro y media. Cargo despacio la escopeta y coloco la bandolera sobre el barril contiguo, al alcance de la mano. --Ya es la hora --repite Faraj, en tono más apremiante. Muy cerca se oye un chapoteo y la fuga precipitada de algunos pájaros escondidos. Una pareja de negretas invisibles parece inmovilizada, perpleja, en el centro

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We a r e e a c h a l l o t t e d a p u n t a n d a g u n - b e a r e r . ` Yo u ' l l t a k e F a r a j ' s a y s N e s s i m . ` H e 's t h e m o s t experienced and reliable of them.' I thank him. A black barbaric face under a soiled white turban, unsmiling, 10 s p i r i t l e s s . H e t a k e s m y e q u i p m e n t a n d t u r n s silently to the dark punt. With a whispered farewell I climb in and seat myself. With a lithe swing of the pole Faraj drives us out into the channel and suddenly we are scoring across the heart of a black diamond. The water is full of stars, Orion down, Capella tossing out its 15 brilliant sparks. For a long while now we crawl upon this diamondpointed star-floor in silence save for the suck and lisp of the pole in the mud. Then we turn abruptly into a wider channel to hear a string of wavelets pattering against our prow while draughts of wind fetch up from the invisible sea-line tasting of salt.

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Premonitions of the dawn are already in the air as we cross the darkness of this lost world. Now the approaches to the empty water ahead are shivered by the faintest etching of islands, sprouts of beard, reeds and sedge. And on all sides now comes the rich 25 plural chuckle of duck and the shrill pinched note of the gulls to the seaboard. Faraj grunts and turns the punt towards a nearby island. Reaching out upon the darkness my hands grasp the icy rim of the nearest barrel into which I laboriously climb. The butts consist merely of a couple of dry wood-slatted barrels tied together 30 and festooned with tall reeds to make them invisible. The loader holds the punt steady while I disembarrass him of my gear. There is nothing to do now but to sit and wait for the dawn which is rising slowly somewhere, to be born from this black expressionless darkness.

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It is bitterly cold now and even my heavy greatcoat seems to offer inadequate protection. I have told Faraj that I will do my own loading as I do not want him handling my spare gun and cartridges in the next barrel. I must confess to a feeling of shame 40 as I do so, but it sets my nerves at rest. He nods with an expressionless face and stands off with the punt in the next cluster of reeds, camouflaged like a scarecrow. We wait now with our faces turned towards the distant reaches of the lake -- it seems for centuries.

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Suddenly at the end of the great couloir my vision is sharpened by a pale disjunctive shudder as a bar of buttercupyellow thickening gradually to a ray falls slowly through the dark masses of cloud to the east. The ripple and flurry of the i n v i s i b l e c o l o n i e s o f b i r d s a r o u n d u s i n c r e a s e s . S l o w l y, painfully, like a half-open door the dawn is upon us, forcing back the darkness. A minute more and a stairway of soft kingcups slides smoothly down out of heaven to touch in our horizons, to give eye and mind an orientation in space which it has been lacking. Faraj yawns heavily and scratches himself. Now rose-madder and warm burnt gold. Clouds move to green and yellow. The lake has begun to shake off its sleep. I see the black silhouette of teal cross my vision eastward. `It is time' murmurs Faraj; but the minute hand of my wrist watch shows that we still have five minutes to go. My bones feel as if they have been soaked in the darkness. I feel suspense and inertia struggling for possession of my sleepy mind. By agreement there is to be no shooting before four-thirty. I load slowly and dispose my bandolier across the butt next me within easy reach. `It is time' says Faraj more urgently. Nearby there is a plop and a scamper of some hidden birds. Out of sight a couple of coot squat in the middle of the lake pondering. I am about to say

Durrell's Justine

tr. de Aurora Bernárdez

something when the first chapter of guns opens from the south -- like the distant click of cricket-balls. Now solitaries begin to pass, one, two, three. The light

5 grows and waxes, turning now from red to green. The clouds

del lago. Estoy a punto de decir algo cuando desde el sur me llegan las primeras descargas, como un chasquido lejano de pelotas de cricket. Empiezan a pasar algunas aves solitarias, una, dos, tres. La luz aumenta y va virando del rojo al verde. Las nubes han comenzado a moverse, dejando en descubierto las enor mes cavidades del cielo. Van desnudando la mañana como quien pela un fruto. Cuatro bandadas de patos se forman como puntas de flechas y se alzan a doscientas yardas. Cruzan sobre, mí en el ángulo más indicado, y pruebo a abrir el fuego con el cañón derecho, para tener una idea de la distancia. Como de costumbre, vuelan más alto y más rápido de lo que parece. Los minutos van pasando como latidos del corazón. Se oyen otras escopetas más cercanas, y todo el lago está ya alerta. Los patos pasan ahora en grupos cada vez más frecuentes --tres, cinco, nueve--, volando al ras y a gran velocidad. Sus alas zumban mientras ascienden hacia el cielo con los cuellos tendidos. Mucho más arriba viajan las bandadas de ánsares, agrupados como escuadrillas a contraluz, volando lenta y suavemente. Las descargas conmueven los aires y los acosan al pasar, haciéndolos derivar en una lenta curva hacia el mar abierto. Aún más arriba, y lejos del alcance de las municiones, vuelan las hileras de patos silvestres, y sus plañideros graznidos resuenan claramente sobre las aguas ya asoleadas del lago. Casi no hay tiempo para pensar, porque las cercetas y los ánades silban como dardos sobre mi cabeza; empiezo a tirar lenta y metódicamente. La caza es tan abundante que con frecuencia resulta difícil elegir el blanco en el brevísimo instante en que se ofrece a la mira del arma. Una que otra vez me sorprendo tirando al azar en medio de una bandada. Todo pájaro alcanzado de lleno da una especie de brinco, gira sobre sí mismo, queda un instante suspendido, y luego cae graciosamente como un pañuelo de la mano de una dama. Los juncos se cierran sobre sus cuerpos pardos, pero el incansable Faraj está ya entregado como loco a la tarea de buscar las presas. Algunas veces se tira al agua con su galabeah levantado hasta el estómago. La cara le brilla de excitación, y de cuando en cuando suelta un alarido estridente. Las aves acuden ahora de todas partes, en todos los ángulos y a todas las velocidades posibles. Las escopetas ladran, su estruendo se confunde en el oído mientras acosan a los pájaros en todas direcciones, haciéndolos ir y venir sobre el lago. Ciertas bandadas, aunque todavía ágiles, están manifiestamente agotadas y han sufrido severas pérdidas; algunas aves solitarias parecen haberse vuelto locas de terror. Un ánade muy joven y tonto se posa un instante sobre la barca, casi al alcance de las manos de Faraj; de pronto adivina el peligro y huye dejando un reguero de espuma. Dentro de mis modestas posibilidades no hago tan mal el papel aunque la excitación me impide dominarme y tirar con la deliberación necesaria. El sol ya está bastante alto, y las nieblas nocturnas se han disipado por completo. Dentro de una hora mis pesadas ropas me harán sudar. Los rayos solares brillan sobre las aguas del lago, donde las aves siguen huyendo. Las barcas estarán ya repletas de los cadáveres mojados de las víctimas, la sangre correrá por los picos rotos y manchará las tablas, las maravillosas plumas marchitadas por la muerte. Aprovecho lo mejor posible las municiones que me quedan, pero a las ocho y cuarto he disparado ya el último cartucho. Faraj sigue entregado a su labor, buscando afanosa mente, con la obstinación de un perro de caza, los pájaros que puedan haber quedado metidos entre los juncos. Enciendo un cigarrillo, y por primera vez me siento libre de la sombra de presagios y premoniciones; libre de respirar, de pensar por mí mismo una vez más. Es extraordinario cómo la perspectiva de la muerte se cierra sobre el libre ejercicio de la inteligencia como una cortina de acero, separándola del futuro, que sólo se alimenta de esperanzas y deseos. Toco mi barba naciente, y pienso con nostalgia en un baño caliente y un buen desayuno. Faraj continúa buscando empeñosamente entre los cañaverales. El tiroteo va raleando, y en algunos sectores ha cesado por completo. Pienso con un dolor sordo en Justine, perdida en alguna parte, del otro lado del agua asoleada. No me preocupa demasiado su seguridad, pues ha llevado como cargador a

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themselves are moving to reveal enormous cavities of sky. They peel the morning like a fruit. Four separate arrowheads of duck rise and form two hundred yards away. They cross me trimly at an angle and I open up with a tentative right barrel for distance. 10 As usual they are faster and higher than they seem. The minutes are ticking away in the heart. Guns open up nearer to hand, and by now the lake is in a general state of alert. The duck are coming fairly frequently now in groups, three, five, nine: very low and fast. Their wings purr, as they feather the sky, their 15 necks reach. Higher again in mid-heaven there travel the clear formations of mallard, grouped like aircraft against the light, ploughing a soft slow flight. The guns squash the air and harry them as they pass, moving with a slow curling bias towards the open sea. Even higher and quite out of reach come chains of 20 wild geese, their plaintive honking sounding clearly across the now sunny waters of Mareotis. There is hardly time to think now: for teal and wigeon like flung darts whistle over me and I begin to shoot slowly and 25 methodically. Targets are so plentiful that it is often difficult to choose one in the split second during which it presents itself to the gun. Once or twice I catch myself taking a snap shot into a formation. If hit squarely a bird staggers and spins, pauses for a moment, and then sinks gracefully like a handkerchief from 30 a lady's hand. Reeds close over the brown bodies, but now the tireless Faraj is out poling about like mad to retrieve the birds. At times he leaps into the water with his GALABEAH tucked up to his midriff. His features blaze with excitement. From time to time he gives a shrill whoop.

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T h e y a r e c o m i n g i n f r o m e v e r y w h e r e n o w, a t e v e r y conceivable angle and every speed. The guns bark and jumble in one's ears as they drive the birds backwards and forwards across the lake. Some of the flights though nimble are obviously war40 weary after heavy losses; other solitaries seem quite out of their minds with panic. One young and silly duck settles for a moment by the punt, almost within reach of Faraj's hands, before it suddenly sees danger and spurts off in a slither of foam. In a modest way I am not doing too badly though in all the excitement 45 it is hard to control oneself and to shoot deliberately. The sun is fairly up now and the damps of the night have been dispersed. In an hour I shall be sweating again in these heavy clothes. The sun shines on the ruffled waters of Mareotis where the birds still fly. The punts by now will be full of the sodden bodies of the 50 victims, red blood running from the shattered beaks on to the floor-boards, marvellous feathers dulled by death. I eke out my remaining ammunition as best I can but already by quarter past eight I have fired the last cartridge; Faraj is still 55 at work painstakingly tracking down stragglers among the reeds with the single-mindedness of a retriever. I light a cigarette, and for the first time feel free from the shadow of omens and premonitions -- free to breathe, to compose my mind once more. It is extraordinary how the prospect of death closes down upon 60 the free play of the mind, like a steel shutter, cutting off the future which alone is nourished by hopes and wishes. I feel the stubble on my unshaven chin and think longingly of a hot bath and a warm breakfast. Faraj is still tirelessly scouting the islands of sedge. The guns have slackened, and in some quarters of the 65 lake are already silent. I think with a dull ache of Justine, somewhere out there across the sunny water. I have no great fear for her safety for she has taken as her own gun-bearer my faithful

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servant Hamid. I feel all at once gay and light-hearted as I shout to Faraj to cease his explorations and bring back the punt. He does so 5 reluctantly and at last we set off across the lake, back through the channels and corridors of reed towards the lodge. `Eight brace no good' says Faraj, thinking of the large professional bags we will have to face when Ralli and Capodistria 10 r e t u r n . ` F o r m e i t i s v e r y g o o d ' I s a y. ` I a m a r o t t e n s h o t . N e v e r d o n e a s w e l l . ' We enter the thickly sown channels of water which border the lake like miniature canals. At the end, against the light, I catch sight of another punt

15 moving towards us which gradually defines itself into the familiar

mi fiel sirviente Hamid. Me invade de pronto una liviana alegría, y grito a Faraj que cese la búsqueda y regrese con la barca. Obedece sin ganas, y por fin empezamos a cruzar el lago a través de los canales y corredores de juncos , en dirección de la cabaña. --Ocho yuntas... poco dice Faraj, pensando en las bolsas repletas que encontraremos cuando regresen Ralli y Capodistria. --Para mí es suficiente --le digo--. Soy un pésimo tirador. Nunca he cazado tanto como hoy. Entramos en la maraña de pequeños canales que bordean el lago como una red. Allá lejos, contra la luz, distingo una barca que avanza hacia nosotros, y en la que termino por reconocer la silueta familiar de Nessim. Lleva su viejo gorro de piel de topo, con las orejeras recogidas y abotonadas en lo alto. Le hago señas, pero no me contesta. Está sentado en la proa, pensativo, sujetándose las rodillas con las manos. --¿Cómo le ha ido, Nessim? --grito--. Yo cacé ocho yuntas y perdí uno. Las barcas están muy cerca una de otra, pues llegamos a la boca del último canal que conduce a la cabaña. Nessim espera que sólo nos separen unos metros para decirme con extraña serenidad: --¿Se ha enterado ya? Un accidente. Capodistria... Mi corazón se contrae. --¿Capodistria? --tartamudeo. Nessim conserva la extraña serenidad de quien descansa después de un enorme derroche de energía. --Ha muerto dice, y oigo el rugido del hidrodeslizador, del otro lado de los cañaverales. Nessim asiente en dirección del sonido, y agrega con la misma voz tranquila: --Lo llevan de vuelta a Alejandría. Se me ocurren mil lugares comunes, mil preguntas convencionales, pero por largo rato soy incapaz de articular una palabra. En la galería, los otros cazadores se han reunido con un aire turbado y casi vergonzoso; dan la impresión de un grupo de colegiales desaprensivos cuyas tontas travesuras han acarreado la muerte de un compañero. En el aire queda todavía el espeso cono de sonido del hidrodeslizador. A cierta distancia se oyen gritos y el motor de los autos que arrancan. Los cuerpos amontonados de los patos, que en otras circunstancias habrían provocado animados comentarios, llenan los rincones de la cabaña con un aire anacrónico y absurdo. Parecería que la muerte es una cuestión relativa. Sólo estábamos preparados para aceptar una parte de ella cuando penetramos con nuestras armas en el lago tenebroso. La muerte de Capodistria cuelga en el aire tranquilo como un mal olor, como una broma pesada. Ralli era el encargado de ir a buscarlo, y fue quien encontró el cuerpo boca abajo en las aguas poco profundas, con el parche negro flotando a su lado. No cabía la menor duda de que había sido un accidente. El cargador de Capodistria es un viejo flaco como un cormorán, que está ahora en la galería, encorvado sobre un plato de guisantes. Le es imposible dar una versión coherente de lo sucedido. Es oriundo del Alto Egipto, y tiene el aire, entre loco y cansado, de uno de los padres del desierto. Ralli está muy nervioso, y bebe grandes tragos de coñac. Repite su historia por séptima vez, simplemente porque necesita hablar para calmar sus nervios. El cuerpo no podía haber estado mucho tiempo en el agua,. y sin embargo la piel parecía la de las manos de una lavandera. Cuando lo alzaron para meterlo en el hidrodeslizador, la dentadura se le escapó de la boca y golpeó en las tablas del fondo, asustando a todo el mundo. Ese incidente parece haber impresionado a Ralli. De golpe me invade una gran fatiga, y empiezan a temblarme las rodillas. Me apodero de un jarro de café hirviente, y después de sacarme las botas, me tiendo en la tarima más cercana. Ralli sigue hablando con ensordecedora persistencia, y su mano libre dibuja formas ex107

figure of Nessim. He is wearing his old moleskin cap with the earflaps up and tied over the top. I wave but he does not respond. He sits abstractedly in the prow of the punt with his hands clasped about his knees. `Nessim' I shout. `How did you do? I got eight 20 brace and one lost.' The boats are nearly abreast now, for we are heading towards the mouth of the last canal which leads to the lodge. Nessim waits until we are within a few yards of each other before he says with a curious serenity, `Did you hear? There's been an accident. Capodistria ...' and all of a sudden my heart contracts 25 in my body. `Capodistria?' I stammer. Nessim still has the curious impish serenity of someone resting after a great expenditure of energy. `He's dead' he says, and I hear the sudden roar of the hydroplane engines starting up behind the wall of reeds. He nods towards the sound and adds in the same still voice: `They are taking 30 him back to Alexandria.' A thousand conventional commonplaces, a thousand conventional questions spring to my mind, but for a long time I can say nothing.

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On the balcony the others have assembled uneasily, almost shamefacedly; they are like a group of thoughtless schoolboys for whom some silly prank has ended in the death of one of their fellows. The furry cone of noise from the hydroplane still coats 40 the air. In the middle distance one can hear shouts and the noise of car-engines starting up. The piled bodies of the duck, which would normally be subject matter for gloating commentaries, he about the lodge with anachronistic absurdity. It appears that death is a relative question. We had only been prepared to accept a certain 45 share of it when we entered the dark lake with our weapons. The death of Capodistria hangs in the still air like a bad smell, like a bad joke. Ralli had been sent to get him and had found the body lying

50 face down in the shallow waters of the lake with the black eye-

patch floating near him. It was clearly an accident. Capodistria's loader was an elderly man, thin as a cormorant, who sits now hunched over a mess of beans on the balcony. He cannot give a coherent account of the business. He is from Upper Egypt and 55 has the weary half-crazed expression of a desert father. Ralli is extremely nervous and is drinking copious draughts of brandy. He retells his story for the seventh time, simply because he must talk in order to quieten his nerves. The body could not 60 have been long in the water, yet the skin was like the skin of a washerwoman's hands. When they lifted it to get it into the hydroplane the false teeth slipped out of the mouth and crashed on to the floor-boards frightening them all. This incident seems to have made a great impression on him. I suddenly feel overcome 65 with fatigue and my knees start to tremble. I take a mug of hot coffee and, kicking off my boots, crawl into the nearest bunk with it. Ralli is still talking with deafening persistence, his free hand

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coaxing the air into expressive shapes. The others watch him with a vague and dispirited curiosity, each plunged in his own reflections. Capodistria's loader is still eating noisily like a famished animal, blinking in the sunlight. Presently a punt comes 5 into view with three policemen perched precariously in it. Nessim watches their antics with an imperturbability flavoured ever so slightly with satisfaction; it is as if he were smiling to himself. The clatter of boots and musket-butts on the wooden steps, and up they come to take down our depositions in their note-books. They 10 bring with them a grave air of suspicion which hovers over us all. One of them carefully manacles Capodistria's loader before helping him into the punt. The servant puts out his wrists for the iron cuffs with a bland uncomprehending air such as one sees on the faces of old apes when called upon to perform a human action 15 which they have learned but not understood. It is nearly one o'clock before the police have finished their business. The parties will all have ebbed back from the lake by now to the city where the news of Capodistria's death will be 20 waiting for them. But this is not to be all. One by one we straggle ashore with our gear. The cars are waiting for us, and now begins a long chaffering session with the loaders and boatmen who must be paid off; guns are broken up and the bag distributed; in all this incoherence I see my servant Hamid advancing timidly through the crowd with his good eye screwed up against the sunlight. I think he must be looking for me but no: he goes up to Nessim and hands him a small blue envelope. I want to describe this exactly. Nessim takes it absently with his left hand while his right is reaching into the car to place a box of cartridges in the glove-box. He examines the superscription once thoughtlessly and then once more with marked attention. Then keeping his eyes on Hamid's face he takes a deep breath and opens the envelope to read whatever is written on the half sheet of note-paper. For a minute he studies it and then replaces the letter in the envelope. He looks about him with a sudden change of expression, as if he suddenly felt sick and was looking about for a place where he might be so. He makes his way through the crowd and putting his head against a corner of mud wall utters a short panting sob, as of a runner out of breath. Then he turns back to the car, completely controlled and dry-eyed, to complete his packing. This brief incident goes completely unremarked by the rest of his guests.

presivas en el aire. Los otros lo observan con una vaga curiosidad desanimada, perdido cada uno en sus propias reflexiones. El cargador de Capodistria sigue comiendo ruidosamente como un animal hambriento, parpadeando a la luz del sol. No tarda en aparecer una barca con tres agentes de policía que luchan por mantener el equilibrio. Nessim observa sus evoluciones con una imperturbabilidad en la que hay un ligero matiz de satisfacción, como si sonriera para sí. Resuenan las botas y las culatas de los fusiles en los peldaños de madera; los policías empiezan a anotar nuestras declaraciones en sus libretas. Traen consigo un aire de grave sospecha que se cierne sobre todos nosotros. Uno de ellos se ocupa de esposar al cargador de Capodistria, antes de ayudarlo a subir a la barca. El criado ofrece sus puños a las esposas de acero con la blanda incomprensión que se advierte en las caras de los monos viejos cuando se les obliga a realizar actos humanos que han aprendido pero que no comprenden. Es casi la una antes de que la policía haya terminado su tarea. Los otros dos grupos habrán regresado hace rato a la c i u d a d , d o n d e s e h a b r á n e n c o n t r a d o c o n l a n o t i c i a d e l a m u e rte de Capodistria. Pero eso no es todo. Uno tras otro vamos pasando a la orilla con nuestros equipos. Los autos nos esperan, y empieza un largo regateo con los cargadores y los boteros a quienes hay que pagar. Se devuelven las escopetas y se distribuyen las presas, y en medio de toda esa confusión veo a mi sirviente Hamid que avanza tímidamente a través de la muchedumbre, con su único ojo clavado en la luz del sol. Se me ocurre que me «está buscando, pero no es así: se acerca a Nessim y le entrega un pequeño sobre azul. Quiero describir esta escena con toda exactitud. Nessim toma el sobre distraídamente con la mano izquierda, mientras la derecha coloca una caja de cartuchos en el depósito de los guantes. Mira la escritura del sobre con aire ausente, y luego vuelve a mirarla con más atención. Entonces, con los ojos fijos en el rostro de Hamid, respira hondo y abre el sobre para leer el mensaje. Lo examina durante un minuto y vuelve a meterlo en el sobre. Mira en torno con un brusco cambio de expresión, como si le hubiera acometido una náusea y buscara con los ojos un rincón donde vomitar. Se abre paso entre la gente, apoya la cabeza en el ángulo de una tapia de barro, y deja escapar un breve sollozo jadeante, como un corredor agotado. Luego vuelve al automóvil, perfectamente tranquilo y con los ojos secos, para completar los preparativos. El brevísimo incidente pasa inadvertido para el resto de los invitados. Las nubes de polvo nos envuelven a medida que vamos saliendo rumbo a la ciudad; la salvaje banda de boteros grita y nos saluda con las manos, riendo con las bocas abiertas como tajadas de sandía llenas de trocitos de oro y marfil. Hamid abre la portezuela del auto y trepa como un mono. --¿Qué pasa? --pregunto. Retorciendo sus pequeñas manos con un gesto de súplica en una actitud que significa: «No eches la culpa a, portador de malas noticias», me contesta con voz velada y conciliatoria: --Amo, la señora se ha ido. Hay una carta para ti en casa. Siento como si la ciudad entera se hubiera desplomado sobre mi cabeza. Llego a pie a mi departamento, andando sin rumbo como deben andar los sobrevivientes de una ciudad después de un terremoto, asombrados de que todo aquello tan familiar haya cambiado. Rue Pirua, Rue de France, la mezquita Terbana (armario con olor de manzana), Rue Sidi Abu El Abbas (helados y café), Anfuchi, Ras El Tin (Cabo de los Higos), Ikingi Mariut (los dos recogiendo flores, yo convencido de que ella no puede amarme), la estatua ecuestre de Mohamed Alí en la plaza... El pequeño y cómico busto del general Earle, muerto en el Sudán en 1885... Un anochecer colmado de golondrinas... Las tumbas en Kom El Shugaffa, oscuridad y suelo húmedo, los dos asustados por las tinieblas... Rue Fuad, la antigua Vía Canópica entre Rue Rosette... Hutchinson alteró todo el sistema de

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Clouds of dust rise now as the cars begin to draw away towards the city; the wild gang of boatmen shout and wave and treat us to carved water-melon smiles studded with gold and ivory. Hamid opens the car door and climbs in like a monkey. ` W h a t i s i t ? ' I s a y, a n d f o l d i n g h i s s m a l l h a n d s 50 a p o l o g e t i c a l l y t o w a r d s m e i n a n a t t i t u d e o f supplication which means `Blame not the bearer of ill tidings' he says in a small conciliatory voice: `Master, the lady has gone. There is a letter for you in the house.'

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It is as if the whole city had crashed about my ears: I walk slowly to the flat, aimlessly as survivors must walk about the streets of their native city after an earthquake, surprised to find how much that had been familiar has changed, Rue Piroua, Rue de France, the Terbana Mosque (cupboard smelling of apples), 60 Rue Sidi Abou El Abbas (water-ices and coffee), Anfouchi, Ras El Tin (Cape of Figs), Ikingi Mariut (gathering wild flowers together, convinced she cannot love me), equestrian statue of Mohammed Ali in the square.... General Earle's comical little bust, killed Sudan 1885.... An evening multitudinous with 65 swallows ... the tombs at Kom El Shugafa, darkness and damp soil, both terrified by the darkness.... Rue Fuad as the old Canopic Way, once Rue Rosette.... Hutchinson disturbed the

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whole water-disposition of the city by cutting the dykes.... The scene in MOEURS where he tries to read her the book he is writing about her. `She sits in the wicker chair with her hands in her lap, as if posing for a portrait, but with a look of ever-growing 5 horror on her face. At last I can stand it no longer, and I throw down the manuscript in the fireplace, crying out: "What are they worth, since you understand nothing, these pages written from a heart pierced to the quick?" ' In my mind's eye I can see Nessim racing up the great staircase to her room to find a distraught 10 Selim contemplating the empty cupboards and a dressing table swept clean as if by a blow from a leopard's paw. In the harbour of Alexandria the sirens whoop and wail. The screws of ships crush and crunch the green oil-coated waters of 15 the inner bar. Idly bending and inclining, effortlessly breathing as if in the rhythm of the earth's own systole and diastole, the yachts turn their spars against the sky. Somewhere in the heart of experience there is an order and a coherence which we might surprise if we were attentive enough, loving enough, or patient 20 enough. Will there be time?

las aguas de la ciudad al cortar los malecones... La escena en Moeurs cuando Arnauti trata de leerle el libro que está escribiendo sobre ella. «Se ha sentado en el sillón de mimbre, con las manos sobre el regazo como si posara para un retrato, pero en su rostro crece por momentos una mirada de horror. Al final no puedo seguir resistiendo, y arrojo el manuscrito a la chimenea, gritando: ¿De qué sirven estas páginas escritas por un corazón traspasado, si no eres capaz de comprender nada?» En mi imaginación veo a Nessim subiendo a toda carrera la gran escalinata, para encontrarse con Selim que contempla azorado los armarios vacíos y una mesa de tocador como barrida por el zarpazo de un leopardo. En el puerto de Alejandría las sirenas aúllan y gimen, las hélices de los barcos remueven y mascan las aguas verdes y aceitosas de los muelles. Balanceándose y danzando ociosa mente, respirando sin esfuerzo como si formasen parte de la sístole y diástole de la misma tierra, los yates proyectan sus mástiles contra el cielo. En alguna parte, en el corazón de la experiencia, hay un orden y una coherencia que llegaríamos a sorprender si fuéramos bastante atentos, bastante amorosos o pacientes. ¿Será todavía tiempo?

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PART IV

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CUARTA PARTE La desaparición de Justine era una novedad a la que había que acostumbrarse. Cambiaba toda la trama de nuestras relaciones. Era como si al irse hubiera aflojado la clave de un arco; entre sus ruinas, por así decirlo, Nessim y yo nos veíamos frente a la tarea de rehacer una relación que Justine había creado y que su ausencia convertía en algo hueco, donde resonaban los ecos de una culpa que en adelante se cerniría sobre nuestro afecto. Cualquiera podía darse cuenta del sufrimiento de Nessim. Su rostro tan expresivo había cobrado un aire macilento, la palidez de un mártir de la iglesia. Viéndolo, recordé vívidamente mis propios sentimientos en mi último encuentro con Melissa, antes de que emprendiera el viaje rumbo a la clínica de Jerusalén donde ya llevaba casi un año. Recordaba la franqueza y la bondad con que me dijo: --Todo ha terminado... No se repetirá nunca más... Por lo menos esta separación. Su voz se volvió ronca y húmeda, desdibujando las aristas de las palabras. En ese momento estaba muy enferma. La lesiones habían vuelto a abrirse. --El tiempo necesario para volver a pensar en nosotros... Si yo pudiera ser Justine... Sé que piensas en ella mientras haces el amor conmigo... No lo niegues... Ya sé, ya sé, querido... Estoy celosa hasta de tu imaginación... Es horrible tener que hacerse reproches, además de todo lo otro... Pero no te preocupes. --Se sonó temblando, y trató de sonreír--. --Me hace tanta falta descansar... Y ahora Nessim se ha enamorado de mí. Posé la mano sobre su boca tan triste. El taxi vibraba indiferente, como alguien que sólo vive de sus nervios. En torno a nosotros caminaban las mujeres de los alejandrinos, elegantes, como fantasmas bien lubricados. El conductor nos observaba por el espejo, con gesto de espía. Quizá pensaba que las emociones de los blancos eran extrañas y excitaban la sensualidad. Nos miraba como se mira a los gatos cuando se acoplan.

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The disappearance of Justine was something new to be borne. It changed the whole pattern of our relationship. It was as if she had removed the keystone to an arch: Nessim and I left among the ruins, so to speak were faced with the task of repairing a 40 relationship which she herself had invented and which her absence now rendered hollow, echoing with a guilt which would, I thought, henceforward always overshadow affection. His suffering was apparent to everyone. That

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p a l l o r o f a c h u r c h m a r t y r. I n s e e i n g h i m t h u s I w a s v i v i d l y reminded of my own feelings during the last meeting with Melissa before she left for the clinic in Jerusalem. The candour and gentleness with which she said: `The whole thing is gone.... It may never come back.... At least this separation.' Her voice grew furry and moist, blurring the edges of the words. At this time she was quite ill. The l e s i o n s h a d o p e n e d a g a i n . ` Ti m e t o r e c o n s i d e r o u r s e l v e s ... . If only I were Justine.... I know you thought of her when y o u m a d e l o v e t o m e . ... D o n 't d e n y i t ... . I k n o w m y darling.... I'm even jealous of your imagination.... Horrible to have self-reproach heaped on top of the other miseries.... Never mind.' She blew her nose shakily and managed a smile. `I need rest so badly.... And now Nessim has fallen in love with me.' I put my hand over her sad m o u t h . T h e t a x i t h r o b b e d o n r e m o r s e l e s s l y, l i k e s o m e o n e living on his nerves. All round us walked the wives of the Alexandrians, smartly turned out, with the air of welllubricated phantoms. The driver watched us in the mirror l i k e a s p y. T h e e m o t i o n s o f w h i t e p e o p l e , h e p e r h a p s w a s thinking, are odd and excite prurience. He watched as one might watch cats making love.

Durrell's Justine

tr. de Aurora Bernárdez

`I shall never forget you.' `Nor I. Write to me.'

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--Nunca te olvidaré. --Tampoco yo. Escríbeme. --Ya sabes que volveré, si quieres. --Por supuesto. Mejórate. Melissa, es necesario que te cures. Te esperaré. Empezaremos una nueva vida. Aquí dentro está todo intacto. Estoy seguro. Las palabras que dicen los amantes en esos momentos están cargadas de emociones que todo lo deforman. Sólo sus silencios tienen la cruel precisión que los devuelve a la ver dad. Nos quedamos callados, con las manos enlazadas. Melissa me abrazó, e hizo señas al conductor para que arrancara. «Con su partida, la ciudad se convirtió para él en algo extraño que consumía sus nervios --escribe Arnauti--. Cada vez que su recuerdo asomaba en alguna esquina familiar, volvía a nacer instantáneamente, llena de vida, superponiéndose a todos los ojos y manos de las calles y las plazas. Antiguas conversaciones brincaban para herirlo de lleno en las mesas de los cafés donde alguna vez se habían sentado, mirándose en los ojos como leopardos. A veces ella se le aparecía algunos pasos adelante, en la callejuela sombría. Se detenía para ajustar la correa de una sandalia, y él llegaba a su lado con el corazón saltándole en el pecho, para encontrarse con otra mujer. Algunas puertas parecían estar esperando su aparición. El se apostaba cerca, y las miraba obstinadamente. Otras veces lo dominaba la irresistible convicción de que ella estaba a punto de llegar en un tren determinado; corría a la estación y se abría paso entre la muchedumbre, como quien vadea un paso. O bien se sentaba en la sofocante sala de espera del aeródromo, pasada medianoche, observando las llegadas y salidas, por si ella estuviera a punto de darle una sorpresa. Era así como dominaba su imaginación y le enseñaba la debilidad de la mera inteligencia, y él arrastraba consigo la conciencia de su pesada compañía, como un niño muerto del que no nos decidimos a separarnos.» La noche que siguió a la partida de Justine hubo una tormenta eléctrica de rara intensidad. Yo había errado durante horas bajo la lluvia, atenaceado no sólo por sentimientos que no era capaz de dominar, sino también por el remordimiento al imaginarme lo que estaría sintiendo Nessim. Confieso que no me animaba a volver a mi departamento vacío, por temor de dejarme arrastrar al camino que Pursewarden había seguido con tanta facilidad y sin la menor premeditación. Cuando llegué por séptima vez a la Rue Fuad, sin chaqueta y sin sombrero bajo la lluvia torrencial, vi luz en la alta ventana de Clea, y obedeciendo a un impulso toqué el timbre. La puerta se abrió con un gemido, y penetré en el edificio silencioso, dejando atrás la negra calle, el golpeteo ensordecedor de la lluvia en las canaletas y el chapotear de las alcantarillas inundadas. Clea me abrió la puerta y le bastó una ojeada para darse cuenta de mi estado. Me hizo entrar, quitarme las ropas empapadas y envolverme en la bata azul. La estufita eléctrica era fina bendición, y Clea se apresuró a preparar café bien caliente. Se había puesto un pijama, y tenía el cabello recogido para acostarse. En el piso había un ejemplar de A Reboujs junto al cenicero donde todavía ardía un cigarrillo. Los relámpagos seguían recortando la ventana, e iluminaban la grave fisonomía de Clea con sus fogonazos de magnesio. Los truenos rodaban y aullaban en los cielos tenebrosos, más allá de la ventana. En la tranquilidad de la habitación me era posible exorcizar en parte mi terrores hablando de Justine. Al parecer, Clea estaba enterada de todo, pues nada puede ocultarse a la curiosidad de los alejandrinos. En realidad sabía todo acerca de Justine. --Ya te habrás dado cuenta -- me dijo en un momento dado-- que

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`I shall always come back if you want.' `Never doubt it. Get well, Melissa, you must get well. I'll wait for you. A new cycle will begin. It is all there inside me, intact. I 10 feel it.' The words that lovers use at such times are charged with distorting emotions. Only their silences have the cruel precision which aligns them to truth. We were silent, holding hands. She 15 embraced me and signalled to the driver to set off. `With her going the city took on an unnerving strangeness for him' writes Arnauti. `Wherever his memory of her turned a familiar corner she recreated herself swiftly, vividly, and superimposed those haunted eyes and hands on the streets and squares. Old conversations leaped up and hit him among the polished table-tops of cafés where once they had sat, gazing like drunkards into each other's eyes. Sometimes she appeared walking a few paces ahead of him in the dark street. She would stop to adjust the strap of a sandal and he would overtake her with beating heart -- only to find it was someone else. Particular doors seemed just about to admit her. He would sit and watch them doggedly. At other times he was suddenly seized by the irresistible conviction that she was about to arrive on a particular train, and he hurried to the station and breasted the crowd of passengers like a man fording a river. Or he might sit in the stuffy waiting-room of the airport after midnight watching the departures and arrivals, in case she were coming back to surprise him. In this way she controlled his imagination and taught him how feeble reason was; and he carried the consciousness of her going heavily about with him -- like a dead baby from which one could not bring oneself to part.'

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The night after Justine went away there was a freak thunderstorm of tremendous intensity. I had been wandering about 40 in the rain for hours, a prey not only to feelings which I could not control but also to remorse for what I imagined Nessim must be feeling. Frankly, I hardly dared to go back to the empty flat, lest I should be tempted along the path Pursewarden had already taken so easily, with so little premeditation. Passing Rue Fuad for the 45 seventh time, coatless and hatless in that blinding downpour, I happened to catch sight of the light in Clea's high window and on an impulse rang the bell. The front door opened with a whine and I stepped into the silence of the building from the dark street with its booming of rain in gutters and the splash of overflowing 50 manholes. She opened the door to me and at a glance took in my condition. I was made to enter, peel off my sodden clothes and put on the blue dressing-gown. The little electric fire was a blessing, and Clea 55 set about making me hot coffee. She was already in pyjamas, her gold hair combed out for the night. A copy of A REBOURS lay face down on the floor beside the ash-tray with the smouldering cigarette in it. Lightning kept 60 flashing fitfully at the window, lighting up her grave face with its magnesium flashes. Thunder rolled and writhed in the dark heavens outside the window. In this calm it was possible partly to exorcise my terrors by speaking of Justine. It appeared she knew all -- nothing can be hidden from the curiosity of the Alexandrians. She 65 knew all about Justine, that is to say. `You will have guessed' said Clea in the middle of all this

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`that Justine was the woman I told you once I loved so much.' This cost her a good deal to say. She was standing with a coffee cup in one hand, clad in her blue-striped pyjamas by 5 the door. She closed her eyes as she spoke, as if she were expecting a blow to fall upon the crown of her head. Out of the closed eyes came two tears which ran slowly down on each side of her nose. She looked like a young stag with a broken ankle. `Ah! let us not speak of her any more' she said at last in a whisper. 10 `She will never come back.' Later I made some attempt to leave but the storm was still at its height and my clothes still impossibly sodden. `You can stay here' said Clea `with me'; and she added with a gentleness which brought 15 a lump into my throat, `But please -- I don't know how to say this -- please don't make love to me.' We lay together in that narrow bed talking of Justine while the storm blew itself out, scourging the window-panes of the flat with driven rain from the seafront. She was calm now with a sort of resignation which had a moving eloquence about it. She told me many things about Justine's past which only she knew; and she spoke of her with a wonder and tenderness such as people might use in talking of a beloved yet infuriating queen. Speaking of Arnauti's ventures into psycho-analysis she said with amusement: `She was not really clever, you know, but she had the cunning of a wild animal at bay. I'm not sure she really understood the object of these investigations. Yet though she was evasive with the doctors she was perfectly frank with her friends. All that correspondence about the words "Washington D.C.", for example, which they worked so hard on -- remember? One night while we were lying here together I asked her to give me her free associations from the phrase. Of course she trusted my discretion absolutely. She replied unerringly (it was clear she had already worked it out though she would not tell Arnauti): `There is a town near Washington called Alexandria. My father always talked of going to visit some distant relations there. They had a daughter called Justine who was exactly my age. She went mad and was put away. She had been raped by a man.' I then asked her about D.C. and she said, "Da Capo. Capodistria".'

ella era la mujer de quien te dije una vez que estuve tan enamorada. Le costó un gran esfuerzo pronunciar esas palabras. Estaba de pie junto a la puerta, con una taza de café en la mano, con su pijama azul a rayas. Cerró los ojos para hablar, como si esperara que la golpearan en la cabeza. D e s u s c e r r a d o s p á r p a d o s s e d e s lizaron las lágrimas, resbalando suavemente a los lados de la nariz. Me hizo pensar en un cervatillo con una pata rota._ _ _ _ _ _ __ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ ___ Un rato después hablé de marcharme, pero la tormenta seguía en toda su furia y mis ropas estaban tan empapadas como al comienzo. --Te puedes quedar aquí conmigo --dijo Clea. Y con una dulzura que me apretó la garganta, agregó: --Pero, por favor... no sé cómo decírtelo... por favor no trates de tocarme. Nos acostamos juntos en el angosto lecho, hablando de Justine mientras la tormenta agotaba sus fuerzas descargando contra la ventana un diluvio que venía de la costa. Clea se había calmado, y mostraba una resignación de una elocuencia emocionante. Me contó muchas cosas del pasado de Justine que era la única en conocer y hablaba de ella con admiración y ternura, como se habla de una reina adorada y exasperante a la vez. Refiriéndose a las tentativas de Arnauti en el terreno del psicoanálisis, me dijo como si la divirtiera: --Justine no era realmente inteligente, sabes, pero tenía la astucia de un animal acorralado. No estoy segura de que comprendiera demasiado el objeto de aquellas investigaciones. Pero aunque se mostraba evasiva con los médicos, era muy franca con los amigos. Por ejemplo, toda esa correspondencia acerca de las palabras «Washington D. C.», que tanto les preocupaba, ¿te acuerdas? Una noche en que estábamos aquí acostadas, le pedí que hiciese asociaciones libres a partir de esas palabras. Es innecesario decir que Justine tenía absoluta confianza en mi discreción. Sin vacilar (era evidente que había estado pensando en eso, aunque no había dicho nada a Arnauti) me contestó: «--Cerca de Washington hay una ciudad que se llama Alejandría. Mi padre hablaba siempre de ir a visitar a unos parientes que vivían allí. Tenían una hija, llamada Justine, de la misma edad que yo. Se volvió loca y la encerarron. Un hombre la había violado. «Le pregunté entonces por `D. C.', y contestó: «--Da Capo. Capodistria.» No sé cuánto tiempo duró nuestra conversación, y en qué momento nos quedamos dormidos, pero nos despertamos a la mañana siguiente, estrechamente abrazados, y descubrimos que la tormenta había pasado. La ciudad estaba lavada y reluciente. Desayunamos rápidamente, y me fui a la tienda de Mnemjian para hacerme afeitar, recorriendo las calles cuyos colores avivados por la lluvia destellaban, cálidos y magníficos, en el aire sereno. Todavía llevaba la carta de Justine en el bolsillo, pero no me atreví a leerla otra vez para no echar a perder la tranquilidad espiritual que me había dado Clea. Sólo la frase inicial seguía resonando en mi recuerdo, con una persistencia obsesionante: «Si regresas vivo del lago, encontrarás esta carta que te escribo.» Sobre la repisa de la chimenea del salón hay otra carta, en la que me ofrecen un contrato de dos años como profesor en una escuela católica del Alto Egipto. En seguida, sin pensar, redacto una respuesta afirmativa. Esto cambiará todo una vez más, me liberará de las calles de la ciudad que han empezado a acosarme de tal manera en los últimos tiempos que hasta sueño que las recorro en todas direcciones interminablemente, buscando a Melissa entre las luces inciertas del barrio árabe. Cuando despache mi carta de aceptación empezará una nueva etapa, pues ella marca mi separación de la ciudad en la que tantas cosas me han sucedido, cosas de importancia tan enorme que han terminado por avejentarme. Pero durante un tiempo, todavía, la vida seguirá corriendo hacia adelante a lo largo de las horas y los días. Las mismas

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I do not know how long this conversation lasted or how soon it melted into sleep, but we awoke next morning in each other's arms to find that the storm had ceased. The city had been sponged 45 clean. We took a hasty breakfast and I made my way towards Mnemjian's shop for a shave through streets whose native colours had been washed clean by the rain so that they glowed with warmth and beauty in that soft air. I still had Justine's letter in my pocket but I did not dare to read it again lest I destroy the peace of mind 50 which Clea had given me. Only the opening phrase continued to echo in my mind with an obstinate throbbing persistence: `If you should come back alive from the lake you will find this letter waiting for you.'

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On the mantelpiece in the drawing-room of the flat there is another letter offering me a two-year contract as a teacher in a Catholic school in Upper Egypt. I sit down at once without thinking and draft my acceptance. This will change everything once more and free me from the streets of the city which have begun to haunt 60 me of late so that I dream that I am walking endlessly up and down, hunting for Melissa among the dying flares of the Arab quarter.

With the posting of this letter of acceptance a new period will be initiated, for it marks my separation from the city in which so 65 much has happened to me, so much of momentous importance: so much that has aged me. For a little while, however, life will carry its momentum forward by hours and days. The same streets and

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squares will burn in my imagination as the Pharos burns in history. Particular rooms in which I have made love, particular café tables where the pressure of fingers upon a wrist held me spellbound, feeling through the hot pavements the rhythms of Alexandria 5 transmitted upwards into bodies which could only interpret them as famished kisses, or endearments uttered in voices hoarse with wonder. To the student of love these separations are a school, bitter yet necessary to one's growth. They help one to strip oneself mentally of everything save the hunger for more life.

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calles, las mismas plazas arderán en mi imaginación como el Faro arde en la historia. Ciertas habitaciones donde hice el amor, ciertas mesas de café donde la presión de unos dedos en mi muñeca me dejaban hechizado, sintiendo a través de las calles recalentadas los ritmos de Alejandría que penetraban en los cuerpos, como besos hambrientos, como palabras tiernas murmuradas por voces que el deslumbramiento enronquecía. Para aquel que estudia el amor, esas separaciones son una escuela, amarga pero necesaria para la propia madurez. Ayudan a despojarse mentalmente de todo, salvo del ávido deseo de vivir más. El panorama que nos rodea empieza también a sufrir una sutil transformación, pues hay otros que también se despiden. Nessim se va de vacaciones a Kenya. Pombal ha logrado por fin la cruz y un puesto en la cancillería de Roma, donde no dudo de que será más feliz. Todo ello es pretexto para una serie de fiestas de despedida, pero en ellas se siente pesar la ausencia de la única persona cuyo nombre ya nadie menciona: Justine. También está claro que una guerra mundial se nos acerca arrastrándose a través de los pasillos de la historia, duplicando nuestros afectos recíprocos y nuestro amor a la vida. El olor nauseabundo y dulzón de la sangre está suspendido en el aire que empieza a oscurecerse, y contribuye a aumentar la excitación, el cariño y la frivolidad. Esa nota había faltado hasta ahora. En la gran casa, cuya fealdad he llegado a detestar, los candelabros iluminan las reuniones con las cuales se despide mi amigo. Todos están allí, los rostros y las historias que he llegado a conocer tan bien: Sveva de negro, Clea de oro, Gaston, Claire, Gaby. Advierto que en las últimas semanas el cabello de Nessim se ha teñido levemente de gris. Ptolomeo y Fuad discuten con la vivacidad de los viejos amantes. En tomo a mí, la típica animación alejandrina crece y disminuye en el torbellino de conversaciones brillantes y fútiles como copas de champaña. Las mujeres de Alejandría, con su maldad tan estilizada, han acudido a despedir a alguien que terminó por cautivarlas permitiéndoles que lo compadecieran. En cuanto a Pombal, está más grueso, más seguro de sí mismo desde que lo han ascendido. Su perfil tiene ahora algo de neroniano. Sotto voce se confiesa preocupado por mí; hace varias semanas que casi no nos vemos, y acaba de enterarse de mi proyecto de ir a trabajar como profesor. --Deberías volver a Europa --repite con insistencia. Esta ciudad va a acabar con tu voluntad. ¿Y qué puede ofrecerte el Alto Egipto? Un calor del demonio, polvo, moscas, un trabajo de mala muerte... Después de todo no eres Rimbaud. Las caras que ondulan en torno a nosotros, de brindis en brindis, me impiden contestarle, y me alegro, porque no tengo nada que decir. Me limito a mirarlo con una apatía extraordi naria, asintiendo con la cabeza. Clea me toma de la mano y me lleva a un lado para decirme en voz muy baja: --Una esquela de Justine. Está trabajando en un kibbutz en Palestina. ¿Se lo digo a Nessim? --Sí. No. No sé. --Me pide que no lo haga. --Entonces no. Tengo demasiado orgullo para preguntarle si hay algún mensaje para mí. Los huéspedes se han puesto a cantar «For He's a Jolly Good Fellow», con gran variedad de ritmos y acentos. Pombal enrojece de placer. Me libro suavemente de la mano de Clea, para reintegrarme al corro de invitados. El pequeño cónsul general se pavonea y gesticula junto a Pombal; su alivio ante la partida de mi amigo es tan inmenso, que se ha transformado en un paroxismo de amistad y pesar. El grupo consular inglés tiene el aire desconsolado de una familia de pavos en plena muda. Madame de Venuta marca el compás con una mano elegantemente enguantada. Los sirvientes negros, de largos guantes blancos, se mueven veloces de grupo en grupo, como eclipses de luna. Me sorprendo a mí mismo pensando

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Now, too, the actual framework of things is undergoing a subtle transformation, for other partings are also beginning. Nessim is going to Kenya for a holiday. Pombal has achieved crucifixion and a posting to the Chancery in Rome where I have no doubt he will 15 be happier. A series of leisurely farewell parties have begun to serve the purposes of all of us; but they are heavy with the absence of the one person whom nobody ever mentions any more -- Justine. It is clear too that a world war is slowly creeping upon us across the couloirs of history -- doubling our claims upon each other and 20 upon life. The sweet sickly smell of blood hangs in the darkening air and contributes a sense of excitement, of fondness and frivolity. This note has been absent until now. The chandeliers in the great house whose ugliness I have come

25 to hate, blaze over the gatherings which have been convened to

say farewell to my friend. They are all there, the faces and histories I have come to know so well, Sveva in black, Clea in gold, Gaston, Claire, Gaby. Nessim's hair I notice has during the last few weeks begun to be faintly touched with grey. Ptolemeo and Fuad are 30 quarrelling with all the animation of old lovers. All round me the typical Alexandrian animation swells and subsides in conversations as brittle and frivolous as spun glass. The women of Alexandria in all their stylish wickedness are here to say good-bye to someone who has captivated them by allowing them to befriend him. As for 35 Pombal himself, he has grown fatter, more assured since his elevation in rank. His profile now has a certain Neronian cast. He is professing himself worried about me in SOTTO VOCE; for some weeks we have not met properly, and he has only heard about my schoolmastering project tonight. `You should get out' he repeats, 40 `back to Europe. This city will undermine your will. And what has U p p e r E g y p t t o o ff e r ? B l a z i n g h e a t , d u s t , f l i e s , a m e n i a l occupation.... After all, you are not Rimbaud.' T h e f a c e s s u rg i n g r o u n d u s s i p p i n g t o a s t s p r e v e n t m y

45 answering him, and I am glad of it for I have nothing to say.

I gaze at him with a portentous numbness, nodding my head. Clea catches my wrist and draws me aside to whisper: `A card from Justine. She is working in a Jewish KIBBUTZ in Palestine. Shall I tell Nessim?'

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`Yes. No. I don't know.' `She asks me not to.'

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`Then don't.'

I am too proud to ask if there is any message for me. The company has started to sing the old song `For He's a Jolly Good Fellow' in a variety of times and accents. Pombal has turned pink 60 with pleasure. I gently shake off Clea's hand in order to join in the singing. The little consul-general is fawning and gesticulating over Pombal; his relief at my friend's departure is so great that he has worked himself up into a paroxysm of friendship and regret. The English consular group has the disconsolate air of a family of 65 moulting turkeys. Madame de Venuta is beating time with an elegant gloved hand. The black servants in their long white gloves move swiftly from group to group of the guests like eclipses of

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the moon. If one were to go away, I catch myself thinking, to Italy perhaps or to France: to start a new sort of life: not a city life this time, perhaps an island in the Bay of Naples.... But I realise that what remains unresolved in my life is not the problem of Justine 5 but the problem of Melissa. In some curious way the future, if there is one, has always been vested in her. Yet I feel powerless to influence it by decisions or even hopes. I feel that I must wait patiently until the shallow sequences of our history match again, until we can fall into step once more. This may take years -- 10 perhaps we will both be grey when the tide suddenly turns. Or perhaps the hope will die stillborn, broken up like wreckage by the tides of events. I have so little faith in myself. The money Pursewarden left is still in the bank -- I have not touched a penny of it. For such a sum we might live for several years in some cheap 15 spot in the sun. Melissa still writes the spirited nonchalant letters which I have such difficulty in answering save by whining retorts about my circumstances or my improvidence. Once I leave the city it will be easier. A new road will open. I will write to her with absolute frankness, telling her all I feel -- even those things which I believe her forever incapable of understanding properly. `I shall return in the spring' Nessim is saying to the Baron Thibault `and take up my summer quarters at Abousir. I am determined to slack off for about two years. I've been working too hard at business and it isn't worth it.' Despite the haunted pallor of his face one cannot help seeing in him a new repose, a relaxation of the will; the heart may be distracted, but the nerves are at last at rest. He is weak, as a convalescent is weak; but he is no longer ill. We talk and joke quietly for a while; it is clear that our friendship will repair itself sooner or later -- for we now have a common fund of unhappiness upon which to draw. `Justine' I say, and he draws in his breath slightly, as if one had run a small thorn under his fingernail, `writes from Palestine.' He nods quickly and motions me with a small gesture. `I know. We have traced her. There is no need to ... I'm writing to her. She can stay away as long as she wishes. Come back in her own good time.' It would be foolish to deprive him of the hope and the consolation it must give him, but I know now that she will never return on the old terms. Every phrase of her letter to me made this clear. It is not us she had abandoned so much but a way of life which threatened her reason -- the city, love, the sum of all that we had shared. What had she written to him, I wondered, as I recalled the short sobbing breath he had drawn as he leaned against the whitewashed wall? ***** On these spring mornings while the island slowly uncurls from the sea in the light of an early sun I walk about on the deserted beaches, trying to recover my memories of the time spent in Upper Egypt. It is strange when everything about Alexandria is so vivid that I can recover so little of that lost period. Or perhaps it is not so 55 strange -- for compared to the city life I had lived my new life was dull and uneventful. I remember the back-breaking sweat of school work: walks in the flat rich fields with their bumper crops feeding upon dead men's bones: the black silt-fed Nile moving corpulently through the Delta to the sea: the bilharziaridden peasantry whose 60 patience and nobility shone through their rags like patents of dispossessed royalty: village patriarchs intoning: the blind cattle turning the slow globe of their waterwheels, blind-folded against monotony -- how small can a world become? Throughout this period I read nothing, thought nothing, was nothing. The fathers of the 65 school were kindly and left me alone in my spare time, sensing perhaps my distaste for the cloth, for the apparatus of the Holy Office. The children of course were a torment -- but then what

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que si me fuera de aquí, iría a Italia o quizá a Francia. Empezar otra clase de vida, no una vida de ciudad; quizá en una isla de la bahía de Nápoles... Pero me doy cuenta de que aquello que no se ha resuelto en mi existencia no es el problema de Justine sino el de Melissa. Es extraño, pero el futuro, si existe un futuro, ha sido siempre de ella por derecho propio. Y sin embargo me siento incapaz de tomar una decisión, o por lo menos de esperar. Siento que debo aguardar pacientemente hasta que los superficiales episodios de nuestra historia vuelvan a coincidir, hasta que otra vez marchemos al mismo paso. Pueden pasar años, quizá los dos tengamos el cabello blanco cuando se produzca el reflujo. O quizá la esperanza morirá apenas nacida, destrozada como un barco por la corriente de los acontecimientos. Tengo tan poca fe en mí mismo. El dinero que me ha dejado Pursewarden está todavía en el Banco; no he tocado un solo centavo. Con esa suma podríamos vivir dos años en algún lugar barato a pleno sol. Melissa sigue escribiéndome cartas a la vez animosas e indiferentes, que me cuesta enormemente contestar, como no sea con quejumbrosas referencias a todo lo que me pasa y a mi imprevisión. Una vez que me haya marchado de la ciudad, me resultará más fácil. Veré abrirse un camino nuevo. Le escribiré con absoluta franqueza, expresando todos mis sentimientos, incluso aquellos que jamás podrá comprender exactamente, estoy convencido. --Volveré para la primavera --dice Nessim al barón Thibault-- y pasaré el verano en Abu El Suir. Estoy decidido a retirarme durante dos años. Me he dedicado demasiado a los negocios, y no vale la pena. A pesar de la palidez de su rostro, se advierte una calma renovada en sus facciones, que traduce un sosiego de la voluntad; el corazón podrá seguir desesperado, pero los nervios han acabado por tranquilizarse. Está débil, como todo convaleciente, pero se ha curado. Charlamos y bromeamos un rato; no cabe duda de que nuestra amistad irá restableciéndose con el tiempo, puesto que ahora los dos podemos girar sobre un fondo común de infelicidad. --Justine --empiezo a decirle, y Nessim contiene el aliento por un segundo, como quien se clava una espinilla debajo de una uña--, Justine ha escrito desde Palestina. Asiente rápidamente, cón un gesto como para apartarme. --Ya sé. Encontramos sus huellas. No hay necesidad de... Le estoy escribiendo. Puede quedarse allá todo lo que quiera. Volverá cuando le parezca bien. Sería absurdo privarlo de la esperanza y el consuelo que esa idea debe de darle, pero estoy seguro de que ella no volverá jamás para aceptar la misma situación. Cada frase de su carta lo demuestra a las claras. No somos precisamente nosotros los abandonados, sino una forma de vida que amenazaba su razón: la ciudad, el amor, la suma de todo lo que hemos compartido. ¿Qué habría escrito Justine a Nessim?, me pregunto al recordarlo apoyado en la pared enjalbegada, sacudido por un breve sollozo entrecortado.

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En esas mañanas de primavera en que la isla se va levantando lentamente del mar a la luz del primer sol, me paseo por las playas desiertas tratando de evocar mis recuerdos sobre esos dos años pasados en el Alto Egipto. Es extraño que pueda recobrar tan poco de esa época perdida, cuando todo lo que toca a Alejandría perdura con tanta claridad. Pero quizá no es extraño, pues en comparación con mi vida en la ciudad. esa nueva existencia carecía de todo brillo y nada sucedía en ella. Recuerdo las agobiadoras tareas escolares, los paseos por las llanuras fértiles en que las abundantes cosechas se nutren con los huesos de los muertos; el negro y fangoso Nilo arrastrándose por su delta rumbo al mar; los campesinos enfermos de bilharziosis, cuya paciencia y nobleza brillan a través de sus harapos como si fueran reyes destronados; los cantos de los patriarcas de las aldeas, el ganado ciego haciendo girar lentamente las norias con los ojos vendados contra la monotonía... ¿Hasta qué punto puede empequeñecerse el mundo? A lo largo de todo ese período no leí nada, no pensé en nada, no fui nada. Los sacerdotes de la escuela eran bondadosos y me dejaban tranquilo en mis ratos libres, sospechando quizá mi repulsión por las sotanas, por las ceremonias del Santo Oficio. Los niños, claro está, eran un suplicio, pero

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teacher of sensibility does not echo in his heart the terrible words of Tolstoy: `Whenever I enter a school and see a multitude of children, ragged thin and dirty but with their clear eyes and sometimes angelic expressions, I am seized with restlessness and 5 terror, as though I saw people drowning'? Unreal as all correspondence seemed, I kept up a desultory contact with Melissa whose letters arrived punctually. Clea wrote once or twice, and surprisingly enough old Scobie who 10 appeared to be rather annoyed that he should miss me as much as he obviously did. His letters were full of fantastic animadversion against Jews (who were always referred to jeeringly as `snipcocks') and, surprisingly enough, to passive pederasts (whom he labelled `Herms', i.e. Hermaphrodites). I was not surprised to learn that 15 the Secret Service had gravelled him, and he was now able to spend most of the day in bed with what he called a `bottle of wallop' at his elbow. But he was lonely, hence his correspondence. These letters were useful to me. My feeling of unreality

20 had grown to such a pitch that at times I distrusted my own

todo maestro sensible lleva grabadas en el corazón las terribles palabras de Tolstoy: «Cuando entro en una escuela y veo una multitud de niños sucios y harapientos, pero que me miran con sus ojos límpidos y muchas veces angelicales, me domina una impresión de inquietud y de terror, como si estuviera viendo seres que se ahogan.» Por más que toda correspondencia me pareciera irreal, mantenía un contacto esporádico con Melissa, cuyas cartas me llegaban puntualmente. Clea escribió una o dos veces, y tuve la sorpresa de recibir un mensaje del viejo Scobie, que parecía un poco fastidiado por extrañar tanto mi ausencia. Sus cartas estaban henchidas de animadversión hacia los judíos (a los que siempre llamaba con sarcasmo «los retajados») y, por raro que parezca, hacia los pederastas pasivos (que calificaba de «hermas», es decir, hermafroditas). No me sorprendió enterarme de que el Servicio Secreto lo había despedido, y que ahora tenía tiempo de sobra para pasarse el día en la cama con lo que él llamaba «una botella de tónico». Pero se sentía muy solo, y por eso escribía. Todas esas cartas me prestaban ayuda. El sentimiento de irrealidad había alcanzado un grado tal que muchas veces desconfiaba de mi memoria, y llegaba a preguntarme si una ciu dad como Alejandría había existido alguna vez. Las cartas eran un cable que me mantenía unido a una existencia en la que una gran parte de mí mismo ya no estaba comprometida. Tan pronto terminaba mis tareas, me encerraba en mi cuarto y me tiraba en la cama; al lado tenía la caja de jade llena de cigarrillos de hachís. Si los sacerdotes podían criticar mi manera de vivir, mi trabajo de profesor no dejaba el menor resquicio a la crítica. Hubiera sido difícil reprocharme un excesivo deseo de soledad. El padre Racine hizo una o dos tentativas para arrancarme a ella. Era el más sensible e inteligente de todos, y quizá pensó que mi amistad le ayudaría a aliviar su propia soledad intelectual. Me dio lástima, y lamenté no estar en condiciones de responder a sus tentativas, pero me sentía invadido por un embotamiento creciente, por una apatía mental que retrocedía ante cualquier relación o contacto. Una o dos veces lo acompañé en sus paseos por las orillas del río (se dedicaba a la botánica) y lo escuché disertar con liviana brillantez sobre su especialidad. Pero yo había perdido toda afición al paisaje; su chatura, su indiferencia al cambio de las estaciones, me alejaban de él. El sol parecía haber calcinad , rnis deseos; nada me interesaba: ni la comida, ni la compañía, ni siquiera las palabras. Prefería quedarme en la cama mirando el cielo raso, oyendo los sonidos que venían de los cuartos de los profesores: el padre Gautier estornudando, abriendo y cerrando persianas, el padre Racine repitiendo incansablemente la misma frase musical en su flauta, las meditaciones armónicas del órgano desmoronándose en la sombra de la capilla. Los espesos cigarrillos calmaban el espíritu, lo vaciaban de toda preocupación. Un día, cuando cruzaba el patio, Gautier me llamó y me dijo que alguien quería hablarme por teléfono. Me costó comprender, dar crédito a mis oídos. Después de tan largo silencio, ¿quién podía telefonearme? ¿Nessim, quizá? El teléfono estaba en el estudio del director, una habitación imponente, llena de muebles elefantinos y hermosas encuadernaciones. El receptor crepitaba débilmente sobre un papel secante. Gautier bizqueó un poco y me dijo con repugnancia: --Es una mujer. Habla desde Alejandría. Pensé que sería Melissa, pero me sorprendió reconocer la voz de Clea que surgía en la incoherencia de mis recuerdos. --Te llamo desde el hospital griego. Melissa está aquí, muy grave. Creo que va a morir. . Mi sorpresa y mi confusión debieron de traducirse en cólera porque agregó:

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memory, finding it hard to believe that there had ever been such a town as Alexandria. Letters were a lifeline attaching me to an existence in which the greater part of myself was no longer engaged.

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As soon as my work was finished I locked myself in my room and crawled into bed; beside it lay the green jade box full of hashish-loaded cigarettes. If my way of life was noticed or commented upon at least I left no loophole for criticism in my work. It would be hard to grudge me simply an inordinate taste for solitude. Father Racine, it is true, made one or two attempts to rouse me. He was the most sensitive and intelligent of them all and perhaps felt that my friendship might temper his own intellectual loneliness. I was sorry for him and regretted in a way not being able to respond to these overtures. But I was afflicted by a gradually increasing numbness, a mental apathy which made me shrink from contact. Once or twice I accompanied him for a walk along the river (he was a botanist) and heard him talk lightly and brilliantly on his own subject. But my taste for the landscape, its flatness, its unresponsiveness to the seasons had gone stale. The sun seemed to have scorched up my appetite for everything -- food, company and even speech. I preferred to lie in bed staring at the ceiling and listening to the noises around me in the teachers' block: Father Gaudier sneezing, opening and shutting drawers; Father Racine playing a few phrases over and over again on his flute; the ruminations of the organ mouldering away among its harmonies in the dark chapel. The heavy cigarettes soothed the mind, emptying it of every preoccupation. One day Gaudier called to me as I was crossing the close and said that someone wished to speak to me on the telephone. I could hardly comprehend, hardly believe my ears. After so long a silence who would telephone? Nessim perhaps?

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T h e t e l e p h o n e w a s i n t h e H e a d ' s s t u d y, a forbidding room full of elephantine furniture and fine b i n d i n g s . T h e r e c e i v e r , c r e p i t a t i n g s l i g h t l y, l a y o n t h e blotter before him. He squinted slightly and said with 60 d i s t a s t e ` I t i s a w o m a n f r o m A l e x a n d r i a . ' I t h o u g h t i t m u s t b e M e l i s s a b u t t o m y s u r p r i s e C l e a 's v o i c e suddenly swam up out of the incoherence of memory: `I am speaking from the Greek hospital. Melissa is here, very ill indeed. Perhaps even dying.'

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Undeniably my surprise and confusion emerged a s a n g e r. ` B u t s h e w o u l d n o t l e t m e t e l l y o u b e f o r e .

Durrell's Justine

tr. de Aurora Bernárdez

She didn't want you to see her ill -- so thin. But I s i m p l y m u s t n o w. C a n y o u c o m e q u i c k l y ? S h e w i l l see you now.' I n m y m i n d 's e y e I c o u l d s e e t h e j o g g i n g n i g h t t r a i n with its interminable stoppings and startings in dust-blown towns and villages -- the dirt and the heat. It would take all night. I turned to Gaudier and asked his permission to absent myself for the whole week-end. `In exceptional cases 10 w e d o g r a n t p e r m i s s i o n ' h e s a i d t h o u g h t f u l l y. ` I f y o u w e r e going to be married, for example, or if someone was seriously ill.' I swear that the idea of marrying Melissa had not entered my head until he spoke the words.

5

--Melissa no quería que te avisara. No quería que la vieras enferma... tan delgada como está. Pero tienes que saberlo. ¿Puedes venir en seguida? Quiere verte ahora. Mi imaginación me representó el traqueteo del tren nocturno, con sus interminables paradas en pueblos polvorientos, el calor y la suciedad. El viaje me llevaría toda la noche. Me volví a Gautier y le pedí permiso para ausentarme durante todo el fin de semana. --Concedemos permiso en circunstancias excepcionales --me contestó pensativo--. Si usted fuera a casarse, por ejemplo, o si alguien hubiera enfermado gravemente. Juro que la idea de casarme con Melissa no me había pasado por la cabeza antes de oír esas palabras. Pero también me acosaba otro recuerdo, mientras llenaba mi pobre valija. Los anillos, los anillos de Cohen, estaban todavía en mi estuche de gemelos, envueltos en papel marrón. Me quedé mirándolos un momento, preguntándome si también los objetos inanimados tendrían un destino al igual que los seres humanos. ¡Malditos anillos! Sí, era como si hubiesen estado esperando ansiosamente todo el tiempo, como personas, esperando alguna vulgar culminación en el dedo de alguien apresado por un mariage de convenance. Me los guardé en el bolsillo. Los acaecimientos distantes, transformados por el recuerdo, adquieren un brillo pulido porque se los ve aislados, desconectados de todos los detalles anteriores y siguientes, de las fibras y envolturas del tiempo. También los protagonistas de esos hechos sufren una metamorfosis, se van hundiendo lentamente y cada vez más en el océano de la memoria, como cuerpos pesados, y en cada nivel del descenso, el corazón de los hombres les da un valor, un sentido distintos. La defección de Melissa no me angustiaba demasiado; sentía rabia, una furia deliberada que nacía, me imagino, del arrepentimiento. Las enormes perspectivas del futuro que, a pesar de toda vaguedad, había poblado con su imagen, se desplomaban para siempre; y sólo entonces comprendía hasta qué punto me había estado alimentando de ellas. Era como tener una importante cuenta bancaria, a la que podría recurrir llegado el día. Y de golpe me encontraba en plena bancarrota. Balthazar me esperaba en la estación con su minúsculo automóvil. Me estrechó la mano.con ruda simpatía, y me dijo en tono indiferente: --Melissa murió anoche, pobre muchacha. Le di morfina para aliviarla. En fin. Suspiró, mirándome de reojo. --Lástima que usted no tenga la costumbre de llorar. ça aurait été un soulagement. --Soulagement grotesque. --Approfondír les émotions... les purger. --Tais--toi, Balthazar, cállese. --Ella estaba enamorada de usted, supongo. --Je le sais. --Elle parlait de vous sans cesse. Cléa a été avec elle toute la semaine. --Assez. En el suave aire matinal, la ciudad nunca me había parecido más arrebatadora. Recibí la brisa del puerto en mis mejillas barbudas como

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There was another memory, too, which visited me now as I packed my cheap suitcase. The rings, Cohen's rings, were still in my stud-box wrapped in brown paper. I stood for a while looking at them and wondering if inanimate objects also had a destiny as human beings have. These wretched rings, I thought -- why, it 20 was as if they had been anxiously waiting here all the time like human beings; waiting for some shabby fulfilment on the finger of someone trapped into a MARIAGE DE CONVENANCE. I put the poor things in my pocket.

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F a r o f f e v e n t s , t r a n s f o r m e d b y m e m o r y, a c q u i r e a burnished brilliance because they are seen in isolation, d i v o r c e d f r o m t h e d e t a i l s o f b e f o r e a n d a f t e r, t h e f i b r e s and wrappings of time. The actors, too, suffer a transformation; they sink slowly deeper and deeper into 30 t h e o c e a n o f m e m o r y l i k e w e i g h t e d b o d i e s , f i n d i n g a t e v e r y level a new assessment, a new evaluation in the human heart.

25

It was not anguish I felt so much at Melissa's defection, it

35 was rage, a purposeless fury based, I imagine, in contrition. The

enormous vistas of the future which in all my vagueness I had nevertheless peopled with images of her had gone by default now; and it was only now that I realized to what an extent I had been nourishing myself on them. It had all been there like a huge trust 40 fund, an account upon which I would one day draw. Now I was suddenly bankrupt. Balthazar was waiting for me at the station in his l i t t l e c a r. H e p r e s s e d m y h a n d w i t h r o u g h a n d r e a d y 45 s y m p a t h y a s h e s a i d , i n a m a t t e r - o f - f a c t v o i c e : ` S h e died last night poor girl. I gave her morphia to help h e r a w a y. We l l . ' H e s i g h e d a nd glanced sideways at me. `A pity you are not in the habit of shedding tears. ÇA AURAIT ÉTÉ UN SOULAGEMENT.'

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`SOULAGEMENT GROTESQUE.' `APPROFONDIR LES ÉMOTIONS ... LES PURGER.'

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`TAIS-TOI, Balthazar, shut up.' `She loved you, I suppose.' `JE LE SAIS.'

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`ELLE PARLAIT DE VOUS SANS CESSE. CLÉA A ÉTÉ AVEC ELLE TOUTE LA SEMAINE.' `ASSEZ.'

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Never had the city looked so entrancing in that soft morning air. I took the light wind from the harbour on my

Durrell's Justine

tr. de Aurora Bernárdez

stubbled cheek like the kiss of an old friend. Mareotis glinted here and there between the palm-tops, between the mud huts and the factories. The shops along Rue Fuad seemed to have all the glitter and novelty of Paris. I had, I realized, become 5 a complete provincial in Upper Egypt. Alexandria seemed a c a p i t a l c i t y. I n t h e t r i m g a r d e n n u r s e s w e r e r o l l i n g t h e i r p r a m s a n d c h i l d r e n t h e i r h o o p s. T h e t r a m s s q u a s h e d a n d clicked and rattl ed. `There is something else' Balthazar was saying as we raced along. `Melissa's child, Nessim's child. 10 But I suppose you know all about it. It is out at the summer villa. A little girl.' I could not take all this in, so drunk was I on the beauty of the city which I had almost forgotten. Outside the Municipality 15 the professional scribes sat at their stools, inkhorns, pens and stamped paper beside them. They scratched themselves, chattering amiably. We climbed the low bluff on which the hospital stood after threading the long bony spine of the Canopic Way. Balthazar was still talking as we left the lift and started to 20 negotiate the long white corridors of the second floor. `A coolness has sprung up between Nessim and myself. When Melissa came back he refused to see her out of a sort of disgust which I found inhuman, hard to comprehend. I don't know.... As 25 for the child he is trying to get it adopted. He has come almost to hate it, I suppose. He thinks Justine will never come back to him so long as he has Melissa's child. For my part' he added more slowly `I look at it this way: by one of those fearful displacements of which only love seems capable the child Justine 30 lost was given back by Nessim not to her but to Melissa. Do you see?' The sense of ghostly familiarity which was growing upon me now was due to the fact that we were approaching the little room 35 in which I had visited Cohen when he was dying. Of course Melissa must be lying in the same narrow iron bed in the corner by the wall. It would be just like real life to imitate art at this point. There were some nurses in the room busy whispering

40 r o u n d t h e b e d , a r r a n g i n g s c r e e n s ; b u t a t a w o r d f r o m

si fuera el beso de un viejo amigo. El lago Mareotis brillaba aquí y allá entre las palmeras, entre las chozas de barro y las fábricas. Encontré en las tiendas de la Rue Fuad todo el esplendor y la novedad de París. Me di cuenta de que en el Alto Egipto me había convertido en un perfecto provinciano; ahora Alejandría me daba la impresión de una capital. En el cuidado jardín las niñeras empujaban los cochecitos, y los pequeños jugaban con sus aros. Los tranvías pasaban chirriando y resonando. --Hay otra cosa --me dijo Balthazar mientras acelerábamos la marcha--. Se trata de la hija de Melissa... la hija de Nessim. Me imagino que usted estará enterado. La han llevado a la villa de verano. Apenas entendía sus palabras, tan embriagado me sentía por la belleza de la ciudad casi olvidada. Delante de la municipalidad estaban sentados los escribas profesionales, con sus tinteros, plumas y folios de papel sellado. Se rascaban, charlaban amablemente. Trepamos el montículo en cuya cima se alzaba el hospital, después de franquear la larga espina dorsal de la Vía Canópica. Balthazar seguía hablando cuando salimos del ascensor y nos internamos en los largos y blancos corredores del segundo piso. --Nessim y yo estamos distanciados. Cuando Melissa volvió, él se negó a verla, con una especie de repugnancia que me pareció inhumana y no alcancé a comprender. No sé... Nessim está tratando de que alguien adopte a la niña. Me imagino que casi ha llegado a odiarla. Piensa que Justine no volverá jamás a su lado si él conserva la hija de Melissa. En cuanto a mí --agregó lentamente--, veo las cosas de esta manera: Por obra de uno de esos terribles desplazamientos de los que solamente el amor parece capaz, la hija que Justine perdió fue devuelta por Nessim, pero no a Justine sino a Melissa. ¿Se da cuenta? La sensación de familiaridad fantasmal que me asaltaba en ese momento se debía a que nos estábamos aproximando al cuartito donde yo había visitado a Cohen moribundo. Naturalmente, Melissa estaría tendida en la misma cama de hierro angosta, en el rincón junto a la pared. Es propio de la realidad imitar al arte hasta ese punto. En el cuarto había algunas enfermeras que hablaban quedo en torno a la cama y se ocupaban de los biombos, pero bastó una palabra de Balthazar para que se marcharan precipitadamente. Tomados del brazo nos quedamos en la puerta, mirando. Melissa estaba muy pálida y como marchita. Le habían sujetado la mandíbula con tela adhesiva y le habían cerrado los ojos; daba la impresión de haberse quedado dormida en mitad de un tratamiento de belleza. Me alegró de que tuviera los ojos cerrados; habría temido su mirada. Durante un rato me quedé a solas en el pesado silencio de la habitación pintada de blanco, y de golpe me acometió una gran turbación. Uno no sabe cómo comportarse con los muertos; su rigidez, su infinita sordera son tan estudiadas... Se está ante ellos con la misma incomodidad que ante los reyes. Tosí, tapándome la boca con la mano, y anduve de un lado a otro de la habitación, mirando a veces a Melissa con el rabillo del ojo, recordando mi confusión aquella vez que había ido a visitarme con un ramo de flores. Me hubiera gustado deslizar el anillo de Cohen en su dedo, pero la habían amortajado y tenía los brazos bien sujetos a los lados. En este clima los cadáveres se descomponen con tal rapidez que es preciso arrojarlos casi sin ceremonias a la tumba. Dos veces murmuré su nombre, acercando los labios a su oreja. Después encendí un cigarrillo y me senté en una silla junto a ella, para estudiar largamente su cara, comparándola con todas las otras caras de Melissa que colmaban mi memoria y habían fijado allí su identidad definitiva. Pero su cara de ahora no se parecía a ninguna de aquéllas, y sin embargo las coronaba, las concluía. Esa carita blanca era el último término de una serie. Más allá sólo había una puerta cerrada.

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Balthazar they scattered and disappeared. We stood arm in arm in the doorway for a moment looking in. Melissa looked pale and somehow wizened. They had bound up her jaw with tape and closed the eyes so that she looked as if she had fallen 45 asleep during a beauty treatment. I was glad her eyes were closed; I had been dreading their glance. I was left alone with her for a while in the huge silence of that whitewashed ward and all of a sudden I found myself suffering from acute embarrassment. It is hard to know how to behave with the dead; their enormous deafness and rigidity is so studied. One becomes awkward as if in the presence of royalty. I coughed behind my hand and walked up and down the ward stealing little glances at her out of the corner of my eye, remembering the confusion which had once beset me when she called upon me with a gift of flowers. I would have liked to slip Cohen's rings on her fingers but they had already swathed her body in bandages and her arms were bound stiffly to her sides. In this climate bodies decompose so quickly that they have to be almost unceremoniously rushed to the grave. I said `Melissa' twice in an uncertain whisper bending my lips to her ear. Then I lit a cigarette and sat down beside her on a chair to make a long study of her face, comparing it to all the other faces of Melissa which thronged my memory and had established their identity there. She bore no resemblance to any of them -- and yet she set them off, concluded them. This white little face was the last term of a series. Beyond this point there was a locked door.

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At such times one gropes about for a gesture which will match the terrible marble repose of the will which one reads on the faces of the dead. There is nothing in the whole ragbag 5 of human emotions. `Terrible are the four faces of love,' wrote Arnauti in another context. I mentally told the figure on the bed that I would take the child if Nessim would part with her, and this silent agreement made I kissed the high pale forehead once and left her to the ministrations of those who would 10 parcel her up for the grave. I was glad to leave the room, to leave a silence so elaborate and forbidding. I suppose we writers are cruel people. The dead do not care. It is the living who might be spared if we could quarry the message which lies buried in the heart of all human experience.

15

En momentos así uno se desespera buscando un gesto que pueda estar a la altura de ese terrible reposo marmóreo de la voluntad que se lee en el rostro de los muertos. Pero en la valija de trastos de las emociones humanas no hay nada que sirva. «Terribles son los cuatro rostros del amor», escribió Arnauti en alguna parte. Mentalmente prometí a la figura yacente en la cama que me quedaría con la niña si Nessim estaba dispuesto a separarse de ella, y luego de cerrar ese pacto silencioso besé su alta y pálida frente y la abandoné a los cuidados de quienes la prepararían para la tumba. Me alegró salir de la habitación, romper un silencio tan deliberado e intimidante. Supongo que los escritores somos crueles. Los muertos no se preocupan de eso. Pero los vivos podrían salvarse si pudiéramos arrancar el mensaje enterrado en el corazón de toda experiencia humana. («En otros tiempos los navíos faltos de lastre cargaban tortugas y las embarcaban vivas, metidas en barriles. Las que sobrevivían al terrible viaje eran vendidas a los niños para que jugaran con ellas. Los cuerpos putrefactos de las otras iban a parar a las aguas del muelle. No eran tortugas las que faltaban entonces.») Caminé por la ciudad sin esfuerzo, liviano, como un prisionero que acaba de fugarse. Los ojos violetas de Mnemjian derramaron lágrimas violetas mientras me abrazaba calurosamente. Me afeitó él mismo, y cada uno de sus gestos expresaba una simpatía y una ternura consoladoras. Por las calles inundadas de sol los ciudadanos de Alejandría, cada uno sumergido en un mundo de relaciones y temores personales, infinitamente distantes de todo lo que en ese momento ocupaba mi mente y mis sentimientos. La ciudad sonreía con una indiferencia desgarradora, como una cocotte fresca y dispuesta después de la oscuridad nocturna. Sólo me quedaba una cosa por hacer: entrevistarme con Nessim. Me alegró enterarme de que llegaría a la ciudad esa misma noche. Pero también aquí el tiempo habría de depararme una sorpresa, porque el Nessim que vivía en mis recuerdos de dos años atrás había cambiado mucho. Nessim empezaba a envejecer como las mujeres: sus caderas y su rostro se habían ensanchado. Caminaba ahora con el peso del cuerpo cómodamente instalado sobre las plantas de los pies, como si su cuerpo hubiera pasado por una docena de embarazos. La curiosa liviandad de su peso había desaparecido. Lo que es más, irradiaba de él un encanto vulgar, mezclado de preocupación, que en un principio me lo volvió casi irreconocible. Su antigua timidez desconfiada, tan encantadora, había sido reemplazada por un aire tontamente autoritario. Apenas había tenido el tiempo de recibir y analizar esas nuevas impresiones, cuando Nessim sugirió que fuéramos juntos al «Étoile», el cabaret donde Melissa había bailado en otros tiempos. Agregó que el cabaret había cambiado de propietario, como si esto fuera una excusa para ir la misma noche en que enterraban a Melissa. A pesar de mi escándalo y mi sorpresa, acepté sin vacilar, movido tanto por la curiosidad que me inspiraban sus sentimientos como por el deseo de discutir con él la cuestión de la niña. Cuando descendimos por la angosta escalera sofocante hasta la pista de baile bañada de luz blanca, se alzó un clamoreo y las muchachas acudieron hacia Nessim como si fueran cucarachas. Evidentemente se había convertido en el perfecto «habitué» del lugar. Les abrió los brazos con una carcajada, mientras se volvía hacia mí buscando mi aprobación. Luego, tomándolas una por una de la mano, les hizo palpar voluptuosamente el bolsillo interior de su chaqueta, para que apreciaran el volumen de la billetera repleta. Su gesto me recordó de pronto una noche en que una mujer encinta me abordó en las callejuelas más tenebrosas, y al querer zafarme, me tomó una mano y la apoyó en su vientre hinchado

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(`In the old days the sailing ships in need of ballast would collect tortoises from the mainland and fill great barrels with them, alive. Those that survived the terrible journey might be sold as pets for children. The putrefying bodies of the rest were emptied 20 into the East India Docks. There were plenty more where they came from.') I walked lightly effortlessly about the town like an escaped prisoner. Mnemjian had violet tears in his violet eyes as he 25 embraced me warmly. He settled down to shave me himself, his every gesture expressing an emollient sympathy and tenderness. Outside on the pavements drenched with sunlight walked the citizens of Alexandria each locked into a world of personal relationships and fears, yet each seeming to my eyes infinitely 30 remote from those upon which my own thoughts and feelings were busy. The city was smiling with a heartbreaking indifference, a COCOTTE refreshed by the darkness. There remained only one thing to do now, to see Nessim. I

35 was relieved to learn that he was due to come into town that

evening. Here again time had another surprise in store for me for the Nessim who lived in my memories had changed. He had aged like a woman -- his lips and face had both

40 b r o a d e n e d . H e w a l k e d n o w w i t h h i s w e i g h t d i s t r i b u t e d

comfortably on the flat of his feet as if his body had already submitted to a dozen pregnancies. The queer litheness of his step had gone. Moreover he radiated now a flabby charm mixed with concern which made him at first all but unrecognizable. A 45 f o o l i s h a u t h o r i t a t i v e n e s s h a d r e p l a c e d t h e d e l i g h t f u l o l d diffidence. He was just back from Kenya. I had hardly time to capture and examine these new impressions when he suggested that we should visit the Etoile 50 together -- the night-club where Melissa used to dance. It had changed hands, he added, as if this somehow excused our visiting it on the very day of her funeral. Shocked and surprised as I was I agreed without hesitation, prompted both by curiosity as to his own feelings and a desire to discuss the transaction 55 which concerned the child -- this mythical child. When we walked down the narrow airless stairway into the white light of the place a cry went up and the girls came running to him from every corner like cockroaches. It appeared that he 60 was well known now as an habitué. He opened his arms to them with a shout of laughter, turning to me for approval as he did so. Then taking their hands one after another he pressed them voluptuously to the breast pocket of his coat so that they might feel the outlines of the thick wallet he now carried, stuffed with 65 banknotes. This gesture at once reminded me of how, when I was accosted one night in the dark streets of the city by a pregnant woman and trying to make my escape, she took my hand, as if to

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give me an idea of the pleasure she was offering (or perhaps to emphasize her need) and pressed it upon her swollen abdomen. Now, watching Nessim, I suddenly recalled the tremulous beat of the foetal heart in the eighth month.

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como para darme una idea del placer que me ofrecía (o quizá para que yo comprendiera su miseria y su necesidad). Observando a Nessim, recordé de golpe la trémula palpitación del corazón de un feto en su octavo mes. Me resulta difícil describir la extrañeza que sentí, sentado junto a ese vulgar doble del Nessim que había conocido en otros tiempos. Lo estudié atentamente, pero él evitaba mirarme de lleno y reducía su conversación a meros lugares comunes, subrayados por bostezos que ocultaba tras una mano llena de sortijas. Una que otra vez, sin embargo, detrás de esa nueva fachada se entreveía la antigua timidez, pero escondida, como un hermoso físico puede quedar escondido en una montaña de grasa. Zoltan, el mozo, me dijo en los retretes: --Desde que su mujer se murió, se ha convertido en otro hombre. Toda Alejandría lo dice.En realidad se había convertido en lo que era Alejandría. Más tarde Nessim se encaprichó en llevarme en su auto a Montaza, bajo la luz de la luna. Nos quedamos largo rato callados en el auto, fumando, viendo romper en la arena las olas iluminadas por la luna. Durante ese silencio comprendí la verdad acerca de Nessim. En realidad no había cambiado nada. Simplemente, se había puesto una máscara nueva.

It is difficult to describe how unspeakably strange I found it to sit beside this vulgar double of the Nessim I had once known. I studied him keenly but he avoided my eye and confined his conversation to laboured commonplaces which he punctuated by 10 yawns that were one by one tapped away behind ringed fingers. Here and there, however, behind this new façade stirred a hint of the old diffidence, but buried -- as a fine physique may be buried in a mountain of fat. In the washroom Zoltan the waiter confided in me: `He has become truly himself since his wife went away. All 15 Alexandria says so.' The truth was that he had become like all Alexandria. Late that night the whim seized him to drive me to Montaza in the late moonlight; we sat in the car for a long time in 20 silence, smoking, gazing out at the moonlit waves hobbling a c r o s s t h e s a n d b a r. I t w a s d u r i n g t h i s s i l e n c e t h a t I apprehended the truth about him. He had not really changed inside. He had merely adopted a new mask.

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***** In the early summer I received a long letter from Clea with which this brief introductory memorial to Alexandria may well be brought to a close. A comienzos del verano recibí una larga carta de Clea, con la cual puedo muy bien cerrar este memorial de introducción a Alejandría. «Quizá te interese el relato de mi breve encuentro con Justine hace pocas semanas. Como antes, habíamos cambiado algunas líneas desde nuestros respectivos países, y al enterarse de que iría a Siria pasando por Palestina, ella misma sugirió que nos encontráramos. Me dijo que iría a la estación de la frontera donde el tren de Haifa se detiene media hora. La colonia en que trabaja queda cerca de allí, y no le sería d i f í c i l l l e g a r. P o d r í a m o s c h a r l a r u n m o m e n t o e n e l a n d é n . Acepté. « E n u n p r i m e r m o m e n t o m e c o s t ó r e c o n o c e r l a . H a e n g o rdado mucho de cara, y el pelo mal cortado le cuelga como colas de ratón Sospecho que se cubre la cabeza con un pañuelo. No queda en ella el menor rastro de su antigua elegancia, de su chic. Se diría que sus facciones se han ensanchado, que van cobrando el típico aire judío, que los labios y la nariz tienden a juntarse. Me sorprendió al principio el brillo de sus ojos y s u m a n e r a c a s i j a d e a n t e d e r e s p i r a r y d e h a b l a r, c o m o s i t u v i e r a f i e b r e . C o m o t e p u e d e s i m a g i n a r, l a s d o s s e n t í a m o s u n a t i midez terrible. «Salimos de la estación y fuimos a sentarnos al borde de un torrente seco, donde crecían unas pocas flores raquíticas. Tuve' la impresión de que Justíne había elegido ese lugar para la entrevista, quizá porque le encontraba la austeridad necesaria. No sé. En el primer momento no aludió ni a Nessim ni a ti, sino que se puso a hablar de su nueva vida. Me dijo que el `servicio de la comunidad' le había dado una felicidad nueva y perfecta; su tono sugería una especie de conversión religiosa. No te sonrías. Ya sé que es difícil mostrarse paciente con los débiles. Aseguraba que en las agobiadoras faenas de esa colonia comunista había logrado una `nueva humildad'. (¡Humildad! La última trampa que espera al ego en busca de la verdad absoluta. Me dio asco, pero no dije nada.) Describió el trabajo de la colonia con palabras vulgares, sin la menor imaginación, como podría hacerlo una campesina. Noté que sus manos, antes tan bien cuidadas, estaban callosas y ásperas. Me dije que al fin y al cabo la gente tiene derecho a hacer de su cuerpo lo que le da la gana, pero sentí vergüen118

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`You may perhaps be interested in my account of a brief meeting with Justine a few weeks ago. We had, as you know, been exchanging occasional cards from our respective countries for some time past, and hearing that I was due to pass through Palestine 35 into Syria she herself suggested a brief meeting. She would come, she said, to the border station where the Haifa train waits for half an hour. The settlement in which she works is somewhere near at hand, she could get a lift. We might talk for a while on the platform. To this I agreed.

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`At first I had some difficulty in recognizing her. She has gone a good deal fatter in the face and has chopped off her hair carelessly at the back so that it sticks out in rats' tails. I gather that for the most part she wears it done up in a cloth. No trace 45 remains of the old elegance or CHIC. Her features seem to have broadened, become more classically Jewish, lip and nose inclining more towards each other. I was shocked at first by the glittering eyes and the quick incisive way of breathing and talking -- as if she were feverish As you can imagine we were both mortally shy 50 of each other. `We walked out of the station along the road and sat down on the edge of a dry ravine, a wadi, with a few terrified-looking spring flowers about our feet. She gave the impression of already having 55 chosen this place for our interview: perhaps as suitably austere. I don't know. She did not mention Nessim or you at first but spoke only about her new life. She had achieved, she claimed, a new and perfect happiness through "community-service"; the air with which she said this suggested some sort of religious conversion. Do not 60 smile. It is hard, I know, to be patient with the weak. In all the back-breaking sweat of the Communist settlement she claimed to have achieved a "new humility". (Humility! The LAST TRAP that awaits the ego in search of absolute truth. I felt disgusted but said nothing.) She described the work of the settlement coarsely, 65 unimaginatively, as a peasant might. I noticed that those once finelytended hands were calloused and rough. I suppose people have a right to dispose of their bodies as they think fit, I said to

Durrell's Justine

tr. de Aurora Bernárdez

myself, feeling ashamed because I must be radiating cleanliness and leisure, good food and baths. By the way, she is not a Marxist as yet -- simply a work-mystic after the manner of Panayotis at Abousir. Watching her now and remembering the touching and 5 tormenting person she had once been for us all I found it hard to comprehend the change into this tubby little peasant with the hard paws. `I suppose events are simply a sort of annotation of our

10 feelings -- the one might be deduced from the other. Time

za del mío, resplandeciente de limpieza y ,ocio, de buena comida y baños. Dicho sea de paso, Justine no se ha vuelto marxista; es tan sólo una mística del trabajo, a la manera de Panayotis en Abu El Suir. Cuanto más la miraba y pensaba en la persona fascinante y cruel que alguna vez había sido para todos nosotros, más difícil me resultaba comprender que se hubiera convertido en esa pequeña campesina regordeta, de manos ásperas. «Supongo que los hechos no son más que una especie de comentario de nuestros sentimientos: podemos deducir éstos de aquellos. El tiempo nos lleva (si tenemos la audacia de imaginarnos como egos autónomos, capaces de plasmar su futuro personal) gracias al impulso de esos sentimientos íntimos que escapan a nuestra conciencia. ¿Demasiado abstracto para ti? Entonces me he expresado mal. Quiero decir que en este caso, una vez curada (le las aberraciones mentales producidas por sus sueños y sus temores, Justine se desinfló como un globo. La fantasía ha ocupado durante tanto tiempo el primer plano de su vida, que ya no le queda ninguna reserva. Y no es sólo que la muerte de Capodistria haya suprimido al primer actor de ese teatro de sombras chinescas, al carcelero principal. La enfermedad misma la había mantenido activa, y al cesar sólo le dejaba un agotamiento total. Por decirlo así, junto con su sexualidad Justine ha extinguido todas sus razones de vida, y hasta su lucidez mental. Quienes se ven arrastrados de esa manera hasta las fronteras del libre albedrío tienen que buscar en alguna parte, tomar decisiones absolutas. Si no se hubiera tratado de una alejandrina --es decir, una escéptica--, este viraje hubiera asumido la forma de una conversión religiosa. ¿Cómo expresar estas cosas? No es cuestión solamente de ser feliz o infeliz. Todo un sector de nuestra vida se precipita de golpe al mar, como quizá te sucedió a ti con Melissa. Pero (y así es como actúa en la vida la ley compensadora que paga el bien con el mal y el mal con el bien), la liberación de Justine liberó simultáneamente a Nessim de las inhibiciones que regían su vida pasional. Pienso que Nessim creyó siempre que mientras Justine viviera, él no sería capaz de soportar la más ínfima relación humana con otra mujer. Melissa le probó que se equivocaba, o por lo menos así lo creyó él; pero con la partida de Justine las viejas angustias volvieron, y Nessim sintió una repugnancia invencible por lo que había hecho... a Melissa. «Los amantes no están nunca bien aparejados, ¿no te parece? Siempre hay uno que proyecta su sombra sobre el otro, impidiendo su crecimiento, de manera que aquel que queda en la sombra está siempre atormentado por el deseo de escapar, de sentirse libre para crecer. ¿No te parece que éste es el único lado trágico del amor? «Es decir que, si desde otro punto de vista, Nessim planeó la muerte de Capodistria (como se ha murmurado y creído en todas partes), no podía haber elegido un camino más desastroso. No cabe duda de que hubiera sido muchísimo más sensato matarte a ti. Quizá confiaba en que al librar a Justine de su íncubo (como lo había esperado Arnauti antes que él), ella quedaría en libertad de amarlo. (Así lo dijo una vez, tú me lo contaste.) Pero sucedió justo lo contrario. Su acto, o más bien el del pobre Capodistria, sin quererlo, representó para Justine una especie de absolución, con la cual ella lo recuerda no ya como un amante sino como una especie de sumo sacerdote. Habla de Nessim con una reverencia que a él le produciría horror. Justine no volverá jamás. ¿Cómo podría volver? Y si lo hiciera, Nessim se daría cuenta en seguida de que la ha perdido para siempre, puesto que aquellos que mantienen una relación confesional con nosotros no pueden amarnos, jamás podrán amarnos de verdad.» (De ti, Justine dijo simplemente, encogiéndose de hombros: `Tenía que olvidarme de él.') «Pues bien, tales son algunos de los pensamientos que me acompañaron mientras el tren corría hacia la costa entre plantaciones de

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carries us (boldly imagining that we are discrete egos modelling our own personal futures) -- time carries us forward by the momentum of those feelings inside us of which we ourselves are least conscious. Too abstract for you? Then I have expressed the idea badly. I mean, in Justine's case, having become cured of the mental aberrations brought about by her dreams, her fears, she has been deflated like a bag. For so long the fantasy occupied the foreground of her life that now she is dispossessed of her entire stock-in-trade. It is not only that the death of Capodistria has removed the chief actor in this shadow-play, her chief gaoler. The illness itself had kept her on the move, and when it died it left in its place total exhaustion. She has, so to speak, extinguished with, her sexuality her very claims on life, almost her reason. People driven like this to the very boundaries of freewill are forced to turn somewhere for help, to make absolute decisions. If she had not been an Alexandrian (i.e. sceptic) this would have taken the form of religious conversion. How is one to say these things? It is not a question of growing to be happy or unhappy. A whole block of one's life suddenly falls into the sea, as perhaps yours did with Melissa. But (this is how it works in life, the retributive law which brings good for evil and evil for good) her own release also released Nessim from the inhibitions governing his passional life. I think he always felt that so long as Justine lived he would never be able to endure the slightest human relationship with anyone else. Melissa proved him wrong, or at least so he thought; but with Justine's departure the old heartsickness cropped up and he was filled with overwhelming disgust for what he had done to her -- to Melissa.

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`Lovers are never equally matched -- do you think? One always overshadows the other and stunts his or her growth so that the overshadowed one must always be t o r m e n t e d b y a d e s i r e t o e s c a p e , t o b e f r e e t o g r o w. S u r e l y 45 t h i s i s t h e o n l y t r a g i c t h i n g a b o u t l o v e ? `So that if from another point of view Nessim did plan C a p o d i s t r i a 's d e a t h ( a s h a s b e e n w i d e l y r u m o u r e d a n d believed) he could not have chosen a more calamitous path. 50 I t w o u l d i n d e e d h a v e b e e n w i s e r t o k i l l y o u . P e r h a p s h e hoped in releasing Justine from the succubus (as Arnauti before him) he would free her for himself. (He said so once -- you told me.) But quite the opposite has happened. He has granted her a sort of absolution, or poor Capodistria 55 u n w i t t i n g l y d i d -- w i t h t h e r e s u l t t h a t s h e t h i n k s o f h i m now not as a lover but as a sort of arch-priest. She speaks of him with a REVERENCE which would horrify him to h e a r. S h e w i l l n e v e r g o b a c k , h o w c o u l d s h e ? A n d i f s h e did he would know at once that he had lost her forever -- 60 f o r t h o s e w h o s t a n d i n a c o n f e s s i o n a l r e l a t i o n s h i p t o ourselves can never love us, never truly love us. `(Of you Justine said simply, with a slight shrug: "I had to put him out of my mind".)

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`Well, these are some of the thoughts that passed through my mind as the train carried me down through the orange

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groves to the coast; they were thrown into sharp relief by the book I had chosen to read on the journey, the penultimate volume of GOD IS A HUMORIST. How greatly Pursewarden has gained in stature since his death! It was before as if he 5 stood between his own books and our understanding of them. I see now that what we found enigmatic about the man was due to a fault in ourselves. An artist does not live a personal life as we do, he hides it, forcing us to go to his books if we wish to touch the true source of his feelings. Underneath all 10 his preoccupations with sex, society, religion, etc. (all the staple abstractions which allow the forebrain to chatter) there is, quite simply, a man TORTURED BEYOND ENDURANCE

BY THE LACK OF TENDERNESS IN THE WORLD.

naranjos; el libro que había elegido para leer durante el viaje, el último tomo de Dios es un humorista daba mayor acuidad a mis meditaciones. ¡Cómo ha crecido Pursewarden desde su muerte! Antes era como si él se interpusiera entre sus libros y nuestra comprensión de su contenido. Ahora veo que todo lo que encontrábamos enigmático en el hombre se debía a una imperfección nuestra. Un artista no vive una vida personal como nosotros; la oculta, obligándonos a acudir a sus libros si queremos alcanzar la auténtica fuente de sus sentimientos. Por debajo de todas las preocupaciones de Pursewarden acerca del sexo, la sociedad y la religión (todas las abstracciones fundamentales que son un motivo de parloteos para nuestro cerebelo) hay sencillamente un hombre torturado más allá de lo soportable por la falta de ternura del mundo. «Y esto me devuelve a mí misma, porque también yo he ido cambiando de un modo extraño. Mi antigua vida independiente se ha transformado en algo un tanto hueco, un tanto vac í o . Ya n o r e s p o n d e a m i s n e c e s i d a d e s p r o f u n d a s . E n l o m á s hondo de mí misma, las corrientes han cambiado de dirección. No sé por qué, querido amigo, pero hacia ti se vuelven cada vez más mis pensamientos en estos últimos tiempos. ¿Puedo serte franca? ¿Crees posible una amistad que nada tenga que v e r c o n e l a m o r, u n a a m i s t a d q u e p o d r í a m o s b u s c a r y e n c o n trar? No quiero hablar más de amor: la palabra y sus convenciones se me han vuelto odiosas. ¿Pero sería posible llegar a u n a a m i s t a d t o d a v í a m á s p r o f u n d a , i n f i n i t a m e n t e p r o f u n d a y, s i n e m b a rg o , s i n p a l a b r a s y s i n i d e a l e s ? P a r e c e r í a n e c e s a r i o encontrar a un ser humano al cual se puede ser fiel, no con el cuerpo (eso se lo dejo a los sacerdotes) sino con el espíritu culpable. Pero quizá no te interesen demasiado en estos momentos esta clase de problemas. Una o dos veces he sentido el absurdo deseo de ir a buscarte y ofrecerte mi ayuda para cuidar a la niña. Pero me parece que no necesitas de nadie, y que valoras tu soledad más que cualquier otra cosa...»

`And all this brings me back to myself, for I too have been changing in some curious way. The old self-sufficient life has transformed itself into something a little hollow, a little empty. It no longer answers my deepest needs. Somewhere deep inside a tide seems to have turned in my nature. I do not know why but it 20 is towards you, my dear friend, that my thoughts have turned more and more of late. Can one be frank? Is there a friendship possible this side of love which could be sought and found? I speak no more of love -- the word and its conventions have become odious to me. But is there a friendship possible to attain which is deeper, 25 even limitlessly deep, and yet wordless, idealess? It seems somehow necessary to find a human being to whom one can be faithful, not in the body (I leave that to the priests) but in the culprit mind? But perhaps this is not the sort of problem which will interest you much these days. Once or twice I have felt the 30 absurd desire to come to you and offer my services in looking after the child perhaps. But it seems clear now that you do not really need anybody any more, and that you value your solitude above all things....'

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T h e r e a r e a f e w m o r e l i n e s a n d t h e n t h e a ff e c t i o n a t e superscription. *****

The cicadas are throbbing in the great planes, and the summer Mediterranean lies before me in all its magnetic blueness. Somewhere out there, beyond the mauve throbbing line of the horizon lies Africa, lies Alexandria, maintaining its tenuous grasp on one's affections through memories which are already refunding 45 themselves slowly into forgetfulness; memory of friends, of incidents long past. The slow unreality of time begins to grip them, blurring the outlines -- so that sometimes I wonder whether these pages record the actions of real human beings; or whether this is not simply the story of a few inanimate objects which precipitated 50 drama around them -- I mean a black patch, a watch-key and a couple of dispossessed wedding-rings....

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Siguen unas pocas líneas más, y un saludo cariñoso. Las cigarras chirrían en los grandes plátanos, y el Mediterráneo se extiende ante mí en todo el esplendor estival de su azul magnético. En alguna parte, más allá del tembloroso horizonte malva está África, Alejandría todavía presente, todavía dueña de mis afectos por obra de los recuerdos que poco a poco se van fundiendo en el olvido; recuerdos de amigos, de cosas acaecidas hace mucho tiempo. La lenta irrealidad del tiempo empieza a arrebatarlos, borrando sus contornos, y a veces llego a preguntarme si estas páginas relatan las acciones de hombres y mujeres de carne y hueso, o si son tan sólo la historia de unos pocos objetos inanimados que precipitaron el drama a su alrededor: un parche negro, una llave de reloj y un par de alianzas sin dueño... Pronto será de noche y el cielo transparente se cubrirá de un denso polvo de estrellas estivales. Estaré aquí, como siempre, fumando junto al agua. He decidido no contestar la última carta de Clea. No quiero seguir forzando a nadie, no quiero hacer promesas, pensar la vida en términos de pactos, resoluciones, compromisos. Clea interpretará mi silencio según sus propias necesidades y deseos, y vendrá o no vendrá; ella es quien debe decidirlo. ¿Acaso no depende todo de nuestra manera de interpretar el silencio que nos rodea? NOTAS COMPLEMENTARIAS Tonos del paisaje: horizontes recortados, nubes bajas, suelo de perla con sombras marcadas y violetas. Pereza. Sobre el lago, cuero y limón. Verano: cielo de arcilla arenoso. Otoño: grises de

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Soon it will be evening and the clear night sky will be dusted thickly with summer stars. I shall be here, as always, smoking by 55 the water. I have decided to leave Clea's last letter unanswered. I no longer wish to coerce anyone, to make promises, to think of life in terms of compacts, resolutions, covenants. It will be up to Clea to interpret my silence according to her own needs and desires, to come to me if she has need or not, as the case may be. Does not 60 everything* depend on our interpretation of the silence around us? So that.... WORKPOINTS

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Landscape-tones: steep skylines, low cloud, pearl ground with shadows in oyster and violet. Accidie. On t h e l a k e g u n m e t a l a n d l e m o n . S u m m e r : s a n d l i l a c s k y.

Durrell's Justine

tr. de Aurora Bernárdez

Autumn: swollen bruise greys. Winter: freezing white sand, clear skies, magnificent starscapes. ***

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magulladura. Invierno: arenas de un blanco escarchado, cielos claros, magníficos paisajes de estrellas.

CHARACTER-SQUEEZES Sveva Magnani: pertness, malcontent. Gaston Pombal: honey-bear, fleshly opiates. Teresa di Petromonti: farded Berenice. Ptolomeo Dandolo: astronomer, astrologer, Zen. Fuad El Said: black moon-pearl. Josh Scobie: piracy. Justine Hosnani: arrow in darkness. Clea Montis: still waters of pain. Gaston Phipps: nose like a sock, black hat. Ahmed Zananiri: pole-star criminal. Nessim Hosnani: smooth gloves, face frosted glass. Melissa Artemis: patron of sorrow. S. Balthazar: fables, work, unknowing. ***

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SINTESIS CARACTEROLOGICAS Sveva Magnani: petulancia, descontento. Georges Pombal: oso amigo de la miel, sedantes carnales. Teresa di Petromonti. Berenice maquillada. Ptolomeo Dándolo: astrónomo, astrólogo, Zen. Fuad El Said: piedra lunar negra. Josh Scobie: piratería. Justine Hosnani: flecha en la oscuridad. Clea Montis: agua estancada de la pena. Gaston Phipps: nariz en forma de calcetín, sombrero negro. Ahmed Zananiri: estrella polar del crimen. Nessim Hosnani: guantes muy suaves, rostro como cristal despulido. Melissa Artemis: Nuestra Señora de la tristeza. S. Balthazar: fábulas, trabajo, ignorante.

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Pombal asleep in full evening dress. Beside him on the bed a chamberpot full of banknotes he had won at the Casino. ***

Pombal dormido, de smoking. A su lado, sobre la cama, una bacinilla repleta de billetes de banco ganados en el Casino.

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Da Capo: `To bake in sensuality like an apple in its jacket.' *** Spoken impromptu by Gaston Phipps: `The lover like a cat with fish Longs to be off and will not share his dish.' ***

Da Capo: «Cocinarse en la sensualidad como una manzana al horno.»

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Improvisación oral de Gaston Phipps: «El amante, como un gato frente a un plato de pescado Quisiera irse, pero no compartirlo.»

Accident or attempted murder? Justine racing along the desert road to Cairo in the Rolls when suddenly the l i g h t s g i v e o u t . S i g h t l e s s , t h e g r e a t c a r s w a r m s o ff t h e r o a d and whistling like an arrow buries itself in a sand-dune. It looked as if the wires had been filed down to a thread. 45 N e s s i m r e a c h e d h e r w i t h i n h a l f a n h o u r. T h e y e m b r a c e i n tears.

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¿Accidente o tentativa de asesinato? Justine viaja al Cairo en el Rolls, a toda velocidad por la ruta desierta. Los faros se apagan bruscamente. A ciegas, el gran automóvil se sale de la carretera y, silbando como una flecha, va a clavarse en un médano. Parecería que alguien había limado los cables hasta no dejar más que un hilo. Nessim se reúne con ella media hora más tarde. Se abrazan llorando. (Del diario de Justine.)

***

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Balthazar on Justine: `You will find that her formidable manner is constructed on a shaky edifice of childish timidities.' ***

Balthazar dice de Justine: «Ya verá usted que su imponente presencia reposa en los frágiles cimientos de una timidez infantil.»

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Clea always has a horoscope cast before any decision reached. *** Clea's account of the horrible party; driving with Justine they

Clea estudia siempre su horóscopo antes de tomar una decisión.

60 had seen a brown cardboard box by the road. They were late so

they put it in the back and did not open it until they reached the garage. Inside was dead baby wrapped in newspaper. What to do with this wizened homunculus? Perfectly formed organs. Guests were due to arrive, they had to rush. Justine slipped it into drawer 65 of the hall desk. Party a great success. ***

La horrible fiesta, según el relato de Clea. Viaja en auto con Justine, y descubren una caja de cartón en la carretera. Como están retrasadas, la ponen en el asiento trasero y no la abren hasta llegar al garaje. Dentro hay un niño muerto, envuelto en papel de diario. ¿Qué hacer con ese homúnculo marchito? Los órganos están perfectamente formados. Van a llegar los huéspedes, hay que apresurarse, Justine lo mete en un cajón del armario de la sala. La fiesta es un gran éxito.

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Durrell's Justine

tr. de Aurora Bernárdez

Pursewarden on the `n-dimensional novel' trilogy: `The narrative momentum forward is counter-sprung by references backwards in time, giving the impression of a book which is not travelling from a 5 to b but standing above time and turning slowly on its own axis to comprehend the whole pattern. Things do not all lead forward to other things: some lead backwards to things which have passed. A marriage of past and present with the flying multiplicity of the future racing towards one. Anyway, that was my idea.'...

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Purserwarden habla de su trilogía de «novelas en n--dimensiones»: «El impulso hacia adelante de la narración es contrarrestado por referencias al pasado, lo cual produce la impresión de que el libro no transcurre de a hacia b, sino que está por encima del tiempo y gira lentamente sobre su eje a fin de abarcar la totalidad de la estructura. No todas las cosas llevan hacia otras nuevas, algunas remiten hacia atrás, a cosas ya acontecidas. La unión del pasado y el presente con la veloz multiplicidad del futuro volando hacia nosotros. Por lo menos esa era mi intención...»

*** `Then how long will it last, this love?' (in jest).

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--Entonces, ¿cuánto va a durar este amor? (En broma.) --No sé. --¿Tres semanas, tres años, tres décadas...? --Eres como todos los otros... Tratas de abreviar la eternidad con cifras. (Dicho con calma, pero con honda sinceridad.)

`I don't know.' `Three weeks, three years, three decades...?' `You are like all the others ... trying to shorten eternity with

20 numbers,' spoken quietly, but with intense feeling.

*** Conundrum: a peacock's eye. Kisses so amateurish they

25 resembled an early form of printing.

Acertijo: un ojo de pavo real. Besos tan inexpertos que hacen pensar en los primeros trabajos de imprenta.

*** Of poems: `I like the soft thudding of Alexandrines.' (Nessim).

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Acerca de la poesía: «Me gusta la sorda resonancia de los alejandrinos.» (Nessim.)

*** Clea and her old father whom she worships. White haired, erect, with a sort of haunted pity in his eyes for the young 35 unmarried goddess he has fathered. Once a year on New Year's Eve they dance at the Cecil, stately, urbanely. He waltzes like a clockwork man. ***

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Clea y su anciano padre, a quien adora. Cabellos blancos, muy erguido, ojos en los que hay una secreta lástima por la joven diosa soltera que ha engendrado. La noche de fin de año bailan juntos en el Cecil, con urbana cortesía. Él baila el vals como un autómata.

Pombal's love for Sveva: based on one gay message which took his fancy. When he awoke she'd gone, but she had neatly tied his dress tie to his John Thomas, a perfect bow. This message so captivated him that he at once dressed and went round to propose 45 marriage to her because of her sense of humour. *** Pombal was at his most touching with his little car which he

50 loved devotedly. I remember him washing it by moonlight very

El amor de Pombal por Sveva: nacido de un alegre mensaje que lo dejó fascinado. Cuando despertó, ella se había marchado, pero no sin antes atarle la corbata en el miembro: un nudo perfecto. El mensaje lo cautivó de tal manera que se vistió en seguida y fue a proponerle matrimonio, conmovido por su sentido del humor.

patiently. ***

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Pombal era enternecedor cuando se ocupaba de su pequeño automóvil, que amaba entrañablemente. Recuerdo con qué paciencia lo lavaba a la luz de la luna.

Justine: `Always astonished by the force of my own emotions -- tearing the heart out of a book with my fingers like a fresh loaf.' ***

Justine: «Vivo asombrada de la fuerza de mis emociones... Arranco el corazón de un libro con los dedos, como si fuera una hoja tierna.»

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Places: street with arcade: awnings: silverware and doves for sale. Pursewarden fell over a basket and filled the street with apples.

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Lugares: calle con galerías cubiertas. Toldos. Platería, palomas en venta. Purserwarden tropezó en un cesto y llenó la calle de manzanas.

*** Message on the corner of a newspaper. Afterwards the closed

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Mensaje en ¡in ángulo del periódico. Después, el taxi cerrado,

Durrell's Justine

tr. de Aurora Bernárdez

cab, warm bodies, night, volume of jasmine. ***

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los cuerpos ardientes, la noche, la densidad de los jazmines.

A basket of quail burst open in the bazaar. They did not try to escape but spread out slowly like spilt honey. Easily recaptured. ***

Un cesto de codornices se abre en el mercado. En vez de escaparse, van saliendo despacio, como miel derramada. Las atrapan fácilmente otra vez.

Postcard from Balthazar: `Scobie's death was the greatest fun. How he must have enjoyed it. His pockets were full of love-letters to his aide Hassan, and the whole vice squad turned out to sob at his grave. All these black gorillas crying like babies. A very Alexandrian demonstration of affection. Of course the grave was 15 too small for the coffin. The grave-diggers had knocked off for lunch, so a scratch team of policemen was brought into action. Usual muddle. The coffin fell over on its side and the old man nearly rolled out. Shrieks. The padre was furious. The British Consul nearly died of shame. But all Alexandria was there and a 20 good time was had by all.'

10

Tarjeta postal de Balthazar: «La muerte de Scobie fue de lo más divertida. Lo que habrá gozado él mismo. Tenla los bolsillos llenos de cartas de amor a su ayudante Hassan, y la brigada de represión del vicio fue a llorar sobre su tumba. Gorilas negros sollozando como niños. Una demostración de afecto verdaderamente alejandrina. Como es natural, la fosa era demasiado pequeña para el ataúd. Los sepultureros se habían ido a almorzar, y hubo que llamar a unos cuantos agentes de policía. La confusión de siempre. El ataúd se ladeó, y el viejo estuvo a punto de salirse de él. Alari